Introducción

Vamos a abrir en el libro de Génesis, capítulo 3, y vamos a estudiar desde el versículo 10 hasta el versículo 14. Los temas que trataremos esta noche se fundamentan en lo que ya vimos la semana pasada en Primera de Corintios 15:48-49, donde el apóstol Pablo nos explica la imagen del terrenal. Aquella enseñanza nos mostró que el terrenal es, precisamente, Adán y Eva, pero no el Adán y la Eva antes de la caída, sino el Adán y la Eva después de la caída.

Esto es importante que lo entendamos, porque aunque ellos todavía estaban en el huerto, ya habían caído, y por lo tanto surgió una deformación: una deformación física, una deformación espiritual y una deformación que podemos llamar angelical. La semana pasada estudiamos todo lo relacionado con la deformación física, es decir, la personalidad, el carácter y la forma de conducirse que tiene que ver con la parte física del ser humano caído. En la enseñanza de hoy vamos a estudiar la deformación espiritual, porque no todo es físico: también hay una deformación que afecta directamente al espíritu.

El propósito de esta enseñanza, tal como lo establecimos la semana pasada, es que cada uno de nosotros pueda identificar la imagen del Adán caído y la imagen de la Eva caída, con el fin de irlas quitando de nuestra vida. La razón es sencilla: si no quitamos esas imágenes, lo próximo que viene es la expulsión del huerto. Ni Adán ni Eva tuvieron un verdadero arrepentimiento después de la caída. Lo primero que hicieron fue esconderse, huir de la presencia de Dios; y después de eso, en lugar de asumir responsabilidad, comenzaron a deducir responsabilidades el uno sobre el otro. Ninguno de los dos asumió cuál había sido su parte en la caída. Por eso, de acuerdo con el relato de Génesis 3, lo que sucedió a continuación fue exactamente la expulsión del huerto del Edén.

En términos proféticos, esto nos habla de que si nosotros no asumimos la responsabilidad de quitar de nuestra vida las partes que fueron deterioradas por la caída, lo próximo que viene es una expulsión: salimos de la presencia de Dios. Todos conocemos lo que sucedió con Saúl. Saúl fue escogido por Dios, fue ungido, fue preparado y tuvo el beneplácito divino; pero llegó un momento en que Dios mismo dijo que le pesaba haberlo escogido y haberlo puesto por rey (1 Samuel 15:11). Se repite el mismo panorama: si los hombres y las mujeres que hemos conocido al Señor no quitamos la imagen caída, ya sea porque la nación donde vivimos la ha establecido en nosotros o porque la genealogía de la que procedemos la ha inculcado, lo próximo será la pérdida de la presencia de Dios.

Esto es sumamente importante, hermanos, porque —como lo hemos visto en otras ocasiones— no se trata simplemente de cometer un pecado puntual y por eso alejarnos de la presencia de Dios. Un hombre puede no haber pecado necesariamente en un momento determinado y, sin embargo, sentirse alejado de la presencia de Dios: siente que Dios no le oye, que no tiene comunión con Él, que las cosas no caminan como deberían. Y es, precisamente, porque en el momento en que nos correspondía quitar la imagen del terrenal —la imagen caída— no lo hicimos, y por eso viene la separación.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. Él recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación.” (Salmo 24:3-5)

Este pasaje resume lo que estamos viendo: ¿dónde estamos cuando nos escondemos? Estamos en el huerto del Edén, caídos y escondidos. No podemos escondernos; tenemos que ir a Jehová para que enderece nuestros pasos.

Un trabajo personal e intransferible

La semana pasada comenzamos a ver que hay una serie de deformaciones en la naturaleza caída: las que tienen que ver con el carácter y con la personalidad. Cuántas veces hemos escuchado —y de seguro usted también— a personas decir: «No sé por qué actué de esta manera; yo no quiero, pero termino haciendo lo que no quiero.» El propio apóstol Pablo lo expresa en su epístola a los romanos: el mal que no quiero, eso hago. ¿Por qué? Porque hay una deformación física. Pero el problema es que, si nosotros no trabajamos con esas deformaciones, ellas no se van a resolver por sí solas.

