Introducción: la vida de fe no es una vida independiente

Bendito sea el Dios y Padre nuestro, por la misericordia que nos ha extendido, y por cuya misericordia cada uno de nosotros permanece en pie. Que la paz del Señor sea contigo y con tu casa. Es una bendición que el Señor nos permita este tiempo para exponernos al poder de su Palabra y al poder de su Santo Espíritu.

El apóstol Pedro hizo una pregunta que resume todo lo que significa vivir por fe: “¿A quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). La vida de fe no es una vida independiente de Jesús. Es el resultado de entender que sin Él no podemos hacer absolutamente nada, y que no podemos llevar una vida separada de Él. Consiste, precisamente, en caminar conforme a lo que el Señor ha establecido en su Palabra y por la dirección de su Santo Espíritu.

Hemos dedicado varias semanas al estudio del viejo hombre, y es uno de los temas fundamentales de la vida de fe. ¿Por qué razón? Porque muchas veces, por ignorar este tema, no nos hemos dado cuenta de que el enemigo no está fuera, sino dentro de cada uno de nosotros. El viejo hombre es lo que ha subsistido en nosotros después de que vinimos a Cristo Jesús.

Un enemigo que subsiste: la lección de Génesis 3

El capítulo 3 del libro de Génesis nos aporta un dato muy importante para entender este tema y la vida de fe. Cuando Adán y Eva desobedecieron al Señor, no fueron expulsados inmediatamente del huerto. Hubo un tiempo. Después de la desobediencia se desarrolla un diálogo entre el Señor Jehová Dios y Adán y Eva, y allí Dios establece lo que va a suceder en el futuro con cada uno de ellos. Les entrega una vestimenta, y solo después son expulsados, para que no alargaran su mano y tomaran también del árbol de la vida, habiendo ya desobedecido y tomado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pasó un tiempo.

¿Qué significa esto y por qué lo traigo a colación? Nos ayuda a entender que muchos de los que hemos venido a Cristo Jesús hemos creído que los cambios son inmediatos e instantáneos, sin que nosotros hagamos absolutamente nada. Hasta cierto punto hemos interpretado mal el texto que nos enseña que la salvación no es por obras, sino por la Gracia de Dios. Pero el hecho de que no sea por obras no quiere decir que ninguno de nosotros tenga que trabajar para validar la obra de la cruz. Y uno de los trabajos que cada uno de nosotros tiene que hacer es, precisamente, vencer al viejo hombre.

De la misma forma como Adán y Eva persistieron un tiempo en el huerto —no sabemos exactamente cuánto, pero fue un tiempo considerable—, así también el hombre y la mujer que vienen al Señor siguen mostrando señales de lo que fueron. Adán y Eva ya habían caído; una degradación en su cuerpo había sucedido, algo notable en el capítulo 3, y sin embargo todavía persistían en el huerto del Edén. Solo después fueron expulsados. Igualmente, los cambios en nuestra vida no son instantáneos ni inmediatos: cada uno de nosotros tiene que validar la obra de la cruz en su propia vida, y una de las validaciones que nos corresponde hacer es deshacer al hombre viejo. Eso es lo que nos compete a nosotros.

El viejo hombre: vínculo con el pasado y con las tinieblas

En la enseñanza anterior comenzamos a estudiar cómo vencer al viejo hombre, porque la Palabra nos mostró que el viejo hombre es un vínculo con el pasado. Es un vínculo con el reino de las tinieblas; para ser más específico, un vínculo con Satanás. Lo digo así porque a veces, cuando hablamos del reino de las tinieblas, no entendemos que es Satanás mismo quien está involucrado en todo esto.

¿Qué significa que el viejo hombre sea un vínculo con el pasado? Significa que tiene el registro de todos los traumas que vivimos, aun aquellos de los que, siendo niños, no fuimos conscientes y de los cuales, en muchos casos, ninguno de nosotros se acuerda. Pero el viejo hombre sí los recuerda: tiene un recuerdo genético y un recuerdo espiritual, inclusive de cosas que sucedieron cuando estábamos en el vientre de nuestra madre. Ahí se ve el significado profundo de este tema.

El viejo hombre no es solamente la forma antigua de vivir, ni solamente costumbres, ni solamente los actos que hacíamos antes, que es por lo general como lo hemos definido. Va mucho más allá. Tiene un registro detallado, físico y espiritual, de todo lo que sucedió en el pasado, incluidos los pecados que quizá en aquel entonces no sabíamos que eran pecado, cosas que hicimos en ignorancia o en ingenuidad y que después descubrimos que lo eran. El viejo hombre guarda todo ese registro, y ese registro se activa en el futuro, justamente cuando buscamos la presencia del Señor y cuando le estamos sirviendo.

