Introducción: exponernos ante la Palabra
La paz del Señor sea con usted y con su casa. Damos gracias a Dios por un tiempo más que Él nos concede en su gracia y en su misericordia para exponernos ante su Palabra y ante el poder de su Santo Espíritu. Es importante que entendamos la necesidad de hacerlo, y que comprendamos que su propósito no es solamente escuchar un sermón ni mucho menos escuchar una predicación. El propósito es que nuestras vidas sean expuestas a la luz. ¿Cómo puede realmente un hombre, o una mujer, saber que está caminando conforme a la voluntad de Dios si no es por la Palabra de Dios?
Ese es el verdadero propósito de exponernos ante la Palabra. No se trata de ser mejores cristianos, ni mejores ciudadanos, ni mejores hombres o mejores mujeres. La vida de fe no consiste en absolutamente nada de eso. Se trata de ajustar mi vida conforme a la voluntad de Dios. La vida de fe es, precisamente, que cada uno de nosotros aprenda a conducirse conforme a la voluntad del Señor. Por eso damos gracias a Dios, porque nos concede tiempos de gracia y de misericordia desde su trono, para que cada uno de nosotros sea iluminado por su Palabra.
Recapitulación: los siete beneficios del Reino
La enseñanza que venimos desarrollando tiene que ver con el Evangelio de Juan. Como se explicó en la enseñanza anterior, este Evangelio se distingue de los otros tres. Tenemos cuatro evangelios en total, pero el escrito por el apóstol Juan no presenta un resumen de todo lo que Jesús hizo. Se concentra en siete grandes enseñanzas que el mismo Juan llama señales, y el propósito de escribir de esta forma es establecer fundamentos, o más bien pilares, sobre los cuales se pueda construir una vida de fe firme, estable, saludable y próspera.
Estudiamos la primera señal, contenida en el capítulo 2: las bodas de Caná de Galilea, donde el agua fue convertida en vino. Para el apóstol Juan, aquel día no se trató de un milagro ni de un prodigio aislado, ni de algo sorprendente que Jesús hacía como un hecho suelto. Juan explica que esa señal fue, en realidad, la inauguración del Reino de Dios sobre la faz de la tierra. Los otros evangelios, Mateo, Marcos y Lucas, apenas mencionan cómo Jesús comenzó su ministerio y dicen que Él predicaba que el Reino de los cielos había llegado. Juan va un poco más allá: explica que aquel día se estaba inaugurando el Reino de los cielos sobre la tierra.
De esa señal vimos siete beneficios de vivir dentro del Reino de los cielos:
El primero es que el Reino se fundamenta sobre una palabra profética. Siempre hay una palabra profética; no es una opción ni una alternativa, sino el fundamento sobre el cual opera el Reino. Todo hombre y toda mujer que entra al Reino entra bajo una palabra profética para su propia vida, la palabra sobre la cual se construye una vida de fe.
El segundo es que la vida de fe no se fundamenta en normas, rituales ni rutinas. No los necesitamos para desarrollarla.
El tercero es que en el Reino de los cielos hay un orden diferente. El maestresala dijo al esposo que todo hombre sirve primero el buen vino y después el inferior; pero no fue el esposo, ni el maestresala, ni ninguno de los invitados quien decidió cómo se desarrollaría la boda, sino la disposición de Jesús. Dios establece un orden diferente, y por lo tanto el hombre y la mujer deben aprender a no caminar de acuerdo con las normas de este mundo, porque al Reino de los cielos no le aplican las normas de este mundo. El Reino tiene sus propias leyes, sus propios fundamentos y su propio reglamento.
El cuarto es que los costos no son un punto para tomar decisiones dentro del Reino. La Palabra establece que el obrero es digno de su salario, y esto significa que dentro del Reino hay provisión: la provisión que Dios ha establecido para todo hombre y toda mujer que vive en él, no solamente para los ministerios.
El quinto es que vamos de gloria en gloria. Lo mejor ha sido reservado para después, pero no hay un término final; siempre estamos alcanzando un beneficio cada vez mayor.
El sexto es que el Reino de los cielos se fundamenta sobre lo imposible. Lo imposible no es un obstáculo para operar dentro del Reino; es precisamente sobre lo imposible que el Reino opera.