Muchos piensan: «Si el Señor me ha escogido, si el Señor me ha llamado, que sea Él quien lo haga; yo simplemente le pido al Señor que me cambie, que me transforme.» Pero Dios no trabaja así, hermanos. Por eso la Escritura que citamos la semana pasada nos manda a desvestirnos del viejo hombre y a revestirnos del nuevo:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24)

Este es un trabajo personal, particular, individual y, óigalo bien, intransferible. Nadie lo puede hacer por nosotros: ni el esposo, ni la esposa, ni el padre, ni el hijo, ni la hija; ni siquiera el pastor o la pastora lo pueden hacer por nosotros. Por eso el Señor advirtió:

“Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada.” (Mateo 24:40-41)

Aunque dos personas estén en una relación tan estrecha e íntima como compartir una misma cama o un mismo campo de trabajo, cada quien responde de manera individual delante de Dios. Es una responsabilidad personal e intransferible; no podemos esperar que nadie más haga lo que a nosotros nos corresponde hacer. La semana pasada estudiamos, según recordamos, nueve imágenes del Adán caído. Recuerde: todavía estaban en el huerto, pero ya caídos, y lo próximo que vendría sería la expulsión.

Esta noche, a partir del versículo 10, vamos a ver las deformaciones espirituales, porque también hay imágenes espirituales, y todas ellas proceden del reino de las tinieblas. Quiero citar un texto que todos conocemos:

“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2 Corintios 7:1)

Ahí están las dos fuentes: una fuente de la carne, es decir, física y material, que tiene que ver con la existencia terrenal, con el carácter, la personalidad y la forma de pensar de cada quien; y una fuente del espíritu. Y aquí conviene detenernos, porque hasta la forma de entender las cosas está trastocada por la caída. Podemos ser parte de una misma familia, incluso hermanos gemelos idénticos, y sin embargo entender las cosas de manera completamente distinta, porque todo es parte de la trastocación que heredamos de Adán.

Primera imagen espiritual: el miedo

Vamos al versículo 10 de Génesis 3:

“Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.” (Génesis 3:10)

Solamente en este versículo encontramos tres imágenes del Adán caído y de la Eva caída. Aunque quien habla es Adán, ambos están interactuando en este pasaje. La primera imagen es el miedo. El miedo no es de Dios; el miedo es imagen del Adán caído, imagen de la Eva caída. El apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, lo confirma:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)

Dios no nos ha dado espíritu de temor; nos ha dado espíritu de valor por medio del Espíritu Santo. Vemos esta imagen claramente en la parábola de los talentos, donde a uno se le dieron cinco talentos, a otro dos, y a otro uno. El que recibió un solo talento, al final, confesó: «Tuve miedo» (Mateo 25:14-30). El miedo no procede de Dios; por causa de él, aquel siervo no enfrentó lo que tenía que enfrentar. Tuvo miedo de lo que dirían de él, miedo a los cambios, y por eso no hizo nada. El miedo paraliza, hermanos; el miedo paraliza, y es imagen del Adán caído, imagen de la Eva caída.

Si usted comienza a revisar su vida y su pasado, se va a dar cuenta de que en un momento determinado su vida espiritual se detuvo. No hablo de sueños, ilusiones o proyectos —aunque ellos también están involucrados—, sino de crecimiento y desarrollo espiritual. Debiendo ser ya maestros:

“Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios.” (Hebreos 5:12)

El miedo ha detenido a muchas personas. Recuerdo una palabra que el Señor nos dio justamente después de regresar de un viaje a Colombia, cuando celebrábamos la Santa Cena con todo el grupo: de los seiscientos mil hombres que salieron de Egipto, no todos cruzaron el Jordán; muchos se quedaron en el desierto. Por espacio de cuarenta años cargaron los féretros de José —y muy probablemente también los de los demás patriarcas—, porque a Jacob ya lo habían sepultado antes de salir de Egipto. Cuarenta años cargando muertos. ¿Cuántas veces nosotros estamos cargando la culpa del padre, el pecado de la madre, o cosas que no debíamos cargar, simplemente porque tuvimos miedo? Nadie quiere enfrentar las cosas, hermanos. Muchos de nosotros sufrimos lo que sufrimos en nuestras tierras porque nadie se ha atrevido a creerle a Dios ni a denunciar la condición de este pueblo, que ha abandonado a Dios dejando que cada quien resuelva sus propias situaciones.

