La sexta instrucción del apóstol Pablo a Timoteo — 2 Timoteo 3:1-17

Introducción

La paz del Señor sea con todos nosotros. Damos gracias al Dios eterno, al Todopoderoso, por permitirnos una vez más presentarnos delante de su Palabra y bajo el poder de su Santo Espíritu. Continuamos en esta enseñanza el estudio de las instrucciones que el apóstol Pablo entregó a Timoteo en su segunda epístola, y llegamos ahora a la sexta de ellas.

Antes de adentrarnos en el texto, es indispensable comprender el propósito con el cual Pablo escribe. No se trata simplemente de instrucciones generales para formar a un mejor ministro o, como el mismo apóstol lo expresa en el capítulo 2, para convertir a Timoteo en “un obrero aprobado”. El propósito central de Pablo es asegurarse de que Timoteo continuará la labor ministerial y evangelística a la cual fue encomendado mediante la imposición de sus manos.

Pablo sabía, como él mismo lo declara en el capítulo 4, versículo 6, que sus días estaban próximos a concluir; afirma allí que está “próximo a ser ofrecido”. Esta certeza de su partida inminente explica la preocupación que el apóstol manifiesta hacia Timoteo, una preocupación que no se observa de la misma manera hacia otro de sus colaboradores, Tito. Debemos tener presente que cuando Timoteo se incorporó al cuerpo ministerial del apóstol era apenas un jovencito —se estima que tenía entre diecisiete y veinte años de edad— y que su ministerio entero transcurrió bajo la mano y la instrucción directa de Pablo. Nunca se separaron sino por escasos días o semanas, mientras el apóstol viajaba a otras regiones; el resto del tiempo, Timoteo permaneció junto a él. Sabiendo Pablo que llegaba su hora final, y consciente de que Timoteo jamás había tenido que sostenerse largo tiempo sin su guianza inmediata, le deja estas instrucciones con carácter urgente.

La sexta instrucción: Persiste en lo que has Aprendido

La sexta instrucción se encuentra en el capítulo 3, versículo 14:

“Empero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido” (2 Timoteo 3:14).

Esta es, de todas las instrucciones estudiadas hasta ahora, la más extensa, pues ocupa la totalidad del capítulo 3. Ello resulta significativo si consideramos el desarrollo de la epístola: en el capítulo 1, después de la introducción, el apóstol le exhorta a avivar el fuego del don de Dios que hay en él; en el capítulo 2 encontramos tres instrucciones distintas; pero al llegar al capítulo 3, un capítulo completo de diecisiete versículos queda consagrado a una sola instrucción. Esto no significa que sea la instrucción más importante o contundente de todas, pero sí revela que es la que demanda mayor atención y desarrollo, porque contiene elementos proféticos que, entre otras cosas, sirven de fundamento para comprender el mensaje que después será dirigido a las siete iglesias del Apocalipsis.

La instrucción propiamente dicha aparece en el versículo 14, pero está precedida por trece versículos que establecen la urgencia y el contexto de la advertencia que Pablo quiere que Timoteo comprenda.

Tiempos Peligrosos: Una Advertencia Profética

El capítulo comienza así:

“También sepas esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1).

Esta sexta instrucción comienza, pues, con una advertencia profética. Al hablar de “los postreros días”, el apóstol se refiere escatológicamente a los últimos tiempos, los mismos en los que a cada uno de nosotros nos ha tocado vivir. Es necesario detenernos aquí para comprender en qué sentido serán tiempos peligrosos, pues no se trata únicamente del ambiente o de la situación social que rodeará a la Iglesia.

La preocupación central del apóstol Pablo, en toda su enseñanza, es la fe. Él mismo lo confiesa cuando declara: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). Y a los Gálatas escribe: “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios” (Gálatas 2:20). Para Pablo, la vida del hombre y de la mujer que han entregado su existencia a Cristo Jesús se resume en la fe: en la cantidad de fe que puedan desarrollar, en la fe que puedan producir, en la vida de fe que puedan vivir sobre la tierra. Por ello, cuando el apóstol anuncia “tiempos peligrosos”, debemos entender que son peligrosos precisamente en cuanto a la fe, porque no serán tiempos idóneos para que la fe pueda crecer. Solo así podemos comprender también la pregunta que hizo Jesús: “Empero cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?” En los últimos tiempos, la fe será la virtud más difícil de vivir y de producir.

El apóstol señala dos razones concretas por las cuales estos tiempos serán peligrosos para la fe: los temas que se predican y el liderazgo que se levanta dentro de las congregaciones.

