El camino recorrido: siete instrucciones antes de esta
Para entender el peso de esta octava instrucción es necesario recordar el proceso completo que el Espíritu de Dios, por medio del apóstol, desarrolló con Timoteo a lo largo de la segunda epístola.
Todo comenzó en el capítulo 1, versículo 6, con la primera instrucción, el fundamento de todo lo demás:
“Por lo cual te aconsejo que despiertes el don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Timoteo 1:6).
Si el hombre y la mujer que confiesan a Jesús no entienden que la vida de fe consiste, en primer lugar, en avivar el fuego del don que está en ellos, no llegarán a ningún lugar. Todo comienza allí.
De esa instrucción fundamental el apóstol condujo a Timoteo, con sabiduría, hacia las siguientes:
La segunda instrucción, en el capítulo 2, versículo 1:
“Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1).
La tercera, dos versículos más adelante:
“Tú, pues, sufre penalidades como fiel soldado de Jesús el Cristo” (2 Timoteo 2:3).
La cuarta, en el versículo 15 del mismo capítulo:
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).
La quinta, en el versículo 22:
“Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe y el amor” (2 Timoteo 2:22).
La sexta se concentra en todo el capítulo 3 y se resume en el versículo 14:
“Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido” (2 Timoteo 3:14).
Y la séptima, en el capítulo 4, versículo 2:
“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).
Es importante señalar que todo este proceso fue dictado por el Espíritu Santo, y no simplemente por la intención personal de Pablo, aunque el apóstol conocía muy bien a Timoteo. Habían compartido cerca de dos décadas y media, un tiempo en el que Timoteo creció, manifestó sus inquietudes y encontró en Pablo no solo a quien lo capacitó para el ministerio, sino a un verdadero padre espiritual. El propio apóstol lo llama su hijo. Timoteo había dejado atrás a su madre y a su abuela, mencionadas en la epístola, y de quien único aprendió como hombre, como persona y como ministro fue del apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios.
Aquí el apóstol le está entregando muchos años de experiencia ministerial, vivencial y de revelación. No debemos pensar que la primera y la segunda epístola contienen todo lo que Pablo le enseñó a Timoteo. Este aprendió mucho observando cómo el apóstol reprendía, cómo sufría, cómo padecía y cómo, a pesar de las situaciones difíciles descritas en la segunda carta a los Corintios, nunca claudicó ni quiso abandonar la vida de fe ni el ministerio. En una ocasión el apóstol expresó a los corintios que sentía una imposición divina para predicar la Palabra. Ese proceso fue precisamente lo que formó a Timoteo, no solo como hombre de fe, sino como un buen ministro del evangelio.
Una instrucción diferente: el ejemplo antes que la orden
Llegamos así a la octava instrucción, una instrucción sumamente emotiva porque marca el momento de la despedida —aunque Pablo, más adelante, atendería personalmente a Timoteo cuando este llegara a Roma—. La leemos en el capítulo 4, versículos 7 al 9:
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida. Procura venir presto a mí” (2 Timoteo 4:7-9).
A diferencia de las siete instrucciones anteriores —que fueron, en esencia, órdenes directas acompañadas de consejos sobre cómo llevarlas a cabo—, esta octava instrucción no tiene la forma de un mandato explícito. Alguien podría pensar, por ello, que carece del mismo peso. Sin embargo, es precisamente esa diferencia la que la hace más contundente —no más importante que las anteriores, ni sustituta de ellas, pero sí más contundente—, porque esta instrucción se entrega desde el ejemplo personal.
Pablo le dice a Timoteo, en el versículo 8, que la corona de justicia está guardada no solo para él, sino también para todos los que aman la venida del Señor. En otras palabras, le está diciendo: si tú quieres llegar un día al lugar donde yo me encuentro hoy, mantén todo lo que te he enseñado hasta este momento. Es la única forma en que, al cabo de tus días y de tu ministerio, tú también podrás decir lo que yo estoy diciendo: he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Ocupa mi lugar: el llamado a continuar la cadena de revelación
En el versículo 6 el apóstol había declarado: “Yo ya estoy para ser ofrecido”. Con esas palabras anuncia que su lugar, su posición, quedará vacío, y por eso la instrucción que se desprende de estos tres versículos lleva implícita una invitación: ocupa mi lugar. Es la única forma en que Timoteo puede llegar al final de sus días en la misma posición en que se encuentra Pablo.
