Enseñanza en vivo presentada el miércoles 14 de octubre a través de Teams


Introducción: ¿Cómo funciona el mundo sin Dios?

Hay una pregunta que muchos nos hacemos, aun cuando no siempre nos atrevamos a formularla: ¿cómo funciona el mundo sin Dios? Despertamos a la vida, vamos creciendo y nos encontramos en medio de una multitud de normas y de formas de hacer las cosas. Las practicamos porque nos fueron impuestas, porque hay conocimientos que otros establecieron antes que nosotros, y los seguimos sin saber cómo se crearon ni cómo opera realmente el mundo en el que estamos. Nos preguntamos cómo se mantienen las personas que están fuera del conocimiento de Dios y de su revelación; cómo continúa el mundo; cómo funcionan las cosas; cómo se forman y se desarrollan los distintos estilos de vida y cómo se desarrollan los pueblos. Algunos alcanzan un nivel de avance tecnológico muy adelantado, otros se quedan un poco más atrás, y hay países que marcan el ritmo y el paso del mundo. ¿Cómo se forma todo esto?

Este capítulo nace de una inquietud que el Señor puso para que se enseñara y se explicara en beneficio de los padres, de los estudiantes y de todos los que somos personas que nos preguntamos cosas y no entendemos cómo suceden. Se trata de un asunto que se ha trabajado en distintas ocasiones y que está íntimamente unido al tema de la mentira y el engaño: el engaño no se establece en primera instancia, sino que es un camino que resulta de una mentira que ha sido abrazada. Si no se abraza una mentira, la persona no puede caminar en engaño.

El individuo y su capacidad intelectual

Lo primero que debemos considerar es al individuo. Las personas no somos todas iguales; tenemos diferentes capacidades. Existen medidas establecidas para evaluar la capacidad de aprendizaje de una persona, y se conocen como pruebas de coeficiente intelectual, o pruebas de IQ. Estos exámenes clasifican a las personas en normales, sobresalientes, muy inteligentes y genios; es decir, personas que han venido al mundo con una capacidad de aprendizaje y de entendimiento de los entornos que sobrepasa incluso a la de los más inteligentes, y que por ello se posicionan como figuras destacadas.

Estas personas genio llegan a estudiar científicamente y a descubrir cosas: en el área social, cómo se comporta el hombre; en el área de la ciencia, cómo se comportan los números y adónde conducen ciertas fórmulas; en el área de la medicina, cómo desarrollar tratamientos. Tecnológica e intelectualmente, ofrecen contestaciones a muchas preguntas. ¿Por qué cuando lanzo un objeto este cae al piso y se queda allí, a menos que rebote? Así empiezan a formularse leyes, como la ley de gravedad, y así comienzan también a crearse teorías.

¿Qué es realmente una teoría?

Cuando escuchamos la palabra teoría, debemos entender lo que significa: no significa que sea una verdad. Una teoría quiere decir que alguien estudió algo, observó algo y llegó a una conclusión; esa conclusión es su teoría. Precisamente por ser una teoría, no es algo permanente. A través de la historia, muchas teorías de personas sumamente sobresalientes, que explicaron cómo funcionan las cosas y pusieron a funcionar el mundo, ya han caducado. Cada vez que escuchemos «la teoría de tal cosa», no podemos darla por hecho. Existen teorías en la física, como la termodinámica; en lo social; en la psicología. Pero hay una que nos compete de manera particular en este momento: la teoría de la evolución.

Toda teoría nace de una hipótesis, y las hipótesis son preguntas. La persona se hace una pregunta y empieza a investigar hasta unir todo lo que pueda contestarla. Cuando encuentra información, ya sea por observación o por hallazgos físicos, concluye: «Esta es mi teoría». Pero ¿qué sucede cuando quien la formula tiene un IQ superior al de los demás? Nadie se levanta a decirle que eso no es así, porque nadie tiene con qué debatirlo. Todas las teorías que se nos han impuesto terminamos creyéndolas, porque no tenemos forma de decir: «Estudiemos esto; no es así, por esto y por aquello».

Sobre el origen del hombre se han levantado varias teorías; se habla de siete o, mejor dicho, de seis, porque una de ellas es la verdad. Es decir, no existe una sola teoría, como mucha gente tiene en la mente. Una persona dijo que el hombre viene del mono; otros se levantaron y dijeron que el hombre vino de otra forma. Pero la sociedad, y el Departamento de Educación, se quedaron con una de ellas y dijeron: «Esta es la más acertada». Esa teoría fue creada mediante hipótesis, deducciones, observaciones y hallazgos —como el de un cuerpo encontrado de cierta manera—, y quienes la sostienen argumentan que todo es compatible y que todo hace historia. Fueron personas intelectualmente sobresalientes quienes la crearon. Quien quiera profundizar debe buscar y estudiar por sí mismo; la plataforma desde la cual se enseña esto existe para traer la verdad de Dios, no para que la gente se dedique a anotar cuántas teorías hay.

Nabucodonosor y las teorías del origen del hombre

Vayamos al libro de Daniel, capítulo 4, y leamos desde el versículo 29 hasta el 33:

“Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu morada, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves.” (Daniel 4:29-33, RVR1960)

¿Qué le sucedió físicamente a Nabucodonosor? Se parecía a un animal. ¿A qué tipo de animal? Comía hierba como un buey, pero físicamente se parecía a un ave: su pelo era como plumas de águila y sus uñas como las de las aves. Si hubiera muerto de esa manera y alguien hubiera encontrado su cuerpo, habría podido surgir otra teoría, la de que el hombre pudo haber venido de las aves. Y eso, sin embargo, Dios lo estableció así para ese hombre. Hay comunidades enteras de hombres que Dios entregó como bestias, como animales; aun hoy hay lugares donde hay personas que, sinceramente, al verlas parecen animales.

Por eso no se puede afirmar categóricamente que el hombre descendió del mono. Eso es una teoría. Quien se haya creído esa teoría, o crea que una teoría tiene más poder que la verdad, tiene que quitárselo de la mente. Desde niños, en la escuela, nos dicen que vino la evolución, que el hombre vino de un mono y que fue evolucionando; pero el hombre no ha podido probar eso. Todo lo que es una teoría está expuesto a desaparecer o a cambiar. Basta buscar información sobre cuántas teorías han sido ya liquidadas: cada vez que se levanta una persona con un conocimiento superior y empieza a investigar, se da cuenta de que a la teoría anterior le faltaba esto o aquello, y la teoría queda nula.

Sin embargo, el pueblo de Dios todavía sigue teniéndoles miedo a las teorías y no sabe enfrentarlas. Si alguien dice que el hombre descendió del mono, la iglesia no tiene nada que decir; apenas responde: «No, eso no es así, Dios lo creó». Y la otra persona replica: «Pero descubrieron este cuerpo, y este, y este, y todo se enlaza». Entonces el creyente se queda tartamudeando; no se atreve a decir más, porque la respuesta es: «Pruébame que Dios lo creó». ¿Qué le va a decir? ¿Qué es lo que sucede en la iglesia? Es bien sencillo: todo lo que está en la Palabra es por revelación. Si no se tiene la revelación, aunque se lea, no se cree; y si no se tiene la revelación, aunque se le diga a alguien, saldrá hueco, no será convincente.

La sabiduría de Dios no compite con el IQ del ser humano

No tenemos por qué escondernos de las teorías ni tenerles miedo, porque la sabiduría de Dios no puede competir con el IQ del ser humano. Leamos en Ezequiel, capítulo 1, desde el versículo 4:

“Y miré, y he aquí que venía del norte un viento tempestuoso, una gran nube, con un fuego envolvente, y alrededor de él un resplandor, y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente, y en medio de ella la figura de cuatro seres vivientes. Y esta era su apariencia: había en ellos semejanza de hombre. Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas.” (Ezequiel 1:4-6)

“Y el aspecto de sus caras era cara de hombre, y cara de león al lado derecho de los cuatro, y cara de buey a la izquierda en los cuatro; asimismo había en los cuatro cara de águila.” (Ezequiel 1:10)

Quien lea todo ese capítulo se queda asombrado y se pregunta: ¿qué es esto? Es la creación de Dios y la manera en que Dios opera, algo que la tecnología que tenemos todavía no ha alcanzado. Al hombre aún no le ha sido entregado algo semejante. Y la tecnología que vamos a enfrentar dentro de uno o dos años nos va a dejar sin palabras: será un cambio tecnológico tan violento y sorprendente que no lo vamos a creer. Ya se están reuniendo para lograr que la gente no trabaje y que todo lo haga la robótica; ya hay reuniones sobre esto. Mientras tanto, la Iglesia todavía adolece de entendimiento.

La única manera de enfrentar lo que viene, y todas las teorías que se seguirán abriendo y que se le seguirán imponiendo al hombre, es entender qué es una teoría: el pensamiento de una persona con una capacidad intelectual por encima de la de toda la población, de modo que no se le puede debatir intelectualmente porque no se tiene la capacidad para ello. Quizás entre nosotros haya personas que, si se les hiciera un examen de IQ, resultarían brillantes, incluso genios; pero siempre habrá alguien que se vaya por encima y traiga una teoría y unos avances, y la gente tendrá que someterse, porque no puede con eso. ¿Cuál es entonces la posición? La revelación. El que no camina con revelación tiene que caminar con teoría; si Dios no se lo ha revelado, tiene que tomar la teoría y asumirla, porque no tiene más.

Esa es la diferencia entre la iglesia, los escogidos y los hijos de Dios, y el resto: nosotros no necesitamos una capacidad intelectual para establecer la verdad. De otro modo, Dios sería injusto, pues solo quien es tan brillante podría hacer teorías, el mundo caminaría por ellas y todo parecería cierto porque funciona: la teoría de la relatividad, la teoría de esto y de aquello, y los cohetes que van de aquí para allá. Yo no puedo debatir eso, porque no tengo ese nivel de intelectualidad. A mí no me queda más que la revelación; pero quien no tiene revelación no tiene más que las teorías y someterse al mundo tal como está.

Teorías, enfermedad y fe

Tomemos otro ejemplo. Louis Pasteur estableció la teoría de que las enfermedades vienen por los microorganismos. Cuando alguien se enferma, lo primero que se hace es un conteo sanguíneo y un cultivo, en sangre, en orina o donde sea, para saber qué microorganismo tiene y darle el antibiótico correspondiente. Pero fijémonos en un pequeño detalle: esos microbios están siempre por ahí y no nos enfermamos. ¿Qué hace entonces que nos enfermemos? Que las defensas del cuerpo bajan. ¿Y por qué bajaron las defensas? Por principios espirituales. Jesús lo dijo: que la persona se vaya y no peque más, para que no le venga algo peor.

No se trata de decir que los médicos estén mal o que ser médico esté mal; hay momentos dados en que son útiles. Pero una persona sin revelación puede estar frente a un problema espiritual, tomándose quinientas pastillas, sin que se le resuelva, porque es espiritual: hay un pecado, o entró una maldición, o vino el enemigo, tomó ventaja, le adelantó la agenda y lo enfermó. Como la persona está sujeta a las distintas teorías, se sujeta a las bacterias y los virus, que ciertamente están activos en el cuerpo cuando bajan las defensas, porque es el mecanismo que se utiliza. Pero el Señor reprendió la fiebre y la fiebre salió de la persona. ¿Qué quiere decir esto? Que hay una fiebre que es un espíritu y que a la fiebre se la reprende. Sin embargo, como se vive en la teoría de la pastilla, quien tiene fiebre se mete un antibiótico. Vivimos en un mundo lleno de teorías de personas con la capacidad intelectual para estudiar y llegar a ellas; pero las teorías no son categóricamente la verdad: son una explicación, y la gente busca explicaciones.

En la Palabra está la respuesta a esto:

“Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría.” (1 Corintios 1:22)

Los judíos, teniendo la Torá, los libros de Moisés y los profetas, querían ver señales. La iglesia todavía es así: «háblame en lenguas, interprétame lenguas; si no, Dios no me está hablando». Dios puede estar hablándole a la persona, pero como esta no habla en lenguas ni las interpreta, concluye que Dios no está con ella o que no es Dios quien habla. Piden señales: «Si es Dios, que se baje de la cruz y que se salve a sí mismo». Y los griegos piden explicaciones: «Explícame esto». Pero la fe en el Hijo es fe, y la fe es acción sin ver y sin explicación: Dios me habló, y yo sigo la instrucción. El hombre, en cambio, demanda que se le explique para entender, que se le muestre la evidencia, y de ahí se levantan las teorías: «Yo estudié esto, busqué esto, entiendo que esto puede ser así». Eso es una teoría; no quiere decir que sea así. Cada vez que escuchamos la palabra teoría, sabemos que puede cambiar o ser eliminada.

Por eso, cuando se nos habla de la teoría de la evolución, debemos decir sin temor que es falsa. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y Él gobierna todas las cosas, desde el hombre hasta la naturaleza. Eso es inamovible. Quien tiene esa revelación no debe esconderse, ni huir, ni temer que le digan que no cree en lo que otro está enseñando. Nadie tiene que avergonzarse de su fe ni esconderla. Si en un salón de clases se habla de algo particular, no se debe permitir que alguien lo avergüence; no vamos a debatir ni a discutir. Podemos decir con respeto: «Lamento que no puedas tener la bendición y la fe que yo tengo; te respeto, porque la Palabra no es para discutir». No se le puede imponer a quien no tiene revelación que abandone una teoría. Tampoco se puede cambiar el mundo, porque el mundo va contra la Palabra; no estamos en el mundo para cambiarlo, sino que Dios nos cuida en el mundo.

Resulta triste que la iglesia cargue con una teoría, porque entonces no puede dar explicación de cómo el Señor fue arrebatado, de cómo Elías fue arrebatado: vino un carro de fuego, y era un carro de fuego. Hay manifestaciones en la Palabra que son de este tiempo o del tiempo que viene, y ya han sido manifestadas en ella. La iglesia no ha podido separar lo que el mundo ha impuesto para caminar por la Palabra; dice: «Pero también está esta teoría, y aquella, y yo no puedo debatirlas». ¿Qué vas a debatir? No tienes la inteligencia que tiene ese hombre, pero tienes una revelación que ese hombre no tiene. Una cosa es la capacidad intelectual para crear ideas, y otra cosa es la revelación; son dos cosas diferentes. ¿Qué debemos buscar? No señales ni sabiduría humana, sino revelación.

La iglesia está llamada a buscar revelación, y la revelación la trae el Espíritu Santo. No se debe acudir a un hombre para que le dé revelación; la da el Espíritu Santo. Por medio del Espíritu Santo se puede dar un consejo a una persona que ciertamente tenga un fundamento para que se desate una palabra; pero si no hay fundamento, no hay dónde sostenerla. Tenemos que salir primero de lo que el mundo estableció, para que entonces el Espíritu Santo nos traiga revelación. Hay dos cosas que no pueden caminar juntas: las teorías del hombre y lo que Dios dice. No están al mismo nivel: la teoría está abajo, y lo que Dios dice está arriba. ¿Quién alcanzará la sabiduría de Dios? Por más sabio que pueda ser un hombre, jamás la alcanzará. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; pasaron situaciones en la tierra, y aún pasan, en las que el hombre ha sido degradado.

La mentira, la hipótesis y el engaño

Este tema está unido al que comenzamos a estudiar la semana pasada: la mentira y el engaño. Definimos entonces que el engaño no se establece en primera instancia; es un camino que resulta de una mentira que se ha abrazado. Aunque cuando hablamos de hipótesis y de teoría apelamos a un lenguaje científico, que en la iglesia no se usa, es exactamente lo que los hombres y las mujeres terminamos haciendo, aunque no le llamemos así. Una mentira no es otra cosa que una hipótesis; y cuando la persona se mantiene en ella, la constituye en una teoría, que es su teoría. Es cierto que la persona no la llamará teoría; la llamará su filosofía de vida, su estilo de vida, su forma de ser. Pero es exactamente lo mismo.

Es importante que entendamos que no podemos caminar ni en hipótesis ni en teoría. Uno de los males que existen dentro de la iglesia, al interpretar la Biblia, es que muchas veces se crean hipótesis que, con la popularidad o la viralidad, se convierten en teoría. De nuevo: dentro de la iglesia no se le llama teoría, se le llama doctrina; pero es el mismo principio. Un hombre de fe y una mujer de fe caminamos por la revelación de la Palabra del Señor, no por lo que nosotros mismos fabricamos constantemente. Hay que tener mucho cuidado, porque podríamos estar forjando hipótesis que eventualmente nos lleven a caminar en un engaño: abrazar una hipótesis es abrazar una teoría.

La edad de la Tierra y del hombre

Quiero añadir, con respecto a la teoría de la evolución, que la Tierra y el universo tienen millones y millones de años de haber sido formados. La Tierra no se formó hace seis mil años, y es muy importante que lo entendamos. ¿Cómo se prueba esto? Ezequiel 28:14 nos da la llave de entendimiento. El profeta declara a Luzbel, a Satanás, que estuvo en el monte de Dios y que fue puesto en el Edén. Satanás fue formado millones de años atrás, prácticamente en paralelo con el universo; y si ya existía el Edén cuando él fue formado, eso nos dice que el universo fue formado hace millones y millones de años.

En el libro de Génesis se encuentra, en el quinto día, la creación de animales monstruosos, que hoy conocemos como dinosaurios; fueron creados antes que el hombre y, de igual manera, millones de años atrás. El hombre, Adán, fue creado en el sexto día. Ahora bien, cuando las Sagradas Escrituras, en el libro de Génesis, hablan de días, no se refieren a días de veinticuatro horas, como los conocemos hoy, que comienzan a las doce de la medianoche y terminan a las doce de la medianoche del mismo día. ¿Por qué? Si revisamos Génesis, capítulos 2 y 3, vemos que el hombre fue formado en el sexto día; la creación de la mujer, la caída del hombre y su expulsión del Edén ocurrieron en ese mismo sexto día. La Palabra dice claramente que el hombre no llegó al reposo de Dios. Esto significa que el día del que se hace mención en Génesis 2 no es de veinticuatro horas, sino una extensión de tiempo gigantesca: ¿cómo van a ocurrir en cuestión de horas la creación del hombre, la creación de la mujer, la caída y la expulsión del huerto? Esto nos muestra que el tiempo no se medía.

Se planteó una pregunta: ¿qué edad tenía Adán cuando fue formado? No fue formado como un niño que fue creciendo, sino ya adulto. La respuesta es que Adán no tenía edad, porque el tiempo se mide desde el momento de la expulsión del huerto del Edén. En el huerto no se medía el tiempo; como no había tiempo, no había edad. El tiempo fue formado a partir de la expulsión. De modo que la humanidad tiene aproximadamente seis mil años de haber sido creada; comparados con los millones de años de la creación, hay una diferencia sustancial y notable. Además, el tiempo que Adán vivió dentro del huerto fue mucho más que el que vivió fuera de él; la edad de Adán que registran las Escrituras corresponde al tiempo posterior a su expulsión.

Los extraterrestres y el conocimiento científico inyectado

Hay muchos hombres y mujeres de Dios que creen en los extraterrestres. Génesis 2 y 3 nos explica que los extraterrestres no existen. Todas las manifestaciones que se hayan visto o que podamos ver en el futuro no son seres de otras galaxias que vienen a la nuestra; son demonios. Y, sin embargo, hay hombres y mujeres de Dios que todavía creen estas cosas. Por eso es tan importante que aprendamos a caminar por revelación y no por conocimiento científico. Cada uno de nosotros debe desechar todo conocimiento científico que nos ha sido inyectado, porque son mentiras, y muchos seguimos caminando en engaño precisamente por esas mentiras.

El tema de la mentira y el engaño tiene un fundamento espiritual, pero no podemos verlo solamente en lo que tiene que ver con el alma o con lo espiritual; tenemos que verlo en la vida diaria: cómo nos ha afectado y cómo seguimos caminando por ese engaño que, en muchos casos, ha sido establecido por la ciencia o por el conocimiento científico que hemos abrazado.

Revelación, no imposición

Para caminar en revelación, la base cuando se lee la Biblia es no hacerlo por imposición. Si alguien se siente impuesto a leer la Biblia, ya comenzó mal: no se debe leer la Biblia por costumbre ni por tradición. En cada uno debe nacer el deseo de acercarse a la presencia del Señor. Lo mismo sucede con la oración: hay muchos hombres y mujeres de Dios que no oran, y la oración es importante. En el libro de Hechos, en los capítulos 1 y 2, vemos que los creyentes perseveraban en la oración, en compartir las cosas y en la doctrina de los apóstoles. Pero no puede ser por imposición. Decir «voy a obligarme a orar por lo menos cinco minutos» no es el camino; si el deseo no nace, hay algo que definitivamente no está funcionando bien. La imposición nos lleva a una confusión mayor, a buscar una autojustificación y, por tanto, a caminar en mentira y conducirnos al engaño.

Tampoco debemos imponerlo a nadie. En la familia no se les puede ni se les debe imponer una religión a los hijos: sentarlos a leer la Biblia diciéndoles «ahora hay que leerla». Si el hijo no quiere, se le puede enseñar a hacerlo, pero no imponérselo. Nuestros hijos aprenden por el modelaje, por lo que hacemos y por los resultados que ven de lo que hacemos; les enseñamos por las preguntas que nos hacen. Si les imponemos la lectura de la Biblia, vamos a crear religiosos con un Dios que no resulta, y se darán cuenta de que todo lo que les enseñamos era mentira. A mí me enseñaron que ir a la playa un Viernes Santo era pecado y que Dios me iba a castigar; descubrí que iba a la playa y Dios no me castigaba, y me dije: «Esto no es cierto; algo está fallando».

En Puerto Rico había un hombre llamado Genito que decía que el televisor era la caja del diablo y que no se podía ver televisión; era bien radical. Yo lo oía cuando tenía siete, ocho o nueve años y me causaba risa. Nunca lo entendí hasta que el Señor me fue santificando y llevando a niveles de revelación. Entonces, al encender el televisor, podía sentir todo lo que salía de allí, y decía: «Ese señor tenía razón». Ya tenía cuarenta años. Creo que a muchos en las iglesias les causa risa todo eso del pasado; los pastores pentecostales le pusieron una línea, como quien dice «este está loco, está muy radical», y muchas iglesias se reían de sus predicaciones. Pero él no supo explicarlo y quiso imponérselo a todo el mundo, a gente que no tenía revelación, que no entendía, y tiraba perlas donde no debía. Por eso yo nunca le digo a nadie: «No puedes tener televisión». Eso no me compete. Si la persona no tiene la revelación y no entiende, siempre tendrá en la casa una puerta por donde entran y salen las tinieblas sin control; algunas se quedan porque pueden quedarse y otras se van.

Muchas veces hay turbulencia en las casas, y puede deberse a dos razones, que son las más comunes: la televisión, la radio y los medios de comunicación digitales, cualesquiera que sean; y las mascotas. Las transferencias se dan por todo medio digital. Una persona que nos llama para recibir liberación la recibe a través del medio digital: aquí oramos y la persona la recibe. De la misma manera, recibe contaminación viendo la televisión, la computadora o el teléfono. Y cuando pregunto a quienes atiendo: «¿Ves novelas? ¿Estás viendo esto o aquello que se proyecta?», descubro que cogieron una transferencia. El pueblo todavía no ha crecido para ese entendimiento.

En cuanto a las mascotas: Dios estableció a los animales, y aun a los insectos como las moscas, para estar en el entorno del hombre, un entorno libre: el patio, no el cuarto ni la sala. Pero la sociedad ha creado un estilo de vida que no permite tener una gallinita en el patio; donde yo vivo, no puedo tener gallinas ni una cabrita; puedo tener un perrito, pero no debe molestar al vecino, y si es pequeño, no se va a dejar afuera, y tiene que estar dentro de la casa. Así hay estilos de vida que nos llevan a cambiar las cosas respecto a sus principios. Los animales los creó Dios y hay animales domésticos para estar alrededor del hombre, pero no para estar en su cama ni dentro de su casa, porque Dios dio permiso a las tinieblas para habitar en ciertos animales. Cuando el endemoniado gadareno fue liberado, los demonios pidieron entrar en los cerdos, y Jesús les dijo que podían entrar.

Pero esto no es una ley que yo pueda imponer. Cada persona tiene que preguntarle al Señor si le es permitido tener una mascota. A mí, cuando me convertí, el Señor me dijo que tenía que salir de las mascotas; tuve que mover todos los animalitos que tenía en la casa, y el Señor me permitía pesar lo que tenía cada cual: no estaba en mi mente, era real. Eso fue Dios conmigo, porque me llamó a un ministerio de liberación; en las primeras fases del llamado, el Señor me movía a las casas de las personas para trabajar en la liberación de lugares, casas y habitaciones donde habitaban espíritus, además de personas. Aun así, no le predico a la gente: «No tengas una mascota». Cierta vez una vecina me llevó una gata y me dijo: «Esta gata no puedo con ella, no sé qué le pasa; la traje para que tú ores por ella». Recuerdo que lloré por la gata mientras se retorcía. Pregunté al pastor, y me dijo que no se puede orar por liberación por un animal, que Jesús entregó su vida por el hombre. Hice lo que hice, y el espíritu terminó saliendo también de la gata; pero hay cosas que tienen un límite, que no se pueden imponer a las personas, porque no todos son llamados a eso ni todos son escogidos. No puedo hacer una ley religiosa con los televisores ni con las mascotas; es algo muy individual entre Dios y la persona. Si lo hiciera, estaría haciendo una religión, como Genito, que gritaba que era la caja del diablo y nadie lo entendió, hasta que Dios me lo reveló a mí.

Primer caso: la negación de un hecho

El no poder enfrentar las cosas del mundo produce en la vida del hombre y de la mujer de fe el esconderse. Por eso quiero presentar varios casos de lo que es mentira. Vayamos a Génesis 3:11-12:

“Y le dijo Dios: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Génesis 3:11-12)

Este primer caso se llama negación de un hecho. Tiene tres formas, pero hoy estudiaremos la primera, la más sencilla, en la que todos hemos incurrido alguna vez: «Tú fuiste allá». «No, yo no». «Tú hiciste eso». «No, yo no». Y junto con ese «yo no» viene el «fue la mujer que tú me diste», como en el caso de Adán. Esto se da por presiones, por no saber cómo enfrentar una realidad. Cuando un hombre o una mujer de Dios no ha aprendido a enfrentar una realidad —puede ser incluso una realidad científica, como la que veíamos hoy— va a buscar negar y zafarse de esa situación. No debemos ni podemos hacerlo: todo hay que enfrentarlo. Si algo hemos aprendido en las enseñanzas y en la interacción personal es a confrontar. No nos gusta y no estamos acostumbrados, pero tenemos que aprender. El hombre y la mujer que no han aprendido a confrontar niegan, se esconden, escapan, huyen. No podemos seguir actuando así, porque ese es el principio de la mentira. Alguien podría decir: «Yo no soy mentiroso»; pero estamos descubriendo que sí caminamos en mentira desde el momento en que no enfrento la situación, me niego el hecho y me aparto.

Alguien preguntó cómo queda esto frente a la enseñanza de zafarse del lazo del cazador, y frente a la Escritura que dice que el avisado ve el mal y se esconde. La respuesta es que no estamos hablando de negar una condición que hay que trabajar. Una cosa es librarse del mal cuando se ve, y otra es negar una condición que se tiene y decir: «Yo lo voy a enfrentar solo, yo lo manejo con Dios». Tampoco nos referimos a una exposición innecesaria. Pablo lo dice: todo me es lícito, pero no todo conviene; no me voy a someter a cualquier cosa tan solo porque todo me es lícito. Eso es falta de sabiduría. No hay que someterse ni a gritos, ni a acciones violentas, ni a acciones pasivas.

Consideremos lo que ha pasado en muchas congregaciones. Una mujer es maltratada por su esposo; llega a la iglesia, le preguntan cómo está y responde: «En victoria, en victoria». Está negando un hecho. ¿Cuántas mujeres caminan con una mentira que les fue dicha desde niñas: «Tienes que mantenerte en tu hogar, suceda lo que suceda; no puedes divorciarte»? Muchas, en las congregaciones, caminan abrazando una mentira que les fue impuesta, inclusive dentro del mismo hogar, y han caminado en engaño por muchos años, a veces esperando una reconciliación o la conversión de la persona que las maltrata. Esta situación se llama negación de un hecho.

Otro ejemplo: una persona —hombre, mujer o incluso un niño— pierde a un ser querido, su papá o su mamá, y niega el hecho. Llora, gime, se lamenta, pero dice que todo está bien. Eso es mentira y es engaño, porque ha abrazado una mentira y camina en ella. ¿Cuántos adultos conservan todavía la mentira de la negación de cuando eran niños? ¿Cuántos hombres y mujeres perdieron a un padre cuando eran niños y en ese momento negaron el hecho, y esa negación se mantiene aún en la adultez? Vamos a encontrar muchos hombres y mujeres de Dios —legítimos, sinceros— que todavía caminan en un engaño y que no pueden entrar a otras dimensiones de fe precisamente porque el engaño en el que han caminado por años no se lo permite. Esto no es psicología ni cuestión del alma: es una realidad espiritual. Cada vez que un hombre o una mujer de Dios niega un hecho, está confirmando que ha vivido en engaño, y quién sabe por cuánto tiempo.

Muchas veces decimos: «En la iglesia me dijeron que tengo que confesarme en victoria». Hemos entendido mal la Palabra. El apóstol Pablo dice que sabe estar contento en la abundancia, pero también en la escasez. No es negar la realidad ni la situación por la que pasamos; es saber por lo que estamos pasando, dónde estoy ubicado y qué está haciendo el Señor conmigo, y darnos cuenta de que no es exactamente lo mismo a como estábamos acostumbrados a vivir.

Mientras no se enfrente una situación, no se resuelve. Mientras no se enfrente la verdad que no queremos ver, aunque nos la digan, no hay solución. Muchas veces decimos: «La persona me está diciendo esto, y yo como que le creo». Pero no es que le creas; es que quieres creerle: te duele no creerle, y prefieres creerle para no herirte antes que saber la verdad. El conflicto no se resuelve hasta que se enfrenta y se llama por su nombre. Hay hijos que maltratan a sus padres, y la madre no ve que es un maltrato y lo niega. Hay padres y madres que maltratan a sus hijos y lo niegan. El abandono de los hijos al viento, a que hagan lo que sea, es maltrato, porque hay una inmadurez en el cerebro de esas personitas que no tienen una madurez de adulto y no pueden caminar como adultos porque no lo son; no tener un adulto al lado que los guíe es un maltrato. Hay que entender hasta dónde llegan los niveles de maltrato que no se enfrentan y no se llaman por su nombre.

La negación de un hecho puede llevarnos a situaciones tales que no podamos ver la obra de Dios en nuestras vidas. Decimos: «De niño sufrí, de niño me maltrataron», y ya adultos decimos: «Yo entiendo que todo eso era un trato de Dios». Pero entonces no estamos viendo la obra de Dios: solo vemos a Dios cuando está relacionado con situaciones adversas. Dios te está enseñando todo el tiempo. ¿Por qué a muchos nos cuesta ver a Dios en el silencio, cuando absolutamente nada se está moviendo? Porque estamos acostumbrados a interpretar nuestras crisis o nuestros fallos solamente como parte de un trato de Dios, y eso todavía es caminar en engaño. Tenemos que deshacernos de toda mentira. Recordemos: quien está en engaño es aquel que abrazó una mentira. ¿Con qué mentira hemos caminado durante tanto tiempo? «Nadie me quiere», «nadie me entiende». ¿Por qué tenemos ese pensamiento? ¿Dónde está la mentira?

Una de esas mentiras es la del padre perfecto. Nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros padres y nosotros mismos no hemos caminado perfectamente; lo que hicieron, lo hicieron, y ya está, pero no nos toca añadir a eso. Es saber qué es y llamarlo por su nombre: es mi mamá, pero hizo esto, y lo hizo mal; sin embargo, no se trata de dañarnos ni de ponerle un sello. No se trata de traspasar ese límite, pero tampoco de negar. Tampoco se niega por ser «mi hijo»: ¿qué madre no cree que tiene el mejor hijo, el más inteligente, el más bonito? Hay una realidad, y con las realidades hay que trabajar, llamando a cada cosa por su nombre, sin negación, pero también sin añadirle un peso. Cuando de nosotros sale un peso de coraje, de frustración, de odio o de venganza, estamos añadiendo donde no tenemos que añadir; que reconozcamos algo no nos da derecho ni autoridad para añadirle peso.

Pedro y las presiones que conducen al engaño

Leamos en Mateo 26, desde el versículo 69 hasta el 75. Es un caso conocido, pero lo traemos aquí para ver adónde nos puede llevar el no aprender a enfrentar las situaciones:

“Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices. Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También este estaba con Jesús el nazareno. Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre. Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre. Entonces comenzó a hacer imprecaciones, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.” (Mateo 26:69-75)

Las presiones, hermanos, el no saber enfrentar las cosas, nos lleva a engaño. Las presiones económicas pueden llevarnos a una vida de engaño; también las presiones sociales, las familiares, las del trabajo y las debidas a condiciones de salud. Por lo tanto, no nos es lícito negar los hechos; tenemos que aprender a confrontar. Alguien preguntó qué diferencia hay entre decir presiones y decir crisis. Son términos alternos: las crisis son presiones que llegaron a su expresión máxima y se constituyeron en crisis. Muchas de ellas pueden llevar a una persona, como ha ocurrido en otros casos, al suicidio, precisamente porque no aprendió a manejarlas; prefirió vivir en engaño antes que enfrentar.

Reconocer el límite: humildad, testigos y protocolos

Hay momentos en que, aun cuando se está enfrentando la situación, no se ve una solución inmediata; entonces la alternativa es exponerlo, delegarlo, hacerlo público. A mí me ha pasado: he tenido un caso que trabajo por años, y llega un momento en que ya pasó de una crisis a un punto de presión, y le digo al pastor: «Aquí se está pasando la línea». Pensemos en Moisés: Dios le dijo que le hablara a la peña, y Moisés, ya tan harto, golpeó la peña. A veces el enemigo utiliza esa estrategia con los hombres y mujeres de Dios: te hartas al punto de que golpeas la peña. Por eso hay que tener protocolos de trabajo. Inmediatamente cito a la persona y levanto testigos, para quitar la presión que ya siento. Y aquí es necesario llegar al punto de la máxima humildad, que no es hacia arriba, sino hacia abajo: reunirme con las personas que cito como testigos y decirles: «Hasta aquí llego yo; necesito que se presenten como testigos para exponer este caso».

Cuando no se tiene humildad, porque se piensa que se puede con todo, se está ocupando el lugar de Dios. Hay que entender que hay un límite. Si una persona me llevó al límite, no voy a golpear la peña, porque conozco a Satanás, que a veces levanta personas para llevarte a un punto en que golpees la peña y pierdas. Moisés no perdió el ministerio, pero el Señor le dijo que no entraría. Hay que tener la humildad de reconocer cuando se está en el límite y no tratar de solucionar más allá de él, porque la solución no será buena, nos contaminará y tomaremos una decisión errada. Cuando una cosa ya está en el límite, lo mejor es retirarse. La Biblia provee mecanismos, incluso administrativos, para el cuerpo; yo utilizo los mecanismos que ya están en la Palabra y los ejemplos de los grandes hombres de Dios. Si un gran hombre de Dios llegó a esto, yo tampoco estoy fuera de que me ocurra lo mismo. Y no tengo excusa, porque tengo el ejemplo: Nínive juzgará a esta generación. No es que yo tenga más templanza que Moisés; es que lo tengo de padre y de guía, veo su camino y él me enseñó lo que no debo hacer.

Cuando Dios nos llama, nos posiciona y nos da autoridad, nos hace administradores de su gracia, nos llena las manos de su gracia, de su misericordia y de su bondad, y nos pone una vara de hierro para regir. No se rige de otra manera, pero el fundamento de todo está en el amor: el amor a Dios, el amor a su obra y el aborrecer el mal. Cuando una persona se presenta cargada de mal, el Espíritu Santo nos da la revelación de lo que porta y, sin embargo, sigue insistiendo con lo mismo, llega un momento en que no se puede golpear la peña. Hay que ir a la humildad que Dios nos entregó, levantar una mesa de testigos y trabajar el caso, no estar a solas. Porque ya estaría cruzando una línea que no puedo cruzar: no puedo ocupar lo que Dios entregó ni recurrir a la carne para tomar una decisión, pues por mi criterio posiblemente lo mandaría al infierno al momento, y eso no fue lo que Dios me entregó. Tengo que sujetarme al Espíritu y levantar bandera: ir donde el pastor o ir donde el Señor y decirle: «Señor, levanto bandera; dame la estrategia». Si no levanto bandera, incurriré en arrogancia y me iré de la línea de Dios, y eso no se puede.

