Introducción

La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Demos gracias al Dios eterno, al Todopoderoso, al único Dios verdadero, al Creador de todas las cosas, a Aquel que nos formó, que nos hizo y que nos sustenta. A Él, y solamente a Él, sea la honra y la gloria.

En esta enseñanza vamos a estudiar la segunda característica que el apóstol Pablo identificó como manifestación del reino de Dios en la comunidad de fe de Tesalónica. Para tener un marco adecuado, recordemos que la primera epístola del apóstol Pablo a los Tesalonicenses es, según el conocimiento que tenemos, la primera epístola escrita por el apóstol, dirigida precisamente a la comunidad de fe de Tesalónica.

Tesalónica era una comarca, parte de una provincia llamada en aquel entonces Macedonia, junto con Filipos y otras ciudades de la región. Es importante destacar que el apóstol Pablo se encontraba en el desarrollo de su segundo viaje apostólico. Fue el Espíritu de Dios quien lo llevó hasta la parte norte de lo que hoy es Turquía, y en la ciudad de Troas le dio una visión: la visión del joven macedonio que clamaba «pasa a nosotros y ayúdanos». Como resultado de esa visión, el apóstol, junto con Timoteo y Silas, se trasladó a esta región de Macedonia.

Lo relevante de todo este desarrollo es que el apóstol recibió del Señor una revelación que hasta ese momento no había considerado, aunque ya estaba contenida en las Sagradas Escrituras: estaba llamado a un trabajo a favor de los gentiles. En el primer viaje apostólico, Pablo se movía principalmente en medio de comunidades judías; pero en este segundo viaje se está moviendo enteramente en comunidades gentiles, aunque, como parte de su forma de proclamar el evangelio, siempre llegaba primero a las sinagogas de los judíos en cada ciudad.

Cuando se formó esta comunidad de fe —y como estudiamos en la enseñanza anterior sobre lo que significa una comunidad de fe—, el apóstol experimentó una manifestación muy especial de parte de Dios. Al escribirles, Pablo identifica tres características propias de los tesalonicenses. Leamos el capítulo 1, versículo 3, para ubicarnos e identificar a qué característica nos referimos:

“Sin cesar, acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de amor y de la tolerancia de la esperanza en nuestro Señor Jesús, el Cristo” (1 Tesalonicenses 1:3).

Hoy vamos a estudiar la segunda característica, es decir, el trabajo de amor.

La diferencia entre “la obra de vuestra fe” y “el trabajo de amor”

Quiero comenzar estableciendo una pequeña diferencia entre la primera característica y esta segunda, porque no podemos entender a qué se refiere el apóstol con el trabajo de amor si no establecemos antes una comparación entre ambas. Observemos: la primera dice “la obra de vuestra fe”, y la segunda, “el trabajo de amor”. Las dos características de esta comunidad tienen que ver con acción; ambas se refieren a acciones concretas. La pregunta es: si ambas tienen que ver con acciones, ¿por qué el apóstol utiliza dos expresiones diferentes para referirse a ellas?

La primera, “la obra de vuestra fe”, tiene que ver con una acción, pero es una acción espontánea, sin esfuerzo, sin mayor lucha; surge espontáneamente. Por eso el apóstol la identifica como “la obra”. En la enseñanza anterior establecimos que la obra de vuestra fe tiene que ver con la manifestación de la palabra y del Espíritu de Dios que se produce en la persona que ha estado expuesta a la palabra. Esto es de vital importancia que lo entendamos: cuando un hombre o una mujer se exponen a la palabra, no pueden seguir siendo los mismos a partir de ese momento. La palabra tiene la capacidad de impactar y de transformar.

En el Nuevo Testamento se presenta la palabra como una espada de doble filo que discierne, que transforma, que penetra (Hebreos 4). Por eso el apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, en su epístola a los Romanos, dice que la fe viene por el oír. No se trata simplemente de oír por oír, ni de palabras que memorizamos; se trata del impacto que la palabra produce en la persona, transformándola. La palabra también es presentada como un lavacro, un lugar donde la persona es limpiada y purificada de toda inmundicia.

