2 Timoteo 2:3-6
Introducción
La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Demos gracias al Dios eterno, al Todopoderoso, por el tiempo que Él nos concede, porque no es del hombre ordenar sus propios pasos, sino de Jehová Dios, quien establece el camino por el cual el hombre y la mujer han de caminar. Él nos ha convocado, Él nos ha llamado, Él nos ha escogido y Él nos ha reunido. Y es necesario reconocer que este tiempo de estudio es una oportunidad para exponernos ante el poder de Su palabra, ante el poder de Su Santo Espíritu y, sobre todas las cosas, ante la presencia misma del Señor.
Exponerse ante la presencia del Señor es, en realidad, el inicio de toda vida de fe y de toda vida espiritual genuina. No todos estamos dispuestos a hacerlo. El libro de Génesis nos ofrece un ejemplo temprano de esta resistencia, cuando el hombre, después de haber pecado, confiesa:
“Tuve miedo, y me escondí” (Génesis 3:10).
Esta ha sido, desde el principio, la actitud, el comportamiento y la naturaleza del hombre y de la mujer: escondernos de Dios, creyendo que en verdad podemos hacerlo. Por ello, exponernos ante la Palabra, ante el poder del Espíritu Santo y ante la presencia del Señor es el fundamento de toda enseñanza verdadera.
En este capítulo estudiaremos la tercera instrucción que el apóstol Pablo entrega a Timoteo, contenida en la segunda epístola que le dirige. Es importante recordar, y conviene reenfatizarlo, que esta segunda epístola no es igual a la primera. En la primera epístola, Pablo le da a Timoteo instrucciones de carácter operativo: cómo debe comportarse un ministro, cómo debe conducirse, qué es lo que debe hacer, instrucciones que, por extensión, alcanzan también al hombre y a la mujer de fe en general, pues estas palabras no están dirigidas exclusivamente a los ministros, sino a todo aquel que ha confesado a Cristo Jesús como Señor y Salvador de su vida.
La segunda epístola, en cambio, aunque también contiene instrucciones, es de naturaleza distinta: se trata de instrucciones de tipo formativo. El apóstol confiesa en esta carta que está por concluir su carrera ministerial sobre la faz de la tierra. Por esta razón, su mayor interés respecto a Timoteo es asegurarse de que, una vez que él haya partido, Timoteo continúe la labor que se ha desarrollado durante todo el tiempo de su ministerio. Esta es una encomienda sumamente importante, porque Pablo no deja solo a Timoteo, sino que le entrega las instrucciones necesarias para que pueda desarrollar plenamente las funciones para las cuales fue escogido por el Señor y establecido dentro del ministerio.
La tercera instrucción: sufre trabajos como fiel soldado
La tercera instrucción se encuentra en el capítulo 2 de la segunda epístola a Timoteo, versículo 3:
“Tú, pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesús Cristo” (2 Timoteo 2:3).
Otras versiones traducen: “Tú, pues, sufre penalidades, como fiel soldado de Jesús Cristo”.
Esta instrucción difiere un tanto de las dos primeras que el apóstol ya había entregado a Timoteo. La primera se encuentra en el capítulo 1, versículo 6:
“Aviva el fuego del don de Dios” (2 Timoteo 1:6).
La segunda está en el capítulo 2, versículo 1:
“Esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1).
Ambas tienen un marcado énfasis doctrinal, es decir, un énfasis en el contenido mismo del evangelio, porque doctrina no es otra cosa que el contenido del evangelio, no simplemente enseñanza en un sentido genérico.
La tercera instrucción, sin embargo, no está enfatizando directamente la doctrina, aunque la toca de manera indirecta. Es más bien una instrucción referida a la personalidad y al carácter de Timoteo, y por extensión, a la personalidad y al carácter de todos aquellos que nos acercamos a esta palabra.
¿Quién era Timoteo? Trasfondo bíblico de un joven escogido
Para poder comprender en qué consiste esta tercera instrucción —y es sumamente importante comprenderla, como veremos en el desarrollo de este capítulo— conviene primero estudiar brevemente quién era Timoteo y por qué el apóstol tenía tanto interés en él, pues en ese interés se manifiesta también el cuidado de Dios hacia cada uno de nosotros por medio de la vida de Timoteo.
En el libro de Hechos de los Apóstoles, capítulo 16, es donde Timoteo comienza a ser mencionado en las Escrituras. Allí leemos:
“Después llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Quiso Pablo que este fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego” (Hechos 16:1-3).