Resulta sumamente sugestivo cómo el apóstol cierra estos tres versículos, no con una palabra de despedida personal, sino con esta exhortación:
“Procura venir presto a mí” (2 Timoteo 4:9).
No le está hablando en términos humanos, de padre a hijo, sino en términos espirituales: Timoteo, ocupa mi lugar; ven, no dejes este espacio vacío; no dejes vacía esta posición que Dios me entregó. El apóstol entiende que la única forma de mantener la revelación de Dios sobre la faz de la tierra es que se desarrolle una cadena de revelación. Pablo recibió una revelación y la compartió, pero hay algo importante que debemos comprender: muchas revelaciones se pierden, no tanto porque quien las recibió no las comunique, sino porque no hay quienes reciban la revelación que el receptor está compartiendo.
Por eso Pablo está interesado en que se desarrolle esa cadena: que alguien ocupe su lugar, para que ese alguien, a su vez, pueda delegar la revelación a otros hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.
Cuando la revelación se pierde
El versículo 9 nos entrega el énfasis de toda la instrucción: “Procura venir presto a mí; no te vayas”. A partir del versículo 10, el apóstol se lamenta, porque tuvo a mucha gente a su alrededor con quien compartió la revelación, y sin embargo ninguno de ellos quiso ser su receptor:
“Porque Demas me ha desamparado, amando este siglo, y se ha ido a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia. Solo Lucas está conmigo” (2 Timoteo 4:10).
El apóstol está enfrentando algo duro, no solo como persona, sino como ministro. Y conviene repetirlo: muchas revelaciones se pierden no porque quien las recibió sea incapaz de transmitirlas o de comunicarlas, sino porque no hay quienes estén dispuestos a recibirlas y a correr con ellas. Esto es triste y lamentable, porque en la tierra no es que Dios no quiera dar revelación, sino que muchas veces no apreciamos la que Él nos está entregando.
El significado profundo de “he peleado la buena batalla”
Volvamos al núcleo de la instrucción, el versículo 7: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. Son tres expresiones cargadas de un peso de gloria que debemos comprender a fondo, comenzando por la primera.
En el idioma griego original, las palabras traducidas como “pelear” y “batalla” son, en realidad, la misma palabra usada en dos formas distintas: agona. De ella se deriva el término español “agonía”. Originalmente, la palabra que hoy traducimos como “pelear” se usaba en el sentido de agonizar. Esto no es un detalle menor: nos revela el peso real de la instrucción que el Espíritu de Dios, por boca del apóstol, entregó a Timoteo y hoy nos entrega también a cada uno de nosotros.
No se trata únicamente de conocer lo que sucedió en la vida de dos hombres del pasado, sino de entender qué es lo que Dios demanda hoy del hombre y de la mujer que le sirven, y qué está haciendo Dios en este tiempo. Vivimos hablando de la venida de Jesús y de que estamos en los últimos tiempos, pero muchos ignoran que estos son tiempos proféticos, y que no se pueden atravesar sin un alto conocimiento de revelación en cuanto a lo profético.
No es una lucha alegórica
El apóstol ya le había escrito algo semejante a Timoteo años antes, en la primera epístola, al final del tercer viaje apostólico, cuando lo dejó en Éfeso:
“Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1 Timoteo 6:12).
Comparado con 2 Timoteo 4:7, es exactamente la misma exhortación: “he peleado la buena batalla”. Y aquí conviene detenernos en el sentido literal de la palabra, porque no podemos entenderla en términos metafóricos ni alegóricos sin echar a perder una instrucción espiritual fundamental para la vida de fe.
En el tiempo antiguo la gente estaba acostumbrada a las peleas y a las batallas físicas; sabían lo que significaba pelear hasta el límite de las fuerzas. Pablo, al usar la palabra agona —de donde procede “agonía”— le está diciendo a Timoteo: pelea hasta tus últimas fuerzas, pelea hasta que las fuerzas ya no tengan más fuerzas, pelea hasta el punto de la agonía. Esto explica por qué hay tantos hombres y mujeres que hoy se llaman cristianos y, sin embargo, declinan ante cualquier situación difícil, desisten de seguir trabajando y luchando, e incluso se retiran del ministerio: no han comprendido que la palabra “pelea” va mucho más allá de un simple esfuerzo.
