Introducción: El conocimiento no es neutro
La paz del Señor sea contigo. Doy gracias al Dios eterno por la apertura que desde el trono de la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesús el Cristo nos es dispensada por medio de Su Palabra y por medio de Su Santo Espíritu. Tiempos hermosos son aquellos en que podemos exponernos ante el poder de la Palabra del Señor y ante el poder de Su Santo Espíritu. ¿Qué es la iglesia sino el resultado de hombres y mujeres que han nacido de la Palabra y del poder del Espíritu Santo? Por eso esos tiempos de gracia y de misericordia que el Señor nos presenta son tiempos gloriosos, tiempos de revelación, tiempos en que Él abre la Palabra para que caminemos, no en ignorancia, sino en el conocimiento de Su revelación.
El profeta Oseas escribió tocante al pueblo de Israel y dijo de parte de Dios: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6). Eso no es solamente un dato histórico: en muchos casos es la descripción de lo que sucede también en la actualidad. Hombres y mujeres genuinos, de noble corazón, que sin embargo no han llegado al conocimiento de la verdad, precisamente porque les falta el conocimiento de la revelación de Dios.
En esta enseñanza vamos a ocuparnos de las tres mayores doctrinas apóstatas que circulan hoy en nuestro medio cristiano. No es un tratamiento exhaustivo de toda forma de apostasía doctrinal, pero sí de las tres que han permeado de manera más profunda a la iglesia y que están deteniendo el crecimiento y el desarrollo del pueblo de Dios.
Antes de abordarlas, es imprescindible establecer un fundamento que se ha desarrollado en enseñanzas anteriores: el conocimiento no es neutro. El conocimiento que recibimos, sin importar su origen, no nos deja indiferentes. O es positivo o es negativo. Todo dependiendo de las intenciones que lo sostienen, va a producir liberación en quienes lo abracen, o va a producir esclavitud. Esta es una verdad que aplica no solamente al conocimiento religioso o bíblico, sino a todo conocimiento ante el cual estamos expuestos.
Hoy, en el tiempo que nos ha tocado vivir, se han desarrollado herramientas tecnológicas que están moldeando activamente la manera de pensar, de actuar y hasta de sentir de las personas. Para nadie es desconocido que el conocimiento que fluye de forma constante y continua a través de todos los medios de comunicación social tiene un propósito deliberado: conducir a las personas en su forma de pensar, de actuar y de sentir. La inteligencia artificial, lamentablemente, no es ajena a eso. Hoy en día hay ministros que han dejado de preparar sus sermones en el poder del Espíritu Santo y los delegan completamente a herramientas de inteligencia artificial. El resultado son congregaciones que están siendo moldeadas no por la Palabra de Dios ni por el poder del Espíritu Santo, sino por un sistema que, aunque use la Biblia y la mencione, no nació en la revelación divina.
El mejor ejemplo de la antigüedad para ilustrar cómo un conocimiento procedente de las tinieblas puede penetrar aun en quienes caminan en revelación lo encontramos en Génesis, capítulo 3. Adán y Eva caminaban en una pureza y en un ambiente de revelación que hoy nosotros no alcanzamos. No tenían conciencia de pecado. Y sin embargo, la información que la serpiente introdujo fue tan persuasiva, tan insistente y tan contundente que logró que los ojos espirituales de Eva, en principio, y de Adán, en segundo lugar, se movieran y se depositaran en un conocimiento proveniente de las tinieblas. Este pasaje nos advierte con absoluta claridad: no podemos caminar en ingenuidad. No podemos desconocer lo que hay detrás de las palabras y del conocimiento que muchas veces aceptamos como bueno, que nos cautiva, nos impresiona y nos lleva a compartirlo con otros.
El apóstol Pablo lo expresó con precisión en su primera epístola a los Corintios: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Corintios 5:6). Un conocimiento que se filtra, aunque llegue como una palabra suelta, sin que parezca una definición larga ni un eslógan evidente, llega el momento en que se establece en la conciencia de la persona y comienza a determinar su manera de pensar, de actuar y de sentir.
