Introducción
La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Bendito sea el Dios eterno, el Todopoderoso, el Creador del cielo y de la tierra, que nos concede este espacio en Su gracia y en Su misericordia, para que cada uno de nosotros nos presentemos y nos expongamos ante el poder de Su Palabra y ante el poder de Su Espíritu Santo.
En esta enseñanza vamos a estudiar la séptima instrucción que el apóstol Pablo le declara a Timoteo en su segunda epístola. Esta segunda epístola es la última que el apóstol escribe, no solamente a Timoteo, sino la última que escribe en términos generales dentro de todos sus escritos que han llegado hasta nosotros. Por esta razón, es importante que cada uno entienda el valor espiritual que esta epístola tiene dentro del conjunto de los escritos paulinos, y, sobre todo, el valor espiritual de las instrucciones que el apóstol le está declarando a Timoteo.
La séptima instrucción se encuentra en el capítulo cuatro, y dice así:
«Requiero yo, pues, delante de Dios y del Señor Jesús, el Cristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos en Su manifestación y en Su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído, y se volverán a las fábulas. Pero tú vela en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.» (2 Timoteo 4:1-5)
El carácter de la séptima instrucción
Esta séptima instrucción tiene características muy particulares que la distinguen de las otras seis que ya hemos estudiado. La primera es que forma parte de las instrucciones directivas: no hay una opción de hacerlo o no hacerlo. Es una instrucción imperativa mediante la cual el apóstol le declara a Timoteo lo que le conviene seguir haciendo dentro de su ministerio. En este sentido difiere de la octava instrucción —la que le sigue a continuación de estos primeros cinco versículos—, la cual ya no es directa, porque para entonces Pablo se está despidiendo de su carta y le recuerda a Timoteo algo que ya en tiempo antiguo le había declarado, pero ahora en forma sugestiva y no imperativa.
La segunda característica es que esta instrucción difiere de las seis anteriores en otro aspecto fundamental. En cada una de aquellas, Pablo le señalaba a Timoteo una deficiencia y lo exhortaba a remediarla. Así ocurrió desde el capítulo uno, cuando el apóstol le dice que avive el fuego del don de Dios que está en él —una instrucción que evidencia una deficiencia en la que Timoteo había incurrido, junto con la forma en que debía remediarla y volver a la posición que le correspondía como ministro del evangelio del reino de los cielos—. Sin embargo, la séptima instrucción no le presenta una deficiencia. Es directiva porque le dice lo que tiene que hacer, no porque le esté corrigiendo algo que ha dejado de hacer. Obsérvese el versículo 2:
«que prediques la palabra, que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Timoteo 4:2)
y el versículo 5, que es la conclusión de esta instrucción:
«pero tú vela en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio» (2 Timoteo 4:5)
En otras palabras, el apóstol reconoce que en esto Timoteo no ha tenido ninguna deficiencia. Timoteo se ha mantenido predicando la palabra, instando a tiempo y fuera de tiempo, redarguyendo, reprendiendo y exhortando con toda paciencia y doctrina. Por eso, esta instrucción no le está señalando una carencia, sino exhortándolo a que se mantenga haciendo lo que hasta ese momento ha estado haciendo. Esta diferencia entre la séptima instrucción y las seis anteriores nos ayuda a entender que Timoteo había decaído en varias áreas de su forma de ministrar y de presentar el ministerio que había recibido de parte de Dios, por la imposición de las manos de Pablo y por la imposición de las manos del presbiterio; pero en esta área en particular —la de predicar, instar, redargüir, reprender y exhortar— se había mantenido firme. Por eso debemos tener claro que esta es una instrucción directa, no correctiva, sino exhortativa, para que Timoteo se mantenga firme en aquello que constituía las áreas propias de su ministerio.