Conviene destacar la expresión: “quiso Pablo que este fuese con él”. No era la primera vez que Pablo conocía a Timoteo. En este pasaje nos encontramos ya en el segundo viaje apostólico de Pablo, pero él había conocido a Timoteo durante su primer viaje, narrado en los capítulos 13 y 14 del mismo libro. Aunque en esos capítulos Timoteo no es mencionado explícitamente, sabemos que Pablo lo conoció entonces, porque en este segundo viaje el apóstol está visitando exactamente la misma región que visitó en el primero: se mencionan Iconio, Derbe y Listra, que es precisamente donde se desarrolla esta historia.
¿Por qué, entonces, Pablo toma a Timoteo en el segundo viaje y no en el primero? La razón es sencilla: en su primer viaje, Timoteo era apenas un preadolescente, que salía de su etapa de pubertad, y no estaba preparado para acompañar a un adulto en toda la exigente agenda que Pablo desarrollaba en sus viajes apostólicos. Cuando Pablo regresa a la misma región —Derbe, Iconio, Listra— Timoteo es ya un joven de entre diecisiete y veinte años, edad que coincide, en promedio, con aquella en la que el propio apóstol Pablo inició sus estudios a los pies de Gamaliel, antes de convertirse en fariseo.
Hay algo más que conviene entender con claridad: Pablo no escoge a Timoteo, en un principio, con la intención de introducirlo al ministerio. Esto es fundamental para comprender por qué el apóstol le da después esta tercera instrucción en su segunda epístola. Pablo escoge a Timoteo porque desea salir de la región que ya había visitado en su primer viaje apostólico y adentrarse en territorios que no conocía. Así lo confirma el propio relato:
“Y pasando a Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia” (Hechos 16:6).
El apóstol intenta entrar a otra región, pero se le impide; y continúa el relato:
“Y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió” (Hechos 16:7).
Si se ubican estos lugares en un mapa, se observa que el apóstol está saliendo de la región de Licaonia, donde vivía Timoteo, para adentrarse en otras regiones. Timoteo tenía conocimiento del hebreo, por ser hijo de madre y de abuela judías, y conocimiento del griego, por ser su padre griego. Pero en esa región se hablaba además otro idioma, la lengua licaónica, que Pablo no conocía, aunque el griego era bastante comprendido. Timoteo sí conocía esas lenguas, pues había vivido, se había criado y se había desarrollado, siendo notable, en aquella región.
La razón principal, entonces, por la cual Pablo decide que Timoteo lo acompañe, a pesar de no tener aún veinte años, es precisamente para que le ayude a comunicarse en los idiomas que se hablaban en esas regiones. Esto es importante entenderlo, porque casi siempre que leemos acerca de Timoteo asumimos que Pablo lo escogió desde el principio para prepararlo para el ministerio. Es cierto que Timoteo entró al ministerio, pero lo hizo precisamente a través de sus incursiones en las regiones a las que Pablo iba llegando; no fue esa la razón original por la que Pablo lo tomó consigo.
El conocimiento no basta: la enseñanza de la parábola de los talentos
Con este trasfondo, regresamos a 2 Timoteo 2:3:
“Tú, pues, sufre trabajos, sufre penalidades, como fiel soldado de Jesús Cristo”.
En esta enseñanza descubrimos que no basta con tener conocimiento de la doctrina o conocimiento de la revelación; es necesario, además, tener el carácter que valide la palabra o el contenido doctrinal que aceptamos.
Jesús mismo lo enseñó de esta manera:
“Ninguno que poniendo su mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62).
En este pasaje se hace evidente que no basta con el conocimiento doctrinal, no basta con el contenido doctrinal, no basta con conocer la revelación; es necesario que el hombre de fe y la mujer de fe tengan un carácter que valide la palabra que están aceptando.
Para ilustrar esto con mayor claridad, es útil recordar la parábola de los talentos, en Mateo 25, a partir del versículo 15. En ella, un amo entrega a tres siervos distintas cantidades: a uno, cinco talentos; a otro, dos talentos; y al tercero, un solo talento. Cuando el amo regresa de su viaje y llama a cuentas a sus siervos, el que había recibido cinco talentos dice:
“Señor, cinco talentos me entregaste; he aquí, he ganado otros cinco talentos sobre ellos” (Mateo 25:20).
El que había recibido dos responde de manera semejante, entregando cuatro. Pero el que había recibido un talento declara:
“Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; y tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra” (Mateo 25:24-25).
En este tercer siervo observamos algo revelador: tenía conocimiento. Sabía cómo actuaba su señor, sabía lo que su señor esperaba de él. Allí está el problema: no basta solamente con tener conocimiento de la doctrina, no basta solamente con tener conocimiento de la revelación, no basta solamente con tener conocimiento del evangelio. El siervo mismo lo confiesa: “tuve miedo”. No tenía el carácter necesario para validar la palabra que tenía a su favor.
La vida de fe, por lo tanto, consiste en tener conocimiento, tener revelación, tener el contenido doctrinal, pero de manera necesaria y complementaria, consiste también en tener el carácter para validar la palabra que sustentamos. Una persona puede decir: “Yo creo en la sanidad divina, tengo firme convicción en la sanidad divina, porque Él llevó en la cruz del Calvario todas nuestras enfermedades y dolencias; porque la Palabra dice que por su llaga fuimos nosotros curados” (véase Isaías 53:5). Pero, ante el primer dolor, el primer síntoma o el primer achaque, muchas veces actuamos de forma completamente distinta. No falló el contenido doctrinal; lo que falló fue el carácter. No tuvimos el carácter necesario para validar la palabra que estábamos estableciendo.
De la misma manera, una persona puede decir: “Yo creo que el Señor es mi guardador, que el Señor me protege; la Palabra del Señor declara que ninguna arma forjada contra mí prevalecerá” (véase Isaías 54:17). Pero, de momento, al vernos en medio de una situación donde hay un arma apuntándonos, inmediatamente flaqueamos. La vida de fe no consiste solamente en tener conocimiento, no consiste solamente en tener convicción, no consiste solamente en sabernos de memoria los textos bíblicos. La vida de fe consiste en conocer, pero también en tener el carácter suficiente y necesario para validar aquella palabra que estamos aceptando.
Esta es precisamente la enseñanza que nos deja la tercera instrucción del apóstol Pablo: “Tú, pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesús Cristo”. En la primera instrucción, Pablo ya le había dicho a Timoteo que no se avergonzara del testimonio (véase 2 Timoteo 1:8), es decir, que no permitiera que las presiones, los comentarios, las insinuaciones o las circunstancias a su alrededor fueran tan grandes como para desmotivarlo, deprimirlo o amargarlo, hasta el punto de hacerlo abandonar la labor para la cual fue escogido.
Esta tercera instrucción nos enseña algo de gran importancia: en la mayoría de los casos nos dedicamos únicamente a la tarea de conocer. Decimos: “Ya he leído la Biblia tantas veces, he estudiado en un instituto bíblico, tengo estudios teológicos, me he comprado varias versiones de las Sagradas Escrituras, conozco del griego, conozco del hebreo, tengo mucho conocimiento”. Pero la pregunta que debemos responder es: ¿tenemos el carácter para sustentar lo que confesamos?
El propio apóstol Pablo declaró:
“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación… sé vivir humillado, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Filipenses 4:11-12).
De hecho, para el apóstol fueron más los días de escasez que los días de abundancia.
La vida de fe consiste en complementar, con un carácter firme, templado y bien desarrollado, aquello que declaramos. De lo contrario, el enemigo encuentra ocasión para introducir desorden en nuestra vida. Así ocurrió con el apóstol Pedro, según lo relata Pablo en la carta a los Gálatas: antes de que llegaran ciertos judíos procedentes de Jerusalén, Pedro compartía abiertamente con los gentiles; pero tan pronto como llegaron aquellos judíos, comenzó a mostrar disimulo, por lo cual el apóstol Pablo tuvo que llamarle la atención (véase Gálatas 2:11-14). La vida de fe consiste en tener conocimiento, pero, sobre todas las cosas, en desarrollar el carácter necesario para sustentar y validar la palabra que declaramos.
Este es el caso que el apóstol presenta a Timoteo. En el mismo capítulo 1, versículo 5, Pablo le recuerda:
“Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también” (2 Timoteo 1:5).
