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Las Características de los Caminos del Señor


Basada en Deuteronomio 10:12

Introducción: Caminar en los Caminos del Señor

La vida de fe no consiste únicamente en haber confesado el nombre de Cristo Jesús. Consiste, sobre todo, en caminar los caminos del Señor. Esta distinción es fundamental, y sin embargo es una de las menos comprendidas entre quienes hemos profesado fe en Él.

Durante semanas hemos meditado en el texto de Deuteronomio 10:12, que establece un protocolo claro de lo que Dios requiere de cada hombre y de cada mujer:

«¿Qué pide Jehová tu Dios de ti, oh Israel? Que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.»

Hemos estudiado la segunda instrucción de este pasaje: que andes en todos sus caminos. Y la pregunta que hemos venido respondiendo es: ¿qué significa, en términos prácticos, andar en los caminos del Señor?

Muchos responderíamos con una lista de prácticas religiosas: asistir a la iglesia, orar, ayunar, dar ofrendas, diezmar. Sin embargo, hemos visto que andar en los caminos del Señor va mucho más allá de esos elementos. Se fundamenta en el conocimiento y el entendimiento que cada uno ha desarrollado de Dios: de Sus obras, de lo que Le agrada y de lo que Le desagrada.

El Señor mismo advirtió en Mateo 7:21-23 que no todo el que Le llama «Señor, Señor» entra al Reino de los Cielos, sino quien hace la voluntad del Padre. Y en Lucas preguntó con claridad: «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?»

Los caminos del Señor no son procesos predeterminados, fórmulas o comportamientos exteriores. Son la vida de cada hombre y cada mujer cuando camina en agrado delante de Él. Para ayudarnos a entender sus límites y características, estudiaremos tres ejemplos bíblicos: Moisés, el rey David y el apóstol Pedro.

Primera Característica: Los Caminos del Señor se Caminan en Obediencia

El caso de Moisés — Números 20:7-12

El texto que nos sirve de base para esta primera característica es Números 20:7-12. Para entenderlo en su contexto, debemos recordar que no era la primera vez que el pueblo carecía de agua en el desierto. Un evento similar había ocurrido anteriormente, narrado en Éxodo 17:5-6, donde la instrucción de Dios fue específica:

«Habla a la roca, y ella os dará agua.»

Moisés obedeció en aquella ocasión, y las aguas brotaron para sustentar a más de seiscientas mil personas y a su ganado. En Números 20, el escenario se repite: el pueblo vuelve a quejarse, amenaza a Moisés y a Aarón, y Dios da una nueva instrucción. Esta vez, sin embargo, hay un elemento decisivo: Moisés estaba profundamente cansado del pueblo. Años de quejas, lamentos y amenazas habían acumulado en él una frustración que, en ese momento crítico, se desbordó.

Leemos en el versículo 11 que Moisés alzó su mano y golpeó la roca dos veces con su vara. El agua brotó de todos modos, y el pueblo bebió. Pero la respuesta de Dios fue severa:

«Por cuanto no creísteis en mí para santificarme en ojos de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.»

¿Por qué fue tan grave la desobediencia de Moisés?

El propósito de Dios no era únicamente proveer agua. Era enseñarle al pueblo que no se puede caminar invocando a Dios bajo una actitud de rebeldía. A través del acto exacto de Moisés, Dios quería santificarse delante del pueblo, mostrarse como el Señor que transforma incluso las situaciones más tensas cuando se Le obedece en fe.

Además, hay una dimensión profética que no podemos ignorar. El apóstol Pablo declara en sus epístolas que la roca es tipo de Cristo (1 Corintios 10:4). Cristo fue crucificado una sola vez para el perdón de los pecados; al golpear la roca dos veces, Moisés introdujo —sin saberlo— una distorsión doctrinal. Estaba comunicando, simbólicamente, que Cristo podría ser crucificado de nuevo, lo cual contradice la consumación del sacrificio redentor.