Este es el mismo miedo que impide muchas veces que veamos las bendiciones que Dios ha prometido a quien le obedece:

“Y será que, si oyeres diligentemente la voz de Jehová tu Dios, para poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, Jehová tu Dios te pondrá por cabeza, y vendrán sobre ti todas estas bendiciones y te alcanzarán.” (Deuteronomio 28:1-2 (paráfrasis))

Alrededor del miedo se desarrolla toda una familia de demonios: el temor, la angustia, el pánico. ¿A cuántos no les ha dado un ataque de pánico? «No creo que lo pueda hacer, no creo que sea posible.» Esto, hermanos, es imagen del Adán caído. O lo cortamos, o seremos expulsados; y cuando veamos los resultados de la bendición de Dios en la vida de otros, sabremos lo que significa el lloro y el crujir de dientes: «Yo pude haber estado allí; yo era candidato; Dios me dijo que eso era para mí, pero no estoy allí, porque tuve miedo.»

En el libro de Hechos leemos que, al llegar y reunir a la iglesia, los apóstoles refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles (Hechos 14:27). La fe tiene una puerta, y quien la abre es el Señor. Ahora bien, cuando vamos a Apocalipsis leemos algo que debería sacudirnos:

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.” (Apocalipsis 21:8)

Cuando leemos esta lista con atención, nos sorprende ver a los cobardes al lado de los homicidas, los hechiceros y los idólatras. ¿Cómo puede compararse una persona cobarde con un hechicero? Porque el miedo elimina la fe. El miedo no te deja entrar a la presencia de Dios; te aparta, y cuando abrazas el miedo estás desechando la fe. Es algo muy serio. El miedo es un espíritu que hay que reprender y desechar, porque no permite entrar a la revelación del reino ni permanecer unido al cuerpo de Cristo. Dios no nos ha dado espíritu de temor ni de cobardía, sino de dominio propio; algo que parece sencillo es, en realidad, sumamente serio.

La forma de enfrentar las tinieblas no es simplemente reprenderlas; es establecer obediencia en medio de las regiones donde estamos ubicados. La Palabra habla de justicia, juicio y misericordia. La fe es una expresión de justicia, y cuando abandonamos la fe no podemos avanzar hacia niveles más altos de guerra espiritual, porque la fe es necesaria para la guerra espiritual, para la toma de territorio y para el establecimiento del reino de los cielos. No se trata de pararse a declarar y a decretar; la guerra espiritual consiste en establecer la verdad de Cristo en los lugares donde el Señor nos ha puesto, y para eso, lo primero que debe estar establecido es la fe.

Una persona que camina con miedo, camina en contra de la fe: «Me asusta quedarme solo o sola; me asusta qué voy a hacer económicamente; ¿cómo me voy a sostener?» Todo esto es contrario a la fe. Si el Señor nos dio una palabra, un llamado o una instrucción, debemos seguirla, confiando en que Él respaldará lo que ha prometido. Pero cuando nos asustamos, no podemos continuar con el próximo paso, y entonces puede suceder que el Señor nos devuelva al estado original —no como castigo, sino para volver a podarnos y depositar fe en nosotros para comenzar de nuevo—, o que, dependiendo de la circunstancia y de la persona, la puerta de la fe se cierre definitivamente. Por eso la fe es fundamental, porque sin fe es imposible agradar a Dios: la fe es la obra de la cruz del Calvario, es lo que el Señor vino a despertar en la tierra. El primer paso es creer en el Señor Jesús el Cristo, y el segundo es creer que en Él está la contestación y la salvación para toda instrucción que Él nos dé. El miedo es una de las armas que el enemigo presenta para descartar a alguien, porque la Palabra misma descarta al que tiene miedo.

Segunda imagen espiritual: la desnudez y la vergüenza

La segunda imagen que aparece en el versículo 10 es «porque estaba desnudo». La desnudez, en este contexto, no se refiere a lo físico, sino a lo espiritual: significa vergüenza.

“He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.” (Apocalipsis 16:15)

“Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez.” (Apocalipsis 3:18)

¿En qué sentido se está diciendo que Adán estaba desnudo, que había algo que le avergonzaba? Recordemos lo que estudiamos en las enseñanzas del domingo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” (2 Timoteo 2:15)

En otras palabras: que no esté desnudo, que no tenga nada de qué avergonzarse. La imagen del Adán caído y de la Eva caída tiene que ver, entonces, con algo de lo cual la persona se avergüenza: de su pasado, de sus complejos, de algo presente en su vida. En ocasiones esto se manifiesta en sueños: cuando una persona se ve desnuda en un sueño, muchas veces no entiende por qué, y lo que se le está diciendo es que hay algo de lo cual se avergüenza.