Ahora bien, esta instrucción no se puede entender solamente como una imposición, como una orden o como un mandato imperativo. Si la instrucción no se entiende, de nada nos serviría hacer lo que se nos manda sin comprender verdaderamente lo que se nos está pidiendo. Por ejemplo: ¿por qué tengo que predicar la palabra? ¿Por qué tengo que instar a tiempo y fuera de tiempo? No basta con cumplir la orden; es necesario comprender el porqué y el para qué de cada mandato. Esta instrucción demanda entendimiento, porque si no se tiene claridad de lo que significa, realmente no podríamos decir que la estamos cumpliendo, aunque estemos haciéndola. Comencemos, entonces, por examinar el porqué y el para qué de cada una de estas instrucciones parciales que el apóstol le declara a Timoteo en el versículo 2.
El fundamento doctrinal: los juicios de Dios
El apóstol no se limita a introducir esta instrucción; el versículo 1 no es una simple introducción, sino que establece, junto con el versículo 3, el fundamento del porqué y el para qué de todo lo que sigue. Leamos de nuevo:
«Requiero yo, pues, delante de Dios y del Señor Jesús, el Cristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos en Su manifestación y en Su reino» (2 Timoteo 4:1)
Aquí Pablo está estableciendo un punto doctrinal fundamental del evangelio del reino de los cielos: los juicios de Dios. Y hablamos de juicios, en plural, porque el texto describe dos tipos de juicio distintos ante los cuales todos habremos de presentarnos: uno en Su manifestación, y otro en Su reino. Este no es un tema reservado únicamente para ministros o para quienes han estudiado en una facultad teológica; es parte de la obra de Cristo Jesús en la cruz del Calvario y, por tanto, parte del mensaje del evangelio que todo hombre y toda mujer de fe deben conocer.
El Tribunal de Cristo
El primer juicio ocurre en Su manifestación, es decir, en la segunda venida de Cristo Jesús. En ese momento se ha de establecer lo que el apóstol define como el tribunal de Cristo. Así lo describe en Segunda de Corintios:
«Porque es necesario que todos nosotros parezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ya sea bueno o malo.» (2 Corintios 5:10)
Pablo menciona este tribunal en dos ocasiones dentro de los escritos que tenemos con nosotros. La segunda se encuentra en su epístola a los romanos:
«Mas tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? ¿O tú también, por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo.» (Romanos 14:10)
Inmediatamente después de que Jesús se manifieste sobre la faz de la tierra, se ha de establecer este tribunal, ante el cual hemos de presentarnos todos los que hemos venido a Cristo Jesús, para recibir conforme a lo que hemos hecho —o dejado de hacer— como hombres y mujeres de fe. Es importante entender esto con claridad, porque muchas personas creen que el hombre o la mujer de fe no habrán de presentarse en juicio ante el Señor. Sin embargo, la Palabra establece este tribunal precisamente para la venida de Cristo Jesús.
No está de más señalar que estar dentro de una iglesia cristiana no es garantía de que el hombre o la mujer vayan a ser parte del reino de Dios, porque no se trata solamente de haber aceptado a Cristo, como muchas veces se ha enseñado lamentablemente de forma errónea, sino de vivir conforme a las enseñanzas establecidas en las Sagradas Escrituras. Por eso el pasaje de Mateo 24 declara que el que persevere hasta el fin será salvo, y esto no significa solamente mantenerse y llegar hasta el final de la vida, sino perseverar en lo que fue enseñado, crecer en la Palabra y mantenerse conforme a ella. Si confesamos el nombre de Jesús, pero no vivimos conforme a Su Palabra, no tenemos la garantía de formar parte del reino de los cielos. A este mismo tribunal corresponden pasajes como Mateo 7:21-23, donde muchos le dirán al Señor: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?», y el Señor les responderá que se aparten de Él, porque nunca los conoció.
