«Dios es luz, y en Él no hay ningunas tinieblas.» (1 Juan 1:5)

Introducción: El Mensaje que No Cambia

Hay verdades que no admiten variantes. El apóstol Juan, movido por el Espíritu de Dios, abre su primera epístola con una declaración que él mismo llama el mensaje original: «Dios es luz, y en Él no hay ningunas tinieblas» (1 Juan 1:5). Esta afirmación no es simplemente un bello concepto poético; es el fundamento doctrinal sobre el cual descansa toda la vida de fe.

El evangelio del reino de los cielos no es un mensaje teológico en el sentido humano del término. No permite variantes, no permite alternativas ni doctrinas auxiliares que desvíen su curso. Es un mensaje espiritual: «El reino de los cielos ha llegado a vosotros.» Por eso, si queremos caminar conforme a la voluntad del Señor, debemos circunscribirnos estrictamente a ese mensaje original. Cualquier variante del evangelio nos expone irremediablemente a doctrinas apóstatas.

A lo largo de este capítulo estudiaremos cuatro implicaciones esenciales que el apóstol Juan desarrolla a partir de esta declaración, cuatro beneficios concretos de entender y vivir conforme a ella.

Primera Implicación: El Hombre Perdió la Imagen y Semejanza de Dios

La condición del hombre caído

Para comprender qué significa que Dios es luz y que en Él no hay ningunas tinieblas, es imprescindible entender primero de dónde nos sacó el Señor. Y nadie puede ser genuinamente reconciliado con Dios si tiene una idea deformada de lo que sucedió en el huerto del Edén.

Todos los seres humanos que han existido, que existimos y que existirán estuvimos representados en Adán y en Eva. Cuando ellos desobedecieron la voz de Dios, ocurrió algo irreversible por medios humanos: el hombre y la mujer perdieron la imagen y semejanza de Dios. No se distorsionó, no quedó borrosa ni traslúcida como si pudiera recuperarse con esfuerzo propio. Se perdió.

Hay quienes sostienen que la imagen de Dios en el hombre simplemente se deterioró, que con trabajo y dedicación puede restaurarse desde adentro. Pero ese planteamiento es el fundamento de toda filosofía religiosa que hace innecesaria la gracia. La Escritura es categórica:

«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.» (Romanos 3:23)

Estar destituido no significa simplemente haber sido expulsado de la presencia de Dios. Significa haber perdido los atributos que hacían posible esa presencia. El hombre perdió la imagen y semejanza, que era precisamente lo que lo habilitaba para estar ante el Señor. Y el apóstol agrega la consecuencia directa:

«La paga del pecado es muerte.» (Romanos 6:23)

La imposibilidad del acceso humano a Dios

Como consecuencia de esa pérdida, el hombre no puede tener acceso a Dios por ningún medio propio. No hay religión que lo logre. No hay filosofía, no hay acumulación de buenas obras que restaure lo que se perdió en el huerto. El libro de Génesis lo confirma: cuando el hombre intentó acercarse a Dios por medios materiales, Dios declaró en el capítulo 6 que «el hombre es carne», señalando así la imposibilidad de que, por sus propias capacidades, pudiera aproximarse al Creador.

Por eso el Señor Jesús dijo con claridad: «No he venido a buscar justos, sino a pecadores al arrepentimiento.» Si el hombre no tuviera esa condición de pérdida total, la gracia no tendría sentido ni propósito.

El arrepentimiento verdadero

Aquí reside el primer gran beneficio de entender que Dios es luz y en Él no hay tinieblas: nos lleva a un arrepentimiento genuino. El arrepentimiento no es simplemente lamentar acciones pasadas; es reconocer radical y honestamente de dónde nos sacó Dios. Es entender que estábamos en el reino de Satanás y que Él nos trasladó al reino de su luz admirable en Cristo Jesús.

La parábola del hijo pródigo ilustra esto con precisión. Cuando el hijo derrochador entró en sí mismo, no minimizó su situación: «Padre, ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros» (Lucas 15:19). Ese es el arrepentimiento que abre la puerta de la reconciliación.

Muchas personas asisten a una congregación, participan de los sacramentos, hacen oración y ayunos, y sin embargo su vida no cambia. La razón es casi siempre la misma: nunca han considerado verdaderamente de dónde los sacó Dios. Cuando el hombre piensa «realmente no fui tan malo» o «lo que hice no era tan grave», está cerrando la puerta de la reconciliación. Tratar de minimizar lo que fuimos solo hunde más en el pecado. La única salida es el arrepentimiento y la conversión al Señor.