Un poco más adelante, el apóstol le recuerda que desde su niñez ha sabido las Sagradas Escrituras (véase 2 Timoteo 3:15). Timoteo tenía, pues, un fundamento sólido de conocimiento. Pero había una parte de su vida que era necesario reforzar, porque, de no reforzarse, el enemigo tomaría ocasión para traer destrucción a la vida de este joven que había sido escogido por Dios —aunque Pablo, en un principio, lo hubiera visto con otras intenciones, Dios ya lo veía desde el comienzo como un ministro del evangelio—. Sin el carácter necesario para sustentar la palabra, todo aquel fundamento se podía echar a perder.
Esta es, por extensión, la enseñanza que nos deja esta instrucción: la razón por la cual muchas vidas de fe legítima se pierden es, precisamente, la falta de carácter. Viene la opresión, vienen los comentarios, viene la persecución, viene la escasez, y la persona inmediatamente baja el ritmo, se deprime, se amarga y termina abandonando todo lo que había iniciado. Hay muchas personas hoy que se encuentran precisamente bajo esa condición, porque no han desarrollado el carácter necesario para sustentar y para validar la palabra que el Señor les ha entregado.
Tres claves para desarrollar carácter
Alguien podría preguntar, con toda razón: ¿cómo hago yo para desarrollar carácter, ahora que ya tengo más de veinte años, o la edad que cada uno de nosotros tenga? El apóstol Pablo presenta tres claves concretas, contenidas en los versículos 4, 5 y 6 del capítulo 2.
Primera clave: Defínete como soldado de Jesús Cristo
El apóstol comienza diciendo en el versículo 4:
“Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4).
Y volviendo al versículo 3: “Tú, pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesús Cristo”.
La primera clave para desarrollar carácter tiene que ver con la definición: ¿qué es lo que somos? En el Antiguo Testamento, en el libro de los Salmos, David se hace una pregunta semejante:
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmos 8:4).
¿Qué somos? Esta es la primera pregunta que debemos responder, y la respuesta debe ubicarnos correctamente. Conforme al versículo 3, la respuesta es clara: somos soldados, somos soldados de Jesús Cristo.
El problema en la vida de fe de muchas personas es que no se han definido a sí mismas conforme a esta verdad. Muchos solamente andan buscando comodidad, solamente buscando bendición, solamente buscando logros, reconocimiento, diplomas o seminarios. Este es el mayor problema de una gran mayoría de hombres y mujeres de fe: no se han definido. La respuesta correcta a la pregunta “¿qué eres?” no es una descripción de identidad general, sino la declaración concreta: “Yo soy un soldado”.
Y si somos soldados, ¿por qué entonces nos quejamos de los embates que vienen a tumbarnos, a desmoralizarnos, a disminuir nuestra estima? ¿Por qué nos quejamos cuando surge un comentario que nos deprime? Es porque no nos hemos definido. Un soldado no ha sido llamado para estar en bienestar constante. Un soldado va a entrar en batalla, va a recibir disparos, va a recibir ofensas, va a entrar en lucha cuerpo a cuerpo. Si esta noche reconocemos: “Está bien, yo soy soldado”, entonces, a partir de ese reconocimiento, no debemos quejarnos, porque un soldado sabe de antemano lo que la batalla implica.
Con demasiada frecuencia, a la primera ofensa salimos corriendo; ante el primer comentario en nuestra contra, nos desmoralizamos; la primera vez que no nos saludan, nos deprimimos. Para poder desarrollar carácter, es necesario entender con claridad: “Yo soy un soldado de Jesús Cristo”. Se trata de una confesión, de una declaración, pero, sobre todas las cosas, de un entendimiento profundo del propósito para el cual el Señor nos llamó.
El versículo 4 añade además cuál es la misión de todo soldado: “a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”. Nuestra misión, entonces, es agradar a Aquel que nos tomó por soldados. Tanto el apóstol Pablo como el apóstol Pedro enseñan que no debemos sorprendernos de que la gente nos insulte, nos menosprecie, nos margine o nos haga a un lado, porque a Jesús también se lo hicieron. En cierta ocasión, Jesús mismo declaró:
“Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (Lucas 23:31).
Esto lo dijo refiriéndose a lo que le esperaba a Él y, por extensión, a los que le siguen.
La vida de fe madura y fuerte no consiste solamente en tener conocimiento. Es fácil sentarse ante un escritorio, leer las Sagradas Escrituras con música de adoración de fondo. Pero Dios no nos llamó únicamente para eso. Cuando Jesús se transfiguró, el apóstol Pedro le dijo: “Quedémonos aquí” (véase Mateo 17:4; Lucas 9:33). Pero no fuimos llamados para permanecer en ese éxtasis; fuimos llamados para establecer, con nuestra vida y con nuestro carácter, la palabra que el Señor nos entrega cada día.