En esa misma línea, es lamentable constatar que mucho pueblo de Dios está caminando en una ingenuidad que lo lleva a la perdición. No porque Dios lo haya abandonado, sino porque ha abrazado la idea de que Cristo lo hizo todo en la cruz y que, por lo tanto, no hay nada más que hacer: solo confesar Su nombre, asistir a la iglesia y mantenerse alejado del pecado evidente. Esa actitud no está viendo con ojos espirituales la realidad de lo que los rodea y los ataca. La iglesia tiene que dejar de caminar en ingenuidad y fundamentarse en la Palabra y en la guía del Espíritu Santo, de modo que toda información o conocimiento que llegue no se establezca en su conciencia sin pasar antes por el filtro de la revelación divina.
Presentamos a continuación las tres doctrinas apóstatas más arraigadas dentro del pueblo de Dios en la actualidad. Desde ya, quiero advertir lo siguiente: tan pronto sean señaladas, muchos las rechazarán, muchos las desecharán, y es muy probable que algunos decidan cambiar de canal. Eso mismo muestra el nivel en que están arraigadas, cuán fundamentales se han vuelto dentro del ámbito cristiano y cuán profunda es la defensa que muchos hacen de ellas, sin darse cuenta de que están defendiendo una doctrina que no está fundamentada en la Palabra de Dios.
Primera Doctrina Apóstata: El Arrebatamiento Previo a la Venida de Cristo
La doctrina y su problema
La primera doctrina apóstata de la que debemos hablar es la del arrebatamiento de la iglesia previo a la venida de Jesús. Afirmamos claramente: la Palabra de Dios no establece un arrebatamiento o levantamiento de la iglesia anterior a la venida de Cristo Jesús. Aunque quienes enseñan esto utilizan textos de la Biblia, se apoyan fundamentalmente en interpretaciones de versículos aislados, en su mayoría tomados de Mateo, capítulo 24, sin respetar la agenda de los eventos tal como fue establecida en las Sagradas Escrituras.
El orden de los eventos según la Palabra
El punto de partida para comprender correctamente el orden de los eventos finales se encuentra en Segunda de Tesalonicenses, capítulo 2. El apóstol Pablo, movido por el Espíritu de Dios, escribe:
“Empero os rogamos, hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesús el Cristo y nuestro recogimiento a él, que no os mováis fácilmente de vuestro sentir, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como nuestra, como que el Día del Señor esté cerca. No os engañe nadie en ninguna manera, porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.” (2 Tesalonicenses 2:1–3)
El versículo 3 define con absoluta claridad el orden de los eventos previos a la venida de Cristo Jesús. Antes de la parusía del Señor — como se conoce en la teología bíblica a Su segunda venida — deben ocurrir dos eventos: primero, la apostasía; segundo, la manifestación del hombre de pecado, el hijo de perdición, a quien el apóstol Juan identifica como el anticristo. El texto no requiere interpretación adicional. Antes de la venida de Jesús: la apostasía y la manifestación del anticristo. No hay espacio en la agenda bíblica para un arrebatamiento previo a estos eventos.
El propio Señor Jesús confirma este orden en el Evangelio de Mateo, capítulo 24. Allí leemos:
“Y después de la aflicción de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo y las virtudes de los cielos serán conmovidas. Entonces se mostrará la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra y verán al Hijo del Hombre que vendrá sobre las nubes del cielo con grande poder y gloria.” (Mateo 24:29–30)
El orden es inapelable: primero la aflicción — la tribulación producto de la presencia del anticristo — y después la manifestación del Hijo del Hombre. Esto coincide perfectamente con el texto de 2 Tesalonicenses: apostasía, manifestación del anticristo y tiempo de tribulación, y luego la venida gloriosa de Cristo Jesús.
