¿Hacia dónde nos conduce el conocimiento que abrazamos?
Introducción: Más que información
En los tiempos que vivimos, la palabra conocimiento suele entenderse como sinónimo de información: datos que nos hacen más capaces, más aptos, más competentes para desarrollar una o varias labores. Estudiamos, acumulamos saberes, perfeccionamos habilidades y asumimos que eso es suficiente para avanzar. Sin embargo, hay una dimensión del conocimiento que la mayoría de las personas ignora por completo, y es precisamente esa dimensión la que determina el rumbo final de una vida.
Todo conocimiento, sin excepción, lleva consigo un propósito oculto: una dirección hacia la cual conduce, un destino al que nos lleva, aunque no seamos conscientes de él en el momento en que lo abrazamos. Comprender esta realidad es fundamental para cualquier creyente que desee caminar conforme a los caminos del Señor y no a los del mundo.
La pregunta central que guía este capítulo es la siguiente: ¿Cuál es el conocimiento que estamos abrazando, y hacia dónde nos está conduciendo?
I. El propósito oculto de todo conocimiento
El apóstol Pablo dejó consignado en su carta a los Romanos un principio que ilustra perfectamente esta realidad. En el capítulo 3, versículo 20, escribe:
…porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de Él; porque por la ley es el conocimiento del pecado. (Romanos 3:20)
Y luego, en el capítulo 7, versículo 7, añade:
…Pero yo no conocía el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás. (Romanos 7:7)
Pablo está revelando algo que pocos consideran: hay formas de conocimiento cuyo único efecto es sacar a la luz las deficiencias que ya existen dentro de la persona. La ley, en este caso, no transforma al hombre; simplemente le muestra lo que ya hay en su interior. El conocimiento funciona de la misma manera: no siempre edifica, no siempre libera; a veces, simplemente expone.
Pero la ilustración más poderosa la encontramos en los primeros capítulos del Génesis. Antes de la intervención de la serpiente, Adán y Eva poseían un único conocimiento, una sola revelación: la palabra que Dios les había entregado directamente:
…De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. (Génesis 2:16-17)
Con ese conocimiento vivieron en plenitud durante un tiempo considerable. No necesitaban más. La palabra de Dios era suficiente. Cuando la serpiente introdujo otro conocimiento —uno aparentemente atractivo, incluso veraz en su superficie—, ese nuevo conocimiento desplazó al que Dios había entregado. Y el propósito oculto de ese conocimiento se reveló en su consecuencia: la caída, la expulsión del huerto, la separación de la gracia y la misericordia de Dios. El mismo Señor confirmó la veracidad de lo que la serpiente había dicho —que serían como dioses, conociendo el bien y el mal (Génesis 3:22)—, pero eso no cambia el hecho de que ese conocimiento tenía un fin de muerte.
Esto nos enseña un principio inquebrantable: abrazar un conocimiento es abrazar también el propósito que ese conocimiento trae consigo. No se puede separar el contenido de su dirección.
II. Cuatro efectos del conocimiento ajeno a Dios
Primero: el conocimiento que solo expone deficiencias. Como ya vimos en Romanos, hay conocimiento que únicamente sirve para mostrar lo que está mal dentro de nosotros, sin capacidad para corregirlo ni transformarlo.
Segundo: el conocimiento que nos convierte en personas religiosas. En Mateo 16:13-14, Jesús preguntó a Sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». La respuesta que recibió fue: unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas. Tres años y medio de ministerio visible, de milagros y enseñanzas, y la gran mayoría solo había llegado a ver en Jesús a un profeta más. Ese es el resultado del conocimiento meramente religioso: nos acerca a Dios en la superficie, pero no nos transforma por dentro.
El mismo principio aparece en el relato de la Transfiguración. Pedro, al ver la gloria del Señor en el monte, no pensó en someterse ni en obedecer; pensó en quedarse: construir tres pabellones, preservar el momento, hacer del encuentro con Dios una experiencia estática. El conocimiento religioso nos detiene en la experiencia, pero no nos mueve hacia adelante.
Tercero: el conocimiento que multiplica la maldad del mundo. El apóstol Juan advierte con claridad:
No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo… porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. (1 Juan 2:15-16)
El mundo ha construido un sistema de conocimiento propio: la búsqueda del éxito, la acumulación de contactos, la preparación académica ilimitada, la autonomía personal. No son cosas malas en sí mismas, pero cuando se convierten en el eje de la vida, generan un vacío creciente. Entre más se acumula ese tipo de conocimiento, más solo se siente el hombre, más insuficiente se siente la mujer. Porque ese conocimiento tiene un propósito oculto: alejarnos de la dependencia de Dios.