El séptimo es que la señal solamente puede ser vista o ejercitada por quienes están dispuestos a obedecer. María, la madre de Jesús, dijo a los sirvientes: “Haced todo lo que os dijere”. Para recibir los beneficios del Reino de los cielos, todos tenemos que aprender a caminar en obediencia.
Esa fue la enseñanza anterior. La pregunta que vamos a contestar ahora, basados siempre en esta primera señal, es esta: ¿cuáles son los requisitos para recibir estos beneficios? ¿Cómo se entra en el Reino de los cielos? ¿Cómo puedo yo entrar?
La señal de Caná no es un hecho aislado
La respuesta se fundamenta en dos hechos que acontecieron poco después de la transformación del agua en vino: la expulsión de los cambistas y vendedores de palomas del templo, al final del capítulo 2, y el encuentro de Nicodemo con Jesús, en el capítulo 3. Leamos primero el relato de la purificación del templo.
“Después de esto descendió a Capernaum, él, y su madre, y sus hermanos, y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días. Y estaba cerca la pascua de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén; y halló en el templo a los que vendían bueyes, y ovejas, y palomas, y a los cambistas sentados. Y hecho un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y a los que vendían palomas dijo: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.” (Juan 2:12-17)
Lo primero que debemos entender, porque nos ayudará a comprender lo que sigue, es que las bodas de Caná de Galilea y la señal que Jesús estableció allí no pueden ser vistas como un hecho aislado. Si leemos el milagro del agua convertida en vino como un recurso de auxilio, como una intervención de Jesús porque a los novios se les había agotado el vino, realmente no podremos entender lo que Jesús estableció en ese momento. El agua transformada en vino es la señal de que el Reino de los cielos se ha establecido, y cada uno de nosotros debe entrar a vivir dentro de él.
Este acto en el templo ocurrió pocos días después de aquella señal y, junto con el encuentro de Nicodemo relatado en el capítulo 3, forma parte de la primera señal. El propósito del apóstol Juan, con estos dos hechos, es mostrar cómo el hombre y la mujer pueden entrar a disfrutar de los beneficios del Reino de los cielos. Para Juan no se trata solamente de creer: hay ciertos requisitos que deben ser cumplidos. En estos dos relatos veremos que el apóstol presenta cuatro requisitos que se le exigen a todo hombre y a toda mujer para disfrutar de los beneficios del Reino sobre la tierra.
Un acto que Jesús repitió
Jesús llega a Jerusalén y entra al templo. Es importante notar que no se trata del atrio: los vendedores de palomas, de bueyes y de ovejas, y los cambistas, estaban dentro del templo. Este acto Jesús lo realizó dos veces durante sus tres años y medio de ministerio, no una sola. La gran mayoría de nosotros lo ha visto como un único acto, pero basta observar que, en el Evangelio de Juan, Jesús está comenzando su ministerio y es prácticamente la primera vez que entra a Jerusalén, mientras que Mateo, Marcos y Lucas lo presentan al final de su ministerio, cuando Jesús entró a Jerusalén y, una semana después, fue crucificado.
Esto no significa que unos evangelistas decidieron escribirlo al principio y otros al final. Se trata de dos actos separados en el tiempo por tres años y medio. Hay además otro detalle: en el primero, Jesús dice que no hagan de la casa de su Padre “casa de mercado”, mientras que en los otros evangelistas la expresión es “cueva de ladrones”. Jesús, entonces, repitió el acto en dos ocasiones, una al principio de su ministerio y otra al final.
Esto es importante porque Jesús está estableciendo aquí un requisito. No podemos verlo como algo que aplicaba solamente a los judíos de aquel entonces, ni como algo circunstancial, ni como algo aislado. Tenemos que verlo como el establecimiento de una enseñanza que fija requisitos de vida para el hombre y la mujer que quieren vivir dentro del Reino de los cielos.
No basta con creer
Repito: para el apóstol Juan no se trata solamente de creer. En nuestro contexto contemporáneo hemos llegado a pensar que, para entrar al Reino de los cielos, lo único que debo hacer es reconocer a Jesús, aceptarlo como Salvador y, sobre todo, como Señor. Ese es básicamente el mensaje que predicamos hoy. Pero el apóstol Juan nos establece que no se trata solamente de creer.
