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Cómo Aprender a Amar a Dios: Niégate a ti mismo


Serie: Lo que Dios demanda de nosotros — Deuteronomio 10:12

Primera parte: Niégate a ti mismo

Introducción: ¿Qué demanda Dios de nosotros?

El texto central de esta enseñanza se encuentra en Deuteronomio 10:12, donde la Palabra nos presenta cuatro instrucciones precisas acerca de lo que Dios demanda de cada hombre y cada mujer que invoca Su nombre:

«…que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, que le ames, y que le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma.»

Estas cuatro instrucciones conforman una guía de acción espiritual. Nos ocuparemos aquí de la tercera: amar a Dios. Sin embargo, antes de estudiar cómo se aprende a amarlo, es indispensable comprender qué significa realmente ese amor.

¿Qué significa amar a Dios?

Uno de los errores más comunes en la vida de fe es entender el amor a Dios en términos emocionales o sentimentales. Las Sagradas Escrituras no nos llaman a amar a Dios con sentimientos ni con pasión humana. El amor que Dios demanda se define en Sus propios términos, no en los nuestros.

Amar a Dios es entrega. Es compromiso. El Señor mismo lo expresa en Lucas 6:

«Ninguno que poniendo su mano sobre el arado mira atrás es apto para el reino de los cielos.»

Por lo tanto, cuando Deuteronomio 10:12 nos ordena amar a Dios, lo que está demandando es un compromiso activo, una entrega que se refleja en hechos concretos, no en declaraciones. No basta decir: «Yo lo amo, estoy dispuesto a todo por Él.» La vida de fe consiste en acción, no en palabras.

El amor a Dios se aprende y crece

Nadie nace con la capacidad de amar a Dios. La tendencia natural del ser humano es alejarse de Él, como lo establece claramente la Escritura:

«…por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.»

Pero hay una buena noticia: el amor a Dios se puede aprender, y más aún, puede crecer. Lo confirman dos textos del apóstol Pablo:

Filipenses 1:9: «Y esto ruego, que vuestro amor abunde aún más y más en discernimiento y en todo conocimiento.»

2 Tesalonicenses 3:5: «Y el Señor enderece vuestros corazones al amor de Dios y a la paciencia de Cristo.»

El amor no es estático. Puede aumentar, desarrollarse, intensificarse. Pero esto no ocurre por la fuerza de voluntad ni por la decisión personal del creyente. Ocurre cuando el hombre y la mujer hacen lo que Dios ha establecido en Su Palabra para que ese amor crezca.

Aquí radica uno de los errores más frecuentes: creer que basta con decir «He decidido amar a Dios» o «Me he comprometido a amarlo.» El caso del apóstol Pedro es el ejemplo más elocuente de esto. Pedro declaró con plena convicción:

«Aunque todos te dejaren, yo nunca te dejaré. Estoy dispuesto a ir a la muerte por ti.»

Y, sin embargo, lo negó tres veces. No se trata de disposición ni de decisión: se trata de obedecer lo que Dios establece en Su Palabra, en el poder de Su Santo Espíritu.

Las instrucciones de Jesús para aprender a amar a Dios

En las enseñanzas de Jesús encontramos tres instrucciones específicas para aprender a amar a Dios. Esta enseñanza se ocupa de la primera. Las otras dos serán estudiadas en la próxima sesión.

Primera instrucción: Niégate a ti mismo

Mateo 16:24 registra las palabras del Señor: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.»

Esta es la primera instrucción: niégate a ti mismo. En la medida en que un creyente se niega a sí mismo, en esa misma medida aprende a amar a Dios. Es una relación directamente proporcional: a mayor negación de sí mismo, mayor intensidad de amor hacia Dios.

¿Qué significa negarse a sí mismo?

La palabra «negar» aparece en el Nuevo Testamento con dos significados que se complementan entre sí:

1. Desconocer: «No sé de quién me estás hablando», como hizo Pedro cuando negó al Señor.

2. Rechazar: Repudiar, no reconocer como propio.

Cuando Jesús nos dice «niégate a ti mismo», nos está llamando a desconocernos y a rechazarnos en la práctica, no solo en teoría. No se trata de repetir una confesión religiosa como «ese ya no soy yo» o «ya dejé esa vida atrás», porque esas palabras, sin acción real, solo producen culpa, no libertad.

La negación de sí mismo implica un desprendimiento activo de la naturaleza adámica. El apóstol Pablo lo expresa con claridad en Filipenses 3:

«Lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida… lo he considerado como estiércol.»

Eso es negarse a sí mismo: tratar como pérdida todo aquello que alimenta al hombre viejo.

¿Por qué es necesario negarse a sí mismo?

La relación entre amor y perdón

Lucas 7:47 establece un principio fundamental: «Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero al que se le perdona poco, poco ama.»

El amor y el perdón están relacionados de manera proporcional: la intensidad del perdón experimentado determina la intensidad del amor. Quien no ha sido profundamente impactado por el perdón de Dios, no puede amar profundamente a Dios.

La relación entre amor y la condición de hijos de Dios

1 Juan 3:1 añade otra dimensión: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios.»

El amor determina la intensidad de la condición de ser hechos hijos de Dios. No todos los creyentes experimentan esa realidad en la misma medida, porque no todos tienen la misma intensidad de amor. Y la intensidad del amor depende del impacto del perdón recibido.

