Basado en 2 Timoteo 2:15-26
Introducción
La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Damos gracias al Dios eterno, al Todopoderoso, al Creador, a nuestro Formador y Sustentador, por un tiempo más que Él nos permite para exponernos ante el poder de Su Palabra y ante el poder de Su Santo Espíritu.
En esta enseñanza continuamos con el estudio de las instrucciones que el apóstol Pablo le entrega a Timoteo —las últimas contenidas en la segunda epístola— y llegamos ahora a la cuarta de ellas. Es importante tener siempre presente que estas instrucciones tienen un propósito claro en el corazón de Pablo: garantizar que Timoteo pudiera continuar, que pudiera mantenerse firme en el ministerio que había iniciado desde muy joven al lado del apóstol. Esta segunda epístola tiene, por tanto, un carácter formativo; su propósito no es establecer instrucciones para un futuro inmediato, sino para un futuro mucho más extenso.
Cuando Timoteo recibe esta carta, ya no es aquel jovencito que Pablo tomó consigo desde Iconio en el segundo viaje apostólico. Había transcurrido ya todo el segundo viaje apostólico, y el apóstol había concluido también el tercero. Pablo estuvo prisionero durante dos años en Cesarea, y ahora se encontraba prisionero en Roma. Había pasado, pues, un tiempo considerable: Timoteo ya no era el joven de diecisiete, dieciocho, diecinueve o veinte años que fue integrado al equipo ministerial del apóstol; ahora era un hombre de más de treinta años.
Sin embargo, la característica que Timoteo desarrolló durante todo este tiempo es que permaneció siempre al lado del apóstol. Las veces que se separó de él por razones ministeriales fueron siempre de corta duración. Por eso Timoteo sabía con precisión qué se tenía que hacer, qué se tenía que decir, y todo lo concerniente al ministerio. Pero ahora el apóstol, después de dos años prisionero en Cesarea marítima y otros dos años prisionero en Roma —es decir, después de cuatro años separado de Timoteo—, advertía que se acercaban sus últimos días. Por ello, Pablo quería dejar, mediante estas instrucciones de 2 Timoteo, la seguridad de que Timoteo continuaría en el camino trazado. Estaba, en efecto, estableciendo el protocolo por el cual Timoteo debía regirse durante el resto de su vida, pues aún le quedaba bastante tiempo por delante.
Así, en el capítulo 1 encontramos la primera instrucción: que Timoteo avivara el fuego del don de Dios que había en él. En el capítulo 2, versículo 1, la segunda instrucción: esforzarse en la gracia que es en Cristo Jesús. En el mismo capítulo 2, versículo 3, la tercera instrucción: sufrir trabajos —o penalidades, según otras versiones— como fiel soldado de Cristo Jesús. Y al final de ese mismo capítulo encontramos la cuarta instrucción, en el versículo 15:
«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15)
Aunque el enunciado de la instrucción está contenido en este versículo, el apóstol continúa desarrollándola hasta el versículo 26.
Una Responsabilidad Personal e Intransferible
Esta cuarta instrucción es sumamente importante porque, mientras las tres anteriores tienen que ver con elementos doctrinales de carácter más general —avivar el don, esforzarse en la gracia, sufrir como buen soldado—, esta cuarta instrucción tiene ya un énfasis particular, mucho más personal e individual. Es la responsabilidad de Timoteo, y de nadie más: la responsabilidad personal e individual de presentarse ante Dios aprobado, de presentarse como obrero que no tiene nada de qué avergonzarse, y de presentarse como obrero que traza bien la palabra de verdad.
Al estudiar el caso de Timoteo, no lo hacemos con el propósito de conocer únicamente la historia de lo que le sucedió a él, sino que, por extensión, estudiamos lo que nos compete a nosotros —hombres y mujeres sobre quienes ha llegado el fin de este siglo—. Y lo que nos corresponde es exactamente lo mismo, porque esta no es una encomienda que se le entrega solamente a Timoteo sin corresponderle a nadie más. Es una responsabilidad que nos alcanza a todos, sin excepción, con ministerio reconocido como el de Timoteo o sin él, pues todos, de una u otra manera, tenemos un ministerio de parte del Señor.