El hombre no es pecador porque peca. Es pecador por su condición, por su naturaleza, porque —antes de ser reconciliado con Dios— formaba parte del reino de las tinieblas. El arrepentimiento es el reconocimiento de esa condición.

Segunda Implicación: La Conciencia de Pecado Desaparece

Pecado como condición, no solo como acción

El apóstol Juan continúa su exposición en los versículos 6 al 10 del primer capítulo:

«Si nosotros dijéremos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no hacemos la verdad; pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesús el Cristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» (1 Juan 1:6-8)

Es crucial entender que el apóstol, al escribir estos versículos, no está pensando en el pecado como un simple catálogo de acciones incorrectas. Está hablando de una conciencia o naturaleza de pecado: la condición interior del hombre que vive separado de Dios.

El Señor Jesús lo explica magistralmente en el Sermón del Monte:

«Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás… pero yo os digo que cualquiera que se enojare locamente con su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que dijere a su hermano: Fatuo, será culpable ante el concilio.» (Mateo 5:21-22)

Jesús no está simplificando la ley; está exponiendo la raíz. Aunque alguien no haya cometido el acto externo de matar, si aborrece a su hermano, lo insulta o lo humilla, su conciencia de pecado se manifiesta de todas formas. El problema no está solo en el acto; está en la condición.

La reconciliación entre confesión y conducta

Hay hombres y mujeres que han pasado por todos los procesos externos de la vida congregacional —el bautismo, la Santa Cena, las actividades propias de una iglesia— y sin embargo no han resuelto su conciencia de pecado. Esta sigue activa dentro de ellos.

El versículo 6 señala la razón: existe una profunda contradicción entre lo que se confiesa y cómo se vive. Tener comunión con Dios exige ajustarse a la Palabra. Yo soy quien debe hacer ese ajuste; no es Dios quien se adapta a mí. Si digo que tengo comunión con Él pero camino en tinieblas, miento.

¿Qué significa andar en tinieblas en este contexto? Significa no considerar como grave lo que realmente es grave. Es llamar lícito a lo que Dios ha llamado abominable. Es suavizar, atemperar o acomodar las exigencias del Señor para que encajen con nuestros gustos o estilos de vida.

La semilla de Dios y la imposibilidad de pecar

El apóstol Juan expresa el resultado positivo de esta transformación en el capítulo 3:

«Cualquiera que permanece en Él, no peca… Cualquiera que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.» (1 Juan 3:6,9)

Cuando el creyente genuinamente entiende que Dios es luz y se ajusta a ello, la conciencia de pecado desaparece. La simiente de Dios que habita en él hace que el pecado —como inclinación dominante, como estilo de vida— ya no tenga lugar. Este es el segundo gran beneficio: la naturaleza pecaminosa pierde su dominio.

Esto no es perfeccionismo ingenuo. Es la realidad del nuevo nacimiento aplicada a la conducta cotidiana. Un creyente así no puede llamar santo a lo profano, ni puede traer al ambiente del reino lo que Dios ha declarado abominable.

Tercera Implicación: La Guarda de la Palabra de Dios

Guardar: cumplir y apreciar

El apóstol introduce una tercera dimensión en el capítulo 2:

«Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en Él. El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo.» (1 Juan 2:3-6)

Guardar la Palabra tiene dos dimensiones inseparables. La primera es la más conocida: cumplirla. Santiago lo expresa así: no debemos ser oidores olvidadizos, sino hacedores de la Palabra (Santiago 1:22-23). Pero hay una segunda dimensión que con frecuencia pasamos por alto: guardar la Palabra significa también apreciar de quién proviene esa Palabra.

Cuando el apóstol Pablo escribe a Timoteo, le dice:

«Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús.» (2 Timoteo 1:13)

Lo que Pablo le está comunicando a Timoteo no es solo una instrucción de obediencia; es una advertencia de relación: si tú desoyes estas palabras, en realidad me estás haciendo a un lado a mí, que te las di. Y más adelante, en el capítulo 3, lo lleva aún más lejos:

«Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.» (2 Timoteo 3:14-15)

Pablo le recuerda que también aprendió de su abuela Loida y de su madre Eunice. Hacer a un lado la Palabra significa hacer a un lado a quienes la transmitieron y, en última instancia, a Dios mismo, que es su autor.

La Palabra como comunión con Dios

Esto transforma completamente nuestra relación con la Escritura. No leemos la Biblia porque sea un texto valioso en sí mismo, ni porque acumula historias, mandamientos o relatos edificantes. La leemos porque es la Palabra de Dios, y acercarnos a ella es acercarnos a Él.