El libro de Hebreos lo confirma con la misma fuerza:
“Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:4).
Pelear la buena batalla de la fe significa, entonces, que antes de ser ministros tenemos que ser hombres y mujeres de fe. Tenemos que desarrollar el carácter de la fe, porque si no establecemos primero esta fase de la vida, no podremos avanzar hacia ninguna otra. Lo que no llevamos a su término en un momento determinado no nos permitirá avanzar más adelante.
El apóstol escribió también a los efesios —la comunidad que él mismo pastoreó por espacio de tres años y que recibió, según el libro de los Hechos, una revelación mayor que otras comunidades—, y aun a ellos les advirtió:
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos” (Efesios 4:22).
Nadie puede ser hombre de fe, nadie puede ser mujer de fe, si todavía trae su vieja naturaleza, sus pasiones desordenadas, sus pensamientos y sus intereses personales sin haberlos puesto por estrado de los pies de Jesús el Cristo.
La batalla no es solo contra el pecado
Debemos entender también que esta pelea es literal en otro sentido: no se libra únicamente contra el pecado, como suele pensarse. El apóstol lo explica con claridad a los efesios:
“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).
El hombre de Dios y la mujer de Dios no pelean solamente contra la tentación; pelean contra fuerzas espirituales. ¿Sabemos por qué el enemigo busca, ante todo, arrebatarle la fe al hombre y a la mujer de Dios? Porque comprendemos entonces la pregunta que Jesús formuló a sus discípulos: “Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8). Esa pregunta sugiere que, en los últimos tiempos, lo que más habrá de escasear no serán las iglesias —al contrario, se multiplicarán—, sino la fe: la doctrina, el mensaje, el contenido del evangelio.
Cuando alguien dice “yo no siento al Señor”, no se trata de un problema de sentimientos, sino de que la fe está flaqueando y no logra sostenerse en la promesa de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Lo que falla no es la percepción; lo que falla es la fe.
Nuestra única arma es la Palabra. El propio Jesús lo demostró al ser tentado, respondiendo siempre: “Escrito está” (cf. Mateo 4:4; Lucas 4:4). Sobre la Palabra se construye toda la vida espiritual, y por eso el apóstol enseña también a los corintios:
“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos” (2 Corintios 10:4).
Pelear la buena batalla de la fe no consiste en pelear con nuestras intenciones, ni con nuestras emociones, ni siquiera con nuestras propias fuerzas, sino en fundamentarnos sobre lo único que construye la fe: la Palabra de Dios, leída por completo, desde Génesis hasta Apocalipsis, y no solamente en el Nuevo Testamento.
Segunda fase: instruye a hombres fieles que enseñarán también a otros
La octava instrucción tiene dos fases. La primera —que acabamos de desarrollar— tiene que ver con la formación del hombre y de la mujer de fe. No podemos avanzar a la segunda fase si no hemos completado antes esta primera. Volvamos a 2 Timoteo, ahora al capítulo 2, versículo 2, precisamente donde el apóstol entregó la segunda instrucción de toda la carta:
“Y lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2).
Esta es la segunda fase: Dios nos llama a desarrollar una cadena de revelación. ¿Cuál es el propósito de esta cadena? No permitir que se abran brechas de apostasía. El apóstol advierte a los tesalonicenses:
“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Tesalonicenses 2:3).
Antes de la venida de Jesús el Cristo se darán, entonces, dos eventos: la apostasía y la manifestación del hombre de pecado, a quien el apóstol Juan llama anticristo. La apostasía surge, precisamente, cuando se abren brechas generacionales dentro de las comunidades de fe. Esto puede verse en todo el Antiguo Testamento, y de manera especial en el libro de Jueces: se levantó una generación que conocía a Dios, y la siguiente ya no lo conocía, porque no hubo una herencia transmitida, un legado de revelación entregado de una generación a la otra.
Previendo esto, Pablo le encarga a Timoteo que lo que aprendió de él lo confíe a hombres fieles, idóneos para enseñar también a otros. El propósito es claro: que no se abran brechas de apostasía. Esta segunda fase consiste, entonces, en compartir, comunicar, heredar y legar la revelación por la cual estamos caminando, para que otros caminen también en ella.
Un énfasis repetido en ambas epístolas
Vale la pena notar cuán importante es esta instrucción para el apóstol, porque la repite en múltiples ocasiones a lo largo de las dos cartas. En la primera epístola:
“Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la buena milicia” (1 Timoteo 1:18).
