Introducción

El mensaje del evangelio del Reino de los cielos no es solo un llamado a la conversión inicial; es también un llamado a la perseverancia. El Señor Jesús mismo lo afirmó con claridad en el Evangelio de Mateo: «El que perseverare hasta el fin, este será salvo» (Mateo 24:13). Perseverar, sin embargo, no es simplemente llegar hasta el final de la vida sin abandonar formalmente la fe. Significa algo mucho más profundo y exigente: mantenerse firme en lo que se ha sido enseñado, conservar la sana doctrina, desarrollarla y vivirla. Es permanecer en Jesús.

El apóstol Pablo también subrayó esta necesidad al escribir a las comunidades de fe. Al dirigirse a los corintios, señaló que no fue a ellos con sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu de Dios, transmitiendo el mensaje del evangelio del Reino. Y es precisamente ese mensaje —recibido, guardado y vivido— el que hace posible la vida eterna y el crecimiento espiritual genuino.

¿Pero qué significa realmente permanecer en Jesús? Pueden surgir muchas respuestas: ser fiel a una congregación, a una denominación, a un ministerio. Sin embargo, hay una sola respuesta espiritual. Esta respuesta no es académica ni meramente teológica; es una definición revelada por el Espíritu de Dios a través de la Palabra. Este capítulo tiene como propósito explorar esa definición, examinar las evidencias bíblicas que la fundamentan y advertir sobre un peligro que el Espíritu Santo señala con urgencia: el proceso de formación de anticristos dentro de la propia iglesia.

Primera Parte: ¿Qué significa realmente permanecer en Jesús?

La imagen de la vid y los pámpanos

La noche en que Jesús celebró la fiesta solemne de Pésaj —la última noche antes de su arresto— eligió enseñar a sus discípulos sobre la necesidad de permanecer en Él. Sabía que estaba a punto de ser apresado y que, como Él mismo les había advertido, «heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas». Por eso el énfasis de su enseñanza esa noche fue precisamente este: no se alejen de Mí.

En el Evangelio de Juan, capítulo 15, versículos 4 al 6, el Señor Jesús lo expresa con una imagen poderosa:

«Estad en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid, así tampoco vosotros, si no estuviereis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no estuviere, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden» (Juan 15:4-6).

La advertencia es solemne: sin Él, nada. El pámpano que se separa de la vid no solo deja de dar fruto; se seca, se pierde y arde. Esta imagen subraya la gravedad de no permanecer en Cristo.

La definición espiritual: aborrecer toda doctrina apóstata

Llegamos ahora al corazón del asunto. El apóstol Juan, quien más que ningún otro escritor apostólico insistió en esta realidad de permanecer en Jesús, ofrece en su primera epístola la definición espiritual que buscamos. Tanto él como el apóstol Pablo concuerdan: permanecer en Jesús significa aborrecer toda doctrina apóstata. No tolerarla, no considerarla, no permitirla, no establecer vínculos con ella.

Esta es la única respuesta verdaderamente espiritual a la pregunta. Si hay tolerancia hacia doctrinas apóstatas, si hay apertura o consideración hacia ellas, la persona no está permaneciendo en Jesús: hay elementos de tinieblas dentro de ella. El apóstol Juan lo desarrolla a través de cuatro evidencias concretas que permiten identificar qué constituye una doctrina apóstata.

Primera evidencia: negar que Jesús es el Cristo

En el capítulo 2, versículos 22 y 23 de su primera epístola, el apóstol Juan escribe:

«¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este tal es anticristo, que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre» (1 Juan 2:22-23).

El mensaje del evangelio predicado el día de Pentecostés, tal como lo registra el libro de Hechos de los Apóstoles en su capítulo 2, establece con claridad en qué consiste: «A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha resucitado, y le ha hecho Señor y Cristo.» Todo el que niegue que Jesús es el Cristo —el Mesías, el enviado de Dios— practica una doctrina apóstata.

Esta realidad debe llevarnos a una revisión honesta. Hay mensajes y enseñanzas, algunos ampliamente difundidos e incluso históricamente aceptados, que clasifican a Jesús como un buen hombre, un profeta, un maestro o un rabí, pero que no lo confiesan como el Cristo. Frente a ellos, la Palabra del Señor es clara: no se puede tolerar, no se puede abrazar, no se puede establecer vínculo alguno. Desecharlos no es intolerancia; es condición para permanecer en Jesús.

Segunda evidencia: negar que Jesús el Cristo ha venido en carne

La segunda evidencia de doctrina apóstata aparece en el capítulo 4, versículos 1 al 3 de la primera epístola:

«Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesús el Cristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesús el Cristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo» (1 Juan 4:1-3).

Toda doctrina que sostenga que Jesús no vino en carne —que fue solo un espíritu, una manifestación no tangible, un ser espiritual superior distinto de Dios mismo— es una doctrina apóstata. La verdad fundamental del evangelio es que Dios se hizo carne. El apóstol Juan lo proclama desde el inicio de su evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:1, 14). El apóstol Pablo lo ratifica también en sus escritos.

La epístola a los Hebreos, en su capítulo 1, confirma que Jesús no es ningún ángel. El autor sagrado pregunta: «¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú?». A ninguno. Jesús es Dios mismo encarnado, no un ser perfecto o superior diferente del Padre. Toda doctrina que lo reduzca a la categoría de ángel o de ser espiritual distinto de Dios debe ser desechada.

El apóstol Juan también advierte en su segunda epístola sobre esta misma realidad, señalando que hay doctrinas —como la que niega la segunda venida física y visible de Cristo— que encajan en esta categoría. El preterismo, por ejemplo, que sostiene que Jesús ya se manifestó al mundo de forma espiritual y no en la manera proclamada por la Escritura, es una de esas doctrinas que deben ser rechazadas.

Tercera evidencia: no confesar que Jesús el Cristo ha venido en carne (el engañador)

En el versículo 7 del capítulo 1 de su segunda epístola, el apóstol Juan amplía el alcance de la advertencia:

«Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesús el Cristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo» (2 Juan 1:7).

Al hablar de «engañadores», el apóstol no se refiere únicamente a personas que profesan doctrinas apóstatas. El término abarca también medios: culturales, comerciales, financieros, históricos, publicitarios. Todo aquello que rodea al ser humano y que intenta establecer que Jesús no es quien la Escritura dice que es constituye un vehículo de engaño.

Cuarta evidencia: no perseverar en la doctrina de Cristo

La cuarta evidencia aparece en los versículos 9 al 11 del capítulo 1 de la segunda epístola de Juan:

«Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras» (2 Juan 1:9-11).

Esta instrucción es particularmente importante. El texto no deja margen para excepciones incluso bien intencionadas. No es lícito recibir en casa o dar la bienvenida a quien no trae la doctrina de Cristo con la excusa de evangelizarlo o rescatarlo del error. El versículo 11 es explícito: quien lo recibe se convierte en participante de sus malas obras. Hay un límite claro que el Espíritu de Dios establece para compartir el mensaje del evangelio; ese límite no debe cruzarse, porque la evangelización genuina opera por el poder del Espíritu Santo, no por las fuerzas, habilidades o recursos humanos.

En conclusión de esta primera sección: permanecer en Jesús significa aborrecer toda doctrina apóstata, no tolerarla, no consentirla, no establecer vínculo alguno con ella. No importa si una persona forma parte de un ministerio o de una congregación: si abraza o tolera doctrinas apóstatas, hay rasgos de tinieblas en ella y en realidad no está permaneciendo en Jesús.

Segunda Parte: El proceso de formación de anticristos dentro de la iglesia

Una alarma urgente del Espíritu de Dios

En el capítulo 2, versículos 18 y 19 de su primera epístola, el apóstol Juan escribe:

«Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros» (1 Juan 2:18-19).

Estos versículos no hablan de personas que se infiltraron en la iglesia desde afuera sin haber tenido jamás un encuentro genuino con Dios. El apóstol Pablo, al escribir a Timoteo en su primera epístola, lo describe con estas palabras: aquellos «hicieron naufragio de la fe». Fueron hombres y mujeres que se convirtieron al Señor, que confesaron a Cristo Jesús, pero que posteriormente entraron en un proceso de forjación del anticristo y se alejaron.

Esta es la alarma que el Espíritu de Dios levanta con urgencia: los anticristos no se forman fuera de la iglesia; se están forjando dentro de ella. La preocupación no es sobre enemigos externos, sino sobre un proceso interno que puede ocurrirle a cualquiera que no esté vigilante.

El apóstol Pablo, en Segunda de Tesalonicenses capítulo 2, versículo 4, describe al anticristo como aquel que se asienta en el templo de Dios haciéndose pasar por Dios, y que además es aceptado como tal por quienes están dentro. Hay una relación doble: quien se hace pasar por Dios, y quienes lo aceptan. Esto subraya que el proceso opera dentro del ámbito de la fe, no fuera de él.

La pregunta que cada creyente debe hacerse con seriedad es esta: ¿Podría yo estar caminando por un proceso de forjación de anticristo sin haberlo advertido? El apóstol Juan, en los capítulos que siguen al versículo 19, ofrece siete manifestaciones concretas que permiten identificar ese proceso. Examinarlas honestamente es un acto de responsabilidad espiritual.

Primera manifestación: minimizar o excusar el pecado

En el capítulo 1, versículos 8 al 10, el apóstol escribe:

«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros» (1 Juan 1:8-10).

El anticristo es, en su esencia, quien niega la obra reconciliadora de Jesús en el hombre. ¿Y para quién vino Jesús? Para los pecadores. Si alguien minimiza su condición pecaminosa —si cree que en realidad no era tan malo, que las circunstancias lo obligaron, que la presión lo llevó a actuar mal contra su voluntad— está invalidando la obra de Cristo en la cruz. Está estableciendo, implícitamente, que no necesitaba tanto al Salvador.

Excusar el pecado, esconderlo, minimizarlo o justificarlo con circunstancias externas es el inicio de un camino de anticristo. El remedio que la Palabra ofrece es la confesión sincera: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.»

Segunda manifestación: alejarse de la Palabra de Dios

En el capítulo 2, versículo 4, el apóstol escribe:

«El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él» (1 Juan 2:4).

Esta manifestación se presenta de diversas formas. Una de las más comunes es la actitud de quien cree que, al haber recibido el Espíritu de Dios o al haber confesado a Cristo, ya no necesita la Biblia, ni el estudio de la Palabra, ni los mensajes bíblicos. El razonamiento suena espiritual, pero es engañoso: sustituir la Escritura por experiencias o por mensajes exclusivamente «positivos» equivale a alejarse de los mandamientos del Señor.

El apóstol Pablo predicó de la Palabra del Antiguo Testamento, porque Cristo Jesús está presente en las Escrituras desde el libro de Génesis hasta el libro de Malaquías. No tener el Nuevo Testamento no fue obstáculo para los apóstoles. Hoy, quien tiene ambos Testamentos y los deja de lado está caminando por un proceso de anticristo.

Tercera manifestación: hacer acepción de personas

En el capítulo 2, versículo 9, el apóstol escribe:

«El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas» (1 Juan 2:9).

El amor, tal como lo presenta la Escritura, no tiene que ver con emociones, sentimientos o expresiones aparatosas de afecto. Amar, en el sentido bíblico, significa reconocer que Dios ha hecho de otra persona lo mismo que ha hecho con nosotros, y responder a esa realidad sin marginar, sin discriminar. El Señor Jesús lo expresa en el Sermón del Monte: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», y como evidencia de esa perfección señala que Dios hace que su sol salga sobre buenos y malos, y que llueva sobre justos e injustos. Dios no hace acepción de personas.

Cuando un creyente hace acepción de personas —favorece a unos y margina a otros según criterios humanos— está aborreciendo a su hermano. Y quien aborrece a su hermano, dice el apóstol, aún está en tinieblas. Esta es una tercera manifestación del proceso de forjación del anticristo.

Cuarta manifestación: amar al mundo

En el capítulo 2, versículo 15, el apóstol dice:

«No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Juan 2:15).

El empeño por querer ser como los demás, por alcanzar lo que el mundo valora, por competir con el mundo, por establecer alianzas con él o por buscar una posición reconocida dentro de sus estructuras es una manifestación de amor al mundo. El Señor puede permitir que sus hijos tengan empleos, negocios y desarrollen actividades económicas, pero eso nunca debe confundirse con la búsqueda de reconocimiento o de posición dentro del sistema del mundo. Quien ama al mundo está caminando por un proceso de forjación de anticristo.

Quinta manifestación: permanecer en las conductas antiguas

En el capítulo 3, versículos 6 al 8, el apóstol escribe:

«Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:6-8).

Quien ha confesado a Cristo Jesús y continúa en las prácticas y vicios que tenía antes de su conversión —sin poder o sin querer salir de ellos— revela que en realidad no conoció a Jesús sino que conoció una iglesia. Hay una distinción crucial: conocer una iglesia no equivale necesariamente a conocer a Jesús. Quien entra a una congregación y trata de dejar sus vicios por esfuerzo propio, pero no se los ha entregado genuinamente al Señor, no ha conocido a Jesús; ha conocido una institución.

La única forma de salir de los procesos, de los vicios y del pecado es entregando la vida a Jesús de manera genuina. «Todo aquel que permanece en él, no peca.» Si la vida de alguien sigue siendo gobernada por patrones de conducta del pasado, la pregunta que debe hacerse no es si está en una iglesia, sino si realmente ha entregado su vida a Jesús.