Es una responsabilidad individual, personal y singular, en la que nadie puede sustituirnos ni ayudarnos a cumplirla. Procurar con diligencia presentarnos ante Dios aprobados, como obreros que no tienen de qué avergonzarse, que trazan bien la palabra de verdad, es tarea de todos y de cada uno. Es una responsabilidad que no se puede evadir ni delegar; relegarla equivaldría a renunciar a la vida de fe, y renunciar a la vida de fe significa entrar en un proceso de apostasía, con el riesgo de renunciar también a la vida eterna y a la salvación.
Esto es de suma importancia, porque no todo se reduce a aceptar que Cristo Jesús es el Hijo de Dios, como si con eso ya tuviéramos asegurado todo. Hay una encomienda que el Espíritu de Dios nos entrega. ¿Cuál es, entonces, el propósito de la vida de fe y de un ministerio? El propósito de la vida de fe es presentarnos ante Dios aprobados.
«Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» (Mateo 7:21)
Conforme a lo que estamos estudiando, debemos entender que el propósito de la vida de fe no es solamente hacer, no es solamente estar ocupados, no son solamente los hechos y los actos; lo más importante, sobre todas las cosas, es que nuestras vidas sean de agrado al Señor.
El ejemplo que nos deja el bautismo de Cristo Jesús es elocuente: cuando fue bautizado, una voz del cielo declaró que Él era el Hijo amado del Padre, en quien el Padre tenía contentamiento —una voz que se repitió en tres ocasiones a lo largo de Su ministerio—. Eso es exactamente lo que Dios quiere de cada uno de nosotros: que pueda decir de nosotros lo mismo, que somos Sus hijos amados en quienes Él toma contentamiento.
El Primer Componente: Presentarse ante Dios Aprobado
Surge entonces la pregunta que no podemos evadir: ¿Cómo se logra ser aprobado por Dios? ¿Cómo se obtiene Su aprobación? En la mente de muchas personas prevalece la idea de que, para ser aprobados por Dios, es necesario hacer esto, hacer aquello, hacer y hacer, como si todo dependiera de las obras. Y aquí entramos precisamente en la confrontación que el Espíritu de Dios establece para cada uno de nosotros: no, no se trata de hacer.
No estamos diciendo que los actos de fe carezcan de importancia, ni que no existan las obras. Claro que existen, porque Santiago enseña con claridad que la fe sin obras está muerta. Las obras son la evidencia, en nosotros, de que hemos sido aprobados por Dios; pero no podemos afirmar que sean ellas las que nos hacen aceptos o agradables al Señor.
«Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6)
No tiene que ver, en primer lugar, con las obras: estas son la manifestación del agrado que ya hemos alcanzado de antemano en Cristo Jesús. Recordemos el caso de Caín y Abel: ambos ofrecieron obras, pero solo Abel fue aprobado, mientras que Caín fue reprobado. ¿Cómo, entonces, se alcanza la aprobación de Dios? El propio versículo 15 lo revela, y los tres componentes de esta instrucción giran en torno al último de ellos: la palabra de verdad.
¿Qué es lo que hace que un hombre o una mujer sean aprobados por Dios? Que tengan en sí la palabra de verdad. El apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, acuñó una expresión que solo encontramos en sus escritos a Timoteo y a Tito, y que no aparece en ninguna otra parte de sus cartas: la sana doctrina. Según el versículo 15, la palabra de verdad no es distinta de la sana doctrina.
Lo que hace que un hombre o una mujer sean aprobados por Dios es que tengan la sana doctrina. Si un hombre no tiene la sana doctrina, no puede ser aprobado por Dios; si una mujer no tiene la sana doctrina, no puede ser aprobada por Dios, aunque haga lo que haga, aunque diga lo que diga. Esto es fundamental que lo entendamos: la salvación surge de aceptar la palabra del Señor, de reconocerla y de vivir conforme a ella. Eso es lo que nos constituye en hijos de Dios, y no otra cosa. No podemos afirmar que reconocemos que Cristo Jesús es el Hijo de Dios sin conocer ni caminar conforme a la palabra que Él estableció.
Para que veamos cuán importante es esta declaración para el apóstol, observemos cómo la utiliza en otros pasajes:
«Conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes… y si hay alguna otra cosa contraria a la sana doctrina» (1 Timoteo 1:9-10)
La sana doctrina es lo que establece la plomada, lo que determina qué es de Dios y qué no lo es. Es la única forma de conocer cuál es el trigo y cuál es la cizaña, lo que es santo y lo que es profano, lo que es de Dios y lo que es apostasía. Es el elemento espiritual que establece diferencia.