Pero más allá del simbolismo profético, lo que el Señor juzgó fue la desobediencia: Moisés no hizo lo que se le instruyó. Y esa desobediencia tuvo consecuencias no solo para él, sino para todo el pueblo. Como lo expresa Romanos 5:19:

«Porque como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»

La lección que Moisés aprendió

La profundidad de esta lección marcó a Moisés de tal manera que, al escribir las instrucciones de Deuteronomio 5:32, lo expresó con precisión:

«Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra.»

No se trata de un desvío grande. Ni siquiera de un error grosero y visible. Puede ser solo un par de milímetros hacia la derecha o hacia la izquierda, pero la instrucción es clara: ningún movimiento fuera de lo que el Señor ordena es permisible en Sus caminos.

Conclusión de la Primera Característica

Donde hay desobediencia, no hay camino del Señor. Esto aplica aunque la persona asista a una congregación, confiese el nombre de Jesús, diezme, ore y ayune. La desobediencia es la puerta que abre acceso al reino de las tinieblas. Actitudes de soberbia, rebeldía, incomodidad crónica o rebelión sostenida son señales de que uno no está caminando los caminos del Señor, independientemente de los demás elementos religiosos que pueda practicar.

Segunda Característica: Los Caminos del Señor se Caminan en Justicia

El caso del rey David — 2 Samuel 12:1-13

El profeta Natán fue enviado por Dios a David con una parábola. Le habló de un hombre rico que, teniendo numerosas ovejas, tomó la única corderita de un hombre pobre para agasajar a un visitante. La indignación de David fue inmediata:

«Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte, y que él debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo esta tal cosa y no tuvo misericordia.»

Entonces Natán le respondió con una de las frases más poderosas de toda la Escritura: «Tú eres aquel hombre.» Y procedió a enumerarle cuatro injusticias que David había cometido: haber tenido en poco la palabra del Señor, haber causado la muerte de Urías heteo, haberse apropiado de su esposa y haber utilizado la mano del enemigo para ejecutar su plan.

David no podía ver su propio error

Uno de los aspectos más reveladores de este relato es que David no había logrado discernir, por sí mismo, la gravedad de lo que había hecho. Había transcurrido un tiempo considerable y él no se había percatado de que estaba fuera de los caminos del Señor. Fue necesaria la intervención directa de Dios, a través del profeta, para que David pudiera verlo.

Esto nos enseña algo crucial: cuando un hombre o una mujer se sale de los caminos del Señor, generalmente no puede verlo. El dios de este siglo ciega el entendimiento, y esa ceguera no es exclusiva del que está fuera de la fe. Es también posible en quien está dentro, en quien ha recibido enseñanza pero persiste en una conducta de injusticia.

Dios no solo usa profetas para abrir los ojos. Muchas veces envía circunstancias, eventos y adversidades que sacuden el ánimo y nos confrontan con nuestra condición real. Por eso no podemos definir automáticamente todo lo difícil como proveniente de Satanás. Muchas veces, lo que parece una adversidad es la misericordia de Dios llamándonos a examinar si nos hemos desviado de Sus caminos.

La conexión con la promesa de Mateo 6

Jesús enseñó en Mateo 6:33: «Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.» Pero con frecuencia leemos esa promesa sin detenernos en la condición: el Reino de Dios y su justicia. No se puede separar el Reino de la justicia. Cuando en nuestra vida hay injusticias no reparadas —insultos no enmendados, daños causados y olvidados, desfalcos justificados por el paso del tiempo— estamos fuera de las condiciones que activan la promesa.

El relato de Zaqueo en Lucas 19 es esclarecedor: el Señor dijo

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa»

cuando Zaqueo declaró que devolvía el cuádruplo de lo que había tomado injustamente. La salvación y la restitución no se pueden separar. No podemos seleccionar solo los textos que nos resultan cómodos y ignorar los que nos interpelan.

Conclusión de la Segunda Característica

Los caminos del Señor se caminan en justicia. Donde hay injusticia, no hay camino del Señor. Esto incluye las injusticias que cometemos con los más cercanos, las que dejamos sin reparar esperando que el tiempo las resuelva, y las que justificamos con argumentos que, aunque puedan sonar razonables, no son aceptables ante Dios. El Salmo 18:21 recoge la declaración de un David restaurado:

«Porque yo he guardado los caminos de Jehová, y no me aparté impíamente de mi Dios.»