El versículo 31 del mismo capítulo añade:
“Y enviará a sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo al otro.” (Mateo 24:31)
Aquí está el levantamiento de la iglesia: es simultáneo a la venida de Cristo Jesús. No ocurre antes. Y es significativo notar que quienes son recogidos en ese momento se llaman “los escogidos”. Ya en el versículo 22, dentro del mismo capítulo 24, en referencia a los días de la gran tribulación, Jesús dice: “Pero por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (Mateo 24:22). Son los escogidos de Dios los que pasan por esos días y los que determinarán la duración de la tribulación. No puede decirse que se trata de los tibios o de los menos comprometidos, como algunos argumentan para defender el arrebatamiento previo. Se les llama escogidos. La Palabra es clara.
El detalle del levantamiento según Primera de Tesalonicenses
Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versículos 13 al 17, nos ofrece la descripción más detallada de cómo ocurrirá el levantamiento de la iglesia:
“Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristeéis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resurrectió, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no seremos delanteros de los que durmieron, porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con él.” (1 Tesalonicenses 4:13–17)
El apóstol Pablo no está hablando de los que “se quedaron” después de un supuesto arrebatamiento previo. Habla de los que “quedamos”: los que llegamos con vida hasta el momento de la venida de Cristo Jesús. A ese momento simultáneo pertenecen dos sucesos: la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de los vivos que estaremos presentes. El apóstol Pablo describió esta transformación con mayor detalle en Primera de Corintios, capítulo 15:
“He aquí os digo un misterio: todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados. Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad…” (1 Corintios 15:51–53)
Y en el versículo 23 del mismo capítulo 15, Pablo establece el orden con una frase definitiva: “pero cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida” (1 Corintios 15:23). El levantamiento de la iglesia ocurre en la venida de Cristo, no antes.
Un evento visible, no un desaparecimiento silencioso
La doctrina del arrebatamiento previo suele representarse como un desaparecimiento repentino y silencioso de personas: el piloto de un avión desaparece, personas se esfuman sin dejar rastro. Esa representación no es bíblica. El levantamiento de la iglesia es un evento visible, evidente, notorio: del mismo modo en que todo ojo verá a Jesús venir en las nubes en toda Su gloria — como lo afirma el libro de Apocalipsis —, de la misma manera el levantamiento de la iglesia será visible para todos. Dios no tiene que ocultar a nadie.
Consecuencias del error doctrinal
¿Por qué importa corregir esta doctrina? Porque Dios nos llama a la perfección, y la perfección implica no caminar en ingenuidad. Implica andar conforme a la revelación de la Palabra, no conforme a la propuesta de la denominación a la que se pertenece. Cuando usted acepta a Cristo Jesús, acepta a Cristo Jesús, no a la denominación de la iglesia donde recibió el mensaje. Hay personas que son fieles a una denominación, pero no necesariamente a la Palabra de Dios. Tu compromiso es con el Señor, con el Evangelio, con la gracia de Cristo Jesús. Porque quien salva es Cristo, no la denominación.
Una planta a la que se le echa insecticida en la tierra donde está sembrada terminará muriéndose. Una persona que ha llegado a Cristo Jesús pero no tiene la doctrina correcta llegará al momento en que no crece, aunque asista a la iglesia dos, tres o cuatro veces por semana. El pueblo de Dios no está creciendo en muchos casos porque no está siendo alimentado con la doctrina correcta. Por eso es imprescindible salir de las doctrinas apóstatas.
Segunda Doctrina Apóstata: La Iglesia No Pasará por Tribulación
La doctrina y su peligro
La segunda doctrina apóstata está íntimamente ligada a la primera: la idea de que la iglesia no pasará por el período de tribulación. De ahí surge lo que se conoce como el arrebatamiento pretribulacional, es decir, la enseñanza de que Dios levantará a la iglesia antes de que comience la gran tribulación, para que no tenga que atravesarla. La Palabra del Señor no establece eso. La iglesia sí pasará por un proceso de tribulación.