«Si alguno enseña otra cosa, y no asiente a las sanas palabras… y a la doctrina que es conforme a la piedad» (1 Timoteo 6:3)
«Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús» (2 Timoteo 1:13)
«Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias» (2 Timoteo 4:3)
En ambas epístolas a Timoteo, y también en la carta a Tito, esta expresión —la sana doctrina— prevalece constantemente. ¿Qué es, entonces, lo que hace que un hombre o una mujer sean aprobados por Dios? Que hayan recibido la sana doctrina, que la hayan abrazado, y que caminen conforme a ella. No valen nuestras obras si no hemos abrazado la sana doctrina, y esto es algo que debemos entender profundamente, porque de ello depende que seamos un Caín o que seamos un Abel. No depende de cuántas horas dediquemos a actividades religiosas, ni siquiera de leer o de predicar la palabra; si no la hemos abrazado, si no caminamos conforme a ella, en realidad no hay aprobación de parte de Dios. Podemos sostener muchas definiciones religiosas —muchas veces fundamentadas en filosofía religiosa—, pero eso no es lo que la palabra del Señor nos demanda a cada uno de nosotros.
Vale la pena señalar, además, un dato revelador sobre el idioma original: el término traducido al español como «sana» es, en el griego original, la misma raíz de la cual también deriva nuestro término «higiene». Traducido de forma literal, podríamos leer «la doctrina higiénica»: la doctrina que no está contaminada.
«Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos» (2 Timoteo 2:16-18)
Aquí vemos cuán importante es la pureza de la doctrina: el apóstol exhorta a evitar las «profanas y vanas palabrerías», que para nuestros efectos vendrían a ser filosofía religiosa. La palabra de Dios no admite lógica humana; la palabra de Dios se vive por fe, pues el justo por la fe vivirá, y en esa fe vivimos de justicia en justicia.
En Hechos 17 encontramos un ejemplo digno de imitar. Cuando el apóstol Pablo fue expulsado de Filipos y de Tesalónica, llegó a Berea, y el escritor sagrado señala que los de Berea eran más nobles que los de Tesalónica —una nobleza espiritual, no de alcurnia ni de rango político o económico— porque escudriñaban las Escrituras para ver si lo que Pablo enseñaba era así. Muchos de nosotros, sin embargo, hemos aceptado y vivimos conforme a lo que hemos oído, y no conforme a lo que la palabra del Señor ha establecido.
Conviene mencionar también un pasaje que con frecuencia ha sido mal interpretado:
«Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; solo espera hasta que el que al presente lo detiene sea quitado de en medio» (2 Tesalonicenses 2:7)
Se pregunta con frecuencia qué o quién es «el que detiene», y en torno a esta pregunta han surgido muchas interpretaciones alejadas del conocimiento de la palabra de Dios. Lo que detiene el misterio de la iniquidad es precisamente la sana doctrina, porque es lo único que puede marcar diferencia entre lo santo y lo profano, entre lo que es de Dios y lo que no lo es. Cuando la sana doctrina es quitada, desaparece el elemento de comparación, y —como el propio apóstol advierte en esta misma epístola a Timoteo— se levantarán hombres amadores de sí mismos, conforme a sus concupiscencias, estableciendo apostasía, y lamentablemente muchos irán tras ellos.
Este es el primer componente de la cuarta instrucción, y ya conocemos la ruta que se nos ha trazado: para ser aprobados, es necesario conocer la sana doctrina.
El Segundo Componente: Como Obrero que no Tiene de Qué Avergonzarse
Pasamos ahora al segundo componente de la instrucción: presentarse «como obrero que no tiene de qué avergonzarse». ¿Cómo podría avergonzarse un hombre o una mujer de Dios? Alguien podría responder de inmediato: por el pecado. Pero esa no es la respuesta precisa, porque el pecado, sencillamente, saca por completo de la gracia; lo que Pablo le está diciendo a Timoteo es que, aun permaneciendo dentro de la gracia, es posible tener algo de qué avergonzarse.
¿Cuál sería, entonces, la única forma? El propio apóstol lo declara:
«Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo» (2 Timoteo 2:19)
Aquí el apóstol presenta dos elementos: el sello del fundamento de Dios está compuesto, primero, por el conocimiento que el Señor tiene de los que son Suyos, y segundo, por el apartamiento de la iniquidad de todo aquel que invoca el nombre del Señor. La respuesta a nuestra pregunta está en este segundo elemento: apartémonos de toda iniquidad.