Por eso hay personas que caen, y por eso hay personas que incurren en conducta delictiva, no porque quieran. El apóstol Pablo lo dice claramente en el capítulo 7 de su epístola a los Romanos: lo que no quiere hacer, eso es lo que termina haciendo. ¿Cómo lo hemos explicado tantas veces? «El diablo me obligó, el diablo me empujó, el diablo me tentó». Pero no es el diablo, sino el viejo hombre que todavía subsiste en la vida del hombre de fe y de la mujer de fe. Ese registro, genético y espiritual, se reactiva cuando buscamos al Señor.

Y vea usted cuán fuerte es el viejo hombre: el Espíritu de Dios, por medio de los escritos del apóstol Pablo, nos dio cuatro instrucciones sobre cómo trabajar contra él y cómo destruirlo. El propósito no es conciliar con el viejo hombre; el propósito es destruirlo. En ningún hombre de fe ni en ninguna mujer de fe debe subsistir todavía el viejo hombre. Ese es el trabajo de cada uno de nosotros.

Las cuatro instrucciones del Espíritu: lo que ya vimos

En la enseñanza anterior estudiamos las dos primeras, que se consideran básicas, rudimentarias, las que no requieren tanto esfuerzo. La primera está en Efesios, capítulo 4: “Despojaos del viejo hombre” (Efesios 4:22). Esta primera forma requiere decisión, convicción, firmeza y compromiso con el Señor. Nadie que no tenga firmeza, compromiso y fidelidad con el Señor podrá despojarse realmente del viejo hombre.

La segunda la escribe el apóstol a los Romanos: “Haced morir las obras de la carne” (Romanos 8:13). Esta forma consiste en matar, en destruir al viejo hombre, y exige un esfuerzo mayor. ¿Por qué? Porque el viejo hombre representa, óigalo bien, nuestros gustos, nuestros deseos, nuestros sueños e inclusive nuestras aspiraciones; representa lo que ha sido nuestra vida hasta este momento, lo que quisimos vencer, superar y enmendar. Cuando el apóstol dice «hacer morir», está hablando de cosas que tenemos pegadas a la personalidad, al carácter, inclusive a los huesos, a nuestra naturaleza. No es tan fácil como decir «hacer morir»: requiere compromiso y convicción.

En algunas ocasiones despojarse del viejo hombre puede resultar sencillo: tuve la decisión, lo decidí y lo hice. Y pude pasar al segundo nivel, que no fue tan fácil, pero podríamos decir que lo logré. Sin embargo, hay acciones y pensamientos —obsesiones, pánicos que paralizan a la persona— para los cuales no basta decir «ya me despojé de este sentimiento» o «ya hice morir este sentimiento». Requieren una mayor fuerza y una mayor energía para poder destruirlos. Para esos casos están las otras dos formas, de mayor fortaleza y de mayor energía.

La tercera forma: crucificar el viejo hombre

La tercera forma que el Espíritu de Dios establece para trabajar con el viejo hombre la encontramos en el capítulo 6 de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, en el versículo 6:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fue crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea desecho, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6)

Note cómo hemos ido entendiendo los procesos establecidos por el Espíritu de Dios. Despojarse del viejo hombre es lo primero; hacerlo morir requiere un mayor esfuerzo; pero para aquellas situaciones que no son fáciles de hacer morir viene la tercera forma: crucificar al viejo hombre. Me voy a detener unos minutos a explicar esta tercera forma, para entender qué es lo que requiere.

No se trata solamente de declararlo

Si fuera cuestión de hablarlo, sería sencillo. Pero hay elementos que involucran la totalidad de la integridad de la persona para poder crucificar al viejo hombre. Esto es sumamente importante: no se trata de decirlo. Uno de los mayores problemas que los hombres y las mujeres de fe tenemos es que creemos que todo consiste en decirlo: «Yo me arrepiento», «yo ya le pedí perdón al Señor», «yo ya me despojé del viejo hombre», «yo ya crucifiqué el viejo hombre». Hemos creído, errónea y lamentablemente, que todo es cuestión de decirlo, y tengo que decirle que no. Si fuera tan sencillo, ningún hombre ni ninguna mujer de fe tendría problemas con el viejo hombre.

¿Por qué persiste, entonces, el viejo hombre? Por una razón muy sencilla: porque no es fácil destruirlo. El Espíritu de Dios nos dice que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo; fue crucificado con Él en potencia. Pero nos corresponde a nosotros validar esa Palabra. No es que, porque Cristo Jesús lo hizo todo, yo ya no tenga que hacer absolutamente nada. Si fuera algo instantáneo y automático, no tendríamos hoy tantas recaídas y tantas caídas. Cada uno de nosotros recibió una provisión, pero esa provisión la tenemos que activar y validar en nuestra propia vida.