El daño de esta doctrina es profundo: porque si el pueblo de Dios cree que no estará aquí para ver la tribulación, tampoco se está preparando para enfrentarla. Y un pueblo que no se prepara para recibir persecución o tribulación es un pueblo en riesgo. Jesús mismo lo advirtió proféticamente en la parábola del sembrador, en Mateo, capítulo 13: los que fueron sembrados entre espinas son aquellos que reciben la Palabra con gozo, pero cuando llegan las espinas — la persecución, la tribulación — la semilla es ahogada. Por eso es imprescindible hablar de esto.
La tribulación forma parte del mensaje del Evangelio
Hoy en día se predica tanto mensaje de promesas y bendiciones que el pueblo no está recibiendo una verdad esencial del Evangelio: es necesario sufrir y padecer por el nombre de Jesús. En Hechos de los Apóstoles, el apóstol Pablo lo dijo claramente a los ancianos de la iglesia: “es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de los cielos” (Hechos 14:22). La tribulación no es una anomalía del camino cristiano; es parte constitutiva del mensaje del Evangelio.
Incluso el tema del avivamiento está unido a la tribulación. Los mayores avivamientos que han tenido lugar a lo largo de la historia han sido el resultado de períodos de tribulación. Si el pueblo de Dios quiere avivamiento genuino, no puede eludir los procesos que histórica y bíblicamente lo producen. El apóstol Pablo y el apóstol Pedro coinciden en sus respectivas epístolas en esta verdad: “si sufrimos juntamente con él, juntamente con él también reinaremos” (2 Timoteo 2:12).
El apóstol Pedro lo confirma con igual claridad en su primera epístola: “es menester que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17). Todos vamos a pasar por ello. Y si no nos preparamos, la tribulación nos va a sacar, nos va a ahogar, nos va a asfixiar. Pero si nos preparamos en la gracia y en la misericordia del Señor, ese tiempo que se viene será el tiempo más sobrenatural y de mayor avivamiento que habremos conocido.
La confusión que muchos han hecho entre tribulación, castigo y juicio los ha llevado a rechazar la idea misma de pasar por procesos difíciles. Pero la tribulación que el Evangelio describe no es castigo; es un proceso de refinamiento dentro del cual el Señor guarda a Su pueblo, a Sus escogidos, de una manera sobrenatural.
Tercera Doctrina Apóstata: La Salvación No Se Pierde
La doctrina y su efecto adormecedor
La tercera doctrina apóstata es, quizás, la más arraigada de todas: la idea de que la salvación no se pierde, que una vez salvado, siempre salvado. Esta doctrina está adormeciendo al pueblo de Dios. Le está enseñando a negociar con Dios, a actuar con ligereza frente al pecado, porque al fin y al cabo el Señor conoce el corazón y la sangre de Cristo cubre toda maldad.
El problema es de perspectiva, no de la gracia de Dios
Antes de presentar los textos, es necesario ubicar correctamente el problema. Cuando Jesús va a la cruz y establece la obra de redención, Dios lo dio todo por gracia. Dios no actúa de manera cambiante: “ahora te doy, ahora te quito; ahora te doy, ahora te quito”. Dios lo dio todo. La gracia de Dios significa: ten, tómalo, es tuyo. El problema no está en Dios. El problema estamos nosotros, que muchas veces no hemos entendido la dignidad de lo que Dios nos ha entregado. Esa actitud ambigua, en la que a veces nos afirmamos y a veces actuamos como actuábamos antes, es lo que eventualmente puede hacer que un hombre o una mujer que ha recibido a Cristo Jesús pierda la salvación. No porque Dios se la haya quitado. Sino porque ellos mismos la desecharon, la abandonaron, la dejaron, no trabajaron por ella.
