Segunda y Tercera Instrucción
Basado en Deuteronomio 10:12 y las enseñanzas de Jesús
La Demanda de Dios
La pregunta que Dios formula en «¿Qué pide Jehová tu Dios de ti, oh Israel?» (Deuteronomio 10:12) no es una pregunta histórica dirigida únicamente al pueblo hebreo en el desierto. Es la pregunta que el Señor le hace a cada hombre y a cada mujer que se ha presentado delante de Su presencia en todos los tiempos. Y Su respuesta es clara: que Lo temamos, que andemos en Sus caminos y —la instrucción central de esta enseñanza— que Lo amemos.
Esta tercera instrucción parece sencilla. La mayoría de los creyentes respondería sin dudar: «Yo amo al Señor.» Sin embargo, es precisamente aquí donde reside uno de los mayores malentendidos dentro del cuerpo de Cristo. Porque amar a Dios no es una declaración, no es un sentimiento y no es una emoción que surge en medio de la alabanza. Amar a Dios es un aprendizaje que se desarrolla en la acción, no en la teoría.
Este capítulo estudia la segunda y la tercera instrucción que las Escrituras nos dan para crecer en ese aprendizaje. La primera instrucción —negarse a sí mismo, según Mateo 16— fue tratada anteriormente. Lo que sigue completa el cuadro de lo que significa amar a Dios de manera real y transformadora.
Una Verdad Fundamental: el Amor a Dios se Aprende
Antes de examinar las instrucciones concretas, es necesario establecer un fundamento que muchos creyentes pasan por alto: ningún ser humano nace sabiendo cómo se ama a Dios. Sin excepción. Hombres y mujeres, nuevos convertidos y creyentes de décadas, todos tenemos que aprender a amar a Dios.
Este aprendizaje no ocurre en el terreno de las ideas. No basta con leer sobre el amor a Dios, escuchar enseñanzas al respecto o repetir en oración: «Señor, yo Te amo.» El amor genuino a Dios se desarrolla en la acción, en el movimiento concreto de cada persona que camina conforme al Evangelio del Reino de los Cielos. La razón por la que tantos creyentes permanecen estancados en su relación con Dios es que han confundido el amor teórico —el amor de palabras, de sentimientos y de emociones— con el amor de acción que Dios demanda.
El apóstol Pedro es el ejemplo más elocuente de esta confusión. Cuando el Señor le preguntó «¿Me amas?», Pedro respondió con plena convicción: «Señor, aunque todos te negaren, yo no te negaré. Estoy dispuesto a ir contigo a la muerte.» Pura emoción. Puro sentimiento. Y esa misma noche, tres veces lo negó. Años después, cuando el Señor resucitado volvió a preguntarle, utilizando la palabra griega ágape —el amor incondicional y de acción—, Pedro no respondió con la misma palabra. Respondió con fileo: «Señor, Tú sabes que te quiero; Tú sabes que te estimo.» Pedro había aprendido, a través del fracaso, que el amor verdadero no se declara: se demuestra.
Segunda Instrucción: Esfuérzate en Ir Más Allá, con Gozo
El principio y su raíz en el Antiguo Testamento
La segunda instrucción para aprender a amar a Dios es esta: esforzarse en hacer más allá de lo que se nos requiere —más allá de lo que se nos exige, más allá incluso de los límites que nosotros mismos hemos establecido— y hacerlo con gozo, con regocijo, con alegría y con gratitud.
Este principio tiene raíces profundas en el Antiguo Testamento. En Génesis 17:21, Dios le dice a Abraham: «Pero Yo estableceré Mi pacto con Isaac.» El nombre Isaac, en hebreo, significa risa. En el Antiguo Testamento, los nombres no eran simples identificadores: eran adjetivos que describían una realidad. Si sustituimos el nombre por su significado, el versículo se lee: «Pero Yo estableceré Mi pacto con la risa.» Dios estaba comunicando de manera profética cómo el hombre y la mujer debemos aprender a amarlo: haciendo más allá de lo requerido, pero no con amargura ni resentimiento, sino con risa, con gozo, con satisfacción.