El versículo 6 nos entrega, además, una llave de entendimiento para accionar esta tercera forma. Hay requerimientos en él que nos ayudan a entender qué es crucificar, y esa es la pregunta que quiero contestar: ¿qué es crucificar al viejo hombre? Si no se trata de decirlo, ¿en qué consiste? Descubriremos que crucificar al viejo hombre es una combinación de elementos. Veamos el primero.

Primer elemento: fidelidad

El texto dice que nuestro viejo hombre fue crucificado «juntamente con él». Todos hemos leído el relato de aquellos dos hombres a los que se llama ladrones, que fueron crucificados juntamente con Jesús. Sabemos perfectamente que uno de ellos, aun estando crucificado, actuaba de la misma forma que los religiosos —fariseos, escribas y saduceos— que crucificaban a Jesús: le pedía que se salvara a sí mismo y que los salvara a ellos. Estaba crucificado, pero seguía actuando igual. Por eso no es solamente cuestión de ser crucificado; sobre todas las cosas tenemos que entender que es cuestión de fidelidad.

Y esto nos hace ver que, en muchos hombres y mujeres de Dios, el mayor impedimento es que no nos hemos convertido completamente al Señor. La fidelidad requiere conversión. Una persona que no se ha convertido no puede ser fiel al Señor. Aunque quizás nos pese, nos duela o nos ofenda, tenemos que entenderlo: no somos fieles al Señor porque no nos hemos convertido. Una persona que no ha entendido lo que significa el arrepentimiento no puede, en realidad, ser fiel. La fidelidad es el resultado de habernos convertido; es el resultado de habernos arrepentido delante del Señor.

¿Por qué el viejo hombre todavía está activo? Porque todavía nos interesa y nos conviene que esté vivo. Permítame presentarle un ejemplo claro. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 5, se presenta el caso de Ananías y Safira, un matrimonio. Óigame bien lo que voy a decir: habían sido bautizados con el Espíritu Santo, porque esa era la característica de los primeros creyentes, que eran bautizados inmediatamente con el Espíritu Santo. Sin embargo, tenían una propiedad fuera de Jerusalén y fueron a venderla. Pero cuando se vieron con una cantidad grande de dinero, dispusieron entregar una parte y retener otra. Eso es infidelidad, y le sucede a una persona que no se ha arrepentido por completo. Me arrepiento en un noventa por ciento de esta acción, pero ese diez por ciento del que no nos arrepentimos es el que seguirá dándole vida al viejo hombre.

Por eso Romanos 6:6 nos hace entender que crucificar al viejo hombre comienza con un verdadero arrepentimiento. Tengo que arrepentirme de todos mis hechos. Hemos dicho en más de una de nuestras enseñanzas que debemos señalar nuestros hechos. No se trata solamente de decir: «Me arrepiento de todo lo malo que fui» o «me arrepiento de todo el pecado que hice». No podemos hacer eso, porque con ese «todo» en realidad no estamos incluyendo todo; lo que estamos haciendo es caminar en la ambigüedad. Hay que decir: «Me arrepiento de fornicación, me arrepiento de adulterio, me arrepiento de mentira, me arrepiento de orgullo, me arrepiento de vanidad, me arrepiento de perversidad, me arrepiento de haber sido infiel, me arrepiento de…», identificando cada mal, cada acto y cada situación por la que hemos caminado. De lo contrario no habrá fidelidad, porque es imposible desarrollar fidelidad al Señor si no nos hemos arrepentido.

Entonces, crucificar al viejo hombre es una acción de conversión, y comienza con el arrepentimiento de cada uno de los detalles. No se trata de tomarlos como un testimonio —«yo fui un asesino»—, sino de avergonzarnos de todo lo que hicimos y de todo lo que fuimos. Esto es muy importante: es la única forma de desarrollar fidelidad.

Y esto no es un acto religioso que voy a completar en cinco minutos, y si lo puedo hacer en menos, mucho mejor. Es un acto en el que me presento delante del Señor y le digo: «Estoy delante de tu presencia, mi Señor, para confesar. Aunque tú lo sabes todo, porque estuviste en todos los momentos de mi pasado, vengo a confesar y a arrepentirme de esto, de esto, de esto…». En algunos casos será una lista interminable, pero así es como comienza la fidelidad.