El Juicio del Gran Trono Blanco
El segundo juicio mencionado en el versículo 1 —«y en Su reino»— es diferente al primero, y ocurre después de que Jesús establezca Su reino milenial sobre la tierra, un reino de mil años en el que reinará con vara de hierro, como lo describen el libro de Apocalipsis y los profetas. Al concluir ese período, tiene lugar el segundo juicio:
«Y vi un trono grande y blanco, y al que estaba sentado sobre él, de delante del cual huyó la tierra y el cielo, y no fue hallado el lugar de ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.» (Apocalipsis 20:11-12)
Este es el juicio conocido como el del Gran Trono Blanco, distinto y separado en el tiempo del tribunal de Cristo. El primero se establece principalmente para determinar la participación de aquellos que confesaron el nombre de Jesús en el reino milenial; el segundo, para declarar vida eterna o perdición eterna, pues es en ese momento cuando se abren los libros de la vida, y el nombre que no esté escrito en ellos es lanzado, junto con la muerte, el diablo y el infierno, al lago que arde con fuego y azufre, según lo describe el libro de Apocalipsis.
Con este fundamento establecido, el apóstol le declara a Timoteo —y por la gracia de Dios a cada uno de nosotros— la razón de la instrucción que sigue en el versículo 2: predicar la palabra, instar a tiempo y fuera de tiempo, redargüir, reprender y exhortar con toda paciencia y doctrina. Todo ello se fundamenta en el hecho de que un día hemos de comparecer ante estos dos juicios, y seremos juzgados conforme a lo que hicimos o dejamos de hacer, entendiendo que no haber hecho algo que debíamos haber hecho no nos exime de responsabilidad. Así lo enseña la parábola de los tres siervos: al siervo que recibió un talento y no lo negoció, sino que se limitó a decir «por lo menos no lo perdí», el amo le llama siervo malo y negligente, porque, aun sin haber hecho mal, tampoco hizo lo que se le había encomendado. El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es contado por pecado.
Por qué debemos predicar la palabra
La primera de las instrucciones parciales del versículo 2 es: «que prediques la palabra». ¿Por qué es necesario predicar? El apóstol mismo responde esta pregunta en otros pasajes de sus epístolas. En Romanos leemos:
«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?» (Romanos 10:14)
Esta cadena de preguntas revela que, si hay personas que no confiesan a Jesús, muchas veces no es porque no hayan querido creer, sino porque no ha habido quien les hable de Él. Esto nos involucra a todos los que confesamos el nombre de Cristo Jesús, porque llegará un día en que se nos podría preguntar por qué no le hablamos de Jesús a determinada persona. Y esto no es responsabilidad exclusiva del evangelista, sino de todo hombre y toda mujer que confiesa el nombre de Jesús.
El apóstol lo expresa de manera aún más contundente en su primera carta a los corintios:
«Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!» (1 Corintios 9:16)
Pablo predica porque le es impuesta necesidad de hacerlo. La pregunta que cabe hacernos es: ¿cuántos de nosotros, que confesamos el nombre de Jesús, sentimos esa misma necesidad impuesta de predicar el evangelio? La respuesta, lamentablemente, suele ser negativa, y esta es una de las grandes deficiencias y debilidades que enfrenta hoy el pueblo de Dios: no sentimos la imposición ni la necesidad de predicar, y preferimos delegar esa tarea al evangelista, al pastor, al diácono o al servidor de la iglesia, mientras nosotros «solamente asistimos».
Por eso, cuando leemos el conocido pasaje de «que prediques la palabra», muchas veces no percibimos que en él se nos está imponiendo una exigencia personal, con el pretexto de que no tenemos un ministerio reconocido ni estamos detrás de un púlpito. No se trata solamente de hacer porque se nos dijo que había que hacerlo; se trata de comprender que existe una necesidad que Dios nos ha impuesto de anunciar el evangelio de gracia que de gracia hemos recibido.
Ahora bien, ¿para qué debemos predicar? La respuesta está ligada al versículo 1: un día hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, y otro día ante el tribunal del Gran Trono Blanco. ¿Qué respuesta le daríamos al Señor si nos preguntara por qué no le predicamos el evangelio a nuestro compañero, a nuestro familiar, a nuestro vecino o a nuestro compañero de trabajo? No tener respuesta —o responder simplemente que «no sentimos hacerlo»— sería admitir que no se nos ha impuesto la necesidad de la que habla el apóstol, y esto nos expondría a un juicio mayor.
