Enseñanza sobre Deuteronomio 10:12


Introducción

Deuteronomio 10:12 contiene cuatro instrucciones fundamentales que describen lo que Dios demanda del hombre y la mujer que se han acercado a Él para servirle. Estas cuatro instrucciones están profundamente interrelacionadas, y Moisés las enuncia con claridad:

«¿Qué pide, pues, Jehová tu Dios de ti, oh Israel, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que le ames, y que le sirvas con todo tu corazón y con todas tus fuerzas?»

Esta enseñanza se enfoca en la tercera instrucción: que le ames. La razón es sencilla y a la vez urgente: muchas personas que confiesan el nombre de Jesús no saben con exactitud qué significa amar a Dios. Frecuentemente nos aproximamos a este mandamiento cargando nuestros propios conceptos y definiciones humanas, que no siempre corresponden a lo que las Sagradas Escrituras enseñan.

Para comprender esta instrucción con profundidad bíblica, se examinarán dos vidas ejemplares: la del apóstol Pedro y la del apóstol Pablo.

Primera Parte: La Intensidad del Amor a Dios

Hay amor que es poco y amor que es mucho

El punto de partida se encuentra en el Evangelio de Lucas, capítulo 7, versículo 47:

«Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.»

Este versículo revela algo esencial: el amor tiene intensidad. No es lo mismo quien ama poco que quien ama mucho. Aunque Deuteronomio 10:12 no especifica la intensidad con la que debemos amar a Dios, este texto la clarifica: Dios demanda la intensidad máxima del amor, no una expresión mínima o mediocre.

Amar a Dios con tibieza —ni frío ni caliente— no es una opción válida. El libro de Apocalipsis registra una advertencia directa del Señor a una iglesia que no supo establecer la intensidad máxima del amor: por no haber sido ni fría ni caliente, sería vomitada de Su boca. La ambivalencia espiritual no es neutralidad: es rechazo.

La pregunta, entonces, no es solo si amamos a Dios, sino con qué intensidad lo amamos.

Segunda Parte: El Ejemplo del Apóstol Pedro

El encuentro a orillas del mar de Genesaret

El Evangelio de Juan, capítulo 21, versículos 15 al 17, registra uno de los diálogos más reveladores entre Jesús y Pedro, pocos días después de la resurrección. Los discípulos habían regresado a su tierra de origen y se encontraban pescando. Jesús se presenta y les instruye lanzar la red al lado derecho, repitiéndose el mismo milagro sobrenatural que ocurrió cuando fueron llamados por primera vez: capturaron 153 peces grandes sin que la red se rompiera.

Esta repetición no fue accidental. Jesús los llevó de vuelta a ese momento para que entendieran que nada había cambiado: ni los planes de Dios, ni el llamado que les había hecho, ni la obra que estaba por comenzar. Las circunstancias adversas —incluso la crucifixión— no habían truncado el propósito divino.

La triple pregunta: Pedro, ¿me amas?

Lo que ocurre a continuación va mucho más allá de un intercambio afectuoso. Jesús dirige a Pedro tres preguntas consecutivas. Para comprender su profundidad, es necesario considerar el idioma original en que fueron escritas.

En el griego del Nuevo Testamento existen tres palabras que se traducen como «amor»:

Ágape: el amor sublime, el amor de entrega total. Es el amor descrito en 1 Corintios 13 y el que aparece en Juan 3:16 cuando se dice que Dios amó (agapó) al mundo.

Filos (filía): el amor filial, el afecto entre amigos o compañeros. Es un amor basado en la familiaridad y el aprecio mutuo.

Eros: el amor romántico o conyugal, propio de la relación entre esposos.

Con este marco presente, el diálogo entre Jesús y Pedro cobra una dimensión completamente nueva. En las dos primeras preguntas, Jesús le pregunta:

«Simón, hijo de Jonás, ¿me agapeas? ¿Me amas con amor de entrega total?»

Y Pedro responde en ambas ocasiones:

«Sí, Señor; tú sabes que te fileo. Sí, Señor; tú sabes que te aprecio, que te quiero.»

Pedro no usó la misma palabra que Jesús. Jesús preguntó por ágape y Pedro respondió con filos. Al ser confrontado con la demanda del amor sublime, Pedro solo pudo ofrecer afecto sincero pero de menor profundidad. Y en la tercera pregunta, algo significativo ocurre: Jesús desciende al nivel de Pedro y le pregunta:

«Simón, hijo de Jonás, ¿me fileas?»

Jesús adoptó la palabra de Pedro. Y fue precisamente esto lo que entristeció al apóstol: no la repetición en sí, sino la conciencia de que Jesús estaba confrontando el abismo entre lo que Pedro había prometido y lo que en realidad había podido sostener.

El contexto: la negación de Pedro

Días antes, la noche en que Jesús fue entregado, Pedro había declarado con total convicción:

«Aunque todos te abandonen, yo nunca te dejaré. Estoy dispuesto a ir a la cárcel y aun a la muerte contigo.»