Segundo elemento: fe

Pasamos ahora al versículo 11 del mismo capítulo 6, donde se integra un segundo elemento:

“Así también vosotros pensad que de cierto estáis muertos al pecado, pero vivos a Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11)

Este segundo elemento es la fe. Pero la fe no consiste en repetirnos algo a nosotros mismos, como tratando de convencernos. La fe no es sencillamente creer; la fe es creerle a Dios y caminar conforme a lo que Dios me dice. Quiero hacer aquí un pequeño paréntesis, porque muchas veces hemos confundido criterio con fe. La fe no es criterio, y el criterio no es fe. No caminamos por nuestro propio criterio, decidiendo primero y esperando después que Dios nos resuelva lo que hemos hecho. Eso no es fe. Fe es lo que el Señor me dice. Pero muchos de nosotros no esperamos a que Dios nos diga; decidimos por nuestro criterio, por la experiencia que tenemos, por el conocimiento que tenemos: «Esto no es tan complicado, yo creo que lo puedo hacer, soy capaz». Eso no es fe. Fe no es criterio personal, ni apreciación personal, ni experiencia. Yo puedo estar creyendo algo y tener la total convicción de que es bueno y necesario, y aun así eso no es fe. Tengo que caminar conforme a lo que Dios ha dicho, no conforme a mi opinión ni a lo que yo creo.

Por eso el Espíritu de Dios, por la instrucción del apóstol Pablo, nos dice que pensemos que de cierto estamos muertos al pecado. Pero no es cuestión de pensarlo, repetirlo y convencernos a nosotros mismos: «Yo estoy muerto, yo estoy muerto, yo estoy muerto». Eso no es fe; es autosugestión. La fe es conforme a lo que el Señor dijo en su Palabra, y yo camino por su Palabra.

El mayor problema que hemos tenido muchos de los que nos confesamos hijos de Dios es que hemos decidido por nuestro criterio, nuestra opinión, nuestro pensamiento, nuestro parecer, inclusive por nuestra necesidad, pero no por lo que el Señor ha dicho. Nunca hemos esperado lo que el Señor ha dicho acerca de un asunto en particular; nos hemos arrojado primero y después le pedimos al Señor que nos socorra y nos libre. Tal fue el caso del apóstol Pedro cuando le dijo al Señor que, si era Él, le mandara ir a Él caminando sobre las aguas. ¿Qué necesidad había? Sin embargo, el Señor le dijo: «Está bien, sal caminando». ¿Y qué sucedió? Que se hundió. Esa es la experiencia de muchos hombres y mujeres hoy: caminan no por fe, sino por opiniones, por referencias, por creencias personales. Esto tenemos que corregirlo.

Tercer elemento: oración y humillación en el campo de batalla

Vamos ahora a la epístola del apóstol Pablo a los Gálatas, capítulo 5, versículos 16 y 24:

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16)

“Porque los que son de Cristo han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias” (Gálatas 5:24)

El viejo hombre no se vence en teoría; óigalo bien. El viejo hombre se vence en la realidad, en el campo de batalla. ¿A qué me refiero? El viejo hombre no se vence cuando está dormido. Se vence cuando se manifiesta en nuestra vida, en nuestro cuerpo, cuando se manifiestan aquellos deseos de los que habla el versículo 24: los afectos y las concupiscencias. Se vence cuando tienes el deseo de la fornicación, del adulterio, de la mentira, o la intención o la manifestación de los actos del pasado: la masturbación y todos los elementos que tienen que ver con la sexualidad. Allí es cuando se vence.

¿Cómo? Voy a la epístola de Santiago y luego a la Primera de Pedro:

“Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Santiago 4:10)

“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1 Pedro 5:6)

Recuerde esta palabra: humillaos. ¿Qué significa humillarse? De nuevo descubrimos que estas instrucciones no son nominales. No me refiero a decir sencillamente: «Yo me humillo delante de tu presencia, Señor; humillo mi corazón delante de ti». Lamentablemente, muchos de nosotros trabajamos estas cosas solo a nivel de conciencia o de razonamiento. Pero ¿sabe qué es humillarse? Cuando usted va al Antiguo Testamento descubre que humillarse tiene que ver con postrarse; no arrodillarse, sino postrarse, es decir, hacer que la frente toque el piso. Eso es humillarse. Muchos de nosotros no lo trabajamos de esa forma; para nosotros es algo nominal, un dicho, una expresión. Casi siempre lo decimos al entonar un canto, a veces con alguna postura diferente, para indicar que nos estamos postrando y humillando delante de Él. Pero humillarse tiene que ver con postrarse. Tanto Santiago como el apóstol Pedro nos dicen, por el Espíritu de Dios: humillaos bajo la poderosa mano del Señor.