Sara confirma este principio en Génesis 21:6, cuando al ver cumplida la promesa exclama: «Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere se reirá conmigo.» Este es el espíritu del pacto. Esta es la disposición que Dios busca: una acción que va más allá de lo esperado, acompañada de una alegría genuina.
El Nuevo Testamento es coherente con esta enseñanza. Pedro escribió: «Gozaos y alegraos por ser participantes de las aflicciones de Cristo» (1 Pedro 4:13). Pablo, en Filipenses 4:4, repitió con énfasis: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» El gozo no es la ausencia del sufrimiento; es la actitud con que el creyente responde cuando va más allá de lo que le sería cómodo o justo.
Los cuatro ejemplos del Señor Jesús
En Mateo 5:40-42, el Señor presenta cuatro ejemplos concretos que ilustran esta instrucción. Son situaciones del ámbito cotidiano, pero encierran una profundidad espiritual que debe examinarse con cuidado:
«Al que quisiere ponerte a pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa; y a cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos. Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no lo rehúses.» (Mateo 5:40-42)
Los dos primeros ejemplos —versículos 40 y 41— corresponden a situaciones de imposición legal, en las que un tribunal o una autoridad civil ha dictado una sentencia contra el creyente. Los dos últimos —versículo 42— corresponden a situaciones de abuso y manipulación.
Primer ejemplo: la túnica y la capa (v. 40)
Para comprender este ejemplo es necesario conocer el trasfondo de la Ley de Moisés. En Éxodo 22:26-27, la Ley establecía que si alguien tomaba en prenda el vestido de su prójimo como garantía de una deuda, debía devolvérselo al caer el sol, porque era su única cubierta para dormir durante la noche. Era un acto de misericordia que la Ley incorporaba para proteger a los más vulnerables.
El Señor Jesús dice: si alguien te quiere quitar la túnica por tribunal, entrégale también la capa. La capa tenía un valor incluso mayor que la túnica, pues no era solo una prenda de vestir, sino el abrigo con que el hombre se cubría de la intemperie durante la noche. En otras palabras, el Señor está diciendo: entrega todo, quédate sin nada, no retengas ni siquiera lo que tienes pleno derecho de conservar.
A primera vista esto parece una tolerancia injusta. Pero no lo es. El Señor no está aprobando la injusticia; está proponiendo un ejercicio de aprendizaje. Cuando el creyente se aferra a sus posesiones, a sus derechos, a lo que legítimamente le corresponde, se cierra a sí mismo la puerta del aprendizaje del amor a Dios. Dios permite estas situaciones —incluso las injustas— como pruebas diseñadas para que, al enfrentarlas con una actitud de entrega voluntaria y gozosa, el hombre y la mujer aprendan a amarlo de manera genuina y progresiva.
Segundo ejemplo: la carga de una milla (v. 41)
El contexto es conocido: los soldados romanos tenían el derecho legal de obligar a cualquier ciudadano judío a cargar su equipamiento militar por el trayecto de una milla. El Señor dice: ve con él dos. Sin embargo, la enseñanza más importante no está en el número de millas, sino en el tipo de carga.
El apóstol Pablo, en Gálatas 6, proporciona una distinción lingüística fundamental. En el versículo 2 escribe: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» En el versículo 5 escribe: «Porque cada uno llevará su propia carga.» Ambos versículos emplean la palabra «carga», pero en el griego original son dos palabras completamente distintas.
En el versículo 2, la palabra es baros: una carga pesada, difícil de llevar para una sola persona, que requiere la ayuda de dos, tres o más. En el versículo 5, la palabra es phortion: una carga ligera, que cada persona puede llevar perfectamente por sí sola. Cuando el Señor en Mateo 5:41 dice «ve con él dos», está hablando de una carga tipo baros: pesada, agotadora, que normalmente debería ser repartida entre varias personas, pero que te están imponiendo a ti solo. El llamado del Señor es: llévala tú solo, por dos millas, sin reprochar ni resentirte. Eso es ir más allá de lo requerido. Eso es aprender a amar a Dios.