Entonces, cuando un hombre o una mujer se expone ante la palabra, el Espíritu de Dios produce un impacto de tal forma que esta palabra transforma a la persona: ya no puede ser la misma después de haberse expuesto a ella. Por eso el apóstol se refiere a esta primera característica como “la obra”: es una acción espontánea, no me esfuerzo, sino que surge de forma natural.

La segunda característica, en cambio, “el trabajo de amor”, la palabra “trabajo” nos habla de esfuerzo, de iniciativa, de disposición, de una actitud de la persona para hacer, para establecer, para ejecutar algo. Ahora podemos entender la diferencia entre la primera y la segunda: una es espontánea, la otra tiene que ver con una disposición de la persona para actuar.

Sin embargo, el apóstol la define como “el trabajo de amor”, no como una imposición. Todo lo que resulte ser una imposición ya no es de amor; podrá ser un trabajo de coacción, pero nunca un trabajo de amor. Aquí está la combinación de ambas palabras: me produce esfuerzo, me produce trabajo, me produce fatiga hasta cierto punto, pero lo hago por amor, porque quiero, porque lo hago para el Señor, porque con esto agrado a mi Señor. Esta es la definición precisa de lo que es el trabajo de amor. No son palabras retóricas; tenemos que acostumbrarnos a entender no solo las frases, sino las palabras mismas, porque cada una de ellas establece definiciones precisas.

La demanda del Espíritu para nuestras vidas

Hay algo importante que ya establecimos en la enseñanza anterior y quiero reenfatizarlo en esta segunda enseñanza: cuando nos exponemos ante la palabra, no es para tomar información acerca de lo que sucedió con el apóstol Pablo y la comunidad de fe de Tesalónica. Cada vez que un hombre o una mujer se expone ante la palabra, es para descubrir, por el Espíritu de Dios, cuál es la demanda de Dios para nosotros en este tiempo.

No estamos ante un libro histórico, ni ante una carta para conocer simplemente lo que el apóstol dijo y lo que aquellos hicieron. Estamos ante una demanda del Espíritu de Dios. Cuando leemos hoy acerca del trabajo de amor, tenemos que tener presente: ¿qué es lo que Dios me está demandando a mí? Eso es lo que vamos a descubrir en esta enseñanza: cómo se forma el trabajo de amor y qué es lo que Dios nos está demandando. Porque si solamente descubrimos lo que significó para los hombres y mujeres del pasado, en realidad no logramos nada, porque el propósito es la demanda de Dios sobre nuestras vidas.

El esfuerzo hasta la agonía

Ya tenemos una primera definición de lo que es el trabajo de amor: es mi esfuerzo, es mi fatiga. El apóstol Pablo le recomienda a Timoteo que luche, que trabaje precisamente por el evangelio, y la palabra que utiliza tiene que ver con “agonía” —pelear la buena batalla de la fe—. En el griego original es “agona”. El apóstol está diciendo: esfuérzate hasta los niveles de agonía, es decir, hasta que tus fuerzas se hayan agotado por completo.

Esto es precisamente lo que el apóstol identifica en la comunidad de fe de Tesalónica, una comunidad nueva, recién formada, que sin embargo aprendió tan rápido que, según el capítulo 17 de Hechos de los Apóstoles (le exhorto a leerlo completo), el apóstol estuvo allí solamente por tres sábados, entrando primero a la sinagoga de los judíos y luego dedicándose por entero a los gentiles. Es decir, estuvo entre ellos menos de seis meses. Pero a pesar de tan poco tiempo, la comunidad fue impactada de tal forma que aprendió y superó las expectativas que el apóstol tenía de ella.

Vayamos al capítulo 1, versículos 5 y 6, para ver cómo se forma el trabajo de amor. Porque no se trata simplemente de decir “yo voy a hacer mi trabajo de amor”, pues podríamos terminar haciendo cosas que Dios no nos ha demandado. Tenemos que entender qué es el trabajo de amor y cómo se forma. ¿Cómo puedo identificar que lo que estoy haciendo es el trabajo de amor? Porque, repito, podríamos terminar haciendo cosas que Dios no nos ha demandado. Una persona que trabaja para Dios no consiste en tener una agenda completamente llena. El trabajo de amor no significa una agenda completamente llena, que no nos deje espacio para nada más. Se trata de entender e identificar qué es lo que Dios demanda de nosotros.