Primera Razón: Los Temas que se Predican

La primera razón por la cual estos tiempos son peligrosos para la fe tiene que ver con los temas que se predican. Hoy se acuñan términos impactantes e impresionantes que muchos siguen sin detenerse a examinar su fundamento. Es posible escuchar, por ejemplo, discursos acerca de la “reingeniería de liderazgo”: temas que impresionan, pero que en realidad corresponden a metodologías del mundo que han sido integradas y acopladas a la predicación del evangelio, dejando fuera la Palabra y dejando fuera la manifestación del Espíritu Santo.

Ya se viven tiempos en los que hombres y mujeres —y aquí nos referimos concretamente a ministros— no elaboran sus mensajes bajo la guianza del Espíritu Santo, sino que entregan a la inteligencia artificial la forma de predicar, la elaboración de los bosquejos y todo lo que habrá de presentarse en un sermón. Esta práctica se multiplica como si fuera lo más conveniente para quienes Dios ha escogido para ministrar en este tiempo, y sin embargo muchos, al verla proliferar, han guardado silencio.

Estos son tiempos peligrosos porque se ha sacado la Palabra y se ha dejado fuera al Espíritu Santo, y donde no hay Palabra no hay fe, pues la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Si la Palabra ha sido retirada de los mensajes que se predican, no puede cosecharse fe, ni multiplicarse, ni sembrarse.

A esto se suma otra realidad: muchos, dados a la alabanza y a la adoración, no se han percatado de que numerosos cantos que hoy circulan dentro de las congregaciones no surgieron de la manifestación del Espíritu Santo, sino que fueron elaborados —e incluso cantados— por inteligencia artificial. Cuántas personas que siguen las páginas sociales se detienen a escuchar o a conservar un canto sin advertir que no fue producto de la manifestación del Espíritu, sino la construcción de una inteligencia artificial. Son, muchas veces, los mismos cantos que hoy cautivan y que conducen a las personas a integrarse a determinados grupos denominacionales.

Estos tiempos peligrosos, lejos de pertenecer a un futuro lejano —dentro de veinticinco, treinta o cincuenta años—, ya los estamos viviendo. La diferencia es que muchos vivimos en una ingenuidad, en una fantasía religiosa que nos mantiene cegados y nos impide ver con claridad a qué nos estamos exponiendo. Por ello es necesario tener sumo cuidado con los temas que se predican, con los cantos y aun con su letra, pues mucho de lo que hoy circula ha sido elaborado a partir de la inteligencia artificial.

Segunda Razón: El Liderazgo que se Levanta

La segunda razón por la cual estos tiempos son peligrosos tiene que ver con el liderazgo que se está levantando y con las congregaciones que lo auspician. Esto queda contenido entre los versículos 2 y 7, donde el apóstol —guiado por el Espíritu de Dios, quien incluyó esta misma lista también en su epístola a los Romanos— presenta una clasificación detallada del tipo de personas que dirigirán a la iglesia en los últimos tiempos:

“Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad, sin afecto, desleales, calumniadores, destemplados, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, hinchados, amadores de los deleites más que de Dios, teniendo apariencia de piedad, más habiendo negado la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:2-5).

Conviene detenerse en el significado de estos términos, porque el Espíritu de Dios no habría guiado al apóstol a incluir esta lista si no fuese importante que la conociéramos. Los “amadores de sí mismos” son personas egocéntricas y narcisistas, para quienes todo gira en torno a su propia persona. Los “avaros” no son únicamente quienes retienen, sino quienes aman el dinero y las riquezas por encima de todo. Los “vanagloriosos” se jactan de sus propios logros. Los “soberbios” son altivos, se creen superiores a los demás. Los “detractores” —a quienes otras versiones llaman blasfemos— son calumniadores que levantan sobre otros acusaciones que ellos mismos han construido.

Los “desobedientes a los padres” hablan de un problema de autoridad: si dentro del hogar no se supo reconocer la autoridad, en la sociedad entera ocurrirá exactamente lo mismo. Los “ingratos” son desagradecidos, como los nueve leprosos que, habiendo sido sanados por Jesús junto con un décimo, no regresaron a darle gracias; solo volvió el samaritano, precisamente para mostrar que la ingratitud sería una de las manifestaciones de los últimos tiempos. Ser “sin santidad” es no saber distinguir lo santo de lo profano.

Ser “sin afecto” —o sin afecto natural, según otras versiones— describe a quienes no saben establecer relaciones interpersonales genuinas y solo buscan su propio beneficio. Los “desleales” o implacables son incapaces de perdonar. Los “calumniadores” recurren al chisme y a la acusación, males que en ocasiones se levantan también dentro de las propias congregaciones. Los “destemplados” —o desenfrenados— no viven conforme a la Palabra, sino por impulsos e intenciones propias. Los “crueles” son intolerantes y feroces; los “aborrecedores de lo bueno” odian todo aquello que exalta la justicia de Dios.