Lo que dice la Escritura
El texto de Mateo, capítulo 7, versículos 22 y 23 es uno de los más impactantes al respecto:
“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.” (Mateo 7:22–23)
Hay quienes argumentan que estas personas nunca fueron verdaderos creyentes. Pero cuando Jesús establece en Marcos, capítulo 16, las señales de los que creen, dice: “estas señales seguirán a los que creen: en Mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas… pondrán sus manos sobre los enfermos, y sanarán” (Marcos 16:17–18). Lo que describe Mateo 7:22 son exactamente las señales del que ha creído. Son personas que caminaron bajo una doctrina apóstata: la de que la salvación no se pierde, sin importar la vida que se lleve.
Primera de Timoteo, capítulo uno, versículo 19 establece con claridad que hay quienes han naufragado en la fe: “manteniendo la fe y buena conciencia, la cual desechando algunos, hicieron naufragio en cuanto a la fe” (1 Timoteo 1:19). Un naufragio no es un tropiezo momentáneo; es perderse, perder la ruta, perderse definitivamente. Y eso ocurrió no porque Dios los haya abandonado, sino porque ellos no se mantuvieron en el esfuerzo que la vida de fe requiere.
En el capítulo cuatro de esa misma epístola, el Espíritu de Dios advierte por boca del apóstol:
“Pero el Espíritu dice manifiestamente que en los venideros tiempos algunos apostat arán de la fe…” (1 Timoteo 4:1)
Apostatar de la fe significa divorciarse de la fe. ¿Se pierde o no se pierde la salvación? Dios mantuvo la salvación disponible para estas personas todo el tiempo. La perdieron porque no se esforzaron, porque no la cuidaron, porque no trabajaron por ella.
Primera de Juan, capítulo 2, versículos 18 y 19 añade otra dimensión importante:
“Hijitos, ya es el último tiempo; y como vosotros habéis oído que el anticristo ha de venir, así también al presente han comenzado a haber muchos anticristos; por lo cual sabemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, hubieran permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase de que no todos son de nosotros.” (1 Juan 2:18–19)
El apóstol Juan llega a la conclusión de que “no eran de nosotros” no porque nunca hubieran pertenecido al pueblo de Dios, sino porque no se mantuvieron. No cuidaron la salvación. No la trabajaron. Y la epístola a los Hebreos, capítulo 2, versículos 1 al 4, lo advierte con esta pregunta solemne:
“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, porque acaso no nos escurramos. Porque si la palabra dicha por los ángeles fue firme, y toda rebelibn y desobediencia recibió justa paga de retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si tuviéramos en poco una salvación tan grande…?” (Hebreos 2:1–4)
La salvación se pierde si no se trabaja por ella, si no se la alimenta, si no se esfuerza por mantenerla. La vida de fe no consiste en “ya el Señor lo hizo todo”. Consiste en esforzarse, en mantenerse día a día, en crecer.
La vida de fe exige esfuerzo personal
El apóstol Pablo lo expresa con claridad en Efesios, capítulo 4: vestirse del hombre nuevo implica una actitud, una actividad, un compromiso, un esfuerzo real de la persona. Incluso en el libro de Job, un personaje del Antiguo Testamento anterior a la predicación del Evangelio, Job declara: “Hice pacto con mis ojos”, reconociendo que es necesario un esfuerzo deliberado, un compromiso interior, para no ceder ante la tentación. La salvación se trabaja, la salvación se construye, la salvación se lucha. Primera de Timoteo lo expresa así: el atleta trabaja para obtener resultados; el agricultor trabaja para ver frutos. La fe que no se esfuerza, naufragará.
Muchos presentan excusas como: “hay algo que me vence”. Pero en Génesis, capítulo 4, cuando todavía no había sido predicado el Evangelio, Dios le dice a Caín: “el pecado está a la puerta, pero con todo, a ti está sujeto” (Génesis 4:7). No digas que hay algo que te vence. No es que algo te vence; es que tú decidiste entregarte a eso porque no buscaste ayuda, porque no te esforzaste, porque no trabajaste, porque todo lo reprimiste. La vida de fe consiste en salir de los estados en los que nos encontramos, por el poder del Espíritu de Dios, trabajando activamente en el proceso que el apóstol describe en Efesios, capítulo 4: “desvestirse del viejo hombre”.
