Introducción: El peligro del conocimiento sin vivencia

Existe una advertencia que el Señor pronunció a través del profeta Isaías y que nuestro Señor Jesucristo repitió en los Evangelios con idéntica vigencia. Se encuentra en Isaías 29:13 y reza así:

«Porque este pueblo se me acerca con su boca, y con sus labios me honra; pero su corazón alejó de mí, y su temor para conmigo fue enseñado por mandamiento de hombres.»

Lo que hace este texto especialmente inquietante no es que describe a un pueblo pagano o ignorante. Describe al pueblo de Dios: gente conocedora de las Escrituras, instruida desde la infancia, que invoca el nombre del Señor. Y sin embargo, su corazón está lejos de Él.

¿Cómo es posible que una persona que conoce la Palabra, que adora, que canta, que confiesa, llegue a esa condición? Esta enseñanza responde esa pregunta señalando tres causas fundamentales y, al mismo tiempo, las tres demandas que Dios nos presenta para no caer en ese deterioro espiritual.

Dos caminos hacia el mismo deterioro

Hay dos formas en que una persona puede llegar a honrar a Dios con los labios mientras su corazón se aleja de Él.

La primera es premeditada: alguien decide vivir en apariencia, confesar y testificar públicamente, pero sin ningún compromiso real con Dios. Vive para el qué dirán, no para la voluntad del Señor.

La segunda — y en ella nos detendremos con mayor atención — es la ignorancia. No una ignorancia de datos bíblicos, sino una ignorancia de cómo funciona la vida de fe. La misma palabra lo confirma: «su temor para conmigo fue enseñado por mandamiento de hombres.» Se siguieron enseñanzas teóricas, doctrinas transmitidas de generación en generación, pero sin vivencia personal del Espíritu de Dios.

La vida de fe no consiste en acumular conocimiento teológico, ni siquiera si ese conocimiento es bíblicamente correcto. Consiste en la comunión íntima con el Espíritu de Dios. El Salmo 25:14 lo expresa con claridad:

«La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto.»

La revelación, el crecimiento espiritual genuino, la dirección divina — todo eso proviene de la intimidad con Dios, no del cúmulo de conocimiento acumulado. Isaías 5:13 añade una advertencia solemne:

«Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed.»

La falta de conocimiento que llevó al cautiverio no era falta de información sobre Dios, sino falta de comunión viva con Él. Hay una diferencia radical entre saber acerca de Dios y conocer a Dios.

Tres demandas para no caer en ese estado

En el mismo capítulo 29 de Isaías, el Señor presenta tres realidades que, cuando no son comprendidas, producen el deterioro espiritual descrito en el versículo 13. Entenderlas es fundamental para quien desea cultivar una comunión genuina con Dios.

Primera demanda: Conocer los tiempos de visitación de Dios

El versículo 6 del capítulo 29 dice:

«De Jehová de los ejércitos serás visitada con truenos y con terremotos y con gran ruido, con torbellino y tempestad y llama de fuego consumidor.»

La primera causa del deterioro espiritual es tener una noción deficiente de lo que es la visitación de Dios. Muchos creyentes entienden la visitación únicamente como bendición material, prosperidad, milagros a su favor, o momentos de alabanza intensa donde todo parece fácil y gozoso. Si las cosas van bien, es visitación de Dios. Si las cosas se complican, es ataque del enemigo.

Pero este versículo describe la visitación con truenos, terremotos, torbellinos y fuego consumidor. Esa fue también la manifestación de Dios en el monte Sinaí cuando el pueblo de Israel esperaba Su descenso: una manifestación de poder aterrador que, en lugar de atraer al pueblo, lo alejó por temor. Sin embargo, era Dios quien visitaba.

Los tiempos de visitación de Dios incluyen las circunstancias adversas. El libro de Job nos muestra a un hombre que pierde hacienda, hijos, salud y amistades — 42 capítulos de quebranto — y todo eso era parte del proceso de Dios con su vida. El Señor Jesucristo, al entrar a Jerusalén por última vez, lloró sobre la ciudad y declaró:

«»¡Ay del día! Porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como destrucción por el Todopoderoso.» (Joel 1:15)»

Y cuando la ciudad no reconoció Su presencia, advirtió:

«»Por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación, vendrá sobre ti ruina y destrucción.»»

Dios visita con truenos porque busca despertar al que ha caído en letargo espiritual. Visita con torbellinos porque busca remover la comodidad que impide el crecimiento. Visita con circunstancias adversas porque sabe lo que hay en el corazón del hombre, tal como declara Jeremías 17:9-10:

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso. ¿Quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño el corazón, que pruebo los riñones, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.»

Dios actúa como quiere, no según nuestras preferencias o nuestro deleite. Y lo hace precisamente para revelar si lo seguimos por compromiso genuino o únicamente por los beneficios que Él otorga. En Juan 6, Jesús confrontó a miles de seguidores con palabras directas: «Me buscáis porque coméis el pan.» Una palabra difícil, pero necesaria. Ese fue el momento en que muchos lo abandonaron.

No conocer los tiempos de visitación de Dios es la primera puerta por la que el corazón comienza a alejarse de Él, aunque la boca siga pronunciando su nombre.

Segunda demanda: Reconocer cuando se ha caído en juicio de Dios

El versículo 10 continúa:

«Porque Jehová extendió sobre vosotros espíritu de sueño, y cerró vuestros ojos; cubrió vuestros profetas y vuestros principales videntes.»