Ahora bien, con respecto a la crucifixión hay algo que debemos entender:

“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.” (Colosenses 2:15)

Este pasaje nos revela algo que muchos no mencionan: Jesús fue crucificado desnudo; fue expuesto públicamente a la vergüenza. De esto no se habla, porque el sacrificio de Jesús llegó a su expresión máxima: no hubo nada que Él se reservara en cuanto a ser humillado por completo. Este dato es importante para que entendamos lo que significa para cada uno de nosotros esta imagen de «estaba desnudo»: hay un elemento que nos avergüenza, una situación que nos avergüenza, y por más que la persona intente luchar contra ello, no logra vencerlo por sus propias fuerzas, porque es un asunto espiritual.

La vergüenza trae consigo engaño y mentira, con el fin de mantener escondido aquello que nos avergüenza. Y cuando Dios nos llama a la confesión y a la confrontación, ponemos un límite: «Esto no lo voy a poder decir, esto no lo puedo decir.» Eso hace que las tinieblas tomen más autoridad sobre la situación. Pero Jehová es quien nos viste; Él es nuestro refugio. Tenemos que ir al Señor para que nos vista, para que nuestra vergüenza no sea vista. Él es quien tomó pieles y vistió a Adán y a Eva; Él es quien da cobertura y refugio.

Una de las razones por las que hay personas que no logran ser liberadas completamente es, precisamente, porque esconden algo: no quieren sacar a la luz las situaciones que les avergüenzan, y esto detiene su crecimiento espiritual. Recuerdo el caso de una señora de edad avanzada que vino a que orara por ella. Había sido sometida a una operación quirúrgica por una condición femenina relacionada con la matriz, y la operación fue exitosa. Sin embargo, unos tres meses después le sobrevino otra condición de salud que antes no tenía. Cuando ella me contó su situación, el Espíritu del Señor me reveló que aquello tenía que ver con algo que ella estaba escondiendo. La señora comenzó a llorar y confesó: «Yo había jurado irme con este secreto a la tumba.» El secreto era que le había sido infiel a su esposo, y uno de sus hijos no era de él. El esposo ya había fallecido. Ella tuvo que confesar delante de sus propios hijos lo que había jurado llevarse a la tumba, y solo entonces fue verdaderamente libre y salva.

Cuando un hombre camina con la imagen caída de Adán, cuando una mujer camina con la imagen caída de Eva, la vergüenza los lleva a decir: «No lo quiero sacar, no lo quiero confesar.» Y la persona se seca espiritualmente. Esta es una imagen espiritual que, junto con las demás que estamos viendo, es causa del deterioro de hombres y mujeres —incluso de quienes tienen un ministerio— que no logran llegar a donde el Señor ha querido llevarlos.

Tercera imagen espiritual: el escondimiento

La siguiente imagen del versículo 10 es la consecuencia de la anterior: «y me escondí». Esconderse es parte de la naturaleza adámica, de la naturaleza de Eva: «No quiero que nadie lo sepa.» He visto casos, hermanos, de personas que incluso pierden la memoria porque no quieren enfrentar una situación del pasado. Hay familias que caminan con escándalos ocultos que todos conocen, pero de los que nadie habla. Esconderse significa, sobre todo, evadir: no querer confrontar algo. No se trata solamente de cambiar de tema para no tocar cierto asunto, sino de evadir, de no querer enfrentar, porque muchas veces una llamada de atención nos golpea y no queremos confrontar lo que hay en nosotros. Por eso muchos no se presentan a la corrección ni permiten que se revise una situación: porque algo los está confrontando y no quieren enfrentarlo.

“Así mismo, la persona que hubiere tocado cualquier cosa inmunda, sea cadáver de bestia inmunda, o cadáver de animal inmundo, o cadáver de reptil inmundo, bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido. O si tocare inmundicia de hombre, cualquiera inmundicia suya con que fuere inmundo, y no lo echare de ver, si después llegare a saberlo, será culpable.” (Levítico 5:2-3)

Este pasaje nos enseña que, si nos expusimos a algo que en el momento no percibimos como grave, o no vimos que estábamos pecando contra Dios, y luego Él nos abre la conciencia y el entendimiento para que veamos que sí pecamos, entonces a partir de ese momento cargaremos la culpa mientras no lo confrontemos. Cuando alguien vive en pecado sin arrepentimiento, el Señor lo deja para el juicio final. Pero cuando Dios nos llama a Su presencia y a servirle, y entramos en el proceso de conversión y de bautismo en agua, el Señor trae a nuestra memoria situaciones que debemos conciliar. Si no las conciliamos, seremos culpables a partir de ese momento: comienzan a agravarse las enfermedades, a complicarse las situaciones emocionales, a estrangularse las finanzas, porque ya empezamos a caminar con una culpa no resuelta. La única manera de resolverlo es venir delante del Señor y ponerse a cuentas con Él.