“Porque nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabra solamente, sino también en poder, y en Espíritu Santo, y en gran plenitud, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros” (1 Tesalonicenses 1:5).

“Y vosotros fuisteis hechos imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo” (1 Tesalonicenses 1:6).

Aquí comenzamos a darnos cuenta de cómo se desarrolló el trabajo de amor en esta comunidad. La comunidad de fe de Tesalónica lo desarrolló de dos formas. La primera es la palabra: el versículo 5 dice claramente que no solamente recibieron palabras, sino también poder por medio del Espíritu Santo. Un hombre o una mujer de Dios establece poder por medio de la palabra, a través del Espíritu Santo.

Modelados por medio del ejemplo

Pero hay un segundo aspecto, muy importante, que muchas veces no consideramos, porque hemos desarrollado actitudes que no están de acuerdo con la palabra de Dios. Observemos el versículo 6: “y vosotros fuisteis hechos imitadores de nosotros”. La comunidad de fe de Tesalónica —y no solo ella, sino la que estamos estudiando esta noche— fue formada a base de imitación. Mejor dicho, fueron modelados por Pablo, por Silas y por Timoteo, que son los mencionados en el versículo 1. ¿Cómo aprendieron? Por modelaje.

Esto es muy importante que lo entendamos, porque parte de la transmisión del evangelio no consiste solamente en palabra predicada ni en palabra enseñada, sino sobre todo en el modelaje. Lamentablemente, muchas enseñanzas y predicaciones las hemos perdido porque no hemos querido ser modelados por medio de la participación de otras personas. La enseñanza no se comparte solamente por palabras, sino sobre todo en el modelaje de aquellos que están estableciendo la palabra.

El versículo 6 nos da entonces la clave para entender a qué se refería el apóstol: “vosotros fuisteis hechos imitadores de nosotros”; fueron modelados. Para entender el trabajo de amor, debemos observar el modelaje del apóstol Pablo. A partir de aquí vamos a descubrir cómo se forma el trabajo de amor, a través de tres características que responden a la pregunta: ¿cómo puedo identificar un verdadero trabajo de amor?

Esta pregunta es importante porque, como mencioné, podríamos terminar haciendo cosas que Dios no nos ha pedido, con una agenda completamente llena, y que al final resulte ser una obra sin sentido, una obra sin valor. Cuando leemos 1 Corintios 13, el apóstol comienza diciendo: si hablo lenguas, si doy mi cuerpo para ser quemado, si doy todos mis bienes para beneficiar a los pobres, pero no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe, y nada más; solo sonido, pero sin fruto, sin resultado, sin contundencia.

Si entrego mi cuerpo para ser quemado pero no lo hago por amor —es decir, porque Dios me ha determinado que eso es lo que Él quiere que yo haga—, lo que termino haciendo es una obra social, una obra filantrópica, una causa que espiritualmente no producirá ningún resultado, ni en mí ni en aquellos hacia quienes la dirijo. Es bien importante que entendamos esto: el trabajo de amor no es actividad por actividad; es hacer precisamente aquello que el Señor quiere que hagamos.

Primera evidencia: persistencia en hacer la proclamación del evangelio

Hay tres características que el apóstol, por el Espíritu de Dios, presenta en esta primera epístola para identificar el verdadero trabajo de amor. Vayamos al capítulo 2, versículos 1 y 2:

“Porque hermanos, vosotros mismos sabéis que nuestra entrada a vosotros no fue en vano, pues aun habiendo padecido antes y sido afrentados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en Dios nuestro para anunciaros el evangelio de Dios con gran combate” (1 Tesalonicenses 2:1-2).

