Introducción

El propósito de este tiempo que el Señor nos concede no es acumular conocimiento acerca de Dios ni acerca del Reino de los cielos, sino exponernos ante la Palabra y ante el Espíritu de Dios con un único fin: ser corregidos. Es esa corrección, y no la mera información, la que nos permite caminar en la senda que Dios ha trazado. Esa senda es una sola, y es la misma para todo hombre y toda mujer de fe, jóvenes y de edad, sin distinción de región o de hemisferio. Podrán existir circunstancias particulares para cada uno, pero la voluntad de Dios que gobierna esa senda es idéntica para todos.

En esta enseñanza se aborda un tema delicado y fuerte, uno con el cual una gran mayoría podría no estar de acuerdo, pero que la Palabra del Señor establece con claridad: la realidad del Reino de las tinieblas, el alcance que este tiene sobre los hijos de la fe, y las causas que permiten ese alcance. Existe una realidad que muchos hombres y mujeres de fe ignoran, en buena parte de manera deliberada, y que ha sido desvirtuada al tratarla como un tema colateral, sin mayor trascendencia. Sin embargo, tanto la Sagrada Escritura como la vida cotidiana demuestran que esta ignorancia es precisamente la causa principal por la cual los hombres y las mujeres de fe no logran desarrollarse ni crecer espiritualmente, quedando estancados en elementos religiosos, pero no necesariamente espirituales.

El objetivo de este capítulo es presentar dos casos —uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento— que ilustran la realidad y el alcance del Reino de las tinieblas sobre los hombres y las mujeres de fe, para luego examinar, en el libro de Génesis, la causa principal que permite ese alcance.

El justo bajo asedio: el caso de Job

El primer caso se encuentra en el libro de Job, capítulo uno:

“Y Jehová dijo a Satán: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Y respondiendo Satán a Jehová, dijo: ¿Teme Job a Dios de balde? ¿No le has tú cercado a él y a su casa y a todo lo que tiene en derredor? Al trabajo de sus manos has dado bendición, por tanto, su hacienda ha crecido sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca a todo lo que tiene, y verás si no te blasfema en tu rostro. Y dijo Jehová a Satán: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satán de delante de Jehová” (Job 1:8-12).

A partir del versículo trece se relata todo lo que sobrevino sobre la vida de Job, sus hijos y su hacienda, y el capítulo cierra con esta declaración:

“En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:22).

Lo primero que debe establecerse es que el Reino de las tinieblas tiene autorización y alcance sobre la vida de un justo, es decir, sobre un hombre o una mujer de fe. Y es necesario entender que el caso de Job no es un caso excepcional ni singular. Lo que Job presenta no es que aquello le sucedió únicamente a él, sino que lo que le sucedió a Job le puede suceder a cualquier justo o a cualquier justa, sin importar la región o el hemisferio en que viva. Ese es precisamente el propósito de esta enseñanza: entender que el Reino de las tinieblas tiene un alcance sobre los hombres y las mujeres de fe.

Cabe preguntarse por qué se habla específicamente de hombres y mujeres de fe, y la razón es sencilla: Satanás tiene autoridad y ejecutoria sobre todos aquellos que no son hijos de la fe —hombres, mujeres, jóvenes, niños, infantes— que no han confesado a Jesús como su Señor. Estos habitan y se mueven dentro del Reino de las tinieblas sin mayor controversia. Lo singular, lo que exige explicación, es que ese Reino también tenga alcance sobre quienes sí son hombres y mujeres de fe. La pregunta que esta enseñanza busca contestar es precisamente esa: por qué el Reino de las tinieblas alcanza a los hijos de la fe, con el fin de quitar el velo que el mismo Reino de las tinieblas ha impuesto y que está provocando una atadura muy fuerte sobre ellos.

Un texto que confirma esta realidad se encuentra en la primera epístola de Pablo a los tesalonicenses, escrita poco después de que el apóstol visitara por primera vez aquella región:

“Por lo cual quisimos ir a vosotros, yo, Pablo, a la verdad, una y otra vez; pero Satanás nos estorbó” (1 Tesalonicenses 2:18).

La versión Reina-Valera de 1909 traduce este mismo pasaje diciendo que «Satanás nos embarazó», mientras que la revisión de 1960 lo traduce como «Satanás nos estorbó». Más allá de la diferencia de traducción, lo relevante es la pregunta que este texto plantea: ¿cómo es posible que el apóstol Pablo, un hombre que recibió visitación y revelación directa de Jesús y que caminaba conforme a los caminos del Señor, tenga que admitir que Satanás lo estorbó? Esta es precisamente la parte del conocimiento que hace falta a muchos hombres y mujeres de fe hoy: el Reino de las tinieblas tiene un alcance real sobre los hijos de la fe.