Volvamos a Gálatas, capítulo 5, versículo 24: los que son de Cristo han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias. El mejor momento para crucificar al viejo hombre es cuando se está manifestando, y la forma de hacerlo es humillándonos. El momento para vencer la carne es cuando venimos delante de la presencia del Señor. Ese es el tercer elemento.

Así, crucificar al viejo hombre comienza y contiene fidelidad, que es sinónimo de arrepentimiento y de una conversión total, no parcial; contiene fe; y contiene oración, postrarnos delante de la presencia del Señor. Muchos hombres y mujeres de Dios hemos dejado la oración, hemos abandonado la oración. Pero no hablo de la oración religiosa, donde tengo que orar veinte o treinta minutos y, a los tres minutos, ya no sé qué decir; ni de la oración donde voy a orar por esta persona, por aquella otra, por este país, por los gobernantes, por lo que se me ocurra. Hablo de humillarme delante de la presencia del Señor: «Señor, mi viejo hombre —entiéndase la fornicación, la masturbación, la mentira, el adulterio, lo que se está despertando— se lo confieso al Señor. Señor, mi carne se está rebelando contra mí, pero vengo delante de tu presencia, postrado, y me humillo delante de ti, oh Dios, entendiendo que ya he crucificado mi viejo hombre juntamente contigo en la cruz».

Esa es la forma como se vence al viejo hombre. No es una expresión solamente; si fuera tan sencillo, no tendríamos por qué estudiar este tema. Se vence en la batalla, se vence en la manifestación. Y si tres horas más tarde sientes lo mismo, tres horas más tarde tienes que repetir el proceso, hasta que lo hayamos vencido completamente, hasta que lo hayamos crucificado completamente.

Esto aplica a todas las situaciones que tienen que ver con el viejo hombre. En algunos casos serán situaciones sexuales; en otros, situaciones éticas: la mentira, el orgullo, la vanidad, la soberbia, que muchas veces se ven como algo normal dentro de las sociedades en las que vivimos. Y en otros casos serán situaciones económicas: «Señor, he perdido el sustento, no tengo el sustento, mi viejo hombre me está agobiando». Vengo delante de tu presencia y me humillo delante de ti, hasta que aprendamos a esperar y a confiar en el Señor.

Cuarto elemento: guerra espiritual y liberación

Hay un elemento adicional que debo señalar aquí. Voy al Evangelio de Mateo, capítulo 16, versículo 24, un texto muy conocido por una gran mayoría:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24)

Aquí está la cruz. ¿Para qué es la cruz? Ahora lo vemos por el Espíritu de Dios: no es para crucificar a Jesús; es para crucificarme yo. Yo porto mi cruz para crucificarme. Y tengo que decirle que la cruz no es solamente, como suele concebirse, el dolor y el sufrimiento. Cuando vamos a la Palabra descubrimos, por el Espíritu de Dios, que la cruz es el lugar donde Jesús venció a Satanás y donde Jesús venció a la muerte. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55). ¿Dónde alcanzó Jesús la victoria? En la cruz del Calvario. Por lo tanto, la cruz no es el lugar del dolor, sino el lugar de la victoria, el lugar donde vencemos a Satanás y al reino de las tinieblas. Muchos de nosotros estamos empapados de un conocimiento religioso que no nos sirve para nada más que para recitarlo.

Me refiero, entonces, a un cuarto elemento: la guerra espiritual y la liberación. Al comienzo de esta enseñanza dije que el viejo hombre es un vínculo con el reino de las tinieblas. Esto significa que muchos demonios, espíritus inmundos y ángeles caídos operan a través del viejo hombre de una persona. Y tengo que decirle, a quienes creen que un cristiano no puede ser poseído, que hay muchos elementos en las Sagradas Escrituras que nos hablan de que el demonio puede entrar y salir a voluntad, puede mantenerse y puede hacer todo lo que quiera a través del cuerpo de aquella persona.

Por eso, muchas veces no podemos crucificar al viejo hombre: porque hay un demonio que lo está sustentando. Oiga bien, esto es muy importante. Muchas veces no podemos vencer al viejo hombre porque hay un demonio que interviene y lo sostiene. Allí es donde entran la guerra espiritual y la liberación. Hay muchas personas —hombres, mujeres, inclusive personas con ministerio— que no creen en la guerra espiritual ni en la liberación. Yo tengo que decirle que esa es la razón por la cual muchas veces hombres y mujeres de Dios no logran crecer espiritualmente ni superar su vida de pasión y su vida desordenada: no han querido someterse a liberación. Así de sencillo. Hasta que el demonio que sustenta al viejo hombre sea retirado, la persona no podrá vencer a su viejo hombre.