El Salmo 1 lo expresa con elocuencia: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos… sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.» El salmista David, aunque no conoció el mensaje apostólico completo, había recibido por revelación del Espíritu esta verdad: deleitarse en la Palabra no es deleitarse en el libro, sino en el Autor del libro.

El Señor Jesús reprochó a la iglesia de Éfeso precisamente esto: «Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4). Ese primer amor es reconocer que la Palabra pertenece a Dios, que cada mandamiento es una expresión de Su carácter, y que menospreciarla es menospreciarlo a Él.

El tercer beneficio de entender que Dios es luz es, entonces, este: nos lleva a amar la Palabra, no como fin en sí misma, sino como medio de comunión con el Señor que nos la entregó.

Cuarta Implicación: Aborrecer el Mundo y Sus Propuestas

La advertencia del amor al mundo

El apóstol Juan introduce el cuarto beneficio en el capítulo 2:

«No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos desordenados de la carne, los deseos desordenados de los ojos, y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (1 Juan 2:15-17)

Cuando el creyente genuinamente comprende que Dios es luz y que en Él no hay ningunas tinieblas, ocurre algo natural y necesario: aborrece el mundo. No como acto forzado de disciplina religiosa, sino como consecuencia de haber entendido de dónde lo sacó el Señor. El mundo —entendido como el sistema de propuestas que ofrece el reino de las tinieblas— deja de atraer, porque ya no ofrece nada que el creyente necesite.

Las propuestas del enemigo

Las tentaciones de Satanás a Jesús en el desierto —relatadas en Mateo 4 y Lucas 4— no son un evento exclusivo de la vida de Cristo. Son el patrón con el que el enemigo opera contra todo aquel que reconoce a Jesús como Señor. En aquella ocasión, Satanás llevó a Jesús a un monte muy alto y le dijo: «Todo esto te daré, si postrado me adorares» (Mateo 4:9).

Es fundamental notar que muchas de esas propuestas del reino de las tinieblas no tienen que ver directamente con pecado flagrante ni con perversidades evidentes. Muchas se presentan como actividades aparentemente legítimas, incluso como obras de Dios. Ahí reside su peligro: están vestidas de apariencia espiritual, pero proceden de las tinieblas.

Por eso el creyente no puede andar buscando alternativas, saltando de propuesta en propuesta, de canal en canal, de página en página, de congregación en congregación. Esa ambivalencia —ese tener demasiados vínculos y nexos con el mundo— no conviene a quien ha sido llamado por Dios y ubicado en un lugar específico de Su obra.

La victoria de la fe

El apóstol Juan da la clave de la victoria en el capítulo 5:

«Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Juan 5:4-5)

La victoria no se logra buscando más información, más contenidos, más opciones espirituales. Se logra manteniéndose en lo que Dios llamó a hacer a cada quien, en el lugar donde Dios ubicó a cada quien, confiando en que esa es la voluntad del Señor. La fe que vence al mundo no crece mirando reels tras reels ni saltando de historia en historia en plataformas digitales. La fe crece por la Palabra de Dios, en el lugar que Dios nos asignó.

Si Dios te llamó y te ubicó, tienes que mantenerte. Cada vez que te mueves fuera de ese llamado específico, estás abriendo una puerta. Y el enemigo lo ve.

Conclusión: Volver al Mensaje Original

Dios es luz, y en Él no hay ningunas tinieblas. Este es el mensaje original. No minimicemos lo que Dios ha llamado grave. No suavicemos lo que Él ha declarado abominable. No intentemos reconciliar con el reino de la luz lo que pertenece al reino de las tinieblas.

Si no caminamos conforme a este mensaje original, estamos construyendo sobre arena: una filosofía basada en obras, en percepciones propias, en variantes del evangelio que, tarde o temprano, nos llevarán al extravío. El apóstol Juan fue contundente: si no hay conciliación entre lo que confesamos y cómo vivimos, sencillamente mentimos.

Cuatro beneficios concretos recibe quien entiende y vive esta verdad:

  1. Recupera la imagen y semejanza de Dios mediante el arrepentimiento genuino y la conversión al Señor.
  2. Ve desaparecer la conciencia de pecado, porque la simiente de Dios en él hace que el pecado pierda su dominio.
  3. Guarda la Palabra del Señor no como una obligación religiosa, sino como expresión de amor a quien nos la entregó.
  4. Aborrece el mundo y sus propuestas, manteniéndose en el llamado y el lugar donde Dios lo ha ubicado, porque esa es la victoria que vence al mundo: la fe.

Que el Señor nos dé gracia para volver al mensaje original y caminar conforme a él todos los días de nuestra vida.



pastor Pedro Montoya


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