1 Tesalonicenses 1:3
Introducción
La gracia y la misericordia de Dios nos conceden continuamente el privilegio de exponernos ante el poder de Su Palabra y ante la acción transformadora del Espíritu Santo. En esta enseñanza estudiaremos la tercera y última característica que el apóstol Pablo identificó en los creyentes de Tesalónica, tal como se registra en el primer capítulo de su primera epístola.
El versículo clave de esta sección es 1 Tesalonicenses 1:3, que dice:
“Sin cesar, acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de amor y de la tolerancia de la esperanza en nuestro Señor Jesús el Cristo.” (1 Tesalonicenses 1:3)
A lo largo de estas reflexiones hemos examinado ya la primera característica —la obra de la fe— y la segunda —el trabajo del amor—. Ahora nos concentraremos en la tercera: la tolerancia de la esperanza. Es fundamental comprender que cuando nos acercamos a las Sagradas Escrituras no lo hacemos únicamente para acumular información histórica ni para conocer los relatos de hombres y mujeres que caminaron con Dios en el pasado. La lectura de la Palabra tiene una demanda concreta para cada uno de nosotros: ¿qué nos está exigiendo el Espíritu de Dios hoy, mediante este texto?
Definición de la tolerancia de la esperanza
Las versiones modernas de la Biblia traducen la expresión griega original que aquí se emplea mediante palabras como «persistencia», «constancia» o «firmeza». Las versiones más antiguas la traducen como «tolerancia». Todos estos términos comparten un elemento en común: hablan de mantenerse en el tiempo, de no claudicar ante la presión externa.
Sin embargo, cuando examinamos el idioma original, descubrimos que el apóstol Pablo no se limita a calificar una conducta constante a lo largo del tiempo. Su propósito es identificar una virtud espiritual. Concretamente, lo que Pablo reconoce en la comunidad de Tesalónica es que esta había desarrollado una capacidad para absorber golpes sin cambiar su forma de ser ni abandonar lo que habían creído.
¿De qué clase de golpes hablamos? El propio texto lo aclara: persecución, oposición y resistencia. Esta resistencia provenía no sólo de la comunidad judía, sino también de los mismos habitantes de la región. El apóstol señala la razón en el versículo 9 del mismo capítulo:
“Porque ellos mismos cuentan de nosotros cuál entrada tuvimos a vosotros, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero.” (1 Tesalonicenses 1:9)
El abandono de los ídolos y la conversión al Evangelio generó una reacción hostil en el entorno. Aun así, la comunidad tesalonicense no retrocedió. Ésa es, precisamente, la tolerancia de la esperanza: la capacidad de absorber persecución, oposición y resistencia sin dejar de ser lo que el Evangelio nos ha hecho, y sin abandonar lo que el Evangelio nos ha enseñado.
¿Qué es la esperanza según el apóstol Pablo?
Una vez comprendida la tolerancia, es necesario precisar el complemento de la expresión: «la esperanza». Para Pablo, la esperanza no es simplemente un sentimiento de optimismo vago o una confianza inespecífica en el futuro. La esperanza tiene una definición doctrinal concreta, arraigada en el Evangelio del Reino de los Cielos.
Primera definición: la esperanza es salvación. El apóstol lo afirma en
El apóstol lo expresa con claridad en 1 Tesalonicenses 5:8:
“…vestidos de cota de fe y de amor, y con la esperanza de salvación por yelmo.” (1 Tesalonicenses 5:8)
Y en Romanos 8:24 añade:
“Porque en esperanza somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?” (Romanos 8:24)
Segunda definición: la esperanza es vida eterna. En Colosenses 1:5 el apóstol escribe:
“A causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya oísteis por la palabra verdadera del evangelio.” (Colosenses 1:5)
Tercera definición: la esperanza es Cristo mismo. En Colosenses 1:27 el apóstol revela:
“…Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.” (Colosenses 1:27)
Tenemos, por tanto, tres definiciones complementarias de lo que para el apóstol Pablo significa la esperanza: es salvación, es vida eterna, y es Cristo mismo. Cuando, en consecuencia, él identifica en los tesalonicenses «la tolerancia de la esperanza», está señalando que estos creyentes desarrollaron la capacidad de absorber toda forma de oposición y resistencia sin abandonar su salvación, sin renunciar a la vida eterna que les fue prometida, y sin apartar sus ojos de Cristo Jesús.
