Introducción: El poder del Evangelio

El Evangelio no es una religión. Esta afirmación, que puede parecer provocadora a primera vista, es en realidad el punto de partida de toda comprensión genuina de la fe cristiana. Muchos lo hemos confesado, muchos lo hemos declarado, y sin embargo la realidad es que no todos estamos viviendo en el poder del Evangelio. Con demasiada frecuencia se ha instalado un evangelio de corte religioso que no conduce al creyente a entender el verdadero propósito detrás de confesar a Jesús como Señor y Salvador.

El Evangelio es la doctrina y el mensaje del reino de los cielos. Fue ese mismo mensaje el que proclamó Juan el Bautista y el que Jesús anunció al inicio de Su ministerio: «Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado.» (Mateo 3:2). No es una restauración del judaísmo ni una reforma ritualista; es el mensaje espiritual que ya estaba contenido en la Ley, los Profetas y los Salmos, y que Jesús abrió a Sus discípulos para que lo comprendieran en toda su profundidad.

Por ser un mensaje espiritual, el Evangelio posee un poder espiritual. Así lo declara el apóstol Pablo en Romanos 1:16: “Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios para salud á todo aquel que cree; al Judío primeramente y también al Griego.” Y antes de Su ascensión, el propio Jesús prometió: “Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalem, en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8). Es sobre este fundamento que debemos construir nuestra vida de fe.

Las tres características de una vida de fe sólida

Para introducirnos en esta serie de enseñanzas, el Espíritu de Dios nos dirige a la comunidad de fe de Tesalónica, tal como la describe el apóstol Pablo en su primera carta. En el capítulo 1, versículos 2 al 4, Pablo escribe: “Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones; 3 Sin cesar acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, y del trabajo de amor, y de la tolerancia de la esperanza del Señor nuestro Jesús el Dios: 4 Sabiendo, hermanos amados de Dios, vuestra elección:”

En el versículo 3 se distinguen con claridad tres características que definen a esta comunidad y que el Espíritu Santo propone como fundamento para todo creyente:

  1. La obra de vuestra fe.
  2. El trabajo de vuestro amor.
  3. La constancia de vuestra esperanza.

En esta enseñanza nos concentraremos en la primera característica: la obra de vuestra fe. Las siguientes semanas abordaremos las demás. Estas tres no son simplemente rasgos admirables de una iglesia del pasado; son la demanda del Señor para cada uno de nosotros hoy.

¿Qué es la obra de vuestra fe?

La definición es fundamental: la obra de vuestra fe es el resultado de una vida que ha sido expuesta a la Palabra de Dios. Es el impacto que el Espíritu Santo provoca en la persona cuando esta se coloca delante de la Palabra.

Esta definición parte de un principio bíblico inamovible: la fe está íntimamente ligada a la Palabra de Dios. Romanos 10:17 lo establece con precisión: “Luego la fe es por el oir; y el oir por la palabra de Dios.” No es posible desarrollar fe auténtica si no hay exposición a la Palabra. Y esta exposición no es meramente informativa —no se trata de llenar la mente de datos bíblicos—, sino profundamente transformadora.

La Palabra de Dios no es información; es transformación. Transformación de vida, de mente, de conducta, de entendimiento, de lenguaje. Hebreos 4:12 describe su naturaleza con precisión: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.» Cuando esa Palabra penetra profundamente en el ser humano, produce cambios que no pueden ocultarse; se manifiestan inevitablemente.

Esto es de vital importancia: los cambios que la Palabra produce en una persona no quedan escondidos. Se muestran. No porque la persona se esfuerce en demostrarlos, sino porque el Espíritu de Dios ha operado en ella una transformación real. Y esa transformación se expresa en obras.

Fe sin obras: una fe muerta

El apóstol Santiago confronta directamente esta realidad en su carta. En el capítulo 2, versículos 14 al 17, plantea una pregunta que lleva en sí misma su propia respuesta: “Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? 15 Y si el hermano o la hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, 16 Y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y hartaos; pero no les diereis las cosas que son necesarias para el cuerpo: ¿qué aprovechará? 17 Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma.”

La respuesta implícita es terminante: una fe sin obras no aprovecha en nada. Y para que no quede duda, Santiago añade en el versículo 26: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras es muerta.”

Este pasaje suele malinterpretarse como una llamada a involucrarse en causas sociales o humanitarias. Sin embargo, esa no es la enseñanza del Espíritu de Dios en este contexto. No se trata de que el creyente tome una causa y trabaje en ella para demostrar su fe. Un hombre o una mujer de fe no se involucra con causas por decisión propia, tomando aquí y allá proyectos para cumplir una cuota de obras. La obra de la fe es el resultado orgánico del impacto de la Palabra en la vida de la persona. El Espíritu de Dios, obrando por medio de la Palabra, produce esos cambios, y esos cambios se expresan en obras.

Incluso Santiago señala que los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19). Creer, en el sentido de asentir intelectualmente a una verdad, no constituye fe bíblica. La fe genuina es aquella que transforma, que produce obras, que se manifiesta. Y cuando se tiene, no hay manera de ocultarla.