Segunda clave: Lidia legítimamente
La segunda clave se encuentra en el versículo 5:
“Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente” (2 Timoteo 2:5).
Lidiar legítimamente significa que no se trata de hacer por hacer. La vida de fe no consiste en llenar la agenda de actividades solo porque hemos desarrollado la idea de que el que está siempre moviéndose, trabajando y activándose es el que verdaderamente es usado por el Señor. Esa idea no está sustentada por la Palabra de Dios. Se trata, más bien, de hacer lo que Dios quiere que hagamos.
De igual manera, no se trata de decir por decir, sino de decir lo que Dios quiere que digamos. Muchas veces terminamos diciendo cosas que Dios nunca nos mandó a decir, simplemente porque alguien más lo dijo, porque todo el mundo lo está diciendo, porque se ha convertido en algo popular, en una moda, en una forma de identificarse. Pero no hemos sido llamados a establecer modas ni normas sociales, ni a ser imitadores de lo que todos hacen o dicen. Hemos sido llamados a hacer lo que el Señor quiere que hagamos, y a decir lo que el Señor quiere que digamos: legítimamente, ni más ni menos.
Muchas veces no desarrollamos este carácter porque buscamos ser aceptados, aplaudidos y reconocidos por la gente. Pero Dios no nos llamó para eso. Uno de los mayores males que enfrenta la iglesia hoy es precisamente la búsqueda de un espacio dentro de la sociedad, lo cual ha traído un gran debacle no solo a nivel político, económico y social, sino también a nivel espiritual, en las congregaciones que persiguen ese objetivo.
Lidiar legítimamente es hacer lo que Dios quiere que hagamos y decir lo que Dios quiere que digamos, sin añadir nada más. Muchas veces, incluso, lo que Dios nos envía a decir no es aceptado por los demás. El caso del profeta Jonás lo ilustra con claridad. Cuando finalmente predicó en Nínive, Jonás se sentó a esperar la destrucción de la ciudad, protegido del sol por una calabacera que Dios había levantado para darle sombra, en una región desértica. Pero después Dios envió un gusano que hirió la calabacera, y Jonás se enojó (véase Jonás 4:5-9). ¿Por qué reaccionó así? Porque, conforme al entendimiento del Antiguo Testamento, la única forma de comprobar que un hombre que había hablado en nombre de Dios era un verdadero profeta era que se cumpliera lo que había anunciado. Jonás había anunciado destrucción, pero esta no se cumplió en el momento esperado; por lo tanto, ante la vista de todos, Jonás quedaba como un falso profeta, aunque años después de su partida sí se cumplió la palabra que había pronunciado.
No se trata, entonces, de nuestro mérito, de nuestra palabra, de nuestro honor ni de nuestra honra; se trata de actuar bajo los términos de Dios. Muchas veces no seremos aceptados; al contrario, seremos menospreciados, desprestigiados y rechazados. Pero el consejo del apóstol es claro: si queremos desarrollar carácter, no debemos buscar la aceptación de los demás; debemos acostumbrarnos a que nos rechacen, a que hablen mal de nosotros, a que nos ridiculicen, porque el carácter, cuando recibe resistencia y sabe mantenerse firme, se desarrolla fuerte. En cambio, el carácter que solamente recibe estímulos, palmaditas, halagos y elogios es un carácter débil, porque siempre va a necesitar de esos reconocimientos externos para sostenerse.
Tercera clave: El labrador debe trabajar primero, sin garantías
La tercera clave se encuentra en el versículo 6:
“El labrador, para recibir los frutos, debe trabajar primero” (2 Timoteo 2:6).
El consejo aquí es directo: trabaja, esfuérzate, tal como el apóstol ya se lo había dicho en la instrucción anterior, en el versículo 1: “esfuérzate”. Muchas veces decimos: “Lo intenté, pero no me resultó”. Y cuando se pregunta cuántos intentos se hicieron, la respuesta suele ser uno solo. Pero con un único intento no se puede decir que verdaderamente nos hemos esforzado. Esforzarse implica un intento, dos intentos, tres, cuatro, cinco, veinte intentos, sin esperar que a la primera nos resulten las cosas.