Sexta manifestación: no hacer justicia

En el capítulo 3, versículos 10, 14 y 15, el apóstol escribe:

«En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios… Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte. Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él» (1 Juan 3:10, 14-15).

El amor verdadero y la justicia están íntimamente ligados en la Escritura. La manera de manifestar el amor de Dios es estableciendo justicia. Por eso el Señor Jesús enseñó: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33). Quien no hace justicia no está amando, sino aborreciendo a su hermano. Y quien aborrece a su hermano está caminando por el proceso de forjación del anticristo.

Séptima manifestación: hablar con el lenguaje del mundo

En el capítulo 4, versículos 5 y 6, el apóstol cierra el cuadro con una séptima evidencia:

«Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error» (1 Juan 4:5-6).

¿De dónde provienen las palabras, las expresiones, los códigos de comunicación que usamos? Si un creyente continúa utilizando el vocabulario, los eslóganes, las frases y los códigos de este mundo como si no hubiera diferencia entre él y quienes no conocen al Señor, está manifestando que no está permaneciendo en Jesús.

Esta advertencia incluye los códigos visuales y gestuales de la comunicación contemporánea: señas, figuras, imágenes y elementos gráficos que circulan en plataformas sociales. Muchos de esos códigos fueron elaborados por el mundo, y quienes los usan pueden estar transmitiendo mensajes cuyo verdadero significado desconocen. Así como se descubrió que ciertas canciones infantiles, al reproducirse al revés, contenían expresiones diabólicas, de la misma manera ciertos símbolos gráficos aparentemente inocentes pueden portar significados soeces o perversos. El creyente debe revisar con seriedad los códigos de comunicación que emplea, porque en ellos puede manifestarse que el mundo se está imponiendo sobre hombres y mujeres de Dios.

Aplicación práctica y llamado al arrepentimiento

Ante todo lo expuesto, cada creyente se encuentra frente a dos caminos. El primero es recibir estas enseñanzas como una exposición bíblica interesante —»qué buen tema, nunca lo había escuchado»— y seguir adelante sin que produzcan ningún cambio real. El segundo es tomar decisiones concretas, hacer ajustes, transformar actitudes y conductas a la luz de lo que la Palabra del Señor establece.

El Señor Jesús dijo que quien oye sus palabras y no las pone en práctica es semejante al hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Si no se toman decisiones, los resultados llegarán: un naufragio de la fe, como el que el apóstol Pablo describe al hablar de quienes se alejaron.

El mensaje a las siete iglesias del Apocalipsis, que el Señor Jesús dirige directamente a comunidades de fe, no a paganos ni a inconversos, repite una y otra vez el mismo llamado: «Arrepiéntete.» El arrepentimiento no es una experiencia exclusiva del momento de la conversión; es una actitud permanente a la que el creyente es llamado cada vez que el Espíritu de Dios le revela que se ha desviado del camino.

A tiempo el Señor habla. A tiempo el Espíritu de Dios levanta la alarma para que cada uno de nosotros pueda arrepentirse y convertirse. La invitación está abierta.

Conclusión

Permanecer en Jesús no es simplemente mantenerse en una congregación, ser fiel a un ministerio o conservar la membresía en una denominación. Permanecer en Jesús, según la definición espiritual que la Palabra del Señor nos entrega, es aborrecer toda doctrina apóstata, desecharla sin tolerancia, sin permiso, sin vínculo. Y es también examinar continuamente la propia vida a la luz de las siete manifestaciones que el apóstol Juan presenta: el tratamiento honesto del pecado, la permanencia en la Palabra, el amor al prójimo sin acepción de personas, el desapego del mundo, el abandono de las conductas antiguas, la práctica de la justicia y el uso de un lenguaje propio del Reino de Dios.

Todo esto está en la Palabra. El Espíritu de Dios la ha abierto para que podamos entenderla y vivirla. Que el Señor nos conceda la gracia de permanecer en Él.

Preguntas de repaso

  1. Según lo enseñado en este capítulo, ¿cuál es la definición espiritual de «permanecer en Jesús»? ¿Por qué no es suficiente pertenecer a una congregación o ser fiel a un ministerio para garantizar que uno está permaneciendo en Él?
  2. El apóstol Juan advierte que los anticristos no se forman fuera de la iglesia, sino dentro de ella. Al revisar las siete manifestaciones del proceso de forjación de anticristos, ¿cuál de ellas considera más presente o más subestimada en la vida cristiana contemporánea? ¿Por qué?

El capítulo concluye con un llamado al arrepentimiento. ¿Qué decisiones concretas debería tomar usted, a la luz de lo aprendido, para asegurarse de que está permaneciendo genuinamente en Jesús?



pastor Pedro Montoya


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