Tercer y cuarto ejemplos: el que pide y el que toma prestado (v. 42)
Los dos ejemplos del versículo 42 se mueven en un terreno diferente: ya no hay un tribunal que respalde la imposición. Hay abuso directo y manipulación. El profeta Miqueas ya describió este patrón en el Antiguo Testamento: «Sus cabezas juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero» (Miqueas 3:11). El abuso de autoridad y la manipulación no son fenómenos modernos; están registrados desde los primeros tiempos del pueblo de Dios.
El Evangelio de Lucas presenta este mismo texto con un detalle revelador: «A cualquiera que te pidiere, da; y al que tomare lo que es tuyo, no se lo vuelvas a pedir» (Lucas 6:30). Lucas deja en claro que no se trata solo de un préstamo voluntario: alguien está tomando lo tuyo por la fuerza, imponiéndose. Y la instrucción del Señor no es denunciarlo públicamente ni exigir restitución. La instrucción es: no lo rehúses.
El hombre natural, el que no vive conforme a la fe en Cristo Jesús, reaccionará con toda lógica: reclamará sus derechos, señalará la injusticia, exigirá respeto. Pero el creyente que está aprendiendo a amar a Dios entiende que no es ciudadano de este reino terrenal. Su participación en la tierra no se mide por cuántos derechos ejerció, sino por cuánto amor a Dios demostró en la acción.
El peligro de reclamar derechos
Hay una advertencia implícita en estos cuatro ejemplos que conviene hacer explícita: en la medida en que el creyente reclama sus propios derechos, en esa misma medida se niega a sí mismo la oportunidad de aprender a amar a Dios.
No se trata de ignorar que existe la injusticia. Se trata de entender que la respuesta del creyente a la injusticia revela el nivel real de su amor por el Señor. Si al quitarme la túnica yo me aferro a la capa; si al imponerme la carga pesada me detengo exactamente en la milla reglamentaria; si ante el abuso respondo con la exigencia de mis derechos, estoy colocando mis posesiones, mi comodidad y mi reputación por encima de mi amor a Dios. Y ese amor que proclamo con los labios queda expuesto como lo que realmente es: teoría.
El resumen de esta instrucción se encuentra en Romanos 12:19-21:
«No os venguéis vosotros mismos, amados míos, antes dad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, Yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; que haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.» (Romanos 12:19-21)
Dar la capa. Cargar la milla extra. No retener el préstamo. Todo ello, con gozo y con alegría. No con pesar. No con resentimiento silencioso. Porque si la acción existe pero el gozo falta, el propósito se pierde y lo único que permanece en el interior de la persona es una raíz de amargura que la destruye desde adentro.
Tercera Instrucción: No Busques Mérito ni Recompensa
La tercera instrucción para aprender a amar a Dios se encuentra en Lucas 17:10. El Señor Jesús dice:
«Así también vosotros, cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.» (Lucas 17:10)
Esta instrucción es quizás la más difícil de las tres, precisamente porque contradice una de las tendencias más arraigadas en la naturaleza humana —y lamentablemente también en la cultura religiosa contemporánea—: la búsqueda de reconocimiento.
La enseñanza del Señor es directa: no busques logros, no busques recompensas, no busques la palmadita en el hombro ni las palabras de motivación. No busques que tu nombre sea mencionado públicamente por lo que diste, por lo que hiciste o por lo que sacrificaste. En la medida en que buscas el reconocimiento, en esa misma medida te estás exaltando a ti mismo en lugar de exaltar al Señor; y lo que comenzó como servicio termina convirtiéndose en una demostración de amor propio.
La filosofía religiosa que ha invadido la iglesia
Existe hoy una tendencia que se ha infiltrado en muchas congregaciones y que, aunque tiene apariencia de sano liderazgo, en realidad es filosofía del mundo introducida en la iglesia. Se le dice al liderazgo: «Hay que motivar a los colaboradores. Hay que reconocer su trabajo. Hay que darles una palmadita de vez en cuando, una palabra de ánimo, porque si no, se desmotivan.»