Entonces, ¿qué es crucificar al viejo hombre? Es una combinación de fidelidad, que tiene que ver con conversión, con arrepentimiento y con habernos entregado cien por ciento al Señor; de fe, que no es mi criterio ni mi opinión, sino lo que el Señor ha dicho al respecto, y que incluye aprender a esperar en el Señor; de oración, de humillarnos delante de Él; y de liberación, porque no hay otra forma. No se trata de algo tan sencillo como una confesión: «Yo crucifico mi viejo hombre». No es así, hermanos; no es así, hermanas. Quien piense así está perdiendo el tiempo y engañándose a sí mismo.

La cuarta forma: reformarse por la renovación del entendimiento

Llegamos a la cuarta forma que el Espíritu de Dios establece para trabajar contra el viejo hombre. Voy al capítulo 12 de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, versículo 2:

“No os conforméis a este siglo, sino reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2)

Aquí nos damos cuenta, igual que en el paso anterior, de que hay una combinación: fe más Palabra de Dios. Veamos qué significa «conformarse». No es como lo hemos entendido. Piense en un molde en el que se vierte un líquido: el líquido se distribuye tomando la forma del molde donde fue depositado. Eso es conformarse. Lo que el Espíritu de Dios nos dice, en otras palabras, es: no tomen la forma del mundo; no dejen que el mundo los modele ni les dé forma. Hay hombres de Dios, mujeres de Dios y ministros que han tomado la forma del mundo y no la forma de la Palabra.

Y luego el Espíritu nos dice: «reformaos». ¿Qué significa? Tiene que ver con forma: reformarse es tomar otra forma. ¿Cuál? La renovación de nuestro entendimiento, un entendimiento sustentado por el Espíritu de Dios, es decir, por lo que la Palabra de Dios establece. Tenemos que tomar la forma que el Espíritu de Dios nos da; esta es la instrucción que Él nos está dando.

Notemos algo: este viejo hombre superó el primer modelo, superó el segundo y superó el tercero. Estamos en el último. Que esta sea la última forma de trabajar con el viejo hombre quiere decir que este viejo hombre es sumamente fuerte, y que tiene que ver con modelos, con pensamientos, con obsesiones, con complejos, con formas rígidas de pensar y con formas de ver las cosas. ¿Cómo se vence? No sigas el modelo del viejo hombre; sigue la forma que el Espíritu de Dios te está dando. Se vence cuando sumamos fe más Palabra.

El modelo clásico: Abraham

Le quiero presentar un caso que todos conocemos muy bien, el de Abraham. Es el modelo clásico. Dios le habló y le dijo, en el capítulo 12 del libro de Génesis:

“Vete de tu tierra y de tu parentela, a la tierra que te mostraré” (Génesis 12:1)

Tengamos presente esta palabra, porque eso fue todo lo que Dios le dijo: sal de tu tierra y de tu parentela. Abraham sale, efectivamente, pero lleva consigo a Lot. Más adelante se da cuenta, al revisar lo que Dios le había dicho, de que Lot también era parentela. Yo había entendido que parentela tenía que ver con padre, madre, tíos, tías, abuelos y abuelas, pero parentela incluye también a los sobrinos, que era el caso de Lot. Es allí cuando Abraham le dice: si tú vas a la derecha, yo voy a la izquierda. Palabra, lo que dijo Dios: «sal de tu tierra y de tu parentela, a la tierra que te mostraré». Abraham se fundamenta en la Palabra. Este modelo se fundamenta en la fe en la Palabra.

Y esto es muy importante, porque este modelo nos exige que conozcamos las Sagradas Escrituras. Un hombre o una mujer que no haya leído las Sagradas Escrituras no podrá enfrentar su viejo hombre con este modelo, porque este modelo exige conocer qué ha dicho Dios. ¿Que eso fue en el Antiguo Testamento? Le pregunto: ¿cambió Dios de parecer? ¿Acaso el Antiguo Testamento no es Palabra de Dios y aquella Palabra se invalidó? No hemos entendido perfectamente la obra de la cruz. Aquella es Palabra de Dios tanto como la del Nuevo Testamento. Tengo que conocer la Palabra para poder moverme conforme a este modelo.

Sigo con el caso de Abraham. Completó la Palabra que Dios le dijo, «sal de tu tierra y de tu parentela», y se despojó de Lot. Tanto fue así que, cuando sucedió lo de Sodoma y Gomorra, Lot, que años antes había sido libertado por Abraham de los reyes que lo habían llevado cautivo, no buscó a Abraham cuando salió de Sodoma. Lot había entendido perfectamente la disposición de Abraham: tú para allá y yo para acá; nos separamos completamente, conforme a lo que la Palabra de Dios dice.