Las tres manifestaciones de la obra de la fe en los tesalonicenses

El apóstol Pablo reconoce y califica explícitamente la obra de la fe en la comunidad de Tesalónica. ¿Cómo se manifestó esa obra entre ellos? El texto nos presenta tres manifestaciones concretas, que a su vez son la demanda del Espíritu de Dios para cada creyente en todo tiempo.

Primera manifestación: El rechazo total a toda práctica idolátrica

En 1 Tesalonicenses 1:9, el apóstol describe uno de los primeros y más visibles frutos del impacto del Evangelio en esa comunidad: “Porque ellos cuentan de nosotros cuál entrada tuvimos a vosotros; y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero.” Los tesalonicenses no solo modificaron algunas costumbres; abandonaron y abominaron toda práctica idolátrica, toda forma de ocultismo, toda vinculación con el reino de las tinieblas.

Este mismo patrón se observa en la comunidad de Éfeso, según Hechos 19:18-20: “Y muchos de los que habían creído, venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. 19 Asimismo muchos de los que habían practicado vanas artes, trajeron los libros, y los quemaron delante de todos; y echada la cuenta del precio de ellos, hallaron ser cincuenta mil denarios. 20 Así crecía poderosamente la Palabra del Señor, y prevalecía.”

Obsérvese bien: los creyentes de Éfeso no regalaron sus libros, no los pasaron a otros, no los tiraron a la basura para que alguien más los encontrara. Los destruyeron. Este es el signo de que la persona genuinamente abomina lo que perteneció al reino de las tinieblas.

Esta enseñanza no es solo aplicable a civilizaciones antiguas. Hoy, en nuestra época, son igualmente prácticas idolátricas la consulta de adivinos, la quiromancia, el tarot, el horóscopo, la hechicería, la brujería y cualquier vínculo con el ocultismo. La Palabra de Dios es clara desde el Antiguo Testamento: estas son abominación al Señor. Detrás de toda imagen, talismán o amuleto operan fuerzas demoníacas, y quien hace uso de ellos establece pactos, conscientes o no, con el reino de las tinieblas.

Cuando una persona ha sido verdaderamente impactada por la Palabra, la primera manifestación es el desarraigo completo de todo lo que tiene que ver con el reino de las tinieblas: objetos, prácticas, vínculos, dependencias. No se pueden conservar estas cosas en ninguna esquina de la vida. La obra de la fe demanda destruirlas.

Segunda manifestación: La perseverancia

En 1 Tesalonicenses 2:13-14, el apóstol Pablo señala la segunda manifestación: “Por lo cual, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, de que habiendo recibido la Palabra de Dios que oísteis de nosotros, recibisteis no palabra de hombres, sino según es en verdad, la Palabra de Dios, el cual obra en vosotros los que creísteis. 14 Porque vosotros, hermanos, habéis sido imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea; pues habéis padecido también vosotros las mismas cosas de los de vuestra propia nación, como también ellos de los Judíos;”

La fe bíblica se manifiesta en perseverancia. Los tesalonicenses recibieron la Palabra con mucha tribulación y, sin embargo, se mantuvieron firmes. Hechos 17:11 describe a los bereanos con palabras que también expresan este principio: “Y fueron estos más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la Palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así.” Perseverar significa tomar lo que el Señor ha entregado por el poder de Su Palabra y mantenerse en ello no solo hoy o mañana, sino toda la vida.

En Mateo 13, Jesús presenta la parábola del sembrador, que ilustra precisamente este punto. El terreno es bueno; el problema son las piedras y los espinos escondidos en los surcos, que representan la persecución y los afanes del mundo. Estos ahogan la semilla que comenzó a germinar. La enseñanza es clara: mantenerse en la fe requiere perseverancia activa frente a las dificultades.

El ejemplo más poderoso de perseverancia en la fe es Abraham. En Génesis 12, cuando tenía 75 años, recibió la promesa de Dios. El cumplimiento de esa promesa —el nacimiento de Isaac— llegó cuando tenía 100 años. Veinticinco años de perseverancia en una Palabra sin ver los resultados esperados. Eso es la obra de la fe.

Uno de los grandes obstáculos contemporáneos para la perseverancia es la filosofía del resultado. Nuestra sociedad nos ha enseñado que necesitamos ver resultados para confirmar que vamos por el buen camino. Pero la fe bíblica no funciona así. Hebreos 11 culmina describiendo a hombres y mujeres que . Ellos saludaron las promesas de lejos. La fe no se mide por los efectos físicos visibles; se mide por la fidelidad a la Palabra que Dios nos ha entregado. Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta (Números 23:19): lo que Él dijo, Él lo hará.

Si en este momento alguien está esperando ver resultados para continuar en la fe, es necesario desistir de esa forma de proceder. Caminar en la fe esperando señales visibles es caminar en contra de la voluntad de Dios. La perseverancia en la Palabra —no en los resultados deseados— es la segunda manifestación de la obra de la fe.

