El llamado original: arrepentíos y convertíos

Introducción

Cuando se habla del llamado de Dios en los círculos cristianos, casi de manera instintiva se piensa en el ministerio. La palabra «llamado» se ha convertido, con el paso del tiempo, en un sinónimo de función ministerial. Sin embargo, al adentrarnos en las Sagradas Escrituras encontramos que el llamado de Dios tiene una dimensión mucho más fundamental: se refiere a la convocatoria que el Espíritu Santo ha hecho a cada hombre y a cada mujer para que formen parte del cuerpo de Cristo, el redil de las ovejas del Señor.

El Señor Jesús lo expresó con claridad en el Evangelio de Juan cuando dijo: «Mis ovejas oyen Mi voz, y yo las conozco, y Me siguen». Esta declaración habla precisamente de llamado: el acto soberano por el cual el Espíritu de Dios convoca a hombres y mujeres para que formen parte del rebaño del Señor. Todo aquel que hoy confiesa a Jesucristo está dentro del evangelio no porque él lo buscó primero, sino porque Dios lo llamó.

¿Cuál es la virtud de ese llamado? ¿Qué poder o propósito lleva consigo? Lamentablemente, esta virtud es desconocida para muchos creyentes. El apóstol Pablo, en su epístola a los Efesios, revela que oraba constantemente para que el Señor les diera espíritu de revelación y de sabiduría en el conocimiento de Su gracia, pero específicamente «en el conocimiento del llamado al cual hemos sido convocados». En el capítulo uno de Efesios, Pablo llega a describir con tres términos superlativoss «la supereminente grandeza del poder de Dios» que operó en Cristo Jesús al resucitarlo de entre los muertos, y declara que ese mismo poder opera en nosotros. Esa es, en esencia, la virtud del llamado de Dios.

El peligro permanente: la apostasía

Para entender por qué es tan urgente conocer la virtud del llamado de Dios, es necesario comprender el peligro ante el cual están expuestos todos los que confiesan el nombre de Jesús: la apostasía. Este no es únicamente un fenómeno de los últimos tiempos, aunque las Escrituras sí anuncian que se incrementará de manera alarmante antes de la venida de Cristo. La apostasía es tan antigua como la humanidad misma; su primera manifestación registrada en las Sagradas Escrituras se encuentra en Génesis, capítulo 3.

La apostasía puede definirse como un argumento satánico que se injerta dentro del conocimiento humano, especialmente en la mente de aquellos que buscan caminar conforme a la voluntad del Señor. Su propósito es siempre el mismo: arrebatar la sana doctrina. En el huerto del Edén, Adán y Eva tenían una palabra de revelación por la cual caminaban. Sin embargo, un razonamiento sutil los llevó a ceder, y el resultado fue la primera y devastadora apostasía de la historia.

El apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, advierte en su segunda epístola a los Tesalonicenses que antes de la manifestación del anticristo se producirá precisamente la apostasía. Hay algo o Alguien que detiene la manifestación del anticristo, y ese «algo» es la sana doctrina. Mientras la sana doctrina esté siendo proclamada y vivida, la plena irrupción del anticristo será contenida. La apostasía, por lo tanto, está directamente dirigida a eliminar la sana doctrina del escenario humano.

El apóstol Pablo escribió a Timoteo con una advertencia que resuena con fuerza en nuestros días:

«Si alguno enseña diversa doctrina y no asiente a sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, es envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las que nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas…»(1 Timoteo 6:3-4)

Y en su segunda epístola a Timoteo añade:

«Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina; antes bien, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.» (2 Timoteo 4:3-4)

El mensaje a las siete iglesias del Apocalipsis confirma esta realidad. De las siete iglesias fundadas en tiempos apostólicos, solo dos reciben una aprobación plena: la iglesia de Esmirna y la iglesia de Filadelfia. Las otras cinco reciben una reprimenda y una demanda de arrepentimiento. Esta proporción no es casual; nos revela que la tendencia constante en la historia de la Iglesia es alejarse de la sana doctrina y ceder a la diversa doctrina.