Posteriormente viene el nacimiento de Ismael, el primer hijo de Abraham. Pero Dios le dice a Abraham que no lo heredará ese hijo, sino uno que saldrá de sus lomos, de su sustancia, uno que será procreado por él con Sara, y no con otra mujer. Entonces Abraham despide a Agar juntamente con Ismael. Vaya viendo el proceso que se va desarrollando, porque esto es muy importante.

Después viene Isaac. Cuando Isaac ya es un jovencito, Dios le dice a Abraham que se lo sacrifique. Y, por si no estuviera claro de quién habla, le da cuatro características: tu hijo, el que amas, tu unigénito, Isaac. Y aquí viene la prueba de fuego. Dios no cambia de opinión. Este es uno de los fallos de los cristianos contemporáneos: recibimos una palabra y, de momento, recibimos una segunda palabra que parece contradecir la primera, y la gran mayoría de nosotros decimos: «Pues sencillo, Dios cambió de opinión; ya no es aquello, ahora es esto».

Abraham entendió: Palabra. Dios no cambia de opinión. Y vea lo importante de este modelo de caminar por fe en la Palabra. Si Dios me dijo que quien me iba a heredar era Isaac, si Dios me dijo que Isaac es el hijo de la promesa, entonces, si hoy me lo pide para sacrificarlo, Dios es capaz de levantarlo de entre los muertos. Eso fue lo que pensó Abraham. Esto está relatado en la epístola a los Hebreos; no es una invención. Abraham concluyó que Dios es capaz de resucitar a Isaac. Vea usted el valor de la fe en la Palabra.

Así se vence al viejo hombre según este modelo: fe en la Palabra. Dios lo ha dicho; yo me mantengo en la Palabra. Dios no ha cambiado de opinión. Dios no está estableciendo un cambio de dirección ni una conclusión a lo que había pasado anteriormente; está fortaleciéndome para que yo avance en el camino y en el proceso que Él ha establecido conmigo. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta” (Números 23:19). ¡Cuántas veces hemos dicho esta expresión! Pero ¿cuántas veces hemos creído lo que hemos dicho? Dios no cambia; sencillamente está fortaleciendo nuestras vidas para que podamos vencer al viejo hombre, porque hay un viejo hombre que se resiste a salir.

Ese viejo hombre tiene que ver con incredulidad, con vanidad, con orgullo, con seducción, con astucia, y con la presencia y la manifestación de ángeles caídos que lo sustentan. Por eso Dios te está fortaleciendo para que te reformes por la renovación de tu entendimiento. Esta es la forma de vencer al viejo hombre según este último modelo presentado en las Sagradas Escrituras, donde la fortaleza está en la Palabra. Por eso decía que un hombre o una mujer que no haya leído la Palabra no puede vencer a su viejo hombre: necesita la Palabra para poder establecerla.

Establecer la Palabra: la forma en que se vence

Quiero ir a la epístola del apóstol Pablo a los Colosenses, capítulo 2, versículos 13 al 15:

“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os vivificó juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz; y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13-15)

Dios lo ha dicho por su Santo Espíritu: estando yo muerto en delitos y pecados, Dios me dio vida. Estoy de pie porque Dios me ha dado vida; estoy de pie por la Gracia y por la misericordia de Dios. Esto es fe en la Palabra; esto es establecer la Palabra. ¿Sabe cómo se vence al viejo hombre? Estableciendo la Palabra, con el despojamiento del cuerpo de pecado de la carne en la circuncisión de Cristo, por medio de Cristo Jesús. Cristo es provisión de vida para mí, provisión de liberación para mí, provisión de Gracia para mí. «Señor, vengo delante de tu presencia para acogerme a la provisión de Gracia, a la provisión de vida y a la provisión de libertad. Vengo, Señor, para acogerme a tu Palabra y para vivificarla en mí». Así es como se vence.

Al viejo hombre no se le reprende. Lo he dicho en esta enseñanza, pero quiero repetirlo: a los demonios es a quienes únicamente se reprende; al viejo hombre no. Al viejo hombre se le combate, se le vence, se le circuncida, se le despoja, se le clava en la cruz. Al viejo hombre se le vence tomando la forma del Espíritu de Dios, yendo en contra de lo que el mundo ha establecido.