Cuando una persona no reconoce la visitación de Dios, casi de manera inmediata entra en un proceso de juicio divino. Y este juicio tiene una manifestación característica: el letargo espiritual. Se ora, pero sin dirección. Se lee la Palabra, pero sin entendimiento. Los cielos parecen cerrados. No hay palabra fresca de Dios, no hay respuesta, no hay manifestación.

El evangelio contemporáneo tiende a rechazar esta enseñanza bajo el argumento de que «Dios es amor» o de que «eso era para el Antiguo Testamento.» Sin embargo, el apóstol Pedro escribió con igual claridad en 1 Pedro 4:17:

«Es necesario que el juicio de Dios comience en la casa de Dios.»

Los juicios de Dios no son el abandono de Sus hijos, sino el instrumento por el cual Él restituye el camino de revelación cuando éste ha sido interrumpido. Son la señal de que Dios sigue actuando, sigue hablando, sigue interesado en la vida de quien ha perdido el rumbo.

¿Cómo se sale del juicio? Por el mismo camino que declara el Salmo 51: corazón contrito y humillado. No con argumentos ni justificaciones, sino con una rendición sincera: «Señor, no entendí Tus tiempos de visitación. Me hablaste por aquel accidente y no escuché. Me hablaste por aquella enfermedad y me resentí contigo. Me hablaste por la pérdida de ese ser querido y no te reconocí.»

La llave para salir del letargo espiritual no es más conocimiento ni más actividad religiosa. Es la humildad de reconocer que el proceso por el que se ha pasado tenía el sello de Dios, y que no fue debidamente comprendido ni recibido.

Tercera demanda: No acostumbrarse a caminar encubriendo las obras

El versículo 15 expone la tercera causa del deterioro:

«¡Ay de los que se esconden de Jehová, encubriendo el consejo! Sus obras están en tinieblas, y dicen: ¿Quién nos ve, y quién nos conoce?»

El ser humano, cuando falla, tiene un impulso natural hacia el encubrimiento. «Que nadie se dé cuenta.» «Ya le pedí perdón a Dios en lo secreto.» «Eso ya pasó.» Pero Dios le dijo a David palabras que deberían hacernos reflexionar:

«»Por cuanto lo hiciste en oculto, tus enemigos lo harán a plena luz del día.»»

Las cosas ocultas no desaparecen por el hecho de ser ignoradas o reprimidas. Siguen activas, aunque invisibles, y llega un momento en que emergen de la manera más inoportuna, causando vergüenza pública o daño irreparable.

El apóstol Pablo abordó este tema con igual contundencia en Efesios 5:11-13:

«No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas, sino antes bien reprendedlas; porque torpe cosa es aún hablar de lo que ellos hacen en oculto. Mas todas las cosas, cuando son reprendidas por la luz, son manifestadas; porque la luz es lo que manifiesta todo.»

Cuando una persona se acostumbra a encubrir sus faltas ante Dios, lo que construye silenciosamente, a lo largo de los años, es exactamente la condición descrita en Isaías 29:13: una vida de apariencia religiosa con un corazón distante del Señor. Se convierte en alguien que alaba, ora, cita la Escritura y hasta trabaja en la obra del Señor, pero su corazón lleva el peso de lo no confesado, lo no resuelto, lo no entregado.

La solución que ofrece la Escritura no es el silencio ni la negación, sino la luz: venir delante del Señor con lo que se ha pretendido esconder. 1 Juan 1:9 es categórico:

«Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda maldad.»

El encubrimiento jamás nos acercará a Dios. Solo nos alejará más, mientras mantenemos la apariencia de cercanía.

Reflexión final: ¿Qué quiere Dios de este tiempo?

Al comenzar un nuevo ciclo de enseñanza, vale la pena detenerse ante una pregunta que raramente nos hacemos: ¿Qué quiere Dios? No qué queremos nosotros, sino qué demanda Él de nuestras vidas.

Con frecuencia comenzamos los nuevos períodos con resoluciones personales: lo que vamos a lograr, lo que vamos a cambiar, lo que deseamos alcanzar. Pero raramente nos preguntamos qué está esperando Dios de nosotros. Y pasan los años, y el corazón se va distanciando lentamente, aunque la boca siga pronunciando las palabras correctas.

Mateo 7:21-23 lanza una advertencia que debería resonar con seriedad en todo creyente:

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.»

No es el conocimiento teórico, ni los dones espirituales, ni la actividad religiosa lo que garantiza la aprobación de Dios. Es la vivencia íntima, la transparencia del corazón, el reconocimiento fiel de Sus tiempos — incluso cuando esos tiempos traen truenos. Que ninguno de nosotros llegue al final de su camino habiendo sido solo un creyente de labios. Que el Señor encuentre en nuestros corazones lo mismo que proclaman nuestras bocas. Esa es la vida de fe. Eso es lo que Dios demanda.e Tu pueblo, sobre el cual es invocado Tu nombre, oh Dios. Para que este nuevo tiempo, nuevo ciclo, Señor, cada uno de nosotros vengamos: quiero ser enseñado, quiero ser instruido, quiero ser corregido, quiero caminar en la gracia, en la misericordia, quiero caminar en la voluntad de Dios. Que así sea.




La próxima semana estableceremos enseñanza acerca de los juicios de Dios, porque es importante que nosotros entendamos este tema.

La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Amén.

pastor Pedro Montoya


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