Frente a este panorama, surge la pregunta central: ¿cómo puede un hombre o una mujer de Dios librarse de la apostasía? La respuesta es una sola: caminando en la sana doctrina y, más específicamente, volviendo al mensaje original del evangelio.

El mensaje original del evangelio

La virtud del llamado de Dios consiste en conocer y obedecer el mensaje original. En Hebreos 6:1, el apóstol Pablo lo llama «las palabras del comienzo» o «las palabras del principio». ¿En qué consiste ese mensaje original?

Cuando Juan el Bautista comienza su ministerio como precursor del Mesías, su proclamación es concisa y demoledora:

«Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.» (Mateo 3:2)

Cuando Jesús, después de Su bautismo, inicia Su ministerio público, repite exactamente la misma proclamación:

«Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.» (Mateo 4:17)

Cuando los apóstoles predican desde Jerusalén en el libro de los Hechos, el mensaje es el mismo:

«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.» (Hechos 3:19)

Y cuando el apóstol Pablo resume toda su labor misionera, declara:

«Antes anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento.» (Hechos 26:20)

El mensaje original del evangelio, desde Juan el Bautista hasta los apóstoles, es siempre el mismo: arrepentíos y convertíos. Estos dos verbos no son sinónimos; representan dos procesos distintos, complementarios e inseparables. Confundirlos es uno de los síntomas más claros de los niveles de apostasía que han penetrado en nuestras congregaciones.

¿Qué significa arrepentirse?

Arrepentirse no es simplemente sentir remordimiento o tristeza por los errores cometidos. El arrepentimiento, tal como lo enseñan las Sagradas Escrituras, es un

cambio de sustancia, un cambio de naturaleza, un cambio de esencia. El hombre ya no es el mismo; la mujer ya no es la misma. Es una transformación radical, no un esfuerzo personal de mejora moral.

Este cambio de naturaleza se opera directamente por la intervención del Espíritu Santo, y sucede en el momento en que el hombre o la mujer reconoce a Cristo Jesús primero como su Señor y luego como su Salvador. El orden es determinante y no puede invertirse.

Jesús como Señor, antes que como Salvador

Uno de los errores doctrinales más extendidos en nuestro tiempo es haber invertido el orden del evangelio: se invita a las personas a recibir a Jesús como Salvador, pero se omite la demanda fundamental de reconocerlo primero como Señor. Sin embargo, el Señor Jesús mismo fue categórico al respecto:

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos.» (Mateo 7:21)

Decir «Señor» de manera nominal no equivale a haber reconocido Su señorío. El señorío de Cristo Jesús implica algo muy concreto y a la vez muy costoso:

entregar el libre albedrío al Señor.

En nuestros días circula la expresión popular: «El Señor es un caballero porque respeta nuestro libre albedrío». Esta afirmación, aunque bien intencionada, no es conforme a la Palabra de Dios. El hombre o la mujer que ha venido genuinamente a Cristo Jesús no tiene libre albedrío propio; se lo ha entregado al Señor. De lo contrario, no ha reconocido a Jesús como Señor, sino únicamente como un auxiliar al que se acude en los momentos de crisis.

El apóstol Pablo lo expresa de manera magistral en su epístola a los Gálatas:

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí.» (Gálatas 2:20)

Esta declaración lo abarca todo: los sueños, los planes, los proyectos, el futuro, la profesión, la familia, el negocio. Todo yace crucificado junto con Cristo. En el camino a Damasco, Saulo de Tarso tuvo que entregarle al Señor su futuro y su profesión antes de saber a dónde lo llevaría la obediencia. Solo entonces pudo decir: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» Esa pregunta únicamente puede pronunciarla quien ha entregado de verdad su libre albedrío.

Quien ha reconocido a Jesús como Señor no decide su vida y luego le pide a Dios que la bendiga. No emprende, no planifica, no actúa sin antes consultar al Señor. Esto no es una sugerencia piadosa; es la esencia del mensaje original del evangelio. El Señor Jesús mismo reprendió a Sus discípulos cuando les dijo: «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?»