Y sin embargo, antes de que el gallo cantara dos veces, Pedro lo negó tres veces. Por eso Jesús le preguntó en tres ocasiones. No como castigo, sino como espejo: Pedro, ¿me amas? Del mismo número de veces que me negaste, ¿puedes ahora afirmar que me amas?

Esta confrontación es la que nos enseña, por extensión a todos nosotros, qué significa realmente amar a Dios.

Dos enseñanzas del texto

1. El amor que Dios demanda no es un amor de sentimientos

Muchos creyentes confunden el amor a Dios con estados emocionales: «Siento que lo amo», «Hoy sentí Su presencia como nunca», «Mi corazón se derrite cuando alabo». Estos sentimientos no son negativos en sí mismos, pero no constituyen la definición bíblica de amar a Dios.

El amor que Dios demanda no depende de las emociones, las pasiones ni los sentidos. No es un amor que fluctúa según cómo nos sintamos espiritualmente en un momento determinado. El problema de quienes aman a Dios «desde el alma» —desde las emociones— es que ese amor es inconsistente: hoy lo sienten plenamente y mañana ya no lo sienten, y eso los lleva a una vida espiritual inestable.

2. El amor que Dios demanda está vinculado a una acción

En las tres ocasiones en que Jesús preguntó a Pedro si lo amaba, cada respuesta fue seguida de una instrucción:

«Apacienta mis corderos… Apacienta mis ovejas… Apacienta mis ovejas.»

El amor no se declara: se demuestra. No son las palabras lo que establece el vínculo con el Señor; son las acciones. Nadie puede afirmar que ama a Dios si no existe una acción concreta que respalde esa declaración. «Dios sabe mis intenciones», «Dios conoce mi corazón», «Quisiera hacer más, pero no puedo» —estas frases, por muy sinceras que sean, no son equivalentes al amor que Dios demanda.

El amor según las Sagradas Escrituras es compromiso. Es entrega. Es acción sostenida en el tiempo.

Tercera Parte: La Definición Bíblica del Amor

El siervo que decidió quedarse — Deuteronomio 15:16-17

Deuteronomio 15:16-17 presenta un caso singular dentro de la ley mosaica. Según esa ley, una persona que por deudas había caído en condición de siervo debía ser liberada al séptimo año, con una indemnización por su servicio. Sin embargo, podía darse el caso de que un siervo, al llegar el momento de su libertad, decidiera voluntariamente permanecer en la casa de su amo. El texto lo expresa así:

«Y será que si él te dijere: No saldré de contigo; porque te ama a ti y a tu casa, y porque le va bien contigo… entonces tomarás una lezna, y horadarás su oreja junto a la puerta, y será tu siervo para siempre.»

Este siervo no permanecía por imposición, sino por amor. Su decisión era libre, consciente y total. Y en la traducción griega del Antiguo Testamento —la Septuaginta— la palabra que se usa en ese versículo para decir «porque te ama» es precisamente ágape. El mismo amor que Jesús le demandó a Pedro.

Esto revela que el amor ágape no es exclusivo de la relación entre Dios y el hombre; es también la calidad de amor que puede existir entre personas cuando hay un compromiso total y voluntario. Y es exactamente esa calidad de amor la que Dios demanda de quienes le sirven.

La parábola de los talentos — Mateo 25:14-30

La parábola de los talentos cobra un significado diferente cuando se comprende quiénes eran los siervos de esa historia. No eran empleados contratados: eran siervos que, como el de Deuteronomio 15, habían decidido libremente quedarse en la casa de su señor. Eran siervos de confianza, hombres comprometidos por voluntad propia.

Entonces, ¿por qué a uno le entregaron cinco talentos, a otro dos y a otro uno? La distribución no dependía de habilidades académicas ni de capacidades económicas. Dependía de la intensidad de amor que cada uno había mostrado hacia su señor. A cada uno conforme a su facultad —es decir, conforme al grado de entrega y compromiso que había demostrado.

Esto tiene consecuencias profundas: las promesas de Dios no son automáticamente para todos por igual. Cada persona se posiciona ante Dios de acuerdo con la intensidad de amor que ha cultivado. El que recibió cinco talentos no era más inteligente; era el que más amaba. Y el que recibió uno no era menos capaz; era el que menos había entregado.

El siervo que enterró su talento lo explicó así: «Sabía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste». Conocía a su señor, pero ese conocimiento no se tradujo en amor genuino. No había compromiso. No había entrega. Y por eso, fue descartado.

Esta es la realidad que muchos prefieren ignorar: existe la posibilidad de formar parte de una congregación, participar en un ministerio, asistir fielmente a los servicios religiosos, y aun así no estar calificado para el Reino de Dios por ausencia de amor verdadero.

La mano en el arado — Lucas 9:62

Las palabras de Jesús en Lucas 9:62 son contundentes:

«Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.»