¿Y qué es la iniquidad? Muchos de nosotros no tenemos claramente definido este término, aunque lo hemos leído numerosas veces tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La definición se encuentra en el libro de Génesis:
«Y habló Caín a su hermano Abel; y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató» (Génesis 4:8)
«Grande es mi iniquidad para ser perdonada» (Génesis 4:13)
Aquí está la definición de lo que es la iniquidad. Sí, la iniquidad es maldad; sí, la iniquidad es pecado; pero, de manera más precisa, la iniquidad es levantarse en contra de alguien. En el caso de Caín, se levantó físicamente, agredió y mató. Eso es iniquidad. Pero debemos entender también que difamar a alguien, criticar a alguien, murmurar en contra de alguien, atentar contra el prestigio o el honor de una persona —es decir, tirar por tierra su buen nombre— es también iniquidad.
Esto se confirma en las palabras de Cristo Jesús registradas en el Sermón del Monte:
«Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego» (Mateo 5:21-22)
El enojo inmotivado contra el hermano —lo cual, según hemos visto, viene a ser iniquidad— es puesto por Cristo Jesús al mismo nivel de gravedad que el homicidio.
Surge entonces la pregunta: ¿Cómo es posible que exista un Caín entre nosotros? ¿Cómo es posible que cultivemos la conducta y la actitud de Caín dentro de los ambientes de fe? Y no se trata de justificarlo diciendo que es «crítica constructiva», porque cuando algo se dice a espaldas de una persona, en realidad no es constructivo. Lo constructivo sería acercarnos a esa persona y expresarle directamente lo que sentimos o pensamos; hacerlo a sus espaldas y llamarlo «constructivo» es un engaño. Muchas veces no nos damos cuenta de que estamos cultivando y multiplicando la iniquidad dentro de nuestros propios ambientes de fe.
Este es, entonces, el segundo componente de la cuarta instrucción: presentarnos como obreros que no tienen nada de qué avergonzarse, es decir, que se apartan de toda iniquidad —de hablar en contra de aquel que no está presente, de levantarse contra el hermano ausente—. Esto es motivo de vergüenza en términos espirituales. La persona que carga con este tipo de vergüenza tiende a ocultarse y a esconderse, y es precisamente allí, en ese ocultamiento, donde las fuerzas demoníacas cobran mayor influencia dentro de la persona. No hay crecimiento ni aprobación posible, porque Dios no aprueba a quien habla de otro o se levanta en contra de otra persona.
Esta es también una responsabilidad personal, única, individual e intransferible; nadie puede cumplirla por nosotros. No basta con decir: «Ora por mí, porque tengo esta conducta de iniquidad, porque camino en iniquidad; ora para que el Señor me ayude». Si no somos conscientes de que estamos hablando en contra de otra persona, es señal de que hay fuerzas demoníacas operando y tomando posesión de un espacio dentro de nuestra vida, aun cuando estemos confesando el nombre del Señor. Es indispensable que asumamos la responsabilidad que nos corresponde.
El Tercer Componente: Que Traza Bien la Palabra de Verdad
Llegamos así al tercer componente de esta cuarta instrucción: «que traza bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15). ¿Qué significa trazar bien la palabra de verdad? Comencemos por entender qué es trazar. Trazar tiene que ver con una línea recta: el agricultor traza un surco, y quien haya estado en un campo recién arado sabrá que esos surcos son líneas perfectas, trazadas muchas veces sin necesidad de un cordel que guíe a los bueyes o al arado. Se trata de una técnica tan depurada que, sin nada externo que la guíe, produce una línea recta, sin desviaciones hacia un lado ni hacia otro.
Eso es exactamente lo que el apóstol demanda: trazar bien la palabra de verdad significa mantener una línea recta en la exposición de la palabra. Y aquí surge de inmediato la pregunta: ¿cómo se logra esto? ¿Es necesario estudiar hermenéutica? ¿Es necesario estudiar homilética para trazar bien la palabra de verdad? Debemos responder que no. Timoteo no estudió hermenéutica ni homilética; Timoteo no asistió a un instituto bíblico ni a una institución teológica que pudiera considerarse la fuente de su capacidad para trazar bien la palabra de verdad.