Este es un mensaje de urgente relevancia para cada creyente que vive en estos tiempos. El Evangelio no es únicamente la proclamación de la salvación y la vida eterna; implica también la comprensión de que, mientras vivimos sobre la tierra, debemos saber enfrentar la oposición, la resistencia y la persecución que intentarán devolvernos al estado de esclavitud espiritual del que fuimos rescatados por Cristo.
La advertencia del Señor: la parábola del sembrador
En Mateo 13 encontramos la parábola del sembrador, uno de los relatos más enseñados por el Señor Jesús. En esta parábola, el sembrador sale a sembrar su semilla en distintos tipos de terreno: junto al camino, entre pedregales, entre espinos, y en buena tierra. El Señor mismo explica el significado: los que oyen la Palabra pero no la entienden permiten que el maligno la arranque de su corazón; los que la reciben con gozo en tierra pedregosa caen cuando llega la tribulación o la persecución; los que caen entre espinos son sofocados por los afanes del mundo.
La lección es inequívoca: el Evangelio traerá, ineludiblemente, resistencia, oposición y persecución. Todo creyente que confiesa el nombre de Jesús el Cristo debe prepararse para enfrentar estas realidades. El propósito del enemigo es siempre el mismo: devolvernos a la posición de esclavitud y condenación en la que vivíamos antes de venir a Cristo.
Tres instrucciones para desarrollar la tolerancia de la esperanza
¿Cómo se desarrolla, entonces, esta virtud espiritual? El propio apóstol Pablo, en la misma epístola a los Tesalonicenses, nos entrega tres instrucciones concretas. No se trata únicamente de una decisión de la voluntad, sino del cultivo de recursos espirituales que nos capaciten para mantenernos firmes ante los embates del adversario.
Primera instrucción: reconocer que el llamado lo recibiste de Dios
En 1 Tesalonicenses 2:13 leemos:
“Por lo cual también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.” (1 Tesalonicenses 2:13)
La primera y más fundamental instrucción es esta: quien ha confesado a Jesús como Señor y Salvador debe tener claro, con plena convicción, que el llamado que recibió proviene de Dios, no de un hombre ni de una mujer. Puede haber sido un predicador, un familiar, una transmisión de radio o televisión el instrumento mediante el cual el mensaje llegó a nuestros oídos. No obstante, detrás de ese instrumento humano estaba la voz de Dios, porque la Palabra que oímos no es palabra de hombres, sino la Palabra del Señor.
Este punto es de vital importancia porque, si no tenemos esta convicción arraigada, nos exponemos a una debilidad peligrosa. Si creemos que simplemente respondimos al llamado de un hombre, la primera crisis significativa, el primer rechazo severo, la primera prueba intensa podrá llevarnos a abandonar el camino. Pero si sabemos que fue Dios quien nos llamó, la firmeza que eso produce en el alma es inconmovible.
El apóstol lo refuerza también en su oración registrada en Efesios 1:18:
“Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.” (Efesios 1:18)
El apóstol intercede para que cada creyente comprenda la esperanza del llamado de Dios, porque es frecuente que los hombres y mujeres de fe pierdan de vista esta verdad. Esta revelación —saber que Dios te llamó— es el fundamento sobre el que se edifica toda constancia espiritual. Fue también el fundamento de la fe de Abraham: cuando Dios le habló diciendo
“Sal de tu tierra y de tu parentela a la tierra que yo te mostraré.” (Génesis 12:1)
Abraham se mantuvo firme porque sabía que ese llamado era de Dios. Cuando las circunstancias contradecían la promesa —su edad avanzada, la esterilidad de Sara—, Abraham no vaciló, porque las palabras de Dios son irrevocables. Como declara la Escritura: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.” (Números 23:19). Dios no cambia de opinión; Dios habló y Dios cumplirá.