La salvación sí se pierde. No porque Dios la retire. Sino porque el hombre o la mujer que no la cuida, que no la trabaja, que no la alimenta, termina perdićéndola. No juegues con el pecado. No negocies con Dios. La salvación es un don de una dignidad incomparable, y esa dignidad exige una respuesta de compromiso genuino, día a día, sin excepción.
Conclusión: Desecha lo que no está conforme a la Palabra
Resumiendo, las tres mayores doctrinas apóstatas que están bien presentes hoy dentro del pueblo de Dios son las siguientes:
Primera: la iglesia no será levantada antes de la venida de Jesús. La Biblia no establece un arrebatamiento previo a Su parousía. El levantamiento de la iglesia es simultáneo a la venida de Cristo Jesús.
Segunda: la iglesia sí pasará por la tribulación. Muchos han confundido tribulación con castigo y con juicio punitivo, pero la Palabra deja claro que el juicio comienza por la casa de Dios y que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de los cielos. El pueblo que no se prepara será ahogado por la tribulación.
Tercera: la salvación sí se puede perder. No porque Dios la retire, sino porque quien no trabaja por ella, quien no la cuida, quien no se esfuerza por mantenerse en la fe, llegará al punto del naufragio espiritual.
Estas tres doctrinas han abrazado a mucho pueblo de Dios y están impidiendo su crecimiento. Son como insecticida en la tierra donde está sembrada la planta: en lugar de dar abono y vida, producen deterioro y muerte espiritual. Dios no quiere que el impío perezca; está establecido desde el Antiguo Testamento. En Su gracia y en Su misericordia, ha extendido el conocimiento de la verdad para que seamos libres. Pero si menospreciamos esa verdad, si nos aferramos a doctrinas que nos dan comodidad pero nos alejan de la Palabra, al final encontraremos destrucción.
Si has identificado alguna de estas doctrinas — o cualquier otra que hayas abrazado y por la que hayas caminado durante mucho tiempo — y ves que no está conforme a la Palabra del Señor: déschala. Si realmente quieres crecer, si realmente quieres prosperar, si realmente quieres avivamiento y despertamiento espiritual, déschala. Porque de lo contrario llegará un momento de no retorno. Ház que ese momento no sea el tuyo. La paz del Señor sea contigo.
Preguntas de repaso
- ¿Cuál es el orden de los eventos finales que establece Segunda de Tesalonicenses, capítulo 2, versículo 3? ¿Por qué ese orden refuta la doctrina del arrebatamiento pretribulacional?
- ¿Cómo corroboran Mateo 24:29–31 y Primera de Tesalonicenses 4:13–17 que el levantamiento de la iglesia es simultáneo a la venida de Cristo, y no anterior a ella?
- En Mateo 24:22, quienes permanecen en los días de la gran tribulación son llamados “escogidos”. ¿Qué nos dice ese término acerca del estado espiritual de quienes pasarán por ese tiempo?
- ¿Por qué la enseñanza de que “la iglesia no pasará por tribulación” es espiritualmente peligrosa para el creyente, según lo que plantea esta enseñanza? ¿Qué relación establece la Escritura entre tribulación y avivamiento genuino?
- ¿Cuál es la diferencia entre afirmar que “Dios quita la salvación” y decir que “la salvación se puede perder”? ¿Cómo clarifica esta enseñanza ese punto?
- A partir de Mateo 7:22–23, Primera de Timoteo 1:19 y Hebreos 2:1–4, ¿qué responsabilidad personal implica la salvación según la Escritura? ¿Cómo se expresa esa responsabilidad en la vida práctica?
- ¿Has identificado alguna de estas tres doctrinas en la enseñanza que has recibido o en la manera en que tú mismo has entendido la fe hasta ahora? ¿Qué cambio concreto requiere de ti lo que has leído en este capítulo?