En el pasaje de Job se descubre además un elemento decisivo: Dios da permiso. Satanás mismo admite que existe un cerco protector alrededor de Job, y el texto revela que ese cerco solo pudo ser traspasado porque Dios lo autorizó. Y no se trató de un único permiso. En el capítulo dos, Satanás se presenta de nuevo ante Jehová:

“Y respondiendo Satán, dijo a Jehová: Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Mas extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, y verás si no te blasfema en tu rostro. Y Jehová dijo a Satán: He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida. Y salió Satán de delante de Jehová, e hirió a Job de una maligna sarna desde la planta de su pie hasta la mollera de su cabeza” (Job 2:4-7).

En el caso de Job se registran, por lo menos, dos permisos otorgados por Dios. Esto confirma que existe un alcance que no se debe ignorar, y refuerza que el caso de Job no es la excepción a la regla, sino la ilustración de un principio que se repite.

El Reino de las tinieblas puede mover personas

Volviendo al capítulo uno de Job, es posible observar otra dimensión de la realidad del Reino de las tinieblas:

“Y un día aconteció que sus hijos e hijas comían y bebían vino en casa de su hermano el primogénito, y vino un mensajero a Job, que le dijo: Estando arando los bueyes, y las asnas paciendo cerca de ellos, acometieron los sabeos y los tomaron, e hirieron a los mozos a filo de espada; solamente escapé yo para traerte las nuevas. Aún estaba este hablando, y vino otro que dijo: Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó las ovejas y los mozos, y los consumió; solamente escapé yo para traerte las nuevas. Todavía estaba este hablando, y vino otro que dijo: Los caldeos hicieron tres escuadrones, y arremetieron contra los camellos, y los tomaron, e hirieron a los mozos a filo de espada; y solamente escapé yo para traerte las nuevas” (Job 1:13-17).

En este pasaje se mencionan dos pueblos, los sabeos y los caldeos, que atacaron a los empleados de Job. Ninguno de ellos actuaba por cuenta propia; ambos se movían por impulso e influencia del Reino de las tinieblas. Esto es coherente con lo que después escribiría el apóstol Pablo: no tenemos lucha contra sangre ni carne. Sin embargo, no debe ignorarse que sangre y carne, es decir, personas concretas, pueden ser movidas por el Reino de las tinieblas para ejecutar ataques directos sobre hombres y mujeres justos.

El problema es que, por la falta de conocimiento acerca de la realidad del Reino de las tinieblas, muchos ven únicamente a la persona o a las personas que atacan, como si el ataque fuera algo personal o particular de ellas, sin poder discernir las fuerzas demoníacas que las empujan a atacar directamente al hombre o a la mujer de fe. Un levantamiento contra un justo no proviene, en su raíz, de la persona que aparentemente lo ejecuta, sino de las fuerzas que operan detrás de ella dentro del Reino de las tinieblas.

Poder sobre la naturaleza y sobre el cuerpo

El mismo relato revela que el Reino de las tinieblas tiene, además, poder sobre la naturaleza misma. Cuando el mensajero anuncia que «fuego de Dios cayó del cielo» (Job 1:16) y quemó las ovejas y los mozos, quien realmente actuaba era Satanás, aunque quien trajo la noticia entendiera que el fuego venía de Dios por el simple hecho de descender del cielo. Esto significa que el Reino de las tinieblas tiene autoridad sobre la naturaleza y puede moverla en contra de un hombre o de una mujer de fe.

Esta comprensión es de suma importancia, porque muchas veces los hombres y las mujeres de fe atribuyen a Dios ciertas situaciones que en realidad provienen del Reino de las tinieblas. Como consecuencia, muchos no se atreven a reprender esas circunstancias, sino que las aceptan, las toleran y las viven, creyendo erróneamente que proceden de Dios. Todo hombre o mujer de fe que no entiende la realidad del Reino de las tinieblas caminará en confusión, en duda y en ambigüedad, sin poder discernir si una circunstancia proviene de Dios o de las tinieblas.

El alcance del Reino de las tinieblas no se limita al medio ambiente; también se extiende a bestias o animales que pueden atacar directamente a una persona, y alcanza inclusive el cuerpo humano. Así lo muestra el capítulo dos de Job:

“Y salió Satán de delante de Jehová, e hirió a Job de una maligna sarna desde la planta de su pie hasta la mollera de su cabeza” (Job 2:7).