La primera evidencia o manifestación de un trabajo de amor verdadero es que hay persistencia —óigalo bien— persistencia en hacer la proclamación del evangelio del reino de los cielos. Lo repito: persistencia en hacer la proclamación del mensaje del evangelio del reino de los cielos. Subrayo “en hacer”, porque podría haber dicho “persistencia en proclamar”, pero recordemos que tanto la obra de vuestra fe como el trabajo de amor tienen que ver con acción. Si dijera “persistencia en proclamar”, estaría anulando el efecto de la acción, que es bien importante.

El apóstol está haciendo memoria de lo que sucedió en la ciudad anterior, Filipos. Les exhorto a leer el capítulo 16 de Hechos de los Apóstoles. Allí, en Filipos —la primera ciudad macedónica—, Pablo y sus compañeros conocen a Lidia, una vendedora de púrpura de Tiatira, y se hospedan en su casa. Una tarde, a la hora de la oración, se encuentran con una muchacha usada por un espíritu pitónico o de adivinación, y el apóstol reprende al espíritu, que sale inmediatamente. Por primera vez hasta ese momento, el apóstol se enfrenta a una liberación del tipo que él mismo identifica en Efesios 6:12: principados, potestades, huestes espirituales de maldad, gobernadores de las tinieblas, malicias espirituales.

¿Qué sucedió a continuación? Los apresaron, los llevaron ante los magistrados y, según Hechos 16, fueron azotados —no solo Pablo, sino también Silas— y metidos en el calabozo más interno, con los pies en el cepo. Ser azotados con varas significa que recibieron golpes en la espalda; y tener los pies en el cepo significa que estaban acostados, con sus espaldas heridas presionadas contra el suelo.

Esto es bien importante que lo entendamos. Aquella misma noche ocurrió el terremoto, y conocemos el caso de la conversión del carcelero de Filipos. Justamente después de eso los expulsan de la ciudad, y así es como llegan a Tesalónica. Leamos de nuevo los versículos 1 y 2: “Porque hermanos, vosotros mismos sabéis que nuestra entrada a vosotros no fue en vano. Pues aun habiendo padecido antes, y sido afrentados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo”.

Les hice todo este recuento para que nos demos cuenta de que el apóstol, Silas y aun Timoteo no llegaron a Tesalónica en sus mejores condiciones físicas. Llegaron azotados, golpeados, heridos, maltratados. Y sin embargo, cuando llegan a Tesalónica, en lugar de buscar un lugar de reposo, en lugar de buscar recuperación, en lugar de buscar atención médica para sanar, “tuvimos denuedo en Dios nuestro para anunciaros el evangelio de Dios con gran combate”.

¿Cómo descubro el trabajo de amor? Cuando persisto en algo aun cuando no estoy en las mejores condiciones para ejecutarlo. Reenfatizo: el trabajo de amor no es una obra social, no es una causa, no es lo que a nosotros se nos ocurra hacer. Tiene que ver con el mensaje del evangelio del reino de los cielos; tiene que ver con esforzarnos, con imponernos incluso sobre nosotros mismos cuando no estamos en condiciones ni en capacidad de hacer algo, esforzándonos para hacerlo de todas formas. ¿Por qué? Porque esto es lo que estoy haciendo para el Señor.

¿Cómo sé que estoy desarrollando un trabajo de amor? Cuando persisto a pesar de no estar en condiciones. Veamos ahora la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, capítulo 1, versículo 14:

“A griegos y a bárbaros, a sabios y a no sabios, soy deudor” (Romanos 1:14).

Observemos cómo se define el apóstol a sí mismo delante de Dios. Por supuesto, no está escribiendo esto para impresionar o impactar a una comunidad, sino que se está definiendo a sí mismo en su compromiso con Dios: “yo, ante Dios —no ante la gente— soy deudor; me siento deudor”. ¿Por qué? Porque le es impuesta una necesidad. Vayamos ahora a 1 Corintios 9:16:

“Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16).

“Me es impuesta necesidad.” ¿Cómo puedo descubrir un verdadero trabajo de amor? Cuando persisto en aquello que el Señor me ha demandado hacer. ¿Cuántos de nosotros, lamentablemente, hemos buscado primero nuestros propios beneficios antes de cumplir lo que Dios nos ha mandado hacer? “No tengo por qué gloriarme, porque me es impuesta una necesidad de parte del Señor.” Esto es mi trabajo de amor. Por eso decíamos que es importante, porque es un trabajo, porque es un esfuerzo, porque hay un involucramiento.

El apóstol le escribe a Timoteo que el agricultor, para poder recibir los beneficios, tiene que trabajar primero; tiene que esforzarse, dedicarse, dedicar tiempo y mucho trabajo. Precisamente por eso se llama trabajo de amor: es de amor porque no lo hago para gloriarme a mí mismo ni para recibir beneficios por lo que hago, sino porque lo hago como para el Señor.

Es bien importante que entendamos este punto, porque podríamos terminar involucrándonos en muchas actividades y, a la larga, descubrir que nada de eso produjo beneficio alguno; que nada de eso nos hizo crecer, nos hizo madurar, nos hizo estar firmes en la fe, sino que, al contrario, nos restó, nos quitó, nos estancó, nos detuvo, y no pudimos avanzar en lo que el Señor había determinado para cada uno de nosotros. La demanda que el Espíritu de Dios nos presenta no es involucrarnos por involucrarnos, ni trabajar por trabajar, ni hacer por hacer, sino preguntarnos: ¿qué quiere el Señor que yo haga?

De hecho, cuando Pablo fue encontrado por Jesús en el camino a Damasco, las dos preguntas que el apóstol hizo al Señor dirigieron todo su ministerio durante toda su vida. La primera fue: “¿Quién eres, Señor?”, y Jesús le respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. Pero la segunda pregunta, “¿qué quieres que yo haga?”, fue la que dirigió completamente no solo su vida como hombre de fe, sino también su vida como hombre con ministerio. Y en cada momento de su vida, el Señor le mostraba qué era lo que estaba demandando; y cuando Pablo descubría qué era lo que Dios quería, persistía.

Guardemos esta palabra: persistencia, persistencia, persistencia. No es una vez, no son dos veces, ni tres, ni cuatro, ni siquiera diez veces. Persistencia cuando las cosas no resultan, cuando las cosas no son como las pensamos o las planificamos. Persistencia aun cuando haya oposición, aun cuando haya resistencia, aun cuando de nosotros mismos no tengamos el deseo o el esfuerzo, aun cuando haya desgano. Persistencia, persistencia, persiste, persiste: persistencia en hacer aquello que el Señor nos ha demandado hacer. Esto es el trabajo de amor.

Estamos descubriendo, por el Espíritu de Dios y no por nuestra capacidad, que el trabajo de amor tiene que ver con persistencia. Es un trabajo, es un esfuerzo; tengo que insistir, insistir, insistir, insistir, porque no va a resultar fácil. Recordemos cuántas veces los discípulos le preguntaron a Jesús cuántas veces debían perdonar: ¿siete veces? Y Jesús les dijo: no, setenta veces siete. Con esto vemos que un hombre o una mujer de fe tiene que mantenerse en la persistencia. De hecho, la fe es persistencia. No son uno, dos o tres intentos fallidos; es persistencia.

Segunda evidencia: no depender de los recursos

Vayamos ahora al versículo 9 y al versículo 10 del capítulo 2:

“Porque ya, hermanos, os acordáis de nuestro trabajo y fatiga; que trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos condujimos con vosotros los creyentes” (1 Tesalonicenses 2:9-10).

La segunda manifestación, la segunda evidencia de un verdadero trabajo de amor, de un real trabajo de amor, es no depender de los recursos. “Vosotros, hermanos, os acordáis de nuestro trabajo y fatiga, que trabajando de noche y de día”. El apóstol no está exagerando las cosas; podríamos pensar que lo dice en grande para impresionar o impactar, pero no es así. Exactamente eso fue lo que sucedió.

Vayamos un momento a Filipenses 4:12:

“Sé estar humillado, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Filipenses 4:12).

El apóstol está hablando en términos reales, sin tratar de impactar a nadie. No depender de recursos es la segunda manifestación de un trabajo de amor: si lo estás haciendo para el Señor, si es para el Señor, tiene que haber un esfuerzo, pero un esfuerzo que te lleve incluso a no depender de las cosas que tienes. Si Dios lo dijo, Dios lo hará. Si Dios quiere que yo haga esto, lo haré, aunque tenga que ir caminando.