Muchos creyentes semana tras semana escuchan un mensaje, se conmueven, piden perdón, y vuelven a caer en lo mismo. ¿Por qué? Porque están viviendo en culpa, no en perdón. La cruz del Calvario significó perdón total, pleno, sin porcentajes. El Señor no perdonó el 75% de los pecados de nadie; lo perdonó todo. Pero ese perdón no puede ser disfrutado mientras el creyente no se niegue a sí mismo, porque sigue viviendo en su naturaleza adámica, aunque forme parte de una congregación desde hace años.

Formar parte de una congregación no garantiza nada. Lo que determina la capacidad de amar a Dios es la disposición real de negarse a sí mismo en la práctica.

¿De qué debemos negarnos?

1. De la raíz de amargura

Hebreos 12:15 advierte: «Mirando bien que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que ninguna raíz de amargura, brotando, os estorbe y por ella muchos sean contaminados.»

Deuteronomio 29:18 presenta la misma imagen: «…quizá habrá entre vosotros raíz que eche veneno y ajenjo.»

Es importante notar que ambos textos no hablan de una hoja venenosa, ni de una rama, ni de un fruto: hablan de una raíz. La raíz penetra hasta la fuente misma del agua. Cuando la raíz está contaminada, todo lo que brota de ella está contaminado.

Esta imagen ilustra lo que sucede en Éxodo cuando el pueblo de Israel llegó a las aguas de Mara —cuyo nombre significa «amargo». Las plantas que rodeaban el manantial tenían raíces que tocaban la fuente misma y la envenenaban. Por eso el agua era amarga: no era un problema de superficie, sino de raíz.

Un error frecuente es identificar la amargura únicamente con la tristeza o la depresión. Pero la amargura no se refleja necesariamente en el estado de ánimo: puede habitar en la persona más jovial, más carismática y más positiva que conozcamos. La amargura se refleja en la incapacidad de amar.

La persona con raíz de amargura no puede amar a Dios, porque el fundamento de donde mana su vida está envenenado. Puede asistir a la iglesia, leer la Biblia, orar, incluso tener buenas intenciones, pero hay una resistencia interna que le impide moverse hacia todo lo que Dios le demanda.

Para aprender a amar a Dios, es necesario negarse a toda contaminación que provenga de raíz de amargura: ira, resentimiento, cólera, enojo sostenido. Por eso el apóstol escribe:

«Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo.»

No dejar pasar un día sin renunciar a esa amargura, sin sacar esa raíz que está contaminando la fuente.

2. De los deseos, gustos y aspiraciones propias

1 Juan 2:15-16 establece con claridad: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida— no es del Padre, sino del mundo.»

Negarse a sí mismo implica renunciar a los propios gustos, deseos, aspiraciones, sueños y anhelos, cuando estos están alimentando el ego, la soberbia, la vanidad o el orgullo personal.

Esto no significa que el creyente no pueda tener sueños o metas. Significa que debe examinar honestamente qué es lo que esas aspiraciones están alimentando en él. Santiago 4:1-3 lo expone sin rodeos:

«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras concupiscencias, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis […] Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.»

Muchas oraciones que presentamos delante del Señor tienen como propósito incrementar nuestros niveles de vanidad, orgullo, arrogancia o envidia. Ese tipo de peticiones no recibe respuesta de Dios, no porque Él sea indiferente, sino porque están orientadas a nutrir el hombre viejo, no a glorificar a Dios.

3. De las fantasías e imaginaciones

El profeta Jeremías advierte en el capítulo 13:10: «Este mal pueblo, que no quiso oír mis palabras, que anda en las imaginaciones de su corazón…»

Y en Jeremías 18:12: «…en pos de nuestras imaginaciones iremos, y haremos cada uno el pensamiento de su malvado corazón.»

Hay hombres y mujeres que construyen su vida espiritual sobre fantasías: se arrojan éxitos inexistentes, viven proyectando una imagen de prosperidad que no refleja su realidad, y confunden la fe con el pensamiento positivo o con la visualización de metas.

Mucho de lo que hoy se presenta como fe no es otra cosa que fantasía. Técnicas como «visualiza lo que quieres, ponle imagen, decláratelo y tómalo» provienen de filosofías ajenas a la Escritura, del llamado movimiento de fe de la prosperidad o de corrientes de pensamiento moral y filosófico que nada tienen que ver con el evangelio del Señor Jesucristo.

La Escritura no llama al creyente a construir fantasía, sino a hacer la voluntad de Dios. Mateo 7:24 lo resume con claridad: «El que oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.»

Conclusión: Hacia la vida de Cristo en nosotros

La primera instrucción para aprender a amar a Dios es clara: niégate a ti mismo. Negarse de toda raíz de amargura. Negarse de los propios deseos, gustos y aspiraciones que alimentan el hombre viejo. Negarse de toda fantasía e imaginación que sustituya la voluntad de Dios por la propia.

El punto de llegada de esta negación está expresado en Gálatas 2:20:

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.»

Ese es el destino: ya no vivo yo. No porque hayamos declarado que el viejo hombre murió, sino porque en la práctica, con hechos, nos hemos negado a él completamente. Solo entonces Cristo vive en nosotros, y solo entonces podemos amar a Dios con toda la intensidad que Su Palabra demanda.

En la próxima parte de esta serie estudiaremos las otras dos instrucciones que Jesús nos entrega para aprender a amar a Dios.

— Amén —



pastor Pedro Montoya


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