Cuarta imagen espiritual: las voces engañosas

Vamos al versículo 11 de Génesis 3:

“Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?” (Génesis 3:11)

Esta imagen tiene que ver con canales abiertos de las tinieblas hacia las personas. Nosotros creemos, hermanos, que Dios habla a través de sueños; la Palabra lo confirma con claridad. Por eso, muchas veces, cuando trabajamos en liberación con alguna persona, casi siempre preguntamos si ha tenido algún sueño repetitivo o algún sueño tipo pesadilla, porque a menudo, a través de los sueños, se manifiesta lo que espiritualmente está operando en la persona. Pero debemos decir con claridad que no todos los sueños proceden de Dios: hay sueños mentirosos, sueños engañadores, sueños cuyo propósito es establecer una enseñanza falsa en la persona.

¿Cómo se reconoce un sueño mentiroso? Cuando la persona lo tiene y no lo comenta con nadie, sencillamente le presta atención, lo interpreta por sí misma y comienza a caminar conforme a lo que ese sueño le dice. Esa es una señal clara de que la persona no está siendo guiada por el Espíritu de Dios, sino por aquello que le «enseñó que estaba desnudo». Debemos tener mucho cuidado con esto. Creemos en los ministerios y en los dones, pero hay que ser cautelosos: escuchar una voz que nos susurra al oído, aunque venga acompañada de una paz aparente, no garantiza que sea el Espíritu de Dios quien habla. No siempre es así, hermanos. Hay personas con dones y sensibilidad espiritual genuina, otorgada por Dios para oír Su voz; pero si esa persona no manifiesta, no comunica, no consulta y simplemente se deja llevar por esa voz que le susurra, hay alguien enseñándole que no viene de parte de Dios.

En el mundo espiritual existen asignaciones de demonios sobre personas para prepararlas hacia lo que se proponen, y por lo general son personas sensibles, con una sensibilidad que Dios les otorgó para oír Su voz. Balaam es un ejemplo de «hombre de ojos abiertos» pero caído, que oyó la ciencia del Altísimo y aun así comenzó a discernir voces espirituales que trataban de intervenir para hacer tropezar su camino. Por eso el Señor nos envía a caminar bajo cobertura, a comunicar las cosas para que sean pesadas y discernidas, y así comprobar si en verdad vienen de Dios o no. No podemos ser pastoreados por sueños ni por voces sueltas.

Tengamos mucho cuidado con voces que parecen sonar plausibles, calmadas y tranquilas. Las fuerzas espirituales de alto rango no siempre gritan, gruñen o se manifiestan violentamente, como estamos acostumbrados a ver en algunos casos de liberación; muchas de ellas, con niveles altos de autoridad, hablan de manera muy pausada. Y cuando un espíritu está usando a una persona, esa persona suele presentarse con elogios. Por eso debemos ser prudentes tanto para discernir a otros como para no presentarnos nosotros mismos de esa forma ante nadie.

Quinta imagen espiritual: la difamación y la evasión de responsabilidad

Continuamos en el versículo 12:

“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Génesis 3:12)

Aquí aparece otra imagen espiritual: la difamación. Adán presenta la situación de manera que involucra, por un lado, a Dios («la mujer que tú me diste») y, por otro, a Eva («ella me dio»), como si él fuera simplemente el afectado en medio de todo esto. Eso es difamación: trasladar a otros la responsabilidad propia.

Es muy común escuchar a alguien decir: «A mí me enseñaron así en la otra iglesia.» Pero cada uno tiene en sus manos la Palabra, de Génesis a Apocalipsis, y la responsabilidad de leerla y conocerla es personal. Si no la hemos leído, no podemos simplemente creer todo lo que se nos enseña sin examinarlo. Cuando Jesús el Cristo venga, cada uno tendrá que rendir cuentas por sí mismo; no podremos decir: «El pastor que tú me diste, Señor, es quien me enseñó eso.» Todos tenemos la responsabilidad de estudiar la Palabra, de preguntar cuando algo no se entiende, y de no salir de un lugar diciendo simplemente: «Así me enseñaron antes, así lo hacían, así creía yo que era.» Eso es, a la vez, una acusación hacia otros y una evasión de responsabilidad, y por eso el juicio es tan severo: porque la persona no asume su parte.