Muchas condiciones de enfermedad, externas o internas, que las personas padecen en la actualidad son intervención del Reino de las tinieblas. Cuando ese es el caso, la condición no puede resolverse por vías naturales; al contrario, tratarla únicamente de forma natural la complica, porque, como Jesús mismo enseñó, lo que es de César corresponde a César, y lo que es de Dios corresponde a Dios. Si la condición es de origen espiritual, únicamente puede resolverse de forma espiritual.

El apóstol Pablo ofrece un testimonio semejante en su segunda epístola a los corintios:

“Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera” (2 Corintios 12:7).

La palabra traducida como «mensajero» corresponde, en el griego original, al término que significa «ángel». Leído de esa manera, el texto declara que un ángel de Satanás tenía permiso de Dios para abofetear a Pablo en su carne, en referencia a una condición de salud. Este testimonio, unido al de Job, confirma que Satanás tiene jurisdicción inclusive sobre el cuerpo de un hombre justo.

Es importante señalar que, en el caso de Job, no cabe atribuir su condición a algún pecado oculto o inconfeso, como pretendieron sus tres amigos al sentarse con él y sugerirle que su padecimiento se debía a alguna falta cometida. La narración bíblica desmiente esa suposición: no hubo tal pecado. Este caso resulta, por tanto, sumamente ilustrativo para comprender la realidad del Reino de las tinieblas sin recurrir a explicaciones que la Escritura misma no sostiene.

Tampoco es válido pensar que esta realidad pertenece exclusivamente al Antiguo Testamento y que ya no aplica en el tiempo presente. Satanás no anuncia un cambio de método por el simple hecho de que hayamos pasado del Antiguo al Nuevo Testamento; su forma de actuar permanece siempre la misma. Job perdió su hacienda, sus bienes, sus hijos y su salud: lo perdió todo. Esto enseña que el enemigo puede tocar la familia, los bienes y la salud por igual, y ningún remedio espiritual será efectivo sin antes comprender la intervención del Reino de las tinieblas, porque no se puede reprender aquello que previamente se ha desvirtuado.

El zarandeo del apóstol Pedro

El segundo caso, correspondiente al Nuevo Testamento, se encuentra en el Evangelio de Lucas, y se refiere a las tres veces que Pedro negó a Jesús:

“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31-32).

Este pasaje reproduce exactamente el patrón del libro de Job: Satanás pidió permiso, y Dios se lo concedió. «Satanás os ha pedido para zarandearos» equivale a lo leído en Job uno y dos, donde Satanás pidió a Job y Dios se lo permitió. Y cuando Jesús añade «he rogado por ti que tu fe no falte», está confirmando que, en efecto, el permiso fue otorgado a Pedro.

De aquí se desprende una verdad fundamental: el Reino de las tinieblas tiene alcance sobre hombres y mujeres de fe, y ese alcance no necesariamente responde a un pecado ni a una falta cometida. Comprender esto es indispensable, porque de lo contrario no sabremos cómo resolver, enfrentar ni trabajar una situación de esta naturaleza.

El apóstol Pablo confirma esta realidad en su epístola a los efesios:

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

Los términos que Pablo utiliza —principados, potestades, huestes— no buscan alarmar a nadie; describen el poderío espiritual del Reino de las tinieblas. Ese poderío es precisamente el que muchos hombres y mujeres de fe han desvirtuado en la actualidad, y esta desvirtuación es, quizá, la causa principal por la cual muchos no crecen espiritualmente ni en la fe, y en algunos casos ni siquiera logran desarrollar un ministerio.

La palabra «zarandear» no describe un movimiento suave, sino un impacto, una intervención fuerte. Lo que el enemigo busca al zarandear es sencillamente dañar e incomodar. Y cuando Jesús responde «yo he rogado por ti que tu fe no falte» (Lucas 22:32), queda claro cuál es el verdadero blanco del ataque: la fe misma. Un hombre de fe sin fe es como metal que resuena y címbalo que retiñe: no hay contundencia, ni potencia, ni sabor en sus palabras. Esto explica por qué, hablando de su segunda venida, Jesús preguntó si, cuando el Hijo del Hombre venga, hallará fe en la tierra (cf. Lucas 18:8). Muchos y muchas habrán sido sometidos al caso de Job, y muchos y muchas habrán sido sometidos al caso de Pedro, de forma tal que la fe les ha sido removida.

Esta remoción de la fe está ilustrada también en la parábola del sembrador:

“Y el que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra, y luego la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, antes es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mateo 13:20-22).