Los “traidores” son traicioneros; los “arrebatados” —o impetuosos, según otras versiones— actúan sin pensar. Los “hinchados” —o infatuados, en la versión antigua— son personas engreídas y orgullosas. Los “amadores de los deleites más que de Dios” colocan sus propios intereses en primer plano y a Dios en un lugar secundario. Y, finalmente, quienes tienen “apariencia de piedad” pero han negado su eficacia son aquellos cuya religiosidad es solo exterior, sin fundamento real en la Palabra ni en el poder del Espíritu Santo.

Resulta fundamental notar que el apóstol no está describiendo a la gente del mundo que no ha conocido a Jesús; le está hablando a Timoteo de liderazgo, de personas que dirigen congregaciones e iglesias. Esto nos permite comprender mejor el mensaje a las siete iglesias del Apocalipsis, donde se menciona a los nicolaítas y a quienes sostienen la doctrina de Balaam, y donde el Señor reclama: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”. Es, en definitiva, un mensaje profético que el Espíritu de Dios entregó por boca de Pablo, y que nosotros, viviendo ya en estos últimos tiempos, vemos cumplirse en un liderazgo que se levanta con estas mismas características. El propio Pablo llega a mencionar por nombre a algunos de estos hombres: Alejandro el calderero, en el capítulo 4; Figelo y Hermógenes, en el capítulo 1; e Himeneo y Fileto, en el capítulo 2 — hombres que desarrollaron un protagonismo dañino dentro de las congregaciones judeo-gentiles.

El apóstol continúa describiendo el efecto de este liderazgo sobre la congregación:

“Porque de éstos son los que se entran por las casas, y llevan cautivas las mujercillas cargadas de pecados, llevadas de diversas concupiscencias; que siempre aprenden, y nunca pueden acabar de llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:6-7).

La expresión “mujercillas”, más que un diminutivo, tiene aquí un sentido despectivo: describe a personas —hombres y mujeres por igual— susceptibles de ser impresionadas por cualquier palabra o expresión llamativa. No se trata de gente que busca crecer en la fe o conocer la verdad, sino de personas que andan buscando un ídolo al cual idolatrar. Basta recordar lo ocurrido al pie del monte mientras Moisés recibía la ley: el pueblo, impaciente, le pidió a Aarón: “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros”, y Aarón construyó un becerro. De la misma manera, en los últimos tiempos la gente no busca guianza espiritual ni ministros que le enseñen el camino que Dios demanda para su vida, sino ídolos que idolatrar. Esta es la realidad terrible que el apóstol describe, y que ya estamos viviendo.

¿Cómo Persistir en lo Aprendido? Tres Consejos del Apóstol

Ante este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿cómo puede Timoteo persistir en lo que ha aprendido y en lo que fue persuadido? El apóstol le entrega tres respuestas concretas, contenidas en los versículos 10 al 17.

Primer consejo: Sigue el ejemplo de un ministerio íntegro

“Pero tú has seguido mi doctrina, instrucción, intento, fe, largura de ánimo, caridad, paciencia, persecuciones, aflicciones, cuales me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra, cuales persecuciones he sufrido, y de todas me ha librado el Señor. Y también todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Timoteo 3:10-12).

La primera respuesta del apóstol es sencilla pero contundente: mira el ejemplo del ministro que tienes frente a ti. Timoteo no tendría dificultad para persistir en lo aprendido, porque ya contaba con un ejemplo vivo al cual seguir. Para nosotros, el consejo se traduce así: toma un ejemplo de ministerio al cual puedas seguir o imitar. Lamentablemente, esta es una de las carencias más notables dentro del pueblo de Dios en la actualidad: la falta de un ejemplo claro a quien imitar. Pablo mismo escribió a los tesalonicenses: “Y vosotros fuisteis hechos imitadores de nosotros” (1 Tesalonicenses 1:6), y en otro lugar exhortó: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

La importancia de contar con un ejemplo radica en que no podemos construir aquello que no sabemos cómo construir; el ejemplo nos enseña el proceso. En su defensa ante el pueblo, registrada en Hechos 22:3, el apóstol menciona haber sido “criado en esta ciudad [Jerusalén] a los pies de Gamaliel”, no como un simple dato retórico, sino como reconocimiento de que también él necesitó un fundamento sobre el cual edificar su vida. Existe hoy una notable diferencia entre buscar un ministerio a quien seguir por su ejemplo y buscar ídolos a quienes idolatrar: sobre estos últimos jamás podremos construir una vida de fe firme y estable en Cristo Jesús, pues en algún momento nos conducirán al error, al engaño y a la fantasía.

Segundo consejo: Estudia las Sagradas Escrituras

“Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15).