Segunda instrucción: gozarse en medio de la tribulación
El versículo 6 del capítulo 1 de esta epístola declara:
“Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de grande tribulación, con gozo del Espíritu Santo.” (1 Tesalonicenses 1:6)
La segunda instrucción que el Espíritu de Dios nos entrega es la de gozarnos en la misma proporción de la tribulación. No es regocijarse a pesar de la dificultad, sino regocijarse juntamente con la dificultad, con la misma intensidad que tiene la oposición. Esto puede parecer paradójico, pero tiene una profunda lógica espiritual: cuando un hombre o una mujer de Dios se goza en medio de lo que ha venido contra él, está demostrando que su vida no depende de las circunstancias externas, sino de Dios mismo.
Esta verdad tiene raíces profundas incluso en los relatos del Antiguo Testamento. Cuando Dios prometió a Abraham un hijo, Sara —su esposa— escuchó la promesa y se rió. Ante esa reacción, el Señor ordenó que el nombre del niño fuera Isaac, que en hebreo significa «risa». Así, cuando Dios dijo
“En Isaac te será cumplida la promesa.” (Génesis 21:12)
Estaba declarando, en términos proféticos: «En la risa —en el gozo— te será cumplida la promesa.» Todo aquello que se oponga al cumplimiento de la promesa de Dios en tu vida es vencido cuando aprendes a gozarte en la tribulación.
El mismo apóstol Pablo lo exhorta en 1 Tesalonicenses 5:16 con una instrucción lapidaria:
“Estad siempre gozosos.” (1 Tesalonicenses 5:16)
No es una invitación condicional. No dice «estad gozosos cuando las cosas salgan bien». Es una exhortación absoluta. El salmista David lo expresó con estas palabras:
“Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.” (Salmo 30:11)
El cilicio era símbolo de luto, de amargura y de perturbación. Dios lo transforma en gozo. Esta es la promesa para todo aquel que aprende a regocijarse en lugar de hundirse en la queja, la lamentación o la depresión.
El apóstol desarrolla esta misma convicción en Romanos 8:31-39, en un pasaje que muchos hemos memorizado pero cuyo fundamento no siempre reconocemos:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” (Romanos 8:35, 37)
La declaración de que somos «más que vencedores» no es un simple eslogan motivacional. Es la consecuencia directa de gozarnos en la misma intensidad de la persecución, de la resistencia, de la tribulación. El corazón que ha aprendido a regocijarse en el Señor no puede ser dominado por la amargura, la depresión ni el desaliento, porque su fuente de gozo trasciende todas las circunstancias.
Tercera instrucción: desarrollar frutos espirituales que resistan el día malo
En 1 Tesalonicenses 5:14 el apóstol escribe:
“También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos.” (1 Tesalonicenses 5:14)
La tercera instrucción es contundente: debemos desarrollar frutos espirituales que se opongan activamente a todo lo que el adversario lanza contra nosotros. Muchos creyentes genuinos caen en la depresión, la frustración y la desesperación no porque sean débiles de carácter, sino porque no se han preparado espiritualmente para enfrentar el día malo.
Es necesario ser directos en este punto: al enemigo no sólo se le reprende; se le enfrenta con frutos del Espíritu. La reprensión espiritual es válida, pero si no hay frutos desarrollados en nuestra vida interior —paciencia, paz, esperanza, fe operante—, no tendremos con qué resistir la acometida del adversario cuando llega el momento más duro.