Un ejemplo bíblico que ilustra este punto con nitidez es el encuentro de Marta con Jesús. La primera vez que Jesús llega a la casa de Marta y María, Marta le da instrucciones al Señor: «Di a mi hermana que me ayude». Esa actitud —la de dictarle a Dios lo que debe hacer— refleja con precisión la condición de muchos creyentes hoy: confiesan a Jesús como Señor con los labios, pero en la práctica son ellos quienes dictan las instrucciones.

El arrepentimiento, entonces, es este cambio radical: ya no soy yo el centro, ya no soy yo el que decide, ya no soy yo el que dirige. El resultado de este cambio de naturaleza se manifiesta en la vida cotidiana. El apóstol Pablo lo describe en Efesios 4, enumerando las transformaciones que produce el verdadero arrepentimiento: dejar la mentira, dominar el enojo, no hurtar, eliminar las palabras torpes, desterrar toda amargura, ira, clamor y maledicencia. Y subraya que estos cambios no son el producto de un esfuerzo humano, sino la consecuencia natural de una vida transformada por el Espíritu Santo.

La razón por la que muchos creyentes no logran dejar lo que eran —aunque lo intenten con sinceridad— es que Jesús no ha sido constituido como su Señor. El problema no es falta de voluntad; el problema es de orden: han querido tener un Salvador sin antes haberle entregado el señorío. Y como lo que estaba vigente en su pasado nunca fue crucificado, tarde o temprano regresa. En lo espiritual, todo está vigente; no hay una línea que separe automáticamente el «antes» del «después». Solo el poder del Espíritu Santo, actuando cuando el hombre reconoce a Cristo como Señor, puede operar ese cambio de naturaleza.

El resumen de todo este proceso está contenido en las palabras de Efesios 4:22:

«…que os despojéis del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos…»(Efesios 4:22)

Arrepentirse tiene que ver con renunciar a lo que éramos, con repudiar y abominar la vieja naturaleza, con desprenderse de ella. Eso solo lo puede hacer el poder del Espíritu Santo cuando el hombre entrega su libre albedrío al Señor.

¿Qué significa convertirse?

Si el arrepentimiento es un cambio interno de naturaleza, la conversión es el movimiento externo hacia Dios. Convertirse tiene que ver con

volvernos a Dios. El libro de Ezequiel lo declara con elocuencia:

«Vivo Yo, dice el Señor Jehová, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos…» (Ezequiel 33:11)

Una persona puede arrepentirse —experimentar un cambio de naturaleza— pero si no se convierte, es decir, si no se vuelve al Señor, lo que termina desarrollando es una filosofía de vida. Se trata de un sistema de valores que puede hacerla destacar en su entorno, que incluso funciona en términos sociales, pero que no es un caminar genuino con Dios. Hay mucha gente arrepentida, pero no convertida; viven bajo una filosofía de vida que se asemeja al evangelio pero que no lo es.

La parábola del hijo pródigo, narrada por el Señor Jesús en Lucas 15, ilustra estos dos procesos con claridad insuperable. El versículo 17 describe el arrepentimiento:

«Y volviendo en sí, dijo: ¿Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre?» (Lucas 15:17)

Hay un cambio, una transformación en la conciencia del joven. Ese es el arrepentimiento: entrar en sí mismo, reconocer el estado de extravío y la distancia de la casa del Padre. Pero inmediatamente viene la conversión:

«Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.» (Lucas 15:18)

La conversión es el movimiento: me levanto y voy. Es la decisión de volver al Padre. El proceso no está completo solo con el cambio interno; el ciclo se cierra cuando el hijo regresa a la casa paterna.

Ahora bien, ¿cómo se busca a Dios? ¿Cómo se lleva a cabo prácticamente esa conversión?

Se busca a Dios en la Palabra. El Señor Jesús reprendió a los que escudriñaban las Escrituras creyendo que en ellas tenían vida eterna, pero no venían a Él. La Biblia no es simplemente un libro de referencia; es el medio principal por el cual conocemos al Dios invisible. Si no hay en una persona una necesidad genuina de leer la Palabra de Dios, esa ausencia es una señal de que la conversión —el volverse a Dios— no ha ocurrido realmente.