En 2 Corintios 11:9, el apóstol vuelve a hacer referencia a esto mismo, en esta ocasión escribiendo a la comunidad de fe de Corinto:

“Y estando con vosotros y teniendo necesidad, a ninguno fui carga, porque lo que me faltaba, lo suplieron los hermanos que vinieron de Macedonia; y en todo me guardé de seros gravoso, y me guardaré” (2 Corintios 11:9).

Si Dios te llamó, si Dios te dijo que hicieras algo, no podemos depender de los recursos ni llegar al extremo de decir: “como no tengo recursos, pues no lo puedo hacer”. Es para el Señor; por eso se llama trabajo de amor. En el versículo 6 del capítulo 1, Pablo admite que los tesalonicenses se constituyeron en imitadores de ellos: pudieron ver el esfuerzo que ellos hacían, y ellos hicieron exactamente lo mismo. El trabajo de amor tiene que ver con el esfuerzo que hacemos para el Señor; por lo tanto, cuando somos diligentes para hacer lo que el Señor nos ha mandado, aun cuando no tengamos recursos, el Señor provee los recursos.

Esta fue la enseñanza que estableció Abraham. Su hijo Isaac, que había acompañado a su padre —no era la primera vez que lo acompañaba a otros sacrificios—, le dijo: “Padre, tenemos la leña, tenemos el fuego, pero nos hace falta el cordero. ¿Dónde está el sacrificio que le vamos a entregar al Señor?” Y Abraham, en el mismo espíritu que modela el apóstol Pablo, le respondió: “El Señor se proveerá de cordero”.

¿Podríamos ser guiados por esta palabra? El Señor se proveerá. No se trata de ir a las cuentas bancarias para ver si tenemos o no para entonces hacer algo. Por eso se llama trabajo de amor: hay un esfuerzo, hay un trabajo, hay una fatiga, hay un agotamiento, incluso hasta el punto de no depender de recursos materiales.

Todos los casos que vemos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento tienen una característica única y singular: no hay recursos; eso es lo único que tienen. Si observamos los dos casos en que Jesús multiplicó los panes y los peces, muy pocos se dieron cuenta de esto, a pesar de haber sido partícipes de ello. En una ocasión Jesús les pregunta a sus discípulos: “¿Cuántos panes tenéis?” Partamos de lo que tenemos, del esfuerzo que podemos hacer, y el Señor se proveerá de cordero, hijo mío. De hecho, en el monte de Sion quedó establecido, a partir de ese momento, el dicho: Dios se proveerá de cordero.

Segunda manifestación, segunda evidencia de un verdadero trabajo de amor: no depender de los recursos. Mi trabajo es por amor, es de amor, y por lo tanto, aunque tenga que caminar, lo hago.

Tercera evidencia: mantenerse haciendo lo que se nos ha enseñado

Vamos ahora a la tercera manifestación, la tercera evidencia. Vayamos a 1 Tesalonicenses 4, y leamos desde el versículo 9 hasta el versículo 12:

“Pero acerca del amor fraterno no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia. Pero os rogamos, hermanos, que abundéis más, y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que andéis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada” (1 Tesalonicenses 4:9-12).

La tercera manifestación, la tercera evidencia de un trabajo de amor verdadero, de un real trabajo de amor, es mantenerse haciendo lo que se nos ha demandado hacer; mantenerse haciendo lo que se nos ha enseñado a hacer. Cuando un hombre o una mujer de Dios se exponen ante la palabra, no es la palabra del día, ni la palabra de la semana, ni el énfasis del mes. Cuando un hombre o una mujer se exponen ante la palabra y reciben instrucción del Señor, es la enseñanza de toda la vida, la enseñanza de toda mi existencia. Mantente haciendo lo que se te dijo que hicieras.