Esta parábola debe alarmarnos, porque el hombre y la mujer de fe de hoy no se están preparando para el día malo: no se preparan para los afanes de este siglo ni para la persecución o la prueba. Es esta falta de preparación la que explica por qué, en la actualidad, tantos hombres y mujeres no crecen conforme a la fe ni conforme a la gracia. Preguntar por qué un Dios tan bueno permite estas cosas es, en realidad, una pregunta movida por soberbia, pues equivale a suponer que Dios está obligado a atender cada uno de nuestros reclamos, cuando la condición actual del hombre y de la mujer no es sino el resultado de la desobediencia de Adán y Eva en el huerto del Edén, repetida cada día en nuestras propias vidas.

El mismo capítulo de Lucas relata las tres negaciones de Pedro:

“Y habiendo encendido fuego en medio del patio, y sentándose todos alrededor, se sentó también Pedro entre ellos. Y una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También este estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no le conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora más tarde, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también este estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé qué dices. Y en seguida, mientras él aún hablaba, el gallo cantó” (Lucas 22:55-60).

Al igual que en el caso de Job, aquí se observa cómo el Reino de las tinieblas tiene la capacidad de mover a personas concretas para acosar o atacar a un hombre o a una mujer de fe. Ni la criada ni los dos hombres que después señalaron a Pedro actuaban por iniciativa propia; alguien los estaba moviendo. Los sabeos y los caldeos en el caso de Job, y estas tres personas en el caso de Pedro, ilustran cómo hombres y mujeres de fe son a veces atacados, tentados o dirigidos por otras personas que Satanás ha utilizado para conducir, desvirtuar y procurar que aquel hombre o aquella mujer de fe se aparten del camino, muchas veces sin que ni siquiera lo perciban.

Estos dos casos, el de Job en el Antiguo Testamento y el de Pedro en el Nuevo Testamento, bastan para mostrar que existe una realidad del Reino de las tinieblas que no debe desvirtuarse, porque al desvirtuarla, el enemigo tendrá acercamiento y nosotros no tendremos ojos para poder verlo.

La causa: «¿Quién te enseñó que estabas desnudo?»

Habiendo establecido la realidad y el alcance del Reino de las tinieblas, corresponde examinar su causa principal, aunque no la única. Esta se encuentra en el libro de Génesis:

“Y le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí. Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida” (Génesis 3:11-14).

La pregunta central es: ¿por qué un hombre de fe o una mujer de fe puede quedar al alcance del Reino de las tinieblas? La respuesta habitual —que Cristo Jesús ya lo venció en la cruz, que el diablo está derrotado, que es un león sin dientes que ruge pero no hace nada— es, en sí misma, parte del problema, porque nos deja sin ojos para ver cómo el enemigo se acerca.

La pregunta que Dios formuló a Adán, «¿Quién te enseñó que estabas desnudo?» (Génesis 3:11), no fue exclusiva para él; tiene alcance hasta el día de hoy. Adán y Eva habían estado desnudos desde su formación, sin que eso representara ningún problema; Dios no los vistió, los formó desnudos. Lo que cambió no fue su condición, sino la enseñanza que recibieron. La pregunta que corresponde hacernos hoy es: ¿quién nos está enseñando? ¿A quién estamos obedeciendo? ¿A quién estamos atendiendo? ¿De quién estamos derivando nuestra enseñanza? ¿Cuántas horas se invierten atendiendo lo que se presenta en las redes sociales, y cuántas personas, con sus enseñanzas, están siendo atendidas allí?

Existen ministros y predicadores que, con sus palabras, establecen más contaminación que libertad y vida, y sin embargo muchas personas los siguen. Hay quienes establecen metafísica en su enseñanza, y hay quienes establecen rebeldía, y en ambos casos hay multitudes que los atienden. Esto sucede porque el Reino de las tinieblas ha sido desvirtuado, y a Satanás eso le conviene: si no se le identifica como enemigo, se acerca sin mayor obstáculo. En el huerto del Edén, la serpiente se acercó primero a Eva; si ella la hubiera identificado como un enemigo, no lo habría permitido. El problema, entonces y ahora, es la falta de identificación de esa realidad.

Jesús mismo enseñó que el ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir (cf. Juan 10:10); por tanto, tolerar lo que procede del Reino de las tinieblas trae destrucción y muerte, nunca algo bueno. Quien nos enseña, en lugar de vestirnos, puede estar desvistiéndonos; en lugar de darnos provisión, puede estar quitándola; en lugar de darnos salud, puede estar comunicando enfermedad y muerte. Cuando Adán respondió «tuve miedo, y me escondí, porque estaba desnudo» (cf. Génesis 3:10), el Señor identificó de inmediato la causa: el miedo no procede del Reino de Dios.

La guerra espiritual y la necesidad de liberación

En el mismo capítulo tres de Génesis, el Señor establece el desenlace de esta enemistad:

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).