Cuarto: el conocimiento que trae verdadera libertad. En contraste con todo lo anterior, Jesús declaró:
…y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. (Juan 8:32)
Existe un conocimiento que libera. Pero este no es automático, no es universal, y no llega solo porque se pronuncie su nombre. La verdad es Cristo, sí —pero no todos los que lo confiesan encuentran libertad. La pregunta legítima es: ¿por qué?
III. Primera razón: la insensatez acumulada en el corazón
Jesús ofreció la primera respuesta en su enseñanza del Sermón del Monte. En Mateo 7:24-27 presentó la parábola de los dos constructores:
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca… Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena… (Mateo 7:24,26)
Cuando leemos esta parábola, nuestra atención suele caer sobre el hombre prudente. Pero Jesús no la narró para elogiar al prudente: la narró para explicar por qué tantos hombres y mujeres que han escuchado la Palabra terminan viviendo como si nunca la hubieran conocido. El foco debe estar en el insensato.
Y hay algo crucial que entender: el hombre insensato no se volvió insensato por haber construido sobre la arena. Ya era insensato antes de construir. Su acción simplemente lo reveló. De igual manera, el prudente no se volvió prudente por edificar sobre la roca; ya lo era, y eso determinó sus decisiones.
¿Qué es la insensatez en el sentido bíblico? Es la convicción de que no se necesita a Dios. El Salmo 14:1 lo expresa directamente: «Dijo el necio en su corazón: No hay Dios». No necesariamente se trata de un ateísmo declarado. Puede ser el cristiano que, ante una dificultad, confía primero en sus recursos, luego en sus contactos, luego en su preparación académica —y solo al final, si todo lo demás falla, recuerda orar.
Desde la más tierna infancia se nos ha adoctrinado para resolver problemas: primero matemáticos, luego sociales, luego profesionales. Se nos ha enseñado que el éxito depende de los contactos, del conocimiento y de la capacidad de resolución autónoma. Cuando ese hombre o esa mujer llega a Cristo, lleva consigo toda esa estructura mental. Y el resultado es que la fe no encuentra espacio: ya tiene todo lo que necesita para enfrentar la vida por sí mismo.
Esa autonomía es insensatez acumulada. Y la insensatez, cuando se acumula en el corazón, produce exactamente lo que Jesús describió: una vida que colapsa ante la tormenta, aunque haya sido construida con esfuerzo, con recursos y con aparente solidez.
Esta misma insensatez aparece en la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13). Las cinco insensatas no eran mujeres descuidadas por naturaleza: eran vírgenes, calificadas y aparentemente preparadas. La diferencia estaba en que las prudentes habían tomado aceite de más. Las insensatas habían calculado que con lo que tenían era suficiente. Esa es la voz de la insensatez: «No hay necesidad de ser tan radicales. Con esto es suficiente. No hay que ser extremistas». Y cuando llegó el momento de la verdad, se escuchó de labios del Esposo: «De cierto os digo, que no os conozco» (Mateo 25:12).
¿Cómo se vence la insensatez? Jesús mismo lo indicó: «cualquiera que me oye estas palabras y las hace» (Mateo 7:24). La insensatez se erradica cuando el hombre o la mujer que la carga en su corazón toma la decisión consciente de sujetarse a la Palabra. No como información, sino como revelación que mueve a la acción. Si algo en las Escrituras no nos mueve a hacer, a cambiar, a obedecer, entonces simplemente hemos añadido más información a nuestro archivo mental —y con ello, más insensatez.
IV. Segunda razón: la negligencia en que hemos aprendido a caminar
La segunda respuesta la encontramos en Deuteronomio 28. Dios presentó a Israel un panorama de prosperidad extraordinaria, sobrenatural:
Y será que si oyeres diligentemente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te pondrá alto sobre todas las gentes de la tierra… (Deuteronomio 28:1)
Lo que siguen son trece versículos de bendiciones: en la ciudad y en el campo, en el fruto del vientre y en el fruto de la tierra, en la entrada y en la salida, sobre los enemigos, en los graneros, en todo lo que las manos emprendan. Una descripción de vida abundante que parecería pertenecer a otro mundo, porque en efecto pertenece al reino de los cielos.
Pero la clave está en el versículo 1: «si oyeres diligentemente». Toda esa cadena de bendiciones está condicionada a la diligencia en oír y obedecer. Las promesas de Dios no son incondicionales en su aplicación práctica: están ligadas a una condición que el hombre y la mujer deben cumplir.
Muchos creyentes han construido una teología que ignora las condiciones: piensan que Jesús ya lo hizo todo y que las promesas se aplican automáticamente. Esa es una cultura religiosa que sustituye y desplaza la Palabra viva. Dios entrega Sus bienes al ciento por ciento, pero lo hace a quienes demuestran dignidad para recibirlos. Y esa dignidad se expresa en la diligencia.