La experiencia muestra que hay labradores y agricultores que nunca han recibido una cosecha, porque cuando ya estaba por florecer el fruto, sobrevino una tormenta que echó a perder toda la siembra. Hubo tantos inconvenientes que les impidieron recibir la cosecha, a pesar de haber trabajado. Y, sin embargo, la actitud correcta de ese labrador, al año siguiente, es volver a sembrar. El fracaso del año anterior no determina la decisión del año presente. Eso es carácter.
El evangelio y la vida de fe requieren de este carácter, porque, de lo contrario, aun teniendo un contenido muy sólido de la Palabra, una muy buena revelación de Dios, sin carácter no podremos establecerla. Muchos hombres y mujeres han iniciado un ministerio y lo han abandonado, no por falta de conocimiento —muchos eran muy buenos predicadores, muy capaces para presentar y entender la Palabra— sino porque el carácter los traicionó.
Ninguno de nosotros tiene garantía alguna de éxito inmediato. Muchas veces decimos: “Señor, dame una garantía; si no me confirmas, yo no voy”. Pero al actuar así estamos caminando en contra de la voluntad de Dios, buscando exponernos solamente a lo que consideramos seguro, sin riesgo de fracaso.
El libro de Hebreos, capítulo 11, ilustra esta verdad de manera contundente. Solemos detenernos en los primeros versículos de ese capítulo, e incluso llegamos, cuando mucho, hasta el versículo 6:
“Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).
pero rara vez llegamos hasta el final del capítulo. Sin embargo, a partir del versículo 33 leemos:
“Que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos estos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (Hebreos 11:33-39).
Todos estos hombres y mujeres fueron aprobados por testimonio de fe, y, sin embargo, no recibieron la promesa en esta vida. El labrador, para recibir los frutos, debe trabajar primero, sin garantías. Esta es la situación que el apóstol presenta a Timoteo en esta tercera instrucción, y es de suma importancia, porque no está tratando propiamente con doctrina, sino con el elemento que la complementa: el carácter. Si no se tiene el carácter que valide la doctrina, tanto lo uno como lo otro terminan por echarse a perder, tal como en realidad ha ocurrido con muchos hombres y muchas mujeres.
Conclusión
Para poder desarrollar carácter, entonces, es necesario, en primer lugar, definirse: reconocer que somos soldados de Jesús Cristo. Si no entendemos que en el mundo tendremos aflicción, que a Jesús lo rechazaron y que a nosotros nos harán lo mismo que le hicieron a Él, estaremos perdiendo el tiempo.
El propio apóstol Pablo lo confirma en el versículo 9 del mismo capítulo:
“En el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa. Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2 Timoteo 2:9-10).
Y esta sección concluye con una palabra fiel:
“Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él; si le negáremos, él también nos negará; si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:11-13).
Somos soldados. Dios nos escogió, Dios nos llamó, pero no para vivir en comodidad, sino para ser soldados. Nuestra tarea es agradar a Aquel que nos tomó por soldados. En segundo lugar, debemos lidiar legítimamente, es decir, bajo los términos de Dios: hacer lo que Dios diga que hagamos, decir lo que Dios diga que digamos, y no lo que resulte popular, ni las expresiones que se han vuelto comunes o que se han convertido en una moda pasajera. Y, en tercer lugar, es necesario trabajar primero, sin garantía de lo que vamos a recibir, y solamente así podremos desarrollar el carácter necesario.
La vida de fe no consiste solamente en conocimiento, no consiste solamente en revelación, no consiste solamente en cuántas palabras seamos capaces de citar. La vida de fe consiste, además de todo esto, en desarrollar carácter: carácter de fe, carácter en el Señor. En esto consiste la vida de fe. La demanda que el Señor nos presenta ahora es una demanda exigente, pero debemos aceptarla, porque al hacerlo estamos asegurando que nuestro depósito se mantiene firme en el Señor.
Te bendigo. La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Amén.
Preguntas de repaso
1. Según la enseñanza de este capítulo, ¿por qué no basta con tener conocimiento doctrinal para sostener una vida de fe firme, y qué papel cumple el carácter en esa ecuación?
2. ¿Qué significa, en la práctica cotidiana, “definirse” como soldado de Jesús Cristo, y de qué manera esa definición debería cambiar nuestra reacción ante el rechazo o la crítica?
3. A partir del ejemplo del labrador que debe trabajar primero sin garantía de cosecha, ¿qué actitud debemos cultivar frente a los intentos que no producen el resultado esperado a la primera vez?