Ese es el llamado para cada uno de nosotros: no aferrarnos a lo que hicimos, sino enmendar y volver a colocarnos en los caminos del Señor.

Tercera Característica: Los Caminos del Señor se Caminan en Verdad, No en Palabras

El caso del apóstol Pedro — Mateo 26:31-35 y Lucas 22:61-62

La última semana de Jesús en Jerusalén estaba cargada de tensión y expectativa. Los discípulos creían que Jesús estaba a punto de ser entronizado como el Mesías davídico, que derrotaría a Sus enemigos religiosos y políticos y establecería Su reino en Israel. Era un ambiente de euforia, de anticipación, de confianza propia. En ese contexto, Jesús les advirtió:

«Todos vosotros seréis escandalizados en mí esta noche, porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas de la manada serán dispersadas.»

La respuesta de Pedro fue contundente: «Aunque todos sean escandalizados en ti, yo nunca seré escandalizado.» Jesús le respondió con precisión: «De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.» Y Pedro insistió: «Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré.» Todos los discípulos dijeron lo mismo.

El contraste entre las palabras y los hechos

Horas después, Lucas 22:61-62 nos da el desenlace con una sobriedad que estremece: «Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, como le había dicho: ‘Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.’ Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.»

Pedro lloró amargamente porque entendió una lección que lo marcaría para siempre: los caminos del Señor no se miden por las palabras que uno dice, sino por las acciones que uno sostiene. El libro de Proverbios lo advierte: donde hay multitud de palabras, hay pecado. No es la cantidad ni la intensidad de lo que declaramos lo que define si estamos en los caminos del Señor; es la certidumbre de nuestros actos.

La transformación de Pedro

Después de ese llanto, Pedro prácticamente desapareció por un tiempo. Aprendió a guardar silencio, a no adelantarse con promesas que sus fuerzas no podían sostener. Cuando Jesús le preguntó en Juan 21 si lo amaba, Pedro no se atrevió a hacer grandes proclamas. Solo respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.» Había comprendido que el Señor no evalúa las intenciones declaradas sino las acciones vividas.

Esta tercera característica no significa que no debamos hablar ni confesar nuestra fe. Significa que nuestras palabras deben tener el respaldo de nuestras acciones, que lo que decimos debe ser consecuente con lo que vivimos. La verdad, en los caminos del Señor, es siempre una realidad encarnada, no una declaración de intenciones.

Conclusión de la Tercera Característica

Los caminos del Señor se caminan en verdad. Donde las palabras no tienen respaldo en las acciones, no hay camino del Señor. Dios no juzga las intenciones que proclamamos; juzga la realidad de lo que vivimos.

Conclusión: Una Autoevaluación Necesaria

Hemos estudiado tres características fundamentales de los caminos del Señor a través de tres hombres que conocieron a Dios de manera profunda, pero que en momentos determinados se salieron de Sus caminos:

1. Los caminos del Señor se caminan en obediencia. Donde hay desobediencia, no hay camino del Señor.

2. Los caminos del Señor se caminan en justicia. Donde hay injusticia, no hay camino del Señor.

3. Los caminos del Señor se caminan en verdad. Donde las palabras no coinciden con las acciones, no hay camino del Señor.

Estas características no son un juicio sobre la vida ajena. Son un espejo que el Espíritu Santo nos pone delante para que cada uno examine su propia vida. No se trata de señalar al hermano o a la hermana, sino de preguntarnos honestamente: ¿estoy caminando en obediencia o me he desviado? ¿Hay injusticias en mi vida que no he reparado? ¿Mis palabras tienen el respaldo de mis acciones?

El Señor tiene cuidado de nosotros. Por eso nos da instrucción, nos confronta y nos corrige. No para condenarnos, sino para que podamos enmendar el rumbo y colocarnos nuevamente donde debemos estar. El propósito final sigue siendo el mismo que estableció Deuteronomio 10:12: que amemos al Señor nuestro Dios, que Le sirvamos con todo el corazón y con toda el alma, y que andemos en todos Sus caminos.

«Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma? — Deuteronomio 10:12»



pastor Pedro Montoya


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