Si hemos leído los evangelios, sabemos que a Jesús lo siguieron multitudes. En una ocasión alimentó a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, y en otra, a tres mil hombres, también sin contar mujeres y niños. Si hacemos un cálculo aproximado, en el caso de los tres mil hablaríamos de unas siete mil personas, y en el de los cinco mil, de cerca de doce mil. Es decir, a Jesús lo seguía mucha gente, y era gente que creía en Él. De hecho, cuando lleguemos a Nicodemo veremos que, a pesar de ser fariseo, creía en Jesús: “Sabemos que has venido de Dios”, es su declaración. Mucha gente creía, pero Juan dice que no se trata solamente de creer en Jesús, sino de cumplir ciertos requisitos. El Reino de los cielos tiene requisitos para poder entrar.
Para entender esos requisitos debemos hacernos una pregunta sobre este primer acto, cuando Jesús expulsa a los vendedores, a los bueyes, a las ovejas y a las palomas, hace un látigo y vuelca las mesas de los cambistas: ¿por qué lo hizo? Jesús estableció aquí dos requisitos. Para entenderlos, vayamos al libro de Génesis, porque este acto se parece muchísimo a otro ocurrido muchos años atrás.
Primer requisito: un corazón fiel
“Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró propicio a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué se ha inmutado tu rostro? Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.” (Génesis 4:3-7)
Aquí está la clave para entender por qué Jesús actuó así al entrar al templo, y aquí encontramos la primera característica de cómo podemos entrar al Reino de los cielos sobre la tierra: lo que no nace de un corazón fiel no es una ofrenda agradable al Señor. Lo repito, porque este es el primer requisito: lo que no nace de un corazón fiel no puede considerarse una ofrenda agradable a Dios.
¿Por qué Jesús trastornó las mesas y expulsó a los cambistas y a todo lo que se vendía para los sacrificios? El ejemplo de Caín y Abel nos lo explica: porque Dios no mira la ofrenda, sino la fidelidad del corazón que la presenta. No hablo de intenciones; hablo de una persona que se ha comprometido con el Señor. La Palabra nos enseña que eso es un corazón fiel. Quien no es fiel ante el Señor presenta una ofrenda que no le es agradable.
Esto no ocurrió solamente en aquel momento; se ha visto repetido durante muchísimos años sobre la faz de la tierra. Veamos lo que dice el profeta Isaías:
“¿Para qué a mí, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gruesos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. ¿Quién demandó esto de vuestras manos cuando vinieseis a presentaros delante de mí para hollar mis atrios? No me traigáis más mano presente; el perfume me es abominación; luna nueva y sábado, el convocar asambleas, no las puedo soportar; son iniquidad vuestras solemnidades.” (Isaías 1:11-13)
¿Qué es lo que Dios demanda para que podamos entrar al Reino de los cielos? Un corazón comprometido. Ese corazón comprometido es un corazón fiel, porque una persona que no ha desarrollado compromiso frente a su Señor no puede serle fiel. Y esta es la parte importante: hace unos minutos dije que el apóstol Juan nos enseña que no basta con creer. La vida de fe no se desarrolla solamente por creer. Creer es un requisito, sí, pero ella se fundamenta sobre un corazón comprometido con el Señor, un corazón que le es fiel, que ha decidido por Él y que, sin importar las cosas que vengan en su contra, se mantendrá firme ante Él.
“Y no me invocaste a mí, oh Jacob, antes de mí te cansaste, oh Israel. No me trajiste a mí los animales de tus holocaustos, ni a mí me honraste con tus sacrificios; no te hice servir con presente, ni te hice fatigar con perfume. No compraste para mí caña aromática por dinero, ni me saciaste con la grosura de tus sacrificios; antes me hiciste servir con tus pecados, me fatigaste con tus maldades.” (Isaías 43:22-24)
Históricamente, y este ha sido el gran problema del hombre y de la mujer, ha faltado compromiso. «Pero yo creo; claro que creo en Jesús». El apóstol Juan, por el Espíritu de Dios, nos dice que la vida de fe no consiste en creer. ¿Es importante creer? Sí, porque nadie puede llamar a Jesús Señor si no es por el Espíritu de Dios; pero no nos quedamos allí. Para entrar y vivir en el Reino de los cielos es necesaria la fidelidad, una fidelidad fundamentada en el compromiso.