Si hay escasez, si hay enfermedad, si hay cautiverio, no se sale de ello por las vías tradicionales con las que el mundo resuelve sus casos: no lo resuelves con un medicamento, no lo resuelves con una pastilla; lo resuelves estableciendo la Palabra de Dios. Si Dios es provisión de salud para mí, ¿por qué tengo que estar enfermo en esta condición? Porque tu viejo hombre te está recordando la genética del pasado, la genética de tus antecesores, todo lo que tú sembraste. Pero yo vengo hoy para vencerlo por la Palabra, citándola y estableciéndola. Es la única forma: escapar de la forma que el mundo y el reino de las tinieblas han establecido para gobernar aun a los hombres y mujeres de fe. ¿Te das cuenta? Hay hoy muchos hombres y muchas mujeres que están sujetos a su viejo hombre y no quieren salir de allí; persisten en ello.

La Palabra de Dios para nosotros hoy es: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Serás libre en la medida en que camines en esa Palabra, en la medida en que la establezcas para ti. De lo contrario pasarán los años, y tú seguirás en la misma condición y en la misma situación, diciendo siempre: «Señor, ayúdame; Señor, líbrame; Señor, socórreme; Señor, sáname». ¿Cuánto tiempo tienes?

Piense en el paralítico que estaba en el estanque de Betesda. Jesús va hacia él y le pregunta: “¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6). Era la pregunta correcta. Quizás alguno de nosotros le hubiera preguntado por qué estaba allí, pero Jesús fue directamente al asunto: ¿quieres ser sano? Él le responde: «Señor, no tengo quien me meta»; la única forma de ser sano era meterse cuando las aguas fueran removidas por el ángel. Y Jesús le dice: “Levántate, toma tu lecho, y anda” (Juan 5:8). Y era sábado aquel día cuando Jesús hizo esta obra. Es la Palabra: la única que nos va a hacer sanos, la única que nos va a hacer salvos, la única que nos va a hacer libres.

Para empezar, conoce la verdad. No basta con decir «Cristo es la verdad»; no basta con decir eso. Muchos nos estamos escondiendo en confesiones religiosas: «Cristo es la verdad». Pero ¿conoces la Palabra? La Palabra habla de Cristo; ¿la conoces? En la medida en que la vayamos conociendo, en esa medida seremos sanos y seremos libres de nuestro viejo hombre; en la medida en que la vayamos estableciendo, en esa medida iremos escapando de él.

Hay una verdad que no debemos ignorar: no luchamos solamente contra el reino de las tinieblas; luchamos contra el viejo hombre. Este no está afuera; está dentro de cada uno de nosotros. Y la única forma de librarnos del reino de las tinieblas es liberándonos de nuestro viejo hombre, porque el viejo hombre es un vínculo con el reino de las tinieblas.

Conclusión

El Espíritu de Dios nos ha dado cuatro instrucciones para trabajar contra el viejo hombre: despojarnos de él, hacerlo morir, crucificarlo y reformarnos por la renovación de nuestro entendimiento. Las dos primeras son básicas; las dos últimas requieren mayor fortaleza, porque el viejo hombre es fuerte. Crucificarlo no es declararlo con la boca, sino combinar fidelidad —arrepentimiento detallado y conversión total—, fe —caminar por lo que Dios ha dicho y no por nuestro criterio—, oración y humillación en el momento mismo de la batalla, y liberación del demonio que lo sustenta. Reformarnos, por su parte, es suma de fe y Palabra: conocer las Escrituras, establecerlas en nuestra vida y confiar en que Dios no cambia de opinión.

Que el Dios eterno, el Todopoderoso, abra tu sentido y tu entendimiento para comprender este tema. Y que, por el Espíritu de Dios, puedas tomar hoy decisiones firmes, decisiones reales, decisiones no ambiguas, decisiones íntegras, para que el Reino de Dios sea establecido en ti y contigo, donde el Señor te ha hecho habitar. La paz del Señor sea contigo. Amén.



Preguntas de repaso

  1. ¿Por qué no basta con declarar «ya crucifiqué mi viejo hombre»? Explica, con tus propias palabras, los cuatro elementos que componen la crucifixión del viejo hombre: fidelidad, fe, oración con humillación y liberación.
  2. Al igual que en el caso de Ananías y Safira, ¿hay algún «diez por ciento» de tu vida del cual todavía no te has arrepentido en detalle y que podría estar dándole vida al viejo hombre? ¿Qué harás esta semana para presentarte delante del Señor y nombrarlo?
  3. ¿Qué significa reformarse por la renovación del entendimiento y qué papel juega el conocimiento de las Sagradas Escrituras en esa renovación? ¿Qué enseña el caso de Abraham sobre caminar por fe en la Palabra cuando una palabra de Dios parece contradecir otra?

pastor Pedro Montoya


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