El orden de este anuncio es fundamental: la simiente de la mujer herirá en la cabeza a la serpiente, mientras que la simiente de la serpiente solo podrá morder el calcañar. Que la serpiente logre morder el calcañar de un hombre o de una mujer de fe solo es posible porque ese hombre o esa mujer no le ha aplastado la cabeza primero; la iniciativa corresponde al hombre y a la mujer de fe.

Hay hombres y mujeres de fe que no creen en la guerra espiritual, y hay quienes no creen en la necesidad de la liberación. Sin embargo, son muchos, más de los que se imagina, los hombres y las mujeres de fe que permanecen atados, con vendas en los ojos, neutralizados por el enemigo, con ataduras en las manos, en los pies y en la cintura, precisamente porque niegan la guerra espiritual y niegan la necesidad de ser libres. Decir «yo acepté a Jesús, Jesús ya lo derrotó en el Calvario» es cierto conforme a la Palabra del Señor, pero vivir negando los efectos y la provisión de la cruz equivale a no activar esa provisión en la propia vida. La fe no consiste solamente en decir «yo creo»; la fe consiste en activar la provisión de Dios en cada una de nuestras vidas.

El apóstol lo resume así: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo» (cf. Santiago 4:7). Hay una guerra, una lucha, una batalla; pero quien está atado no percibirá la necesidad de librarla. Por eso el Señor estableció que sería la simiente de la mujer quien heriría la cabeza de la serpiente: una serpiente con la cabeza aplastada no puede morder el calcañar. Si la serpiente logra morder, es porque el hombre o la mujer de fe no quiso aplastarle la cabeza primero.

Muchas ataduras explican nuestra condición presente: ataduras en los ojos que impiden ver, ataduras en los oídos que impiden oír, ataduras en el cuello que impiden doblegarse y humillarse ante el Señor, ataduras en las manos y en los pies que impiden actuar y avanzar conforme a la Palabra del Señor. Cristo Jesús lo venció en la cruz del Calvario; ese es el mensaje del evangelio, la locura de la cruz. Pero es necesario activar esa provisión para la propia vida. Quien rehúsa la guerra espiritual y la liberación permanecerá donde está, sin que el enemigo le permita moverse ni llegar a donde Dios quiere llevarlo.

Conclusión

La realidad del Reino de las tinieblas es, en efecto, una realidad, y tiene alcance sobre hombres y mujeres de fe. Ese alcance llega, precisamente, porque, como dijo el profeta, mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento (cf. Oseas 4:6); y para colmo, buena parte del conocimiento que hoy se recibe produce contaminación, enfermedad, muerte y apostasía. Por eso la pregunta permanece vigente: ¿quién nos enseñó que estábamos desnudos?

Presentarnos ante la Palabra del Señor tiene sentido porque es ella la que nos confronta y nos revela la condición en que nos encontramos. Pero la liberación no llega automáticamente por haber escuchado la Palabra; llega cuando nos movemos en busca de ella. Nadie más puede buscar nuestra liberación en nuestro lugar: ni la de un padre, ni la de una madre, ni la de un hijo. Si no nos movemos a buscarla y a pedirla, pasaremos el resto de la vida escondidos, como Adán, por miedo, y, para colmo, deduciendo responsabilidades ajenas: «la mujer que me diste», «la serpiente me engañó», «soy víctima de las circunstancias». Pero, en realidad, somos responsables de las decisiones que tomamos, y de ellas nunca debemos olvidarnos. Por eso el Señor presenta hoy una palabra de verdad, para que alcancemos liberación, al Dios eterno, al Todopoderoso, al Creador del cielo y de la gloria, que trae vida y aliento; a Él, y solamente a Él, sea la gloria.



Preguntas de repaso

1. ¿Por qué el autor afirma que el caso de Job no es un caso excepcional, sino una realidad que puede alcanzar a cualquier hombre o mujer de fe?

2. Según los casos de Job y de Pedro, ¿de qué manera puede el Reino de las tinieblas moverse a través de personas, de la naturaleza o del cuerpo para atacar a un hijo de la fe, y por qué es tan importante identificar esta realidad en lugar de desvirtuarla?

3. ¿Qué significa, en tu propia vida, la pregunta «¿Quién te enseñó que estabas desnudo?», y qué influencias podrías necesitar examinar a la luz de esa pregunta?

4. ¿Por qué afirma el capítulo que la fe no consiste solamente en decir «yo creo», sino en activar la provisión de Dios? ¿Qué diferencia práctica hace esto en la manera de enfrentar la guerra espiritual?


pastor Pedro Montoya


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