Así no solo contestamos por qué Jesús volcó las mesas y expulsó a todos con un látigo, sino que vemos cómo puedo yo realmente vivir dentro del Reino de los cielos. El salmista lo establece con claridad:
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” (Salmo 51:17)
Dios demanda un corazón fiel y comprometido, porque la persona que no lo tiene presenta una ofrenda que no es aceptada. Ahora podemos entender lo que sucedió con Caín y con Abel. El Señor mismo se lo declaró a Caín: no estás comprometido, haces las cosas por obligación, porque te sientes obligado, no porque realmente quieras agradar al Señor.
Segundo requisito: no negociar con Dios
Volvamos al Evangelio de Juan, capítulo 2, para encontrar el segundo requisito. Leo de nuevo los versículos 15 y 16: “Y hecho un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y a los que vendían palomas dijo: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:15-16). Se destaca particularmente a los vendedores de palomas. ¿Qué representan?
Cuando vamos al Antiguo Testamento, a la ley mosaica, vemos que Dios, en su gracia y en su misericordia, había establecido que el hombre sacrificara ovejas, carneros, machos cabríos y becerros. Pero también habla, en última instancia, de palomas. ¿Qué relación tienen las palomas con el ganado vacuno o las ovejas? El Señor estableció que, de seguro, habría gente pobre que no podría adquirir una oveja, un carnero, un macho cabrío o un becerro; y para quienes no tenían la capacidad de comprar uno de esos animales, estableció como ofrenda mínima las palomas y los pichones.
¿Hacia dónde nos lleva esto? ¿Por qué se hace énfasis en las palomas en este acto? Porque la gente estaba aprendiendo a negociar con Dios. Así como lo escuchamos: no presentaban su sacrificio para honrar al Señor ni por obediencia a lo que la ley mosaica les había establecido, sino para salir de un compromiso que esa ley les imponía.
Aquí está el segundo requisito: una persona, hombre o mujer, que no esté dispuesta a hacer la voluntad de Dios, todo lo que haga, diga o entregue será considerado una negociación. Lo repito porque es sumamente importante. Este acto establece requisitos para vivir dentro del Reino de los cielos y disfrutar de sus beneficios, y uno de ellos es esta disposición a cumplir la voluntad de Dios para nuestra vida. Sin ella, todo es una negociación: «Yo te doy esto, pero tú, a cambio, dame esto otro».
Lamentablemente, así viven muchos hombres y mujeres que han confesado el nombre de Jesús: «Señor, si tú me concedes esto, esto, esto, y la lista pudiera ser interminable, yo estoy entonces dispuesto a servirte». Eso no es compromiso; es negociación. Por eso Jesús hizo un látigo y expulsó a los vendedores y a los cambistas y trastornó las mesas: porque con sus actos estaban enseñando al pueblo a negociar con Dios, y el pueblo estaba conforme con ser enseñado así.
La vida dentro del Reino de los cielos no es una negociación, ni puede verse como tal. Óigalo bien: inmediatamente la persona que negocia queda fuera del Reino, porque no se puede negociar. Ningún hombre que no esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios recibirá algo a cambio de lo que haga, diga o entregue; en realidad, no recibirá nada.
Hay personas que, en el caso de las ofrendas y los diezmos, sostienen que esa es la única forma en que Dios los va a bendecir: «Si tú no ofrendas, si no siembras una semilla, no vas a cosechar». ¿Lo ha escuchado? Se habla de una semilla refiriéndose a un don material o económico. Pero dentro del Reino de los cielos no hay negociación. ¿Qué demanda Dios de nuestras vidas? Un corazón comprometido con el Señor, un corazón fiel, contrito y humillado, que no pondrá reparo en las cosas que dé y que no creerá que, por darlas, recibirá algo a cambio de parte de Dios. Hay muchos que ven las ofrendas, los diezmos y las primicias como una forma de adquirir mayores beneficios de parte de Dios. Tengo que decirlo: eso no es el Reino de Dios, no es el Reino de los cielos en ningún momento.
Cuando el Señor trastorna las mesas
Algo más: esto no fue un acto único ni aislado. Es lo que el Señor hace con la vida de cada hombre y de cada mujer. Por eso, muchas veces, hay vidas cuyos proyectos, obras y operaciones son trastornados, y no entienden por qué. Con frecuencia decimos: «Es el diablo que me ataca, es el diablo que me oprime». Pero aquí nos damos cuenta de que no es realmente el diablo: es el Señor que está trastornando las mesas, volcando la mesa de los cambistas, volcando todo lo que estamos haciendo. ¿Por qué? Porque lo estamos haciendo sobre un fundamento equivocado: negociando con Dios. Dentro del Reino de los cielos no se puede negociar.
Dios demanda que hagamos lo que Él quiere que hagamos. Demanda que no pongamos límite a lo que el Señor pide para nuestras vidas, que no le digamos no, ni quizá, ni «está bien, pero luego». Dios busca un corazón contrito y humillado, como escribe el salmista David; un corazón fiel, comprometido con el Señor. Usted ha leído de aquel discípulo que vino ante Jesús y le dijo que lo seguiría, pero que le permitiera ir primero a enterrar a su padre; y Jesús le dijo que dejara que los muertos enterraran a sus muertos, y que Él le dijera: ven y sígueme. Ese es el corazón que Dios demanda; esa es la forma como Dios establece los requisitos del Reino de los cielos.
Tenemos, entonces, dos requisitos para vivir dentro del Reino de los cielos: un corazón fiel y comprometido, y que no hagamos nada como una transacción o negociación.
Tercer requisito: la vida de fe no es un reajuste de conducta
Pasemos al segundo acto, en el capítulo 3 del Evangelio de Juan.
“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:1-6)
Los versículos que nos ayudan a entender este segundo acto son el 3 y el 5. Leamos de nuevo el versículo 3: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios” (Juan 3:3). Nicodemo pregunta cómo puede un hombre nacer siendo viejo, y si puede entrar otra vez en el vientre de su madre. Aquí tenemos el tercer requisito para entrar y vivir dentro del Reino de los cielos: la vida de fe no es un reajuste de conducta.
Tenemos que entenderlo con claridad. La vida de fe no es un reajuste de conducta. No consiste en regular un poco más mi forma de ser, ni en ajustar mi forma de sentir o mi forma de pensar. La vida de fe no es un reajuste ni de conducta, ni de pensamiento, ni de sentimientos, ni de intenciones. No puede verse como un reajuste de cosas.
Cuando Nicodemo pregunta si el hombre puede entrar al vientre de su madre y nacer otra vez, Jesús le responde que, si eso pudiera hacerse, lo único que cambiaría serían formas físicas: el color de la piel, de los ojos, del cabello; pero seguiría siendo el mismo que es actualmente. Cambiarían las cosas externas, pero lo que realmente necesita cambio no son las cosas externas, sino lo interno de cada hombre y de cada mujer. Por eso la vida de fe no es un reajuste de conducta.
Debemos entenderlo muy claramente, porque muchos hombres y muchas mujeres no logran entrar. «Por más que quiero, por más que lo intento, por más que me esfuerzo, no logro; siento que me quedo corto, siento que no alcanzo lo que se me demanda». Las personas no ven cambio. Claro que no lo habrá. ¿Por qué? Porque estamos trabajando la vida de fe con reajustes: apretando un poco aquí, un poco allá; ajustando mi forma de pensar; «voy a quitar esta palabra de mi vocabulario, esta otra tampoco la diré, esta ropa no la usaré, me conduciré de esta forma, mis modales serán de esta otra». Voy a reajustar toda mi vida: pensamiento, sentimiento, forma de ser. Nunca lo lograrás, porque la vida de fe no es un reajuste de conducta, y esto se ve claramente en los versículos 3 y 4. Aquí es donde muchos estamos fallando: estamos perdiendo el tiempo.