El apóstol les dice: “os rogamos, hermanos, que abundéis más”. No les dice que ya lo lograron, ni que ya son especialistas, ni que ahora deben ocuparse en otro aspecto, en otra actividad. No; lo que ya aprendieron, multiplíquenlo y sigan haciéndolo, multiplicando cada vez más. Mantenerse haciendo aquello en lo cual el Señor nos ha impactado, en lo cual el Señor ha establecido su demanda sobre nosotros.

En una de las enseñanzas de Jesús, al hablar acerca de su segunda venida, declara al final que bienaventurados son aquellos que, cuando su Señor viniere, los encuentre haciendo así. No es la enseñanza de un día, ni de dos, ni de tres días; no es la enseñanza de una semana, ni de un mes, ni siquiera de un año. No es el tema de un año de trabajo; es la enseñanza de la vivencia continua, constante, mientras estemos sobre la faz de la tierra. Mantente haciendo así.

Conclusión: una comunidad dignificada por su trabajo de amor

Primera Tesalonicenses tiene solamente cinco capítulos, al menos así se presenta en nuestras Biblias. En aquel entonces no tenía capítulos ni versículos; era una carta, una epístola. Pero en tan poco espacio, el apóstol establece una enseñanza contundente. En esta recién formada comunidad de fe descubrió tres características: la obra de vuestra fe, el trabajo de amor y la tolerancia de la esperanza. Con estas tres características, el apóstol dignifica a una comunidad que, en su momento, lo dio todo, lo arriesgó todo y se expuso a todo.

¿Por qué digo esto? Porque cuando llegamos al capítulo 4, a partir del versículo 13, descubrimos que el apóstol les habla acerca de los que durmieron. No es un tema doctrinal presentado simplemente para enseñarlo; es que, como parte de la obra de vuestra fe, como parte del trabajo de amor y de la tolerancia de la esperanza, muchos murieron, muchos perdieron la vida. Para los tesalonicenses no fue fácil, como tampoco lo fue para el apóstol. No fue fácil; hubo quienes perdieron la vida. Pero, al final de todo ello, recibieron una dignificación. Esta comunidad de fe se caracterizó por la obra de vuestra fe, el trabajo de amor y la tolerancia de la esperanza.

Nos hemos expuesto ante la palabra, y como siempre, tenemos dos opciones. La primera es presentarnos para ser impresionados: “qué tremenda comunidad, miren todo lo que pasó con ellos”, y quedarnos con la palabra simplemente como un relato. La segunda opción es presentarnos para ver en ella la demanda del Espíritu de Dios para nuestras vidas. Ese es el propósito de Dios: no que tengamos un conocimiento histórico de lo que sucedió, sino que tengamos una demanda del Espíritu de Dios.

¿Cuál es tu trabajo de amor? ¿Cuál es nuestro trabajo de amor? ¿Qué es lo que Dios nos está demandando hoy? ¿Eres un ministro? Pues honra tu ministerio. ¿No estás en el ministerio? Eres un hombre, eres una mujer de fe: ¿cuál es la demanda que el Señor te está haciendo? ¿Cuál es la demanda del Espíritu de Dios? Cada uno de nosotros tiene que descubrirlo, porque todos —óigame bien— todos, con ministerio o sin ministerio, tenemos una demanda de parte del Señor. Todos. El problema es que muchas veces no abrimos nuestro corazón para que el Señor abra nuestro entendimiento y nos declare cuál es esa demanda.

Una demanda, el trabajo de amor: “Todo lo que hagáis” —escribe el apóstol Pablo— “hacedlo como para Dios y hacedlo por amor”. Ese es nuestro trabajo. La paz del Señor sea contigo. Amén.



Preguntas de repaso

1. ¿Cuál es la diferencia entre “la obra de vuestra fe”, que surge de manera espontánea, y “el trabajo de amor”, que implica esfuerzo y disposición? ¿Por qué es importante distinguir entre ambas?

2. El capítulo presenta tres evidencias del verdadero trabajo de amor: persistencia en la proclamación del evangelio, no depender de los recursos, y mantenerse haciendo lo que se nos ha enseñado. ¿De qué manera cada una de estas evidencias se manifiesta —o debería manifestarse— en tu propia vida de fe?

Pastor Pedro Montoya


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