El segundo consejo es igualmente directo: estudia las Sagradas Escrituras. En ellas está la sabiduría, el consejo y la inteligencia que Dios quiere darnos y en las que quiere establecernos. Cuando no caminamos en la Escritura, no podemos crecer, y con frecuencia terminamos inventando soluciones propias, apoyados en lo que consideramos buenas ideas, sin advertir que, al no estar fundamentadas en la Palabra de Dios, esas mismas ideas terminarán conduciéndonos a la perdición.

Una de las realidades que se observan en estos últimos tiempos es que la Biblia está desapareciendo de las pertenencias del hombre y de la mujer de Dios. El teléfono celular, con sus biblias electrónicas, ha sustituido al ejemplar físico de las Sagradas Escrituras; muchos, en las congregaciones, aparentan leer durante el servicio, pero en sus casas no dedican tiempo a la Palabra. No podemos construir una vida de fe, ni por extensión un ministerio, si no conocemos las Escrituras. Jesús mismo declaró: “No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4), palabras que muchas veces repetimos sin ponerlas por obra. Esta es otra razón por la cual estos tiempos son peligrosos: la fe no se siembra ni se cosecha allí donde las Sagradas Escrituras han sido dejadas de lado, y así se explica también por qué se levanta un liderazgo que no habla de Dios: sencillamente porque no conoce las Escrituras, no las ha leído ni tiene interés en leerlas.

Cabe además una advertencia práctica: muchas personas sienten un atractivo particular por el libro de Apocalipsis, pero este es un libro que no puede comprenderse sin haber leído el Génesis, los profetas, los salmos y, en general, el Antiguo Testamento. La falta de ese fundamento produce interpretaciones muchas veces absurdas, nacidas de la invención de cada quien y no del estudio ordenado de toda la Escritura.

Tercer consejo: Busca en la Escritura la Respuesta a Toda Inquietud

“Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

El tercer consejo consiste en buscar en la Palabra la respuesta a toda pregunta, a toda consulta, a toda inquietud. Con frecuencia, ante nuestras dudas, preferimos preguntar a una, dos o varias personas qué piensan o qué consejo nos darían, porque deseamos que la solución sea sencilla: que alguien nos indique el paso uno, el paso dos y el paso tres para resolver nuestra situación. Pero el consejo del apóstol no opera de esa manera; nos remite, en cambio, a la Sagrada Escritura, inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia, a fin de que el hombre y la mujer de Dios sean perfectos y estén enteramente instruidos para toda buena obra. Es por medio de su Palabra que el Señor habla y muestra el camino que debemos seguir.

Conclusión

La sexta instrucción del apóstol a Timoteo puede resumirse en sus propias palabras: “Empero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido”. Es, de todas las instrucciones estudiadas hasta ahora, la más extensa, y la que nos habla proféticamente acerca de los últimos tiempos. Pablo establece un precedente claro para que Timoteo comprenda el porqué de esta exhortación: los postreros tiempos serán tiempos peligrosos, porque se levantarán hombres y mujeres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad, con apariencia de piedad pero sin su eficacia — un liderazgo que se levanta y una congregación que lo auspicia. Por ello será difícil que la fe se siembre y que se pueda vivir por medio de ella.

Frente a esta realidad, el apóstol entrega tres consejos concretos y suficientes: buscar el ejemplo de un ministerio que establezca un modelo de crecimiento, de fe y de guianza espiritual; estudiar las Sagradas Escrituras, no solamente como material de predicación, sino como fuente de sabiduría para la salvación; y buscar en ellas la respuesta a toda inquietud, para poder persistir en lo aprendido y en lo que hemos sido persuadidos. Recordemos, finalmente, que el que persevere hasta el fin será salvo. Mucho podríamos haber acumulado y aprendido, pero si no persistimos en ello y a mitad del camino lo abandonamos por adoptar otro conocimiento, no tendremos asegurado el poder decir, como el apóstol: “He peleado la buena batalla de la fe”. Solamente quien persista en lo que ha aprendido y en lo que ha sido persuadido alcanzará la corona de vida.



Preguntas de Repaso

1. Según este capítulo, ¿en qué sentido son “peligrosos” los postreros tiempos, y cuáles son las dos razones concretas que el apóstol señala para explicarlo?

2. De la lista de características del liderazgo descrita en 2 Timoteo 3:2-5, ¿cuál te parece más difícil de identificar en la actualidad, y por qué crees que el apóstol advirtió específicamente contra ella?

3. De los tres consejos que el apóstol entrega para persistir en lo aprendido —seguir el ejemplo, estudiar las Escrituras y buscar en ellas toda respuesta—, ¿cuál sientes que necesitas aplicar con mayor urgencia en tu propia vida?


pastor Pedro Montoya


Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Avatar de pastor Pedro Montoya

Published by

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo