Enseñanza en vivo presentada el miércoles 7 de octubre a través de Teams


Introducción: un tema extenso y profundo

Esta enseñanza comenzó, como debe comenzar toda labor del Reino, delante de Dios: dándole gracias al Señor, entregando el tiempo en sus manos y disponiendo el corazón para lo que Él tuviera para su pueblo. En esa oración se reconoció que la obra de los últimos tiempos es una obra profética, una obra de liberación, de guerra espiritual y de revelación, porque está escrito en la Palabra que es menester que el cielo lo retenga hasta que todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies, y el Señor nos ha hecho partícipes de esa obra. Se pidió, además, que Dios abriera los oídos para oír su voz, los ojos para ver su obra y el corazón para entender la labor a la cual Él nos está comisionando en el nombre de Jesús.

El tema que comenzamos a estudiar es la mentira y el engaño. Desde el principio conviene advertir que no será posible agotarlo en una sola enseñanza: es un tema extenso y, sobre todo, profundo para poder ser entendido.

El propósito: la mentira y el engaño como fruto del viejo hombre

¿Por qué estudiar este tema? Porque está directamente conectado con el tema del viejo hombre. Durante varias semanas hemos estado estudiándolo, y la mentira y el engaño son precisamente consecuencia del viejo hombre. Por eso es importante que los examinemos con detenimiento.

La definición que por lo general hemos tenido de la mentira es sencilla: mentir es ocultar la verdad. “No me digas mentira, dime la verdad” es decir, no me ocultes la verdad. Pero en el desarrollo de esta enseñanza vamos a descubrir que las Sagradas Escrituras contienen varias definiciones de lo que es la mentira, y que muchas de ellas nos son desconocidas. Y lo más grave es que podríamos haber estado viviendo en engaño sin saberlo, sin haberlo entendido, y peor aún, siendo hombres y mujeres de Dios.

Cuando hablamos de mentira o de engaño casi siempre estamos pensando en un hombre que vive en la calle, en alguien que no conoce al Señor. Pero decir que un hombre o una mujer que ha reconocido a Jesús como el Señor de su vida puede vivir en engaño es algo que podría golpearnos e incluso ofendernos. ¿Cómo es posible? Yo vivo en la verdad. Precisamente eso es parte de lo que vamos a estudiar.

La estructura: mentira, hipocresía y engaño

Para ubicarnos en este estudio conviene establecer una estructura. Quienes tomen nota pueden dibujarla así: del lado izquierdo de la página se escribe la palabra mentira; en la misma línea, del lado derecho y dejando un espacio considerable entre ambas, se escribe la palabra engaño. Ya esto nos ayuda a entender que existe una conexión estrecha entre la mentira y el engaño: la mentira conduce al engaño.

Justo debajo de la palabra engaño se escribe, en forma de columna, cuatro palabras: fantasía, ilusión, imaginación y vanidad. Son palabras alternas que nos ayudan a entender el significado de la palabra engaño, y por eso están contenidas en la misma columna. Finalmente, en el espacio que quedó entre mentira y engaño, un poco más abajo, se escribe la palabra hipocresía.

MENTIRAHIPOCRESÍAENGAÑO
Lo primero que se establece; cuando se abraza, conduce al engañoLa pantalla o artificio que oculta la mentiraFantasía, Ilusión, Imaginación, Vanidad,

Esta es la estructura sobre la cual vamos a estudiar, y nos ayudará a entender dónde estamos ubicados.

De la mentira al engaño

Comencemos por definir la relación entre la mentira y el engaño. El engaño no se establece de primera instancia; esto es muy importante. El engaño es el resultado de caminar en mentira. Lo primero que se establece en este proceso es la mentira, y cuando la persona abraza la mentira, cae en engaño.

Esto significa que ninguna persona es engañada de primera instancia. Sé que muchas veces decimos: “me engañaste”, pero conforme a la Palabra estamos entendiendo que el engaño llega cuando una persona abraza una mentira y, al abrazarla, comienza a caminar hacia el engaño. El texto que mejor lo ilustra es uno que conocemos muy bien: Génesis 3.

“Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto comemos; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis. Pero sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:2-5)

Las palabras de la serpiente fueron una mentira. Y observemos lo que sucedió a continuación:

“Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.” (Génesis 3:6)

Este es el proceso: cuando un hombre o una mujer de Dios abraza una mentira, inmediatamente comienza a caminar el camino del engaño. Y ese camino no se resuelve así de fácil. Para resolver el engaño, la persona tiene que identificar la mentira que abrazó y desecharla. Hay personas que han caminado en engaño por años, por décadas, y no pueden salir de él hasta que descubran cuál fue la mentira que abrazaron y puedan desecharla. Una mentira abrazada nos hace caminar el camino del engaño.

El engaño es una condición, y la mentira traza un camino

Aquí tenemos una primera definición: engaño es abrazar una mentira. No podemos decir “ya salí del engaño en que estaba” mientras no hayamos identificado y desechado la mentira que nosotros mismos abrazamos. ¿Por qué? Porque el engaño es una condición. ¿Y cómo se llega a una condición de engaño? Cuando la persona abrazó una mentira. El texto de Génesis 3 nos lo muestra con claridad: no estamos exentos de mentiras ni de engaño, siempre y cuando no abracemos aquello que se nos presenta.

Además, la mentira no es solamente una verdad que no se declara a su debido momento: “perdón, le mentí; perdón, no dije la verdad; perdón, no le hablé lo que realmente estaba sucediendo”. La mentira traza un camino, y nos va haciendo recorrer ese camino para sacarnos fuera de la voluntad de Dios.

Esa mentira puede haber llegado por medio de una persona externa, pero también pudo haber llegado por nosotros mismos. Caminar en engaño, que es sinónimo de haber abrazado una mentira, no requiere necesariamente la presencia de una tercera persona: podemos haber abrazado una mentira que nosotros mismos construimos. Por eso las otras palabras de nuestro diagrama (fantasía, ilusión, vanidad, imaginación) son tan significativas: muchas veces somos nosotros quienes formamos ese ambiente, esa imaginación, esa ilusión, esa vanidad. Si bien la mayoría de las veces puede haber otra persona involucrada, otras veces nosotros mismos estamos forjando la mentira. Y no saldremos de la imaginación hasta que identifiquemos la mentira y la desechemos.

Esto es muy importante porque el viejo hombre no es fácil de identificar. Recordemos lo que hemos visto en las enseñanzas anteriores: el viejo hombre tiene capacidades que no nacen en la persona, sino que provienen del reino de las tinieblas. Cuando estudiamos acerca del hombre caído, del Adán caído, identificamos características que tienen que ver con la personalidad, con el carácter, con el pensamiento, con el sentimiento. Pero vimos también que existen características espirituales, porque hubo seres espirituales presentes en el momento de la caída de Adán y de Eva: los ángeles caídos. Por eso el viejo hombre tiene capacidades que no es fácil destruir. Y por eso es tan necesario entender que nosotros pudimos haber establecido mentira en nuestra vida, haber reconocido esas mentiras como verdades, haberlas abrazado y haber caminado por ellas el resto de nuestra vida, engañados. Pudo habernos engañado una tercera persona, pero muchas veces el engaño lo construimos nosotros mismos.

La Palabra muestra cómo el corazón puede trazar su propia ruta:

“Pasaron mis días, fueron arrancados mis pensamientos, los designios de mi corazón.” (Job 17:11)

El corazón hace una ruta, hace designios, y cuando trazamos una ruta con el corazón nos salimos del camino que Dios nos trazó. Una de las cosas que nos puede sacar de ese camino aparece en el libro de Job:

“Si mis pasos se apartaron del camino, si mi corazón se fue tras mis ojos, y si algo se pegó a mis manos.” (Job 31:7)

A veces vemos algo, lo deseamos, queremos alcanzarlo y comenzamos a construir hacia aquello que nuestro corazón desea. Entonces lo sumamos a la voluntad de Dios: decimos que es para servir a Dios, que es por Dios, y metemos el servicio a Dios inmediatamente para fortalecer esos designios. Eso es sumamente peligroso.

Por qué hay que salir de la mentira

La mentira es contraria a la verdad, y la Palabra nos dice quién es la verdad:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1:14)

La verdad es Jesús, la verdad es Dios, la verdad es lo que nos mantiene firmes en el camino correcto. Una vez que el enemigo logra que la persona entre en mentira, esa persona está fuera del reino de los cielos, aunque esté predicando la Palabra, aunque esté ayunando, aunque esté orando, aunque esté haciendo lo que quiera hacer, aunque se mantenga dentro de un ministerio, de una iglesia, de un grupo, con pastores o sin ellos. Mientras estemos en una mentira, estamos fuera del reino de los cielos. La mentira no cabe en el reino de los cielos, no es admitida, porque la sustancia de Dios es amor, y el amor está hecho de verdad. Por eso el Verbo se hizo carne: la verdad de Dios, su Palabra, se hizo carne, y allí no hay espacio para que la mentira habite.

¿Qué significa esto? Que en cualquier parte de nuestra vida que esté en mentira, estamos desconectados de la verdad, y Dios es verdad. No hay manera de que nuestra vida llegue a una plenitud con Dios mientras no salgamos de la mentira; no hay manera de restaurar lo que sigue. Por eso Jesús vino a establecer la verdad.

Por eso también Juan el Bautista tenía un poder tan fuerte que el mismo Jesús dijo que no había habido profeta como él ni lo habrá. Cuando miramos eso nos impacta, porque preguntamos: ¿y dónde quedó Moisés?, ¿y dónde quedaron los demás profetas? Dice que no hay un profeta mayor que él ni lo habrá. ¿Por qué? Porque Juan el Bautista tenía el poder y la revelación para traer los misterios y hablar verdad. Cada vez que hablaba, hablaba la pureza de la Palabra, que es verdad, y eso las tinieblas no lo podían resistir. Si hay algo que las tinieblas no resisten es la verdad. Le cortaron la cabeza, lo sabemos, pero no pudieron callar la verdad.

De aquí se desprende algo fundamental sobre la autoridad. La autoridad no consiste en que las personas nos sigan, ni en tener recursos humanos o económicos, porque las tinieblas también pueden dar recursos a las personas, tanto entregar almas como entregar recursos económicos. Eso no asegura que quien está al frente tenga el poder de Dios. El poder de Dios lo tiene el que dice verdad, porque el que habla verdad habla desde el reino de los cielos y con la potencia de Dios.

Entonces, ¿por qué debo sacar mi alma de la mentira, y las partes del alma que estén en mentira? Porque podemos estar sirviéndole al Señor y, sin embargo, una parte de nosotros estar en mentira; y esas áreas están oscuras, y Satanás tiene control de ellas. Debo salir de la mentira porque necesito vivir en la plenitud del reino, y en esa plenitud están todos los recursos que necesito: recursos de salud, de dirección, de cobertura y de cuidado de Dios. Y lo más importante es que allí las instrucciones son muy claras, no unas que chocan con otras, ni del tipo “si me conviene esto o me conviene lo otro, ¿qué debo hacer?”. La instrucción es clara, y la presencia de Dios es una presencia plena, porque andamos en la luz y andamos en la verdad, y al estar en la verdad estamos en Cristo, en plenitud.

La hipocresía: la pantalla que oculta la mentira

Volvamos al diagrama que dibujamos al principio. Hay un elemento que mencionamos de pasada y que nos falta identificar: la hipocresía. La hipocresía es la pantalla, el artificio que la persona genera automáticamente para ocultar su mentira. Quien camina en mentira o ha abrazado una mentira genera de inmediato esta pantalla, que sencillamente es una forma de presentar como aceptable ante los demás la imagen que tiene de sí misma.

Por eso toda persona que camina en mentira es hipócrita. Se acabó: no podemos quitárnoslo ni decir “yo no soy hipócrita”. Si caminamos en mentira, caminamos en engaño, y ese engaño crea una fantasía que solamente nosotros nos creemos, pero que también puede engañar a otros. Esas personas pueden multiplicar en otros la ilusión que ellas mismas tienen, pueden enredar a otros; pero siguen siendo personas mentirosas y engañadoras. Y son muy peligrosas, porque desarrollan una potencia espiritual que les da Satanás, con la cual pueden llevar enredados a muchos.

La única manera de mantenernos firmes es tener la vida libre de mentira, para que los engañadores no nos lleven enredados, sino que tengamos la firmeza de la verdad. Y la verdad es Jesús, y es inamovible. Pero no podemos ignorar la palabra mentira. Todos deberíamos buscar en qué áreas de nuestra vida estamos engañados y en qué áreas hemos permitido el engaño. Porque hay hombres y mujeres de Dios que usan más la mente y la imaginación para hablar de Dios; tienen una imaginación, pero no conocen a Dios. La pregunta es fuerte: ¿estás imaginando?

Muchos caminamos en hipocresía porque nos parece más conveniente, más adecuado y de mayor bienestar que confrontar la verdad. La verdad duele confrontarla; pero es la única forma de salir de la condición de mentira y de engaño en la cual hemos caminado por muchos años.

El engaño heredado: lo que recibimos de nuestros padres

Hay algo más. Cuando una persona ha caminado y se ha mantenido en el camino del engaño, su descendencia también puede ser contaminada de engaño. Leamos dos textos del libro de los Salmos.

“Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentiras desde que nacieron.” (Salmo 58:3)

“Y si vienen a verme, hablan mentira; su corazón recoge para sí iniquidad, y al salir fuera la divulgan.” (Salmo 41:6)

Recordemos que estamos hablando de hombres y mujeres de Dios, de hombres y mujeres de fe que han reconocido a Jesús como su Señor. Hay personas que pueden estar caminando en engaño sin saberlo, personas que incluso procrearon hijos, y los hijos nacieron en engaño. El texto lo dice claramente: desde la matriz.

Aquí quiero que miremos no tanto hacia adelante, aunque debemos hacerlo, sino de nosotros hacia atrás. Si nuestros padres abrazaron mentira y caminaron en engaño, cuando nos procrearon nos procrearon con una condición de engaño, y hemos vivido toda la vida bajo una condición que no fabricamos nosotros, sino ellos. Como dice el texto, la persona nació ya bajo la mentira y bajo el camino del engaño, y para estos efectos eso podría describir a cualquiera de nosotros. Esto es grave. Ahora podemos entender la necesidad de cortar el vínculo genético que nos une con nuestros antecesores. En las dos enseñanzas anteriores vimos la herencia genética; ahora nos damos cuenta del peso que tiene en cada hombre y en cada mujer que nace sobre esta tierra, en unos más que en otros, porque los antecesores que caminaron en engaño procrearon hijos también en engaño.

Muchas opresiones vienen por esta situación. Hay personas que están bajo opresión y no se sienten mal, están bien, pero saben que es como llevar una ropa una o dos tallas más pequeña, o un zapato una o dos tallas más pequeño. Hay algo que no los deja expandirse, algo que no los deja estar totalmente libres. ¿Qué es? Mentira.

La verdad que santifica y libera

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” (Juan 17:17)

La verdad santifica y la verdad libera. Cuando tomamos la Palabra del Señor, la hacemos literalmente y la establecemos, inmediatamente entramos en procesos de santificación y de liberación. No se trata de una verdad imaginaria, ni de la ilusión, ni de lo vanidoso o engañoso: es la verdad, y esa verdad nos santifica, nos libera y hace que podamos crecer y expandirnos. Santificar significa que nos saca los demonios, nos saca las contaminaciones, nos restaura los órganos, nos corrige la genética, nos fortalece, nos unge con aceite fresco y nos da autoridad espiritual para enfrentar la fuerza de las tinieblas y establecer el reino de los cielos en medio de la tierra. Pero no podemos correr a establecer el reino de los cielos desde una debilidad de mentira. La mentira es una debilidad muy seria: una debilidad espiritual.

Hay momentos en que decimos: “yo me comprometo hasta aquí, y no más allá”. Ya ahí estamos en una mentira. Y hay momentos en que alguien viene y nos dice una mentira y un engaño y lo creemos, porque estamos viendo un manifiesto, algo que parece innegable.

Un ejemplo ayudará. Una persona se toma la presión arterial y la máquina dice que está elevada. Eso no se puede decir de otra manera: está elevada. Viene el médico y le dice que tiene que tomar una pastilla porque la presión está elevada, y la persona se asusta de morirse del corazón. Ahí, dentro de lo que parece evidente, ya hay una mentira, porque la presión se puede elevar por muchas razones. Si se resuelve la situación que la eleva, ya no hay que tomar la pastilla. Incluso hay manifiestos espirituales que pueden subir la presión arterial: hay demonios que la suben, y una vez que se reprende el demonio y sale, se olvida la presión. Otras veces lo que existe es una situación en un órgano, una situación de salud que hay que atender; se atiende, y la presión se normaliza. Pero hay personas atadas a una mentira que las llevó a un engaño: el cerebro les hizo la fantasía de que si no se toman la pastilla les va a dar algo cardíaco, y cuando se les acaba la pastilla salen corriendo para la farmacia. Caminan atadas a unos medicamentos que no son necesarios, porque el enemigo las ató con la mentira.

Ahora bien, tampoco podemos negar lo que es tangible y real. No podemos decir: “Dios me va a sanar, yo no voy a tomar ninguna pastilla porque Dios me sana”. Quien habla así está en una fantasía y en una imaginación; si la persona está así porque está endemoniada, eso no cambiará hasta que sea libre. Mientras tanto, tómese la pastilla. No podemos tomar a Dios y pasarlo a una fantasía y a una ilusión, porque Dios es verdad y Él no se niega a sí mismo.

Si tenemos un problema en la relación con el Señor y sabemos que entramos en una situación de contaminación, tenemos que buscar la manera de ser libres, porque mientras no lo seamos, los órganos se irán complicando; es una realidad. Hay momentos en que la respuesta es sencillamente haber pecado contra el cuerpo. La fornicación trae problemas de salud porque se peca contra el propio cuerpo, y la Palabra lo dice. Si tuvimos problemas de fornicación y de relaciones sexuales ilícitas, debemos saber que pecamos contra el cuerpo y que el cuerpo va a reaccionar con enfermedad. ¿Qué tenemos que hacer? Lo primero es arrepentirnos, claro, y luego trabajar esa área. Si el pecado fue de gula, si nos ponemos a comernos todo lo que vemos y después nos sube la presión, no podemos decir: “Señor, Tú me vas a sanar”. Estamos fantaseando; esperamos que Dios nos sane, pero es una ilusión. “Pero su Palabra dice que Él es mi sanador. Yo me estoy tomando esta pastilla, pero sé que Dios es mi sanador y espero la sanación.” Sigue esperando; ya tomaste otra dosis más. Es una fantasía.

Tenemos que corregir donde hay que corregir, ajustar donde hay que ajustar y caminar en la verdad del Señor, en su misericordia y en su gracia. Es cierto que Dios puede tener un manifiesto de sanidad mediante su Espíritu Santo en personas que caminan en ignorancia; lo hemos visto, y Dios no pregunta qué pasó: derramó misericordia, y fue como si tirara una red y se fueron todos. Pero eso no significa que, cuando estamos delante del Señor en una vida delante de Él, vayamos a crear una fantasía de Dios y a obligarlo a esperar para sanarnos. No: tenemos que sanar nuestra vida, llevar nuestra vida a orden y sanar lo que hicimos. Si entregué fornicaciones que pegué contra mi cuerpo y mi cuerpo está hablando, tengo que trabajar con eso.

Así vemos cómo esa mentira nos lleva a una hipocresía que nos engaña, nos lleva a una fantasía, y de ahí viene una ilusión, una imaginación y una vanidad. Y cuando llegamos al punto de la vanidad, ¿cómo retrocedemos? Ya estamos en el lugar donde Dios está al servicio de nosotros: “yo tengo fe en que Dios me va a sanar de esto, yo tengo fe en que Dios va a levantar a esta persona, yo tengo fe en que Dios va a hacer esto con aquello”. Mira, estás en una vanidad, y eso hay que trabajarlo. Dios nos está diciendo que desechemos la mentira porque Él es verdad, y sin verdad no vamos a tener plenitud. La plenitud está cuando estamos en la verdad de su Palabra, y su Palabra nos santifica.

Cómo se transmite el engaño: un ejemplo

Retomemos el ejemplo de la presión arterial para ver cómo una persona puede engendrar a otras bajo la condición de engaño. Supongamos que quien aceptó la mentira fue nuestro padre o nuestra madre. Abrazó la mentira, y a partir de ese momento caminó en engaño. ¿Qué significó eso? Que desde entonces se constituyó en una persona usuaria de medicamento. ¿Y no hemos visto casos así, en los que la persona lo divulga: “yo estoy tomando para la presión, estoy tomando para esto”? Entonces sucede que mi padre o mi madre, que abrazó esa mentira y caminó en engaño, cuando procreó hijos (en este caso, yo) los constituyó en engañados, bajo engaño, porque caminó en engaño.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo me libro del engaño de mi padre y de mi madre? Estamos viendo dos engaños: el que heredé y el que yo mismo abracé. Y estamos considerando una sola generación, pero detrás de mi padre y de mi madre estaban mi abuelo y mi abuela, mi bisabuelo y mi bisabuela. Veamos primero una generación, y después los engaños de las mentiras que yo abracé.

Cómo librarnos del engaño de nuestros padres

La respuesta comienza con la confesión. Leamos del capítulo 9 de Daniel, y les exhorto a leer el capítulo completo:

“Y oré a Jehová mi Dios, y confesé, y dije: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos: hemos pecado, hemos hecho iniquidad, hemos obrado impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus juicios. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres, y a todo el pueblo de la tierra.” (Daniel 9:4-6)

Esta clase de confesión lamentablemente escasea en la vida del hombre justo y de la mujer justa de nuestro tiempo. ¿Por qué? Porque abrazamos una mentira, y es una mentira religiosa. ¿Cuál? “Ya Dios lo hizo todo, Jesús lo hizo todo en la cruz, tú no tienes que hacer nada.” Esa es una mentira que hemos abrazado y, por lo tanto, no hemos trabajado para nuestra liberación ni para nuestra santificación.

Tengo que confesar, entonces, el pecado de mis padres. Usted habrá notado que cuando una persona fallece, particularmente un antecesor, se dice que fue el hombre más bueno o la mujer más buena: no hubo otro como él, no hubo otra como ella. Esa es la tendencia en nuestros tiempos. Pero cuando estaba vivo, no era el mejor hombre; cuando estaba viva, no era la mejor mujer. ¿A qué me refiero? A que tenemos que saber qué fueron exactamente nuestros padres y nuestros antecesores, y no ocultarlo. “Es mi padre y yo tengo que honrarlo; es mi madre y yo tengo que honrarla; y tengo que obedecer todo lo que él me diga y todo lo que ella me diga.” Aquí es donde continuamos el engaño que ellos iniciaron, y por lo tanto nunca podremos salir. Si mi padre fue un abusador, un engañador, una persona perversa, eso hay que decirlo. “Oré a Jehová mi Dios y confesé y dije”: aquí es donde comienza a establecerse la verdad.

Dijimos al principio que mientras no denunciemos la mentira (en este caso, la que nuestros padres abrazaron), no podremos salir del engaño. No se puede salir del estado de engaño mientras no hayamos identificado la mentira y la hayamos denunciado. En la medida en que yo vaya conociendo qué fue mi padre y quién fue mi padre, qué fue mi madre y quién fue mi madre, en esa medida tengo que ir desechando la mentira que ellos abrazaron; de lo contrario, no voy a poder salir del engaño en el que fui formado. No podremos salir mientras yo siga viendo a mi padre como el hombre más bueno del mundo y a mi madre como la mujer más buena del mundo. Si no identifico las mentiras y los engaños por los cuales ellos caminaron, toda la vida me mantendré en esta misma condición.

Eso es romper vínculos. Eso es establecer verdad. Cuando yo no me quiero confrontar con el padre abusador que realmente fue, no estoy estableciendo verdad; al contrario, estoy estableciendo la continuidad de la mentira y, por lo tanto, multiplicando la mentira que se inició con ellos.

Pero romper vínculos no significa dejar de hablarle a mi mamá o a mi papá porque eran perversos o lo son todavía. No es eso. Romper vínculos es identificar: “hasta aquí llegaron estas cosas; esto no lo comunico”; y entonces sacar el alma de esas cosas, y no decir “es que fue mi papá y mi mamá, imagínate lo que voy a hacer”. Eso conmigo no va. Esto no quiere decir que usted vaya a desarrollar odio ni ningún sentimiento adverso hacia su padre o su madre; eso no es lo que se está diciendo. Lo que se está diciendo es: sabemos que esto no le agrada a Dios, esto no va conmigo y no va a pasar. No puedo mirarlo como si todo estuviera bien. Es fácil decirle a otro que algo está mal, pero hay que empezar por la propia casa. “Ah, no, pero mi mamá… no puedo ver eso mal.” Eso está mal.

Cuando hagamos esto, vamos a darnos cuenta de que muchas condiciones de salud se irán resolviendo, porque muchas condiciones que hoy tienen hombres de Dios no se iniciaron en ellos: sencillamente las heredaron de sus padres, como vimos en el Salmo 58. Iremos soltando muchas ataduras de nuestra vida. Y cuando decimos engaño debemos entender que existe el engaño mental, porque hay una estructura mental que nosotros podemos haber forjado; el engaño emocional, el engaño sentimental, y el engaño que tiene que ver con las sensaciones. Todos estos niveles de engaño irán siendo soltados cuando confrontemos realmente el pasado de las personas que nos procrearon.

Se trata de detener el copy paste, que es el copiar y pegar del padre o de la madre. Ese copy paste hay que detenerlo, porque el hijo copió todo, aceptó todo, se lo tragó todo, y entonces va por el mismo rumbo. Esto es muy importante.

La mentira que yo abracé

Hasta aquí hemos visto lo que corre del padre hacia nosotros. Pero nuestro interés es que cada uno identifique su viejo hombre para poder librarse de él; no es la primera vez que lo decimos. Estas enseñanzas no son para acumular conocimiento, sino para que cada uno trabaje sobre este fundamento y pueda ser libre de su viejo hombre.

Ahora trabajemos, entonces, la parte que tiene que ver con la mentira que yo abracé y que me hizo caminar en engaño. De igual manera como trabajé el caso de mi padre y de mi madre, tengo que identificar la mentira que yo abracé. Esto es importante: si no la identifico, voy a seguir caminando en engaño, aun estando dentro de una iglesia, aun diciendo que soy hijo de Dios, porque lo uno no libra de lo otro. Tengo que identificar la mentira que me dieron y que yo abracé, o la que yo mismo fabriqué, porque son los dos eventos. La pregunta que debo contestar es: ¿qué mentira abracé? Y cuando la identifico, la tengo que constituir en abominación.

Un ejemplo bien sencillo: las uniones matrimoniales, o los vínculos conyugales. Una persona estuvo en matrimonio, o en vínculo con otra, durante los años que haya sido, y después hubo un divorcio o una separación. ¿Cómo definimos esa unión? De eso depende que pueda librarme del engaño en que caí. Si la defino así: “nos divorciamos porque no funcionó; él tenía un carácter, ella otro, eran incompatibles; resultamos divorciándonos, separándonos, y ya todo bien”, ahí está la mentira, y se está caminando en engaño. Mientras yo no diga que esa unión nunca debió haber sido, voy a seguir caminando en engaño, y los hijos procreados, si los hubiera, han caído en una condición de engaño. Lo repito: mientras no identifique esa relación como una relación que nunca debió haberse dado, estoy caminando en engaño, y los hijos nacidos bajo esa unión están igualmente en engaño.

¿Qué tengo que hacer, entonces? Reconocer: esa unión nunca se debió haber dado; nunca debí haberme unido con ese hombre; nunca debí haberme unido con esa mujer. Estoy hablando de relaciones rotas, de relaciones fracturadas. Es importante porque mientras no las identifique como tales, sigo caminando en engaño, y mis hijos siguen sumergidos en una condición de engaño. Tengo que identificar y clasificar como abominable aquella relación o aquella unión para cortar el engaño en el que he caminado y evitar que mis hijos sean contaminados por él. Hay liberaciones que se dan sin que la otra persona esté presente; en el caso de los hijos, sin que los hijos estén presentes. Hay una liberación cuando yo establezco verdad, y eso es establecer verdad.

“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)

La verdad es lo que yo camino en el Señor. No es “una relación que no funcionó” ni “una relación que duró poco tiempo, pero realmente eso no funcionó”. Tengo que identificar que esa unión nunca debió haberse dado, porque mientras no identifique la mentira que abracé y por la cual caminé, no voy a poder salir del engaño en que he estado viviendo. Mientras no haya desechado la mentira que abracé, ninguna palabra se va a aplicar a mí, y no voy a poder caminar en la Palabra, porque tengo que ser libre primero para poder establecer la Palabra en mi vida.

“Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta.” (2 Corintios 10:3-6)

Fijémonos en la expresión “cuando vuestra obediencia sea perfecta”, es decir, cumplida. No puedo pretender tomar la Palabra y aplicarla a mi vida si antes no he resuelto el engaño en el que estoy viviendo, porque lo que va a suceder es que voy a contaminar la Palabra y a utilizarla para beneficio del engaño en el que estoy caminando.

Y entonces, ¿dónde estaría yo?

Una pregunta surge de inmediato. Si la relación de mi mamá y de mi papá no debió haber sido, ¿dónde estaría yo? Y de igual modo: tengo tres hijos varones, y sé que no debí haberme relacionado con el papá de los niños; eso lo sé, porque desobedecí a Dios. Pero entonces, ¿qué hubiese pasado con mis hijos, los que tengo hoy? Es una pregunta legítima, y llama la atención que casi nadie la haga. El Señor la contesta en su Palabra:

“Porque no contenderé para siempre, ni para siempre me enojaré; pues decaería ante mí el espíritu, y las almas que yo he creado.” (Isaías 57:16)

¿Dónde estaríamos? Dios nos hubiese enviado independientemente de los padres. Lo que tomamos de nuestros padres es la genética y los mores sociales, lo que nos rodea y nos forma el carácter social; pero las almas las creó el Señor. Entonces cabe preguntar cuál es la función de la familia, si las almas las crea el Señor. La Palabra también lo responde:

“Más diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud.” (Malaquías 2:14-15)

Esto significa que si Dios nos entrega a nuestra pareja, no debemos abandonarla, porque se supone que levantemos ahí una descendencia para Dios. Pero si esa persona, o uno mismo (porque siempre hablamos de la otra persona, pero uno también), no estaba en el lugar correcto delante de Dios, no se va a levantar una descendencia para Dios. Por eso hay separaciones, y hay separaciones que vienen directamente de Dios.

Cada uno de nosotros es un alma, un ser humano creado, que vino de parte del Señor con una función particular. Dios nos creó, y nosotros tomamos de esto y de aquello; ahora Dios tiene que repararnos: repararnos el ADN, libertarnos, mirarnos hacia el pasado y hacia el presente. Dios está restaurando lo que pasó, porque Él creó el alma. ¿Dónde estaríamos? De nuevo, donde tendríamos que estar: donde Dios nos hubiese ubicado.

Una restauración en todos los sentidos

La restauración es en todos los sentidos: una restauración genética, mental, emocional, sentimental, e incluso espiritual, porque el salmista David dice:

“Crea en mí, oh Dios, un espíritu recto dentro de mí.” (Salmo 51:10)

De tal forma que cuando usted pueda verse a sí mismo restaurado y se compare con su familia, va a ver una distancia, una distancia abismal. A eso es precisamente a lo que el Señor nos está llevando. Pero, como usted se está dando cuenta, hay trabajo que hacer. Primero, tengo que identificar la mentira que mis padres abrazaron y la mentira que yo abracé, la cual se va a transmitir a mis generaciones posteriores. Ya no voy a caminar por esa mentira: mis padres caminaron por ella y me concibieron en engaño, pero yo no sigo con esa mentira; me separo de ella.

En las experiencias que el Señor nos ha permitido desarrollar, no solamente en enseñanza, en ocasiones hemos tenido que ir a cementerios, para que la persona se confronte con quien está enterrado en ese lugar. El Señor nos ha llevado a ese tipo de experiencias para que se vea que esto no es teórico. No basta con decir “esta noche lo voy a hacer; me separo de todo esto, me libero de todo esto”. Tiene que haber una convicción real, hasta el punto de confrontarme con aquello que estoy abominando, porque de lo contrario la mentira no desaparece y, por lo tanto, la mentira y el engaño se siguen estableciendo en mi descendencia.

Conclusión

¿Qué hemos descubierto respecto de la mentira y el engaño? Que muchas veces podemos estar caminando en engaño sin saberlo, por una mentira que abrazamos: ya sea porque nos la dijeron y la abrazamos, o porque nosotros mismos la construimos y nos convino, nos pareció bien caminar por ella. Mientras no identifiquemos la mentira, no vamos a poder salir del engaño. Y aquí es cuando comienza a establecerse la verdad.

La verdad duele confrontarla. Por eso, como vimos en el diagrama, muchos caminamos en hipocresía, porque nos parece más conveniente, más adecuado y de mayor bienestar que enfrentar la verdad. Pero es la única forma de salir de la situación de mentira y de engaño en la cual hemos caminado por muchos años. Dios no quiere que caminemos en engaño; ¿cómo vamos a poder establecer verdad si estamos viviendo en engaño?

En la próxima enseñanza estudiaremos varias definiciones de lo que es la mentira, y las mentiras que conducen al engaño. Porque, como dijimos al principio, la mentira no significa solamente una verdad oculta, una verdad no dicha o un dato real ocultado: va mucho más allá. Notemos que, según Génesis 3, la mentira fue prácticamente lo primero que se manifestó como evidencia de la caída, dentro de las características del Adán caído y de la Eva caída.


Preguntas de repaso

1.  ¿Qué diferencia hay entre la definición común de la mentira (ocultar la verdad) y la forma en que este capítulo describe la relación entre la mentira, la hipocresía y el engaño? ¿En qué área de su vida podría haber una mentira abrazada que todavía no ha identificado?

2.  El capítulo afirma que el engaño puede ser heredado de nuestros padres y que también puede ser construido por nosotros mismos. ¿Qué significa, según lo estudiado, confrontar la verdad acerca de nuestros antecesores sin caer en el odio, y qué significa romper vínculos?

3.  ¿Qué mentira religiosa se menciona en el capítulo, y por qué impide la confesión, la liberación y la santificación? ¿Qué pasos concretos le corresponde dar a usted para establecer la verdad en su vida?


pastores Pedro & Yolanda Montoya


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