No apto significa descartado. Hay hombres y mujeres que, aunque formen parte visible de la iglesia, han sido descartados para el Reino de Dios porque no aman con entrega, no se comprometen, buscan beneficios pero no dan nada de sí mismos. Amar a Dios sin negociación, sin mirar atrás, sin condiciones: eso es lo que la Palabra exige.

Cuarta Parte: El Ejemplo del Apóstol Pablo

Una admisión de culpa — 1 Timoteo 1:12-13

En su primera carta a Timoteo, el apóstol Pablo escribe:

«Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice en ignorancia, en incredulidad.»

A primera vista, esto parece un simple testimonio de conversión. Pero Pablo era fariseo y conocía perfectamente la ley del Señor. Cuando escribe «habiendo sido antes blasfemo», no está simplemente contando su historia: está admitiendo que, según la ley de Dios registrada en Levítico 24:14, merecía la muerte por lapidación.

«Saca al blasfemo fuera del campamento; y todos los que le oyeron pongan sus manos sobre su cabeza, y apedréelo toda la congregación.»

Pablo sabe exactamente lo que sus palabras implican. No está minimizando su pasado: está reconociendo que Dios tuvo misericordia de alguien que merecía morir. Y no solo eso —Dios lo puso en el ministerio. No lo pagó conforme a sus hechos; lo elevó conforme a Su gracia.

El amor como gratitud

Aquí aparece la segunda dimensión del amor a Dios: la gratitud. Pablo ama a Dios porque comprende profundamente lo que Dios hizo por él. No ama desde la emoción ni desde la obligación: ama desde la conciencia lúcida de lo que debió haber sido su destino y lo que Dios eligió hacer en su lugar.

Esto se refleja en sus palabras en Filipenses 1:21:

«Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.»

Y en Filipenses 3:7:

«Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.»

Pablo no sirve a Dios esperando recibir algo. Sirve porque ya recibió todo lo que no merecía. Su vida entera es una respuesta de gratitud.

¿Cuán agradecidos estamos? — Lucas 17:15-17

El episodio de los diez leprosos es una fotografía reveladora. Jesús los sanó a todos; sin embargo, solo uno regresó a dar gracias. Era samaritano. Y Jesús preguntó:

«¿No son diez los que fueron limpios? Y los nueve, ¿dónde están?»

La gratitud genuina no se queda en palabras. Se expresa en el regreso, en la acción, en el reconocimiento de lo que Dios hizo. ¿Cuán agradecidos estamos como para trabajar en la obra sin retener nada? ¿Como para decir: «Señor, si la vida misma vino de Ti, todo lo demás también te pertenece»?

La epístola a los Hebreos lanza una pregunta que ningún creyente debería esquivar: «¿No habéis resistido todavía hasta la sangre?». ¿Estaríamos dispuestos a entregar nuestra vida por amor y gratitud a Cristo?

Cuando el apóstol Pablo iba camino a Jerusalén, los profetas que encontró en el camino le advertían que sería apresado y muerto si continuaba. Todos intentaban disuadirlo. Pero Pablo había aprendido de Esteban —aquel hombre que murió apedreado declarando que veía al Señor sentado en Su trono— que hay algo más valioso que la propia vida: la fidelidad al Señor que la dio. Y Pablo respondió que estaba dispuesto a morir por amor de Cristo Jesús.

Conclusión: ¿Amas al Señor?

Deuteronomio 10:12 formula una demanda clara: que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos Sus caminos, que le ames y que le sirvas con todo tu corazón. Y al estudiar las Sagradas Escrituras, esta es la definición de lo que significa amar a Dios:

Amar a Dios es entrega sin negociación. No se puede pactar con Dios ni calcular hasta dónde estamos dispuestos a llegar. La entrega parcial no es amor; es administración de conveniencia. Jesús volcó las mesas de los cambistas en el templo precisamente porque enseñaban a la gente a negociar con Dios.

Amar a Dios es acción, no declaración. Las palabras, por más emotivas y sentidas que sean, no son equivalentes al amor que Dios demanda. Él demanda acción: apacienta mis ovejas, trabaja, entrégate.

Amar a Dios es gratitud que se convierte en compromiso. Como el apóstol Pablo, quien conocía el peso de lo que había sido perdonado y por eso no podía hacer menos que entregarlo todo. El amor verdadero nace de entender cuánto nos ha sido perdonado.

La pregunta que cada uno debe responder en lo profundo de su corazón no es teórica: ¿Amo yo a Dios? ¿Con qué intensidad? ¿Hay acciones concretas en mi vida que reflejen ese amor? ¿O solo hay declaraciones, sentimientos momentáneos y negociaciones disfrazadas de devoción?

Que el Espíritu Santo, por medio de la Palabra, nos impacte no solo en el entendimiento, sino en la voluntad y en la acción. Porque solo entonces podremos decir, con verdad y no solo con palabras, que amamos a Jehová nuestro Dios.



pastor Pedro Montoya


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