Este es el tercer requisito, y es muy importante: no lo trabajes como un reajuste. No te va a resolver, no te va a funcionar, no vas a lograr nada. Claro que tendrás otra apariencia, y las personas te verán diferente: «Antes tú hacías esto, antes decías esto, y hoy ya no lo haces, ya no lo dices». Sí, verán una diferencia; pero internamente seguirás siendo el mismo hombre depravado, el mismo hombre contaminado, o la misma mujer depravada y contaminada, porque no es un reajuste. Entonces, ¿de qué se trata?
Cuarto requisito: nacer del agua y del Espíritu
Vayamos al versículo 5: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3:5). Está claro: no se trata de reajustar nada ni de nacer de la carne nuevamente. Es necesario nacer de un proceso espiritual llamado agua y Espíritu.
¿Qué diferencia hay entre el versículo 3 y el versículo 5? El versículo 3 dice que, si no naces de nuevo, no podrás ver. El versículo 5 añade dos elementos, el agua y el Espíritu, y dice que, si no naces de ellos, no podrás entrar. El propósito no es solamente ver el Reino de los cielos, sino entrar en él. Esto es determinante para que podamos vivir plenamente una vida de fe dentro del Reino.
¿Qué es nacer del agua y del Espíritu? Vayamos al Antiguo Testamento, al libro de Números:
“Todo lo que resiste el fuego, por fuego lo haréis pasar, y será limpio; bien que en las aguas de purificación habrá de purificarse; mas haréis pasar por agua todo lo que no resiste el fuego.” (Números 31:23)
Y en el Nuevo Testamento, en Mateo:
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, más poderoso es que yo; cuyo calzado yo no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mateo 3:11)
Jesús dijo a Nicodemo que, si no naces del agua y del Espíritu, no podrás entrar en el Reino. El agua habla de purificación; el Espíritu, de la obra de Dios en nosotros. Nos habla, entonces, de arrepentimiento y de purificación. Este es el cuarto requisito para entrar y vivir dentro del Reino de los cielos: es necesario que nazcamos de la limpieza, que seamos purificados, y que nazcamos del arrepentimiento. Una persona que no se arrepiente de sus actos pasados no puede ser limpia, y una persona que no es limpia no se ha arrepentido. Arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado. Para entrar y vivir en él, el hombre, la mujer, el joven y la señorita necesitan arrepentimiento.
¿Arrepentimiento de qué? De los hechos del pasado; de haber vivido por la propia motivación, por los propios deseos, por los propios gustos, por la propia decisión; de no haber tenido a Dios en nuestra noticia. De hecho, muchas personas han venido a una congregación, pero siguen viviendo como si nunca se hubieran arrepentido, porque no quieren tener a Dios en su noticia: no lo consultan, no lo han integrado a sus vidas. Lo único para lo que lo invocan es: «Ayúdame, socórreme, prospérame, bendíceme»; pero no para preguntar: «¿Qué quieres que yo haga? ¿Qué quieres, Señor, que yo diga? ¿Qué quieres que yo entregue? ¿Qué quieres de mí, Señor?». Si no naces del agua y del Espíritu, es decir, del arrepentimiento y de la limpieza de toda tu forma antigua de ser, no podrás entrar en el Reino de los cielos.
Salid de en medio de ellos
“Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.” (2 Corintios 6:17-18)
Muchos de nosotros queremos recibir los beneficios del Reino, pero viviendo todavía bajo las costumbres del mundo. Es imposible; no se puede. Queremos todos los beneficios: «Dámelos todos, y si hay más, estoy dispuesto a recibirlos todos»; pero queremos traer el mundo con nosotros e integrarlo a la vida del Reino. No se puede. Cuando digo traer el ambiente del mundo, me refiero a costumbres, palabras, canciones, motivaciones; me refiero prácticamente a todo.
¿Se ha dado cuenta de cómo se exporta música del mundo para cantarla dentro de una congregación? Se cambió la letra, pero la música es la misma. Eso no se puede: estás trayendo el mundo a la iglesia, estás trayendo el mundo al Reino de los cielos. Estamos trayendo costumbres: allá le llaman el día del amor, aquí le llamamos el día de la amistad. Imposible; no se puede. Y no vengamos con la excusa de que es para que los jóvenes tengan un ambiente, porque de lo contrario se nos van al mundo; pues también les estás trayendo el mundo adentro de la iglesia. Cada vez se integran más fiestas a la iglesia; estamos trayendo plataformas del mundo: allá se hacen días de logros y operaciones de este tipo, y decimos: «Traigámoslas también, porque si allá funcionó, aquí también funcionará». No se puede.