“Si esto enseñas a los hermanos, serás buen ministro de Jesús el Cristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido” (1 Timoteo 4:6).
“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don que hay en ti […] Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:13-16).
Y en la segunda epístola:
“Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2 Timoteo 1:13-14).
“Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Timoteo 2:24-25).
“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).
En total, a lo largo de las dos epístolas, Pablo dedica seis instrucciones distintas en torno a este mismo tema, lo cual nos muestra cuán importante es para él —y para el Espíritu de Dios— el mandato de encargar la revelación a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.
He acabado la carrera, he guardado la fe
Con esto llegamos al cierre de la octava instrucción: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. Estas palabras representan mucho tiempo de sufrimiento, de padecimiento, de predicación y de viajes; representan, sobre todo, mucha revelación. Resumen la vida de un hombre que entendió que lo más importante es construir una vida de fe, y que enseñan cómo se construye un ministerio.
La palabra “acabar” significa no dejar nada inconcluso: todo lo que le fue delegado, Pablo lo hizo. Y la última expresión, “he guardado la fe”, nos recuerda que todo lo hecho tuvo un solo propósito: guardar la fe, vivir por la fe, establecer la fe e instruir a otros en la fe.
Al exponernos ante esta enseñanza no buscamos únicamente conocer lo que sucedió en distintas etapas de la vida de Pablo y de Timoteo. Estar detrás de un púlpito, o no estarlo, no determina si Dios nos ha llamado; lo que determina el llamado es la manera en que respondemos a él. Dios nos ha escogido y convocado, y frente a esta octava instrucción tenemos dos caminos posibles.
Uno de ellos aparece descrito en la parábola de los talentos, en las palabras que el siervo negligente dirigió a su señor:
“Señor, te conocía que eres hombre duro […] y tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo […] Siervo malo y negligente, sabías […]; por tu boca te juzgo” (Mateo 25:24-26).
No es el conocimiento lo que nos va a salvar, ni lo que un día nos permitirá decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. Es entender que Dios demanda de nosotros integridad, firmeza, decisión y verdad; que Dios demanda el entendimiento de su Palabra y el establecimiento de esa Palabra en cada una de nuestras vidas. Solo así, un día, podremos decir con toda satisfacción, junto con el apóstol Pablo: peleé la buena batalla de la fe, fui hasta la sangre, pero me mantuve en lo que el Señor había determinado.
Conclusión
La octava instrucción del apóstol Pablo a Timoteo no tiene la forma de un mandato directo como las siete anteriores, y precisamente por eso resulta más contundente: se entrega desde el ejemplo de una vida entera entregada al Señor. Pablo, próximo a partir, invita a Timoteo —y nos invita a nosotros hoy— a ocupar su lugar, a no dejar vacía la posición que Dios ha entregado, a sostener la cadena de revelación que impide que se abran brechas de apostasía entre una generación y la siguiente.
Esta instrucción se desarrolla en dos fases inseparables: primero, pelear la buena batalla de la fe hasta la agonía, hasta que se forme en nosotros el hombre y la mujer de fe; y segundo, una vez alcanzada esa formación, encargar lo aprendido a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Es una exhortación muy contundente, ante la cual no nos podemos esconder. Dios está levantando en estos últimos tiempos a muchos hombres y mujeres, no necesariamente para estar detrás de un púlpito, sino con un ministerio no convencional; pero para ello es indispensable que primero se forme en cada uno de ellos el carácter de la fe, y que después esa revelación sea transmitida a otros, para que la cadena no se rompa.
Preguntas de repaso
1. ¿Por qué la octava instrucción del apóstol Pablo se considera más contundente que las siete anteriores, si no contiene un mandato directo?
2. Según el capítulo, ¿por qué muchas revelaciones se pierden, y qué relación tiene esto con la invitación de Pablo a Timoteo de “ocupar su lugar”?
3. ¿Qué significa realmente “pelear la buena batalla de la fe” a la luz del significado original de la palabra griega agona, y cómo se relaciona esto con la primera fase de la formación de un hombre o una mujer de fe?
4. ¿Cuál es el propósito de la segunda fase de esta instrucción —encargar lo aprendido a hombres fieles que enseñen también a otros—, y qué consecuencia busca evitar en las comunidades de fe?