El ejemplo más elocuente de diligencia en toda la Escritura lo encontramos en Abraham, en Génesis 22. Dios le pidió algo humanamente incomprensible: ofrecer en holocausto a Isaac, su hijo, el único, el amado, el hijo de la promesa. Cualquier persona en esas circunstancias hubiese buscado la manera de aplazar lo inevitable. Pero el texto dice:
Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos mozos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo. (Génesis 22:3)
Se levantó muy de mañana. No esperó. No pospuso. No buscó excusas. Sabía perfectamente lo que le esperaba al final del camino, y aun así fue pronto. Esa es la diligencia que Dios valora: no la que actúa cuando ya no queda otra opción, sino la que se mueve con prontitud aun cuando el mandato es difícil, aun cuando duele, aun cuando no se entiende completamente.
La negligencia, por el contrario, tiene mil formas: el «lo haré mañana», el «no hay prisa», el «después me pongo al día con la Palabra», el «en algún momento lo corrijo». Y hay una forma más sutil, aunque igualmente grave: la de quien sabe que exponerse a ciertos hermanos o líderes espirituales implicará corrección —y por eso evita esa exposición, prefiriendo quedarse en su zona de comodidad, segura, sin fricción. Eso no es prudencia: es negligencia vestida de conveniencia.
Y la consecuencia es la misma que la insensatez produce: todo lo que está escrito en esos trece versículos queda en pausa. Las promesas no se anulan, pero tampoco se cumplen, porque la condición no se cumple. Como semilla sembrada en tierra seca, la promesa existe pero no germina.
V. Aplicación práctica: ¿qué conocimiento estamos abrazando?
Llegados a este punto, la pregunta no puede quedar en el ámbito teórico. Debe volverse personal y urgente: ¿cuál es el conocimiento que estamos abrazando, y hacia dónde nos está conduciendo?
¿Es un conocimiento filosófico que nos da argumentos pero no transforma el corazón? ¿Es un conocimiento empresarial que nos enseña a prosperar con estrategias humanas pero nos hace cada vez más autónomos e independientes de Dios? ¿Es un conocimiento religioso que nos satisface con asistir a reuniones, escuchar buenos mensajes, y seguir viviendo como siempre? ¿O es la Palabra viva que nos confronta, nos mueve, nos demanda obediencia —y en esa obediencia nos conduce a la verdadera libertad?
La Palabra del Señor no pierde vigor. No caduca, no se vuelve obsoleta. Lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento no ha perdido su sabiduría por el hecho de que ya no estemos bajo la ley ceremonial. La sabiduría eterna de Dios permanece: que el diligente prospera, que el que siembra rectitud cosecha misericordia, que el que oye y obedece edifica sobre roca.
La advertencia de Dios en el libro de los Números es categórica: «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta» (Números 23:19). Lo que Dios ha dicho, lo hará. Pero el hombre y la mujer que abrazan otro conocimiento —el del mundo, el de la insensatez, el de la negligencia— cosechan el propósito oculto de ese conocimiento: crisis, fracaso, decepción, y en muchos casos una caída inminente.
Conclusión: El camino hacia la verdad que libera
El conocimiento que trae libertad no es imposible de encontrar. Jesús lo garantizó en Juan 8:32. Pero para alcanzarlo, es necesario remover los obstáculos que lo impiden.
En primer lugar, es necesario sacar la insensatez acumulada en el corazón. Esto significa reconocer la necesidad de Dios de manera genuina, no solo nominal. Significa abandonar la ilusión de autosuficiencia: los recursos, los contactos y la preparación académica son herramientas útiles, pero no son el fundamento. La fe no puede tener cabida en un corazón que ya lo resuelve todo por sí mismo. La insensatez se derrota cuando nos sujetamos a la Palabra, no como oyentes pasivos, sino como hacedores.
En segundo lugar, es necesario aprender a ser diligentes. La diligencia no es activismo desordenado: es la prontitud de quien reconoce la urgencia de lo que Dios demanda y actúa sin dilación. Abraham se levantó muy de mañana. No porque no le doliera lo que venía, sino porque su corazón ya había decidido obedecer, y esa obediencia no admitía postergación.
Al final del camino, el propósito oculto del conocimiento que abrazamos quedará en evidencia. El árbol se conoce por sus frutos, la casa se conoce cuando llegan las tormentas. No nos engañemos: Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará (Gálatas 6:7). Si sembramos el conocimiento del mundo, cosecharemos sus frutos. Si sembramos la Palabra con diligencia y sujeción, cosecharemos lo que Dios ha prometido: bendición, libertad, y una vida que trasciende.
La decisión está ante cada uno de nosotros. El conocimiento que abracemos hoy determinará el destino que alcancemos mañana.