Muchos no lo queremos entender, pero si no naces del agua y del Espíritu no podrás entrar en el Reino de los cielos. Tienes que limpiarte, tienes que nacer de arrepentimiento; de lo contrario, no podrás disfrutar del Reino. Jesús dice después a Nicodemo:
“El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” (Juan 3:8)
Es necesario que entendamos que dentro del Reino de los cielos hay una estructura completamente diferente. No se trata de exportar la estructura anterior porque en ella me sentía cómodo o cómoda, ni de pensar que, si quitamos esto o aquello, la situación no es tan mala. Muchos estamos rediseñando el evangelio del Reino de los cielos. No se puede, no se puede, no se puede.
Conclusión
Por eso el agua hecha vino en las bodas de Caná de Galilea no puede verse como un milagro aislado. Jesús intervino, irrumpió en aquellas bodas para mostrar que Dios quiere tener comunión con su pueblo, con aquellos que estén dispuestos a servirle. Lo hizo en unas bodas, imagen de la unión de Cristo con la Iglesia. Dios quiere comunión, pero hay requisitos. Resumamos los cuatro.
Primero, todo lo que no nace de un corazón fiel no es ofrenda agradable al Señor, porque Dios no se deja impresionar por nada ni por nadie: Él mira la fidelidad y el compromiso. Si no nos hemos comprometido con el Señor, nada de lo que hagamos o digamos le será realmente agradable.
Segundo, si un hombre o una mujer no está dispuesto a hacer la voluntad de Dios, todo lo que haga, diga, piense o sienta es considerado una negociación: «Estoy haciendo esto, pero no porque entienda que es tu voluntad, sino porque a cambio quiero esto otro». Al actuar así nos engañamos y echamos a perder nuestras vidas, porque al final no habrá esperanza de salvación para ninguno de nosotros.
Tercero, la vida de fe no consiste en reajustes: ni de conducta ni de pensamiento. No consiste en esforzarme por hacer esto, ni en observar cómo se comporta alguien que entiendo que trabaja bien para repetir lo que esa persona hace. No es un reajuste de conducta ni una imitación de personalidad.
Cuarto, es necesario que cada uno de nosotros nazca de la verdad del evangelio, de la verdad de Dios, que es arrepentimiento y limpieza. Si no naces del agua y del Espíritu, no podrás entrar en el Reino de los cielos.
El día en que Jesús convirtió el agua en vino, estaba inaugurando el Reino de los cielos sobre la faz de la tierra, y ese día estableció beneficios, pero también condiciones para gozar de ellos. En estas dos enseñanzas hemos visto cuáles son los beneficios y cuáles son las condiciones para disfrutarlos. Ningún hombre ni ninguna mujer puede rediseñar el evangelio. No incurramos en el gravísimo error, que no sería solamente error sino pecado, de querer hacerlo a nuestra manera, porque estaríamos enfrentándonos a Dios, y nadie puede enfrentarse a Dios y permanecer de pie.
Esta es la enseñanza que la Palabra nos establece: cómo puedo yo entrar, vivir y disfrutar plenamente del Reino de los cielos. Que el Dios eterno, el Todopoderoso, nos dé corazón para entender, pero sobre todo corazón para actuar y para establecer su Palabra en cada una de nuestras vidas. La paz del Señor sea con usted.
Preguntas de repaso
- ¿Por qué el Evangelio de Juan afirma que no basta con creer en Jesús para entrar al Reino de los cielos, y qué diferencia hay entre creer y tener un corazón fiel y comprometido con el Señor?
- ¿En qué áreas de mi vida estoy negociando con Dios —«yo te doy esto, pero tú dame esto otro»— en lugar de hacer su voluntad, y qué significa presentarle una ofrenda que nace de un corazón fiel?
- ¿Qué diferencia hay entre reajustar mi conducta y nacer del agua y del Espíritu, y de qué necesito arrepentirme y limpiarme para entrar plenamente al Reino de los cielos?