Esta enseñanza no proviene de la Palabra de Dios. Proviene del mundo, que se ha colado dentro de la iglesia con ropas religiosas. Y el resultado visible es que dentro de muchas congregaciones hay hombres y mujeres dispuestos a trabajar, a servir y a dar —pero únicamente si hay una placa con su nombre, un reconocimiento público o una silla con el nombre de su familia grabado en el respaldo. Si ese reconocimiento no llega, surge el resentimiento, la queja y la amargura.
Eso no es amor a Dios. Es amor a uno mismo disfrazado de servicio cristiano.
El modelo del Antiguo Testamento
El contraste más elocuente lo encontramos en la construcción del tabernáculo. Cuando Dios instruyó a Moisés para que convocara al pueblo a traer ofrendas para la construcción del santuario, la convocatoria fue específica: solo quienes tuviesen corazón dadivoso debían traer ofrenda. No hubo listas de donantes, no hubo placas conmemorativas, no hubo diplomas ni pergaminos de reconocimiento. El resultado fue tan desbordante que Moisés tuvo que salir a decirle al pueblo: «Ya basta. No traigan más. Lo que tenemos es más que suficiente.»
¿Por qué ese resultado? Porque lo hicieron por amor. No por mérito. No por reputación. No por reconocimiento. Simplemente por amor al Señor que los había redimido. Ese es el modelo. Ese es el estándar.
El resentimiento: señal de un amor mal orientado
Una de las expresiones más reveladoras del amor teórico es el resentimiento hacia Dios. Se escucha decir, a veces con palabras explícitas y a veces en el silencio del corazón: «Mira cuánto he servido. Mira todo lo que he dado. Mira cómo me he sacrificado. Y el Señor no me da lo que Le pido. ¿Cómo es posible?»
Esa queja no es la voz del amor; es la voz del mercader. Es la mentalidad del que sirve esperando recibir algo a cambio. Y cuando la recompensa esperada no llega, el contrato —que nunca debió existir— se siente roto, y el resultado es la amargura.
Cuando el Señor dice «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos», no está humillando al creyente. Lo está liberando. Lo está liberando de la trampa del mérito, de la expectativa de recompensa, de la servidumbre del reconocimiento ajeno. Le está diciendo: no sirvas para recibir algo a cambio. Sirve porque Lo amas. Y si Lo amas, lo que hiciste ya tuvo su propósito más alto: te acercó a Él.
Las Tres Instrucciones: Una Síntesis
El Señor nos ha dado tres instrucciones precisas para aprender a amar a Dios. Juntas forman un camino de aprendizaje progresivo que no puede recorrerse en la teoría; debe caminarse en la acción diaria.
Primera instrucción (Mateo 16): Niégate a ti mismo. El que no se niega a sí mismo no es capaz de tomar su cruz ni de seguir a Jesús. La negación de uno mismo es el punto de partida irrenunciable.
Segunda instrucción (Mateo 5:40-42): Esfuérzate en hacer más allá de lo que se te requiere —con gozo, con regocijo, con alegría. No veas la injusticia como un obstáculo; entiende que es una oportunidad diseñada por Dios para que aprendas a amarlo en la acción. No te detengas en el límite mínimo; ve más allá. Entrega también la capa. Lleva la carga la milla extra. Da aunque haya abuso.
Tercera instrucción (Lucas 17:10): No busques mérito ni recompensa. Haz todo lo que se te ha mandado y luego di: «Siervo inútil soy; lo que debía hacer, hice.» No sirvas para que los demás vean. No midas tu amor a Dios por lo que recibes a cambio.
Hay una pregunta que estas tres instrucciones dejan abierta ante cada lector —la misma que el Señor le hizo a Pedro junto al mar de Tiberíades—: «¿Me amas?» No como declaración. No como sentimiento. Sino como la pregunta que demanda una respuesta de acción, de entrega, de ir más allá, de servir sin buscar recompensa.
«¿Qué pide Jehová tu Dios de ti, oh Israel? Solamente que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos Sus caminos, y que Lo ames.» (Deuteronomio 10:12)
Ahora sabemos lo que significa amarlo. La pregunta que cada uno debe responder es: ¿A cuánto de todo esto estoy dispuesto a someterme?