Tercera manifestación: El desarrollo de una comunidad de fe

En 1 Tesalonicenses 1:7-8, Pablo describe el alcance del testimonio de los tesalonicenses: “En tal manera que habéis sido ejemplo a todos los que han creído en Macedonia y en Acaya. 8 Porque de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor no sólo en Macedonia y en Acaya, mas aun en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido; de modo que no tenemos necesidad de hablar nada.”

Es significativo que esta carta no esté dirigida a un individuo, sino a toda una comunidad. Al final de la epístola, en 1 Tesalonicenses 5:27, el apóstol instruye explícitamente: “Conjúroos por el Señor, que esta carta sea leída á todos los santos hermanos.” Esto no es un detalle menor: la obra de la fe no se desarrolla en el aislamiento individual, sino en comunidad.

Conviene distinguir entre una congregación y una comunidad de fe. Una congregación puede ser simplemente un grupo de personas que se reúnen en el mismo espacio. Una comunidad de fe, en cambio, es un conjunto de creyentes que se integran activamente para crecer juntos en la fe. No son observadores; son participantes. El llamado del Señor no es a asistir y recibir lo que a cada uno le compete, sino a formar parte activa del cuerpo de Cristo.

La iglesia primitiva de Jerusalén ofrece un modelo de esta integración en Hechos 2:44-47: “Y todos los que creían estaban juntos; y tenían todas las cosas comunes; 45 Y vendían las posesiones, y las haciendas, y las repartían a todos, como cada uno había menester. 46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón, 47 Alabando a Dios, y teniendo gracia con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.”

No todas las prácticas de aquella comunidad primigenia son necesariamente replicables en todos sus detalles hoy; pero lo que el Espíritu de Dios nos muestra es el principio: todos participaban, todos aportaban, todos construían. Nadie era simplemente espectador.

Al concluir su carta, en 1 Tesalonicenses 5:11-24, el apóstol describe cómo debe funcionar internamente esta comunidad de fe: “Por lo cual, consolaos los unos a los otros, y edificaos los unos a los otros, así como lo hacéis. 12 Y os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan: 13 Y que los tengáis en mucha estima por amor de su obra. Tened paz los unos con los otros. 14 También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los que andan desordenadamente, que consoléis a los de poco ánimo, que soportéis a los flacos, que seáis sufridos para con todos. 15 Mirad que ninguno dé a otro mal por mal; antes seguid lo bueno siempre los unos para con los otros, y para con todos. 16 Estad siempre gozosos. 17 Orad sin cesar. 18 Dad gracias en todo; porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. 19 No apaguéis el Espíritu. 20 No menospreciéis las profecías. 21 Examinadlo todo; retened lo bueno. 22 Apartaos de toda especie de mal. 23 Y el Dios de paz os santifique en todo; para que vuestro espíritu y alma y cuerpo sea guardado entero sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesús el Cristo. 24 Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará.”

Una comunidad de fe es aquella donde sus miembros se consolidan mutuamente en la Palabra, donde se exhortan, se consuelan y se edifican. Es el cuerpo de Cristo funcionando con todos sus miembros, no con algunos activos y otros pasivos. El Señor nos llama a conformar comunidades de fe donde haya una integración real de todos sus miembros para crecer en la fe y en la obra del Espíritu.

Conclusión: La demanda del Espíritu para nuestros días

El relato de la comunidad de Tesalónica no es simplemente historia eclesiástica. Es la demanda del Espíritu de Dios para cada creyente y para cada comunidad en todo tiempo, incluyendo el nuestro. Tres son las manifestaciones de la obra de la fe que el Señor nos llama a desarrollar:

  • Desarraigar, abominar y destruir todo vínculo con la idolatría y el reino de las tinieblas en todas sus formas y manifestaciones.
  • Perseverar en la Palabra de Dios —no en los resultados visibles—, sabiendo que Dios lo dijo y Dios lo hará.
  • Desarrollar y participar activamente en comunidades de fe donde todos los miembros crezcan juntos en el Espíritu.

La Palabra del Evangelio que llegó a los tesalonicenses trascendió los límites de Macedonia y Acaya. Su fe se extendió por todas partes. Todo comenzó porque ellos recibieron la Palabra del apóstol Pablo —la Palabra de un hombre— como lo que en verdad era: la Palabra de Dios. Y sobre esa Palabra, el Espíritu comenzó a operar, a transformar, a producir frutos.

Hoy, en medio del caos moral, social y espiritual de nuestro tiempo, el Señor nos propone el mismo camino. No es una fórmula religiosa. Es el poder del Evangelio del reino de los cielos, actuando por el Espíritu Santo, en hombres y mujeres que se exponen genuinamente a la Palabra de Dios y permiten que ella los transforme. Que el Señor nos conceda vivir en la plenitud de la obra de vuestra fe.



pastor Pedro Montoya


Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Avatar de pastor Pedro Montoya

Published by

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo