Introducción: Un enemigo que cambia de forma
Bendito sea el Dios y Padre nuestro, que nos da la vida y por cuya gracia y misericordia estamos de pie. La paz del Señor sea con usted y con su casa. En este capítulo estudiaremos las características más sobresalientes del viejo hombre. No podemos dar por terminado el tema del viejo hombre sin antes examinarlas, y la razón es sencilla: el viejo hombre tiene la capacidad de mutar; es decir, de cambiar y de transformarse. No permanece estático durante toda su existencia ni durante toda su manifestación. El viejo hombre muta, se transforma, cambia, y esto es uno de los factores que más pueden perturbar o impedir que alguno de nosotros logre identificarlo.
Sin embargo, las Sagradas Escrituras nos presentan tres características que el viejo hombre mantiene constantes aunque cambie su forma de operar y aunque se transforme en cuanto a su manifestación. Esa es la razón por la cual dedicamos este estudio a ellas. Con este tema pretendemos cerrar propiamente la enseñanza sobre el viejo hombre. El propósito, como lo hemos establecido prácticamente desde el inicio de estas enseñanzas, es que cada uno de nosotros pueda identificar su viejo hombre. Si no lo logramos, en realidad no estamos alcanzando beneficio alguno; todo lo contrario, le estamos entregando autoridad al viejo hombre para que ocupe más espacio, más autoridad y más posición dentro de la vida de un hombre de fe o de una mujer de fe. Hablo, por supuesto, de hombres y mujeres de fe. Por eso, al cerrar esta serie, vamos a identificar las características que permiten reconocer al viejo hombre aun cuando haya mutado.
La mutación del viejo hombre: la apariencia de piedad
Cuando digo que el viejo hombre puede mutar, quiero ser más específico: muchas veces se presenta de una forma aceptable, e incluso sobresaliente, de tal modo que hasta podría parecer un mérito de la persona. Esto vuelve más complicado el poder identificarlo, pues surge la pregunta: ¿cómo es posible que una virtud pueda ser considerada parte del viejo hombre? Por eso es tan importante introducir este tema con cuidado.
El apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo en su segunda carta, capítulo 3, dice:
“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad… teniendo apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella; a éstos evita.” (2 Timoteo 3:1-5)
Observe que los primeros cuatro versículos nos presentan características adversas al evangelio y a la vida de fe. Pero fíjese en lo que dice el versículo 5: “teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado la eficacia de ella”. Esto nos enseña lo que acabo de establecer: el viejo hombre tiene la capacidad de mutar, y esa mutación puede adoptar formas de apariencia de piedad. Puede presentarse ante los demás como una persona amable, afable, dedicada, diligente. Pero muchas de esas características, que son apariencia de piedad, en realidad son una mutación del viejo hombre con el propósito de quedar oculto, de no ser visto y de seguir manifestándose dentro de la persona.
De ahí la pregunta que guía este capítulo: ¿cómo puedo tener la seguridad de que estoy identificando plenamente mi viejo hombre? Las tres características que estudiaremos permanecen sin cambio, a pesar de que el viejo hombre cambie y mute, y nos ayudarán a identificarlo plenamente.
Primera característica: el viejo hombre es ritualista
El viejo hombre está “viciado”
Comenzamos en la epístola del apóstol Pablo a los Efesios, capítulo 4:
“En cuanto a la pasada manera de vivir, dejéis el viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos.” (Efesios 4:22)
Otras versiones traducen “deseos de error” y otras, “deseos de engaño del maligno”. Pero la palabra que quiero destacar, porque nos ayuda a entender esta primera característica, es viciado. El viejo hombre está viciado. La palabra viciado se deriva de vicio, y el vicio tiene que ver con frecuencia, con constancia, con metodología, con hábito, con una forma regular de ser.
Aquí encontramos entonces la primera característica: el viejo hombre es ritualista. Se mantiene por medio de rituales. Todo lo que tiene que ver con hábitos que terminan en rituales, con formas de conducta que terminan en rituales, con comportamientos metódicos que terminan en rituales, nos indica la presencia y la manifestación del viejo hombre. Es importante que entendamos que el viejo hombre establece el ritual o el ritualismo; esto es, la frecuencia constante de hacer algo, de repetir algo, de mantenerse haciendo algo como parte de su forma de subsistir. Y cuando hablo de esa forma constante de hacer algo, me refiero a actos, a comidas, a bebidas; prácticamente a todo lo que el hombre y la mujer hacen con una frecuencia constante y repetitiva.
Estamos acostumbrados a un hábito. Podría ser un hábito bueno o podría ser un hábito en forma de vicio; en todo caso, es un hábito. Esto es parte de la presencia y la manifestación del viejo hombre, y es importante que lo entendamos porque, como dije al principio, podríamos equivocarnos y caer en el juego del viejo hombre precisamente cuando creemos estar estableciendo hábitos buenos: hábitos de conducta, hábitos alimenticios, hábitos de bebida. Detrás de mucho de ello puede estar el viejo hombre operando en cuanto a la pasada manera de vivir. Vea cómo el apóstol, por el Espíritu de Dios, lo presenta así. Tengamos presente que el viejo hombre está viciado, y ese vicio está establecido por los deseos de error, los deseos engañosos, los deseos del maligno.
Cómo distinguir un hábito de la manifestación del viejo hombre
Hace unos minutos leímos en 2 Timoteo 3 la expresión “teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado la eficacia de ella”. Hay algo que nos puede ayudar a entender con precisión que el viejo hombre está presente, y es lo siguiente: el viejo hombre no se puede someter a hábitos por el hecho de ser hábitos. Permítame explicarlo.
Una persona tiene impedimento para leer la Biblia o para orar a una hora determinada. Esto nos certifica que no se trata simplemente de hábitos, sino de la manifestación del viejo hombre. Más de alguien podría objetar: “Entonces, ¿cualquier hábito será manifestación del viejo hombre?”. Le presento la siguiente dinámica para que usted determine que no se trata solamente de hábitos. Tomemos la idea de orar a una hora determinada, independientemente del tiempo que vaya a orar, o de leer la Palabra de Dios a una hora determinada. Al principio usted se dará cuenta de que lo puede hacer; pero llega un momento en que no puede sujetarse ni ajustarse a eso. Esa es la evidencia de que no se trata de hábitos, sino de que el viejo hombre está operando dentro de la persona que trata de establecerlos.
No es cuestión de hábitos; es que el viejo hombre entra en rutinas, que es otra forma de identificar los rituales: rituales de comida, de bebida, de prácticas y otros semejantes. ¿Por qué razón? Porque el viejo hombre necesita, para mantenerse y para manifestarse, de ciclos: de cumplir ciclos y de cerrar ciclos. Y entre más cercanos o más cortos sean esos ciclos, más fuerte será la manifestación del viejo hombre.
La necesidad cíclica y la dificultad de cerrar ciclos
El apóstol Pedro lo establece en su primera epístola, capítulo 4:
“Baste ya el tiempo pasado de nuestra vida para haber hecho lo que agrada a los gentiles, cuando vivíamos en lascivias, concupiscencias, embriagueces, glotonerías, banquetes y abominables idolatrías.” (1 Pedro 4:3)
Observe bien: esto señala precisamente lo que acabo de decir, que el viejo hombre necesita que las cosas se repitan. Cuando una persona ha venido a Cristo Jesús y está dejando el viejo hombre, va a sentir como una necesidad de hacer algo, de ingerir algo, de volver a hacerlo, como si algo le faltara, como si hubiera una necesidad interna dentro de sí misma. Y esto se debe precisamente a la actividad cíclica en que se manifiesta el viejo hombre.
Por eso es tan importante lo siguiente: si una persona no puede cancelar ciclos, si tiene impedimentos para cerrar una frecuencia, si tiene debilidad para trabajar con rutinas, téngalo presente: el viejo hombre se ha empoderado de esa persona. Esta es la forma más idónea de identificarlo. No se supone que un hombre o una mujer de fe tengan impedimentos para cortar, porque nuestra fortaleza viene del Espíritu de Dios. Cuando una persona tiene el impedimento de cerrar aquellas rutinas, aquellos rituales, aquellas frecuencias, y de ser metódica en las cosas que hace, téngalo por seguro: el viejo hombre está operando.
El viejo hombre se vuelve insaciable
Hay un texto en la epístola de Judas que quiero incluir aquí. Judas tiene un solo capítulo; vamos al versículo 7:
“Como Sodoma y Gomorra y las ciudades comarcanas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado, y habiendo seguido la carne extraña, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno.” (Judas 7)
Usted recuerda que cuando los ángeles fueron enviados a librar a Lot y a su familia, entraron a la casa de Lot para urgirles que salieran por el juicio que venía sobre la ciudad. Se acercaron prácticamente todos los hombres de aquella ciudad y le dijeron a Lot que les sacara a esos hombres porque querían “conocerlos”. Esa expresión no tiene que ver con saber quiénes eran; se trata de una actividad sexual, que es precisamente a lo que Judas se refiere en el versículo 7. Lo que esto nos muestra es que ellos se habían vuelto insaciables precisamente porque necesitaban de esos rituales para mantenerse. Y esto nos ayuda a entender que, llegado cierto momento, el viejo hombre se vuelve insaciable.
Por eso es importante que rompamos toda rutina y todo ritual: porque llega el momento en que el viejo hombre necesita algo más, y algo más. En ocasiones, cuando se trata de rituales de comida, la cantidad se puede incrementar cada vez más. ¿Por qué? Porque el viejo hombre se vuelve insaciable en cuanto a los placeres y los deleites. Llega el momento en que necesita de más actividad. Esta es la situación contra la que estamos luchando. Si un hombre o una mujer de fe no logra vencer, es decir, crucificar a su viejo hombre, este crecerá a tales niveles de insaciabilidad que lo llevará cada vez más hondo en sus deseos y en su presencia dentro de la vida del creyente.
Esta primera característica nos ayuda a entender cuándo el viejo hombre sigue operando en la vida de un hombre o de una mujer de fe: incurre en una actividad ritualista. No se trata solamente de acciones, de conducta o de comportamiento; tiene que ver con comida, con bebida, incluso con la ropa; con todo aquello que forma parte de la persona, porque es la necesidad la que lo lleva a establecer rutina dentro de la vida del creyente.
Segunda característica: el viejo hombre busca las cosas de la tierra
El viejo hombre está unido a la tierra
Para la segunda característica vamos al Antiguo Testamento, al libro de Génesis, capítulo 3. Dios le habla a Adán:
“Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” (Génesis 3:18-19)
Aquí se nos muestra que el viejo hombre está unido a la tierra: a la tierra donde nació, particularmente, o a la tierra de su residencia. Encontramos casos de hombres y mujeres que se han mudado y ya no viven donde nacieron, y sin embargo sienten la necesidad de volver a la tierra donde fueron engendrados, porque el hombre y la mujer están unidos a la tierra. Debemos tener esto presente.
Veamos ahora la segunda característica en la epístola a los Colosenses, capítulo 3:
“Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3:1-3)
Segunda característica: el viejo hombre busca las cosas de la tierra.
Judas Iscariote y Giezi: la excusa de la obra de Dios
¿Recuerda cuando Jesús el Cristo fue ungido en Betania por María con un perfume sumamente caro? Judas Iscariote dijo: “¡Qué desperdicio! Esto bien se hubiera podido vender y dárselo a los pobres”. El viejo hombre se estaba manifestando claramente. El texto dice que Judas lo dijo no porque realmente le interesaran los pobres, sino porque era el tesorero y sustraía dinero para su propio beneficio. ¿Qué nos enseña este pasaje? Que el viejo hombre busca las cosas de la tierra, y a veces puede poner de por medio, como excusa, la gloria de Dios, el servicio de Dios o el beneficio de la obra, cuando en realidad lo que busca son las cosas de la tierra.
Le presento otro ejemplo en el Antiguo Testamento: el caso de Giezi, ayudante y mayordomo de Eliseo (2 Reyes 5). Viene Naamán el sirio para recibir sanidad de parte de Dios por intermedio de Eliseo. Eliseo no sale a recibirlo; solamente le da la instrucción de ir al Jordán y zambullirse siete veces para quedar limpio. Al principio Naamán no lo quiere hacer, pero por la sugerencia de sus propios siervos accede, y efectivamente, cuando se ha zambullido siete veces, su carne queda completamente limpia, libre de lepra. En agradecimiento, Naamán quiere entregar ropa y otros beneficios a Eliseo y a la obra, pero Eliseo no lo permite. Entonces viene Giezi, va detrás de Naamán y, con mentira y engaño, le dice: “Dame ropa para los pobres, para beneficio de los que moran con nosotros”. Muchos conocemos este relato: al final, Giezi recibió la lepra de Naamán precisamente por haber hecho esto.
La enseñanza es que el viejo hombre busca las cosas de la tierra, y debemos tener mucho cuidado: muchas veces puede estar de por medio la excusa de la obra de Dios cuando en realidad no es para la obra de Dios, sino un pretexto para alcanzar los beneficios de la tierra. Si ponemos la mirada en las cosas de la tierra, lo que hacemos es que el viejo hombre se fortalezca, se engorde, se empodere y manifieste su operación en la vida de un hombre o de una mujer de fe.
No es un problema de fe
Esto nos enseña que muchas veces no somos capaces de buscar nuestro recurso en Dios. Cuando tenemos la imposibilidad, la dificultad o la deficiencia de esperar nuestro recurso en Dios, tengamos presente que el viejo hombre está fortalecido en la vida de ese creyente. Y óigalo bien: no es cuestión de fe. Nadie debe decir al final: “Es que realmente no tengo fe; me hizo falta la fe”. El problema no es la fe; el problema es que el viejo hombre está fuerte y empoderado en la vida del hombre y de la mujer de fe. Este es el verdadero problema.
Hay otros textos que quiero mostrarle. En 2 Corintios 4:18 leemos:
“No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Corintios 4:18)
Aquí se muestra claramente que el problema que enfrentan muchos hombres y mujeres de fe no es una ausencia de fe, sino que el viejo hombre está operando en la vida del hombre y de la mujer de Dios. Y en Romanos 8:5 el Espíritu de Dios establece:
“Porque los que viven conforme a la carne, piensan en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu.” (Romanos 8:5)
Queda claramente definido: el viejo hombre busca las cosas de este mundo, y con ello me refiero a todos sus recursos, todos sus contactos, toda su manifestación y toda su plenitud. Quiere resolverlo todo por lo que este mundo presenta, y no conforme a lo que Dios ha establecido.
La solución: tomar acción y ejercer la fe
Si no es cuestión de fe, ¿cómo lo resolvemos? La respuesta es sencilla. En la enseñanza anterior estudiamos que es necesario que cada uno de nosotros crucifique al viejo hombre; si no tomamos acción de crucificarlo, ninguno estará libre de su ejercicio. El viejo hombre no se extingue por sí solo ni se extingue tan sólo porque yo declare que está crucificado. No se trata de una declaración ni de una confesión que diga: “Mi viejo hombre está crucificado juntamente con Cristo”. Se trata de que cada uno tome acción para no permitir que el viejo hombre siga operando en su vida. Si descubrimos que más de un 70 u 80 % de nuestra intención y de nuestra actividad está dirigida a las cosas de la tierra, el problema es que nuestro viejo hombre se está empoderando.
Lo resolvemos cuando ponemos nuestra mirada en las cosas de arriba. Vea cómo lo presenta la Palabra en Colosenses: “Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba”. Tiene que haber una iniciativa, y esa iniciativa es nuestra. La fe no llega tan sólo porque la declaremos; la fe llega cuando la ejercemos. Ninguno puede decir que tiene fe si no está dispuesto a caminar según lo que la Palabra del Señor establece.
Le presento dos ejemplos. El primero es el del ciego de nacimiento, en Juan 9. El ciego no estaba pidiendo ningún milagro; de hecho, no sabía que Jesús se encontraba en el lugar ni lo conocía. Jesús se acerca y, sin decirle mayor cosa, hace lodo con su saliva y lo unta en los ojos del ciego. Entonces le dice: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé”. Si usted ubica el lugar donde Jesús se encontraba en ese momento y el lugar donde estaba Siloé, se dará cuenta de que el ciego tenía que cruzar toda Jerusalén. El ciego fue obediente, y cuando se lavó, recibió la sanidad.
El segundo es el del paralítico de Betesda. Un día sábado, Jesús se acerca al paralítico y le pregunta: “¿Quieres ser sano?”. El paralítico le responde que no tiene a nadie que lo meta en el estanque cuando el ángel desciende y agita las aguas, porque entendía que esa era la única forma de recibir la sanidad. Igual que en el caso del ciego, el paralítico no estaba pidiendo la sanidad; es Jesús quien se acerca. Y Jesús tan sólo le dice: “Levántate, toma tu lecho y anda”. Observe bien: levántate. Hay un ejercicio.
Esto nos muestra que la fe no es una declaración; la fe es un ejercicio. Tenemos que movernos, creyendo en lo que la Palabra del Señor ha establecido. Y el viejo hombre tiene el propósito de ahogar la fe y la vida espiritual de la persona; por eso busca los recursos de la tierra, los contactos de la tierra y todas las opciones que este mundo presenta. Es el viejo hombre que está ahogando la fe de una persona de fe. El problema de muchas personas no es una ausencia de fe, sino que han permitido que su viejo hombre crezca tanto que ya no se dan cuenta de cómo distinguirlo. Aquí lo estamos viendo: no busquemos las cosas de la tierra. “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:2-3).
Tercera característica: el viejo hombre se autorrecompensa
El “yo me lo merezco”
Para la tercera característica vamos a la primera epístola de Juan, capítulo 2:
“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Juan 2:15-17)
Tercera característica: el viejo hombre se autorrecompensa. Asimismo, se autogratifica y se autocomplace. Seguramente hemos escuchado en más de una ocasión a una persona decir: “Me lo compré porque me lo merezco”. Eso es prácticamente el viejo hombre en un cien por ciento de su manifestación. El viejo hombre busca recompensarse y gratificarse a sí mismo. Esta autorrecompensa se manifiesta en querer ser el centro de atención de los demás; se manifiesta en la comida, en la bebida y en todo lo que tiene que ver con la satisfacción del cuerpo, es decir, con los placeres del cuerpo; con todo lo que el cuerpo pide para sí mismo.
El viejo hombre que ya no hace “lo de antes”
Tengamos mucho cuidado. Muchos hemos optado por identificar al viejo hombre con los vicios, con los placeres del mundo, con las cosas que hacíamos antes, y llegamos a decir: “Es que yo ya no lo hago”, refiriéndonos al cigarrillo, a las drogas o a los placeres de este mundo. Pero el viejo hombre muta, se transforma. Ya no es el cigarrillo, podrá ser la comida; ya no son las drogas, podrá ser un deleite personal, un gusto personal. Sigue siendo el viejo hombre. Por el hecho de que ya no hagamos lo que antes hacíamos, no podemos decir que el viejo hombre ya no está; solamente está operando de una forma diferente.
Por eso es importante que entendamos esto cuando sentimos la necesidad de recompensarnos a nosotros mismos con comida, con bebida, con ropa, con experiencias, con viajes, con oportunidades. Tengámoslo muy presente: lo que está operando allí es el viejo hombre. No ha desaparecido; sigue tan fuerte como antes, y quizá más, porque nadie se está dando cuenta de que todavía está operando. Por eso, al principio, leímos 2 Timoteo 3: “teniendo apariencia de piedad”. El que antes hacíamos cosas perversas y hoy no las hacemos no es razón para decir que el viejo hombre ya no está; cambió su forma de operar y se manifiesta de maneras aceptables, tolerables y, hasta cierto punto, de maneras que merecen elogios de las personas: “¡Cómo ha cambiado esta persona! Mire lo que era antes y lo que hace ahora”. Tengamos mucho cuidado, porque el viejo hombre sigue operando en la vida de esa persona.
No satisfagáis los deseos de la carne
Otro texto que nos ayuda a entender esta tercera característica está en Gálatas, capítulo 5:
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.” (Gálatas 5:16-17)
Aquí se manifiesta claramente que el viejo hombre busca autorrecompensarse. ¿Ha sentido la necesidad de algo? ¿Ha sentido la necesidad de obtener algo aunque no haya necesidad de ello? Téngalo presente: quien está operando es el viejo hombre. Todavía no ha desaparecido ni ha sido crucificado; sigue presente. Alguien podría decir: “¿Qué de malo hay en querer un respiro, un momento de solaz y esparcimiento?”. Son expresiones que solemos decir con frecuencia. Pero no se trata de tener un momento de respiro; es que el viejo hombre está buscando autorrecompensarse y autogratificarse, y la persona no se ha dado cuenta.
Esto está llevando a muchos hombres y a muchas mujeres a una inconsciencia de la obra de Dios: no son conscientes de lo que Dios está haciendo en su vida ni en medio de sus entornos. Por eso, cuando una persona entra en juicio precisamente por estas situaciones, entra en soberbia y en coraje contra Dios, porque siente que Dios le ha quitado todo lo que necesita y todo lo que ella merece. Eso ocurre precisamente porque el viejo hombre se ha establecido fuertemente dentro de ella.
Fíjese en el final del texto: “estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. Muchas veces Dios establece demandas a la vida de un hombre o de una mujer de fe, y no las pueden cumplir porque el viejo hombre no se lo permite. He conocido casos de hombres y mujeres que son llamados al ministerio y no lo pueden desarrollar; no pueden ver siquiera la necesidad de iniciar un ministerio. Es precisamente porque el viejo hombre no se los permite. El texto dice claramente que estas cosas se oponen entre sí: la carne, que representa al viejo hombre, codicia contra el Espíritu. El viejo hombre se impone muchas veces sobre la vida de fe de un hombre y de una mujer, y por lo tanto se trunca, se aborta, toda la operación que Dios ha querido desarrollar con esa persona. Esto es sumamente delicado. Cada uno de nosotros debe ver el tema del viejo hombre como un tema primordial y trabajarlo; no podemos dejarlo para la posteridad, porque podría ser que más adelante sea imposible establecer nuestra vida de fe.
El viejo hombre se autogratifica con los recuerdos
Hay un texto más que quiero presentar, Filipenses 3:13, que muchos conocemos, pero que muestra cómo debemos trabajar esta tercera característica:
“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante.” (Filipenses 3:13)
Destaco algo importante: el Espíritu de Dios, por boca del apóstol Pablo, dice “olvidando ciertamente lo que queda atrás”, porque uno de los elementos que el viejo hombre utiliza para autogratificarse o autorrecompensarse son los recuerdos. Óigalo bien: el viejo hombre usa los recuerdos para autorrecompensarse. Lo puede ver claramente en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Dios salió de Egipto. Caminando por el desierto, en ocasiones decían: “Me acuerdo de las cebollas, me acuerdo de los puerros”. Rememoraban lo que comían en Egipto, pero no se acordaban de que eran esclavos en Egipto, porque el viejo hombre utiliza los recuerdos para autorrecompensarse.
Esto es sumamente delicado. Hay personas, y hablo, por supuesto, de hombres y mujeres de fe, que quedan atrapadas en el tiempo: atrapadas en el recuerdo de un padre, de una madre, de una pareja, de una experiencia, de una graduación, de un momento grato como un ascenso o una posición de trabajo. Quedan atrapadas en ese tiempo. Es el viejo hombre que está buscando autorrecompensarse. Esta es una característica que cada uno de nosotros debe conocer y trabajar, porque si no la trabajamos, el viejo hombre seguirá autogratificándose por recuerdos, por comidas, por bebidas, por prendas y por beneficios personales.
Aplicación práctica: el error de buscar solamente lo que éramos antes
El viejo hombre no son solamente experiencias perversas, como muchas veces las hemos clasificado. Quizá por esta razón más de una persona ha tenido problema para trabajar con su viejo hombre: al tratar de identificarlo, no reconoce aquellas prácticas, aquellas conductas ni aquellas palabras que tenía antes, y concluye que no tiene viejo hombre. Aquí está el fallo más grande de los hombres y mujeres de fe de nuestros tiempos: al no ver las cosas que teníamos anteriormente, muchos se confunden y dicen: “Yo no tengo el problema del viejo hombre”.
La Palabra de Dios nos enseña claramente que hay tres características, y que hay otras derivadas de estas tres; pero estas tres son suficientes para que podamos identificar al viejo hombre. Y si no trabajamos con ellas, estamos entregando toda la autoridad para que el enemigo, el reino de las tinieblas, opere en nuestras vidas. ¿Por qué? Porque cuando comenzamos esta serie de enseñanzas establecimos que el viejo hombre es vínculo con el reino de las tinieblas. Un hombre o una mujer de fe que no trabaja con su viejo hombre le está entregando autoridad sobre su vida al reino de las tinieblas. No trabajar con el viejo hombre es sinónimo de entregarle autoridad al reino de las tinieblas. Ahora podemos entender por qué muchos no pueden crecer en la fe. No se trata de un problema de fe, ni siquiera de un problema de congregación; el problema es un viejo hombre que todavía está activo dentro de la persona, y mientras no lo venza, su vida de fe no podrá desarrollarse realmente. La Palabra lo enseña con claridad: la carne codicia contra el Espíritu.
Conclusión
Concluimos así esta serie de enseñanzas sobre el viejo hombre. Han sido varias las que hemos estudiado, y en esta nos hemos concentrado en identificar sus características más sobresalientes, para que ninguno de nosotros tenga excusa y diga “yo no tengo viejo hombre” o “tengo problema para identificar mi viejo hombre”. Aunque ya no hagamos las cosas del pasado, el viejo hombre se mantiene por estas tres características:
- Primera: el viejo hombre es ritualista. Busca rutinas, frecuencias, hábitos y metodologías para mantenerse operando dentro de un hombre o de una mujer de fe.
- Segunda: el viejo hombre busca las cosas de la tierra, porque el hombre está atado a la tierra. Si usted identifica que necesita regresar con cierta frecuencia o regularidad al lugar donde nació, a la casa donde vivió de niño o al barrio donde creció, téngalo por seguro: es el viejo hombre que se manifiesta, porque busca las cosas de la tierra.
- Tercera: el viejo hombre se autorrecompensa y se autogratifica a sí mismo.
Le doy gracias al Señor por este tiempo que nos ha permitido estudiar por medio de su Palabra y conocer la verdad, para que cada uno de nosotros pueda ser libre y llegar al conocimiento de la verdad. De aquí en adelante es responsabilidad de cada uno, un trabajo personal, enfrentar nuestro viejo hombre y así poder buscar las cosas de arriba. Le bendigo; la paz del Señor sea con usted. Amén.
Preguntas de repaso
- ¿Por qué la capacidad del viejo hombre de mutar y de presentarse con “apariencia de piedad” dificulta tanto su identificación, y de qué manera puede ocultarse detrás de virtudes aparentes en mi propia vida?
- De las tres características estudiadas (el ritualismo, la búsqueda de las cosas de la tierra y la autorrecompensa), ¿cuál reconozco con mayor claridad en mi vida hoy, y qué acciones concretas debo tomar para cerrar ese ciclo en lugar de limitarme a declarar que mi viejo hombre está crucificado?
- Si la fe es un ejercicio y no una declaración, ¿en qué áreas de mi vida estoy buscando recursos, contactos o recompensas de la tierra en lugar de moverme en fe conforme a la Palabra del Señor?