El significado de «instar a tiempo y fuera de tiempo»
La segunda instrucción del versículo 2 es: «que instes a tiempo y fuera de tiempo». Para comprender el sentido de esta palabra no conviene recurrir a un diccionario, porque nos alejaríamos del mensaje original; en su lugar, conviene observar cómo se ha traducido esa misma palabra griega en otros pasajes de las Escrituras.
Esta palabra —traducida aquí como «instes»— aparece también en el relato del nacimiento de Jesús. En Lucas 2:9 leemos que el ángel del Señor «vino sobre» los pastores, y en Lucas 2:38 se describe a Ana «sobreviniendo en la misma hora» para dar gracias al Señor. En ambos casos se trata de la misma palabra griega que en 2 Timoteo 4:2 se traduce como «instar». Esto revela que el verbo tiene que ver con estar presente, estar listo, estar preparado y hacerse presente en el momento oportuno.
Así, cuando el apóstol le dice a Timoteo que inste «a tiempo y fuera de tiempo», le está diciendo que esté listo y preparado en todo momento, que se haga presente ante cualquier situación o caso que se le presente, tanto en horas propicias como en horas no propicias. Es decir, que no haya circunstancia que lo tome por sorpresa sin que él pueda atenderla, ni que tenga que decir «no me di cuenta» o «no estaba listo». La instrucción, en otras palabras, es estar siempre presente y disponible, en horario hábil como en horario no hábil, para atender toda situación que se presente.
El significado de «redargüir y reprender»
La tercera instrucción es: «redarguye, reprende». Nuevamente, en lugar de acudir a un diccionario, conviene observar el uso de esta palabra en otros pasajes. En el Evangelio de Juan encontramos:
«¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?» (Juan 8:46)
Aquí obtenemos una primera definición: redargüir es convencer. Y en otro pasaje del mismo evangelio se emplea la misma palabra referida a la obra del Espíritu Santo:
«Y cuando Él viniere, redargüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.» (Juan 16:8)
Este convencer —este redargüir— no es movido por argumentos meramente humanos, sino que se realiza por medio de las Sagradas Escrituras. Redargüir y reprender consiste, entonces, en llevar a la persona a confrontarse con la Palabra de Dios, de manera que, por medio del Espíritu Santo, ella misma se dé cuenta de que lo que está haciendo no está conforme a la voluntad del Señor.
El significado de «exhorta con toda paciencia y doctrina»
La instrucción del versículo 2 concluye diciendo: «exhorta con toda paciencia y doctrina». Exhortar tiene que ver con llevar a la persona a la gracia de Dios, de tal manera que, apoyándose en esa gracia, pueda realizar los cambios necesarios en su forma de pensar, de sentir y de actuar, transformando por completo su manera de conducirse. Exhortar es, en definitiva, conducir a la persona hacia la gracia de Dios para que la obra a la cual ha sido llamada pueda ejercerse sin impedimento alguno de su parte.
La advertencia: tiempos en que no sufrirán la sana doctrina
El versículo 3 introduce la razón por la cual esta instrucción resulta tan urgente:
«Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído, y se volverán a las fábulas.» (2 Timoteo 4:3-4, RV 1909)
Esto significa que, aunque la gente sí querrá oír y sentirá necesidad de oír, no podrá ajustarse a la sana doctrina; no podrá tolerarla, ni caminar conforme a ella, por más que lo intente. En su lugar, buscará algo más fácil, algo que no exija mucho compromiso ni responsabilidad, y por eso se amontonarán maestros conforme a las concupiscencias de quienes los buscan. Este pasaje se relaciona directamente con la sexta instrucción ya estudiada, referente al liderazgo que habría de levantarse en los últimos tiempos, pues el apóstol había establecido que los postreros tiempos serían días sumamente peligrosos, tanto por el mensaje que se predicaría como por el liderazgo que se levantaría.