En mis cosas personales —todo lo que tenga que ver conmigo, lo que pueda tocar mi carne— no trabajo a solas. Aun a los escogidos se les puede engañar; no puedo creerme que, porque Dios me ha dado sabiduría y conocimiento, mis cosas las voy a trabajar sola. Ese es el primer engaño, y esa es la primera trampa: «mis cosas, solo». ¿Por qué? Porque engañoso es el corazón más que todas las cosas. Todo lo que tenga que ver con mis hijos y con mi familia inmediata lo peso con otros, no por mí misma. «Pesar» no significa que sea una carga, sino que lo traigo para ver si es así: porque me puedo equivocar. Si te tocan al hijo lindo que tienes, y de los tres te tocan precisamente a ese, ¿qué vas a hacer? Uno se justifica, trata de acomodar las cosas; pero no se puede, porque se pierde el ministerio.

El engaño se multiplica en la familia y en el hogar

El engaño se multiplica muchas veces dentro de la misma casa, porque los padres no advierten a sus hijos de cosas que ellos saben y que solamente ellos manejan. El padre le dice al hijo: «Con ese amiguito no». El niño pregunta: «¿Y por qué no?». Y el padre o la madre responde: «Porque no». Eso es multiplicar el engaño. Si el padre sabe algo de ese compañerito —que ese niño tiene una tendencia homosexual, o que esa niña tiene una tendencia lésbica— y no se lo advierte a su hijo, lo está haciendo caminar a él también en engaño. Es una negación de un hecho. No se trata de decir «no» y «no» y «no»: eso es multiplicar el engaño. Mentira es todo lo que se quiere negar, todo lo que se quiere ocultar, sin excepción: aquello que no se quiere sacar ni manifestar es engaño.

En Mateo 18, desde el versículo 15 hasta el 17, está el protocolo establecido por Jesús para trabajar una situación:

“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mateo 18:15-17)

Llega el momento en que se tiene que divulgar, y si aun así la persona no camina en arrepentimiento, queda completamente fuera de la comunidad.

Cuando un hijo o una hija tiene una amistad particular y una conducta incorrecta, la que sea, no debemos acusar al otro: «Me lo dañó», «me la dañó». Hay que ir a la realidad con lo que nosotros tenemos: no es que te la dañó ni que te lo dañó; es que lo que cargaba el tuyo le gusta eso. No podemos cegarnos y acusar siempre al otro por culpa de esa amistad; tenemos que asumir responsabilidades, y no podemos cegarnos por amor a nuestros propios hijos, a nuestros familiares ni a nosotros mismos. Lo he visto de manera típica en los matrimonios: «Él me dijo esto», «no, fue como ella me dijo». Nadie quiere asumir la responsabilidad. «Yo le hice caso como me dijo»; «yo se lo dije, pero como quiera lo hizo». Eso es grave delante de Dios; es una forma de engaño y mentira. Cuando alguien te dice «haz esto» y tú no quieres, no lo haces; pero lo hiciste porque fuiste seducido o seducida a hacerlo, porque estaba en ti: si no, no lo habrías hecho. Debemos ser responsables de nuestras cosas y enfrentarlas. Enfrentar es horrible; uno dice: «Ay, Dios mío». Pero hay que hacerlo, y una vez que enfrentas, eres libre y Dios trae bendición sobre ti. Quien enfrenta las cosas y las trabaja recibe bendición de Dios; quien las oculta y acusa a otro recibe ataduras.

Conclusión

Este tema de la mentira y el engaño es bien complicado, como lo advertimos desde el principio. Hemos visto que muchas veces, lamentablemente, podemos estar formando hipótesis y caminando por ellas cuando en realidad estamos abrazando una mentira, estableciendo engaño no solamente para nuestra vida, sino también para nuestra familia. Las teorías de los hombres, por brillantes que sean sus autores, están por debajo de lo que Dios dice; y quien no camina por revelación termina caminando por teoría. La revelación la trae el Espíritu Santo; no se impone, no se fabrica y no se hereda por costumbre. Hemos visto también la primera forma de la mentira: la negación de un hecho, ese «yo no» con el que nos escondemos de las realidades que no sabemos enfrentar. La salida es confrontar, llamar a cada cosa por su nombre, asumir nuestra responsabilidad, reconocer el límite con humildad y no caminar a solas, para que dejemos de multiplicar el engaño y recibamos la bendición de Dios.

Preguntas de repaso

  1. ¿Qué diferencia establece este capítulo entre una teoría y la revelación, y por qué el creyente no necesita una capacidad intelectual superior para sostener la verdad de Dios?
  2. ¿Qué significa que la mentira es una hipótesis que, al mantenerse, se convierte en teoría y conduce al engaño? ¿Qué mentira ha abrazado usted que debe confrontar?
  3. ¿De qué maneras practicamos la negación de un hecho («yo no», «fue la mujer que me diste») en nuestra vida personal y familiar, y qué pasos concretos enseña el capítulo para enfrentarla con humildad y sin añadir peso de coraje, frustración u odio?

pastores Pedro & Yolanda Montoya


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