Entonces, ¿cómo puede un hombre o una mujer de fe trazar bien la palabra de verdad? La respuesta es: conociendo la obra de la cruz. Con frecuencia, cuando queremos predicar y presentar la palabra, terminamos hablando de casi todo menos de la obra de la cruz, menos de Cristo Jesús, menos de lo que significa que Cristo Jesús haya ocupado nuestro lugar en la cruz, menos de la resurrección de Cristo Jesús, menos de lo que la palabra del Señor enseña acerca del bautismo en agua, del bautismo en el Espíritu Santo, de la justificación, de la santificación, y de lo que la palabra del Señor establece con respecto a la vida eterna y a la salvación.
Predicamos y hablamos, pero de lo que menos hablamos es de la sana doctrina, precisamente porque muchos no la conocemos; una gran mayoría solo cuenta con referencias generales del evangelio, referencias de Jesús, referencias de lo que sucedió en la cruz del Calvario, sin caminar conforme a lo que la palabra establece acerca de lo que significa que Cristo Jesús haya ocupado nuestro lugar en la cruz del Calvario.
¿Cómo podremos trazar bien la palabra de verdad si no la conocemos, si no la hemos estudiado, si no entendemos lo que el Señor nos está diciendo a través de ella? Trazar bien la palabra de verdad es, también, una responsabilidad individual, personal e intransferible; no la podemos delegar ni transferir a otro, ni podemos decir: «Hermano, pastor, pastora, ora por mí para que yo trace bien la palabra de verdad». Si no nos sentamos a leerla, si no nos sentamos a conocerla, si no la establecemos como el fundamento de nuestra vida, jamás podremos trazar bien la palabra de verdad. Podríamos estudiar hermenéutica, podríamos estudiar homilética, podríamos ser hábiles en la construcción de bosquejos, tener buena dicción y buena elocuencia, y aun así no llegar a ser obreros que trazan bien la palabra de verdad. La única forma es conocer la palabra, la palabra del Señor.
Esto queda ilustrado con claridad en la primera epístola a los Corintios:
«Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; mas a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios… ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?… Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios» (1 Corintios 1:17-24)
¿Conocemos verdaderamente la locura del evangelio, o preferimos vivir bajo una filosofía fundamentada en la lógica humana? Dios no llamó al apóstol a predicar sabiduría humana; si queremos trazar bien la palabra de verdad, los estudios teológicos y académicos, por sí solos, no nos ayudarán en absoluto, porque esto no depende del conocimiento humano.
«Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mateo 16:17)
Para trazar correctamente la palabra de verdad necesitamos el poder del Espíritu de Dios, que nos abra el entendimiento —no solo para comprenderla, sino, sobre todas las cosas, para caminar conforme a ella.
Conclusión
Hemos estudiado la cuarta instrucción que el apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, entrega a Timoteo: procurar con diligencia presentarse a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad. Esta instrucción está compuesta por tres elementos inseparables: presentarnos ante Dios aprobados mediante el conocimiento y la práctica de la sana doctrina; presentarnos como obreros que no tienen de qué avergonzarse, apartándonos de toda iniquidad; y presentarnos como obreros que trazan bien la palabra de verdad, conociendo profundamente la obra de la cruz de Cristo Jesús.
Es una responsabilidad que hoy, por el Espíritu de Dios, nos es delegada a cada uno de nosotros —una responsabilidad intransferible que nadie puede cumplir en nuestro lugar. Solamente nosotros podemos procurar, con diligencia, presentarnos ante Dios aprobados.
Te bendigo. La paz del Señor sea contigo. Amén.
Preguntas de repaso
1. ¿Cuáles son los tres componentes de la cuarta instrucción que Pablo entrega a Timoteo en 2 Timoteo 2:15, y por qué son inseparables entre sí?
2. Según lo estudiado, ¿qué es la sana doctrina y por qué es ella —y no únicamente las obras— la que determina la aprobación de Dios sobre la vida de una persona?
3. A partir de la definición de iniquidad hallada en el caso de Caín, ¿de qué manera podríamos estar, sin darnos cuenta, cultivando esta conducta dentro de nuestros propios ambientes de fe?
4. ¿Por qué afirma este capítulo que trazar bien la palabra de verdad no depende principalmente del estudio académico, la hermenéutica o la homilética, sino de conocer la obra de la cruz?
5. ¿Por qué se describe esta instrucción como una responsabilidad «personal, individual e intransferible», y qué implicaciones tiene esto para tu propia vida de fe?