Se busca a Dios en la oración. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la imagen del creyente postrado delante de Dios invocando Su rostro y buscando Su presencia es la imagen de alguien que se ha convertido, que se ha vuelto al Señor con toda su vida.

Un indicador de alarm es este: si una persona escucha mensajes, busca prédicas y acumula enseñanzas, pero no lee la Biblia, está desarrollando una filosofía de vida que no conduce a la salvación. Del mismo modo, estar sentado en una congregación durante años no es garantía de conversión. La membresía eclesiástica no reemplaza el encuentro personal con el Dios vivo.

Los frutos del arrepentimiento y la conversión

Cuando el proceso es genuino —arrepentimiento y conversión—, los frutos que describe el apóstol Pedro en Hechos 3:19 se hacen realidad:

Primero, son borrados los pecados. No simplemente cubiertos o ignorados, sino borrados. Esta es la obra redentora de Cristo actuando en la vida del creyente que ha recorrido el camino del mensaje original.

Segundo, vienen tiempos de refrigerio de la presencia del Señor. Hoy se habla mucho de avivamiento; se busca a través de música, danza, eventos multitudinarios. Pero el avivamiento genuino —los tiempos de refrigerio de la presencia del Señor— solo viene cuando hay arrepentimiento y conversión verdaderos. No hay atajos ni sustitutos.

Hay que decirlo con toda claridad: los niveles de apostasía que se viven en muchas iglesias hoy se deben, en buena medida, a que el mensaje original ha sido reemplazado por experiencias emocionales, por pensamiento positivo, por enseñanzas novedosas. El trabajo de todo ministro, de todo hombre y de toda mujer de Dios, es predicar la sana doctrina, establecer el mensaje original, resistir la tendencia hacia temas que sustituyen la Palabra con entretenimiento o motivación personal.

Conclusión: la decisión es nuestra

Dios nos llamó. No importa cuándo haya sido: hace tres meses o hace quince años. Ese llamado fue soberano, fue el Espíritu de Dios quien lo hizo. Y la virtud de ese llamado es inmensa: el mismo poder que levantó a Jesucristo de entre los muertos quiere morar en nosotros, quiere manifestarse en nosotros dondequiera que nos movamos.

Pero para que esa virtud opere, es necesario volver al mensaje original: arrepentíos y convertíos. Arrepentíos, es decir, entregad el libre albedrío al Señor, reconoced a Cristo Jesús como vuestro Señor antes que como vuestro Salvador, crucificad junto con Él los sueños, los planes, el futuro. Convertíos, es decir, volveos al Señor, buscad Su rostro en la Palabra y en la oración, dejad de desarrollar una filosofía de vida y comenzad a caminar con el Dios vivo.

La sana doctrina es el único escudo efectivo contra la apostasía. Mientras haya hombres y mujeres que la proclamen y la vivan, los niveles apóstatas serán contenidos. El Señor ha revelado el camino; nos ha mostrado lo que demanda. La decisión ahora es nuestra. Y la promesa es clara: quienes caminen en el mensaje original verán la apostasía mantenerse al margen, y tú y tu casa caminaréis por los caminos del Señor.



Preguntas de repaso

  1. Según la enseñanza de este capítulo, ¿cuál es la diferencia entre el concepto popular de «llamado» y lo que las Sagradas Escrituras enseñan acerca del llamado de Dios? ¿Cómo cambia esta comprensión la manera en que usted entiende su propia vida cristiana?
  2. ¿Por qué se afirma que la apostasía no es un fenómeno exclusivo de los últimos tiempos? ¿Dónde se encuentra su primera manifestación en las Escrituras y cuál fue su estrategia en ese momento? ¿En qué medida esa misma estrategia opera en la actualidad?
  3. El capítulo presenta el reconocimiento de Jesús como Señor como un paso previo e indispensable al reconocimiento de Jesús como Salvador. ¿Cuál es la diferencia práctica entre ambos reconocimientos? ¿Qué implicaciones tiene esta distinción para su vida cotidiana?

pastor Pedro Montoya


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