El apóstol lo ilustra en Efesios 6:16, al hablar de la armadura de Dios:
“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.” (Efesios 6:16)
El escudo no aparece espontáneamente en el momento del ataque; es algo que el creyente debe portar de manera habitual. De la misma manera, los frutos espirituales no se improvisan en la crisis: se cultivan en los tiempos de quietud y de disciplina espiritual para estar disponibles en los momentos de mayor presión.
La historia de Job ilustra esto de manera extraordinaria. Job perdió sus bienes, sus hijos y su salud en un tiempo brevísimo. Sin embargo, ante la magnitud de su pérdida, pudo declarar:
“Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.” (Job 1:21)
¿Cómo pudo Job mantener esta postura ante una devastación tan total? Porque había desarrollado frutos espirituales a lo largo de su vida. Tenía esperanza: sabía que sus pérdidas no eran definitivas. Lo expresó de manera profética cuando dijo:
“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios.” (Job 19:25-26)
Job podía resistir la oposición de sus propios amigos, que le argumentaban lo contrario de lo que él creía, porque los frutos espirituales que había cultivado le proveyeron la firmeza que ninguna argumentación humana pudo destruir. La esperanza —saber que no todo acaba en esta tierra, que hay una vida eterna, que sus seres amados no se habían perdido definitivamente— fue su escudo más poderoso.
Esta es también la enseñanza que el Espíritu de Dios nos dirige hoy: debemos construir en nuestra vida espiritual las capacidades, los dones, las virtudes y los frutos que nos sostendrán cuando llegue el día malo. Porque habrá días malos. Habrá pérdidas. Habrá frustraciones. La pregunta no es si vendrán, sino si estaremos preparados para vencerlos.
Conclusión: la demanda del Espíritu para nuestras vidas
Las tres características que el apóstol Pablo identificó en la comunidad de Tesalónica —la obra de la fe, el trabajo del amor y la tolerancia de la esperanza— no son simples elogios históricos a una congregación del primer siglo. Son la demanda concreta del Espíritu de Dios para cada creyente que hoy confiesa el nombre de Jesús el Cristo.
Dios nos demanda hoy la obra de la fe. Dios nos demanda hoy el trabajo del amor. Dios nos demanda hoy la tolerancia de la esperanza. El propósito de esta demanda es claro: que mientras estemos sobre la faz de la tierra, seamos luz del mundo, testimonio vivo de la gracia y la misericordia de Dios para quienes aún no Lo conocen. Y que cuando partamos de esta tierra, nos presentemos en alabanza, en honra y en gloria delante de la presencia del Señor.
El conocimiento de estas verdades es el primer paso. El segundo, y definitivo, es la obediencia: desarrollar, por la gracia de Dios y mediante la acción del Espíritu Santo, la tolerancia de la esperanza que nos ha sido demandada. La paz del Señor sea con cada uno de vosotros.
Preguntas de repaso
- El apóstol Pablo define la «tolerancia de la esperanza» como la capacidad de absorber golpes sin cambiar la forma de ser ni lo que se ha creído. ¿De qué manera esta virtud desafía la tendencia natural del creyente a retroceder cuando enfrenta persecución u oposición? ¿Qué circunstancias concretas en tu vida requieren hoy de esta tolerancia?
- La segunda instrucción para desarrollar la tolerancia de la esperanza es gozarse en medio de la tribulación, con la misma intensidad que tiene la oposición. ¿En qué se diferencia este gozo bíblico de una actitud superficialmente positiva o de la negación del sufrimiento? ¿Cómo el ejemplo de Job y el significado del nombre de Isaac iluminan esta enseñanza?
- La tercera instrucción afirma que al enemigo no sólo se le reprende, sino que se le enfrenta con frutos espirituales cultivados con anticipación. ¿Qué frutos del Espíritu consideras que necesitas desarrollar con mayor urgencia para estar preparado para «el día malo»? ¿Qué hábitos espirituales concretos te comprometes a cultivar para lograrlo?