Una instrucción para todo creyente, no solo para ministros
Se podría argumentar que estas instrucciones fueron dadas exclusivamente a un ministro, puesto que Timoteo era evangelista, y que, por tanto, corresponden únicamente a evangelistas, pastores o a quienes desarrollan un ministerio reconocido dentro de una iglesia. Sin embargo, esto no es así. Si estas palabras hubiesen sido dirigidas solamente a Timoteo de manera privada, esta epístola no nos habría llegado; se habría quedado como un asunto personal entre Pablo y su discípulo. El hecho de que esta carta haya llegado hasta nosotros indica que sus palabras aplican a cada uno, incluyendo a quienes no tenemos un ministerio reconocido, a quienes no estamos detrás de un púlpito y a quienes no hemos cursado estudios teológicos formales.
La razón de esto se encuentra, de nuevo, en el versículo 1: no son solamente los pastores ni los evangelistas quienes han de presentarse ante el tribunal de Cristo; no son solamente los que tienen un título ministerial o han estudiado en una facultad teológica quienes se presentarán ante el tribunal del Gran Trono Blanco. El texto declara que todos hemos de presentarnos. Por lo tanto, la instrucción alcanza a todos, tengamos o no un ministerio en desarrollo, y con ella viene aparejada la responsabilidad de cada uno delante de Dios de administrar lo que Él nos ha entregado.
Conclusión: ajustar nuestra vida antes de hablar a otros
Antes de cerrar, es necesario señalar algo de suma importancia. Alguien podría pensar: «está bien, yo voy a predicar; le voy a hablar a toda persona que se me ponga delante». Pero debemos recordar que hemos de dar de gracia lo que de gracia hemos recibido, y para ello es indispensable evaluar primero si estamos caminando en la gracia del Señor. Si no estamos caminando en obediencia, si no estamos sometidos al señorío de Cristo Jesús, ¿de qué le vamos a hablar a una persona rebelde? ¿Qué le diremos a alguien desobediente si nosotros mismos estamos caminando en desobediencia? No se trata de hacer por hacer, sino de comprender por qué y para qué debemos hacerlo, y esto nos exige, en primer lugar, ajustar nuestra propia vida ante la gracia de Dios, caminar en obediencia y sujeción bajo el señorío de Cristo Jesús. Porque, si por predicar la palabra terminamos contaminando a otros en lugar de guiarlos, los estaríamos hundiendo más profundamente en el pecado en el cual ya caminan.
Es significativo que, para llegar a esta séptima instrucción, Pablo haya tenido que declararle primero a Timoteo seis instrucciones distintas de corrección: avivar el fuego del don de Dios, procurar con diligencia presentarse a Dios aprobado, huir de los deseos juveniles y persistir en lo que había aprendido y le fue persuadido, entre otras. Esto nos enseña que no se trata de predicar por predicar, sino de ajustar primero nuestras propias vidas para luego poder establecer en otros lo que Dios desea. No podemos establecer libertad en otros si nosotros mismos no hemos pasado primero por la liberación, porque, de lo contrario, muchas veces un ministro termina contaminando y desviando más a otros que liberándolos conforme a la gracia del Señor.
No se trata, entonces, de hacer por hacer, sino de entender primero y ajustar nuestra vida, para luego poder compartir con otros lo que hemos recibido.
Te bendigo. La paz del Señor sea contigo. Amén.
Preguntas de repaso
1. ¿En qué se diferencia la séptima instrucción de las seis anteriores que Pablo le da a Timoteo, y qué nos enseña esa diferencia sobre la vida de Timoteo?
2. ¿Cuáles son los dos juicios de Dios mencionados en 2 Timoteo 4:1, y en qué se distingue el uno del otro?
3. Según Romanos 10:14 y 1 Corintios 9:16, ¿por qué es necesario que todo creyente —y no solo el ministro— sienta la necesidad de predicar el evangelio?
4. Explica con tus propias palabras el significado de instar, redargüir y exhortar, según se estudió en este capítulo.
5. ¿Por qué debemos ajustar primero nuestra propia vida a la gracia de Dios antes de poder guiar o corregir a otros?