Cuando alguien asume su responsabilidad, procede en arrepentimiento, como lo hizo David: «Yo pequé, Señor, yo pequé; fui yo.» Eso hace que Dios actúe a favor de esa persona. Pero cuando remitimos nuestra responsabilidad a otro —»no lo sabía», «no lo entendía», «me dijeron»— estamos evadiendo lo que nos corresponde, porque en Adán todos estamos representados: si en Adán estoy representado, tengo que asumir la responsabilidad que me compete por haber estado en esa genealogía. Hay que asumir responsabilidades.

La maldición y la pérdida de la imagen de Dios

Llegamos así a los versículos 13 y 14:

“Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí. Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.” (Génesis 3:13-14)

En este pasaje encontramos tres elementos que debemos destacar: la maldición entre todas las bestias, el andar sobre el pecho, y el comer polvo. El día que Adán y Eva desobedecieron a Dios, perdieron la imagen y semejanza de Dios; la perdieron por completo, óigalo bien, no se quedaron con una parte, ni con un tercio, ni con un cuarto de ella. Hay quienes dicen que la imagen simplemente se distorsionó o se difuminó, pero no fue así: se perdió completamente, y en su lugar adoptaron la imagen de aquel a quien habían decidido obedecer, es decir, la serpiente.

Esta imagen no se quedó solamente en la serpiente: la maldición pasó al hombre y a la mujer. El «andarás sobre tu pecho» y el «polvo comerás» se convirtieron en imágenes que ellos también recibieron. En Apocalipsis leemos:

“Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra; y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.” (Apocalipsis 12:3-4)

Fijémonos en la primera parte: «su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas.» Aquí encontramos otra imagen, relacionada con el arrastre: personas que son llevadas a la drogadicción, al alcoholismo, a distintos vicios y adicciones, incluso a la adicción sexual, porque la adicción no es únicamente a las drogas. Se trata de personas que adoptan la imagen del terrenal por haber obedecido a la serpiente, y que son arrastradas a una pobreza tan profunda que no encuentran forma de salir de ella. Esta imagen puede llegar a través de la nación a la cual la persona pertenece, o a través de la genealogía de la que procede, porque suele observarse como algo común en esa nación o en esa familia; pero, en todo caso, la persona se ve arrastrada.

Por eso siempre hemos dicho que hay que tener mucho cuidado con las personas que piden dinero en las calles: no podemos limitarnos a hacer obra social, porque muchas veces hay un espíritu de arrastre operando en ellas, y esa condición no se resuelve dándoles una limosna o un poco de comida de vez en cuando. No se puede liberar a una persona si no es de manera espiritual. Esta imagen es sumamente fuerte, porque casi siempre quienes caen en estos casos han sido alcanzados por una maldición pronunciada en su contra, y no hay forma de que salgan de ese estado hasta que se trabaje directamente con esa maldición: personas adictas al alcohol, a las drogas, al sexo o, en nuestros días, a los juegos —no solamente los jóvenes, también muchos adultos son adictos a distintos juegos, incluyendo el fútbol— porque detrás de ello hay una fuerza espiritual operando.

Esta imagen entra por una maldición, y puede pasar de generación en generación: en ocasiones salta del abuelo al nieto, sin pasar necesariamente por el hijo, pero siempre se mantiene algo latente dentro de esa genealogía. El demonio también usa el arrastre para mover a las masas: el chisme, por ejemplo, arrastra a un grupo de personas que, sin darse cuenta, comienzan a opinar y a posicionarse dentro de una ola que los va envolviendo. Ahí está la imagen del terrenal: todo lo que nos arrastre, todo aquello ante lo cual nos sintamos arrastrados, es una imagen que debemos eliminar.

Conclusión

Hemos visto, hermanos, que estas imágenes tienen diferentes aspectos. Ya lo hemos mencionado en varias ocasiones: existe el aspecto físico, que afecta la personalidad, el carácter y la forma de ver las cosas —por ejemplo, personas que se sienten aludidas por todo lo que se dice—. Hoy hemos visto las imágenes del terrenal que afectan al espíritu: el miedo, la vergüenza de la desnudez, el escondimiento, las voces engañosas, la difamación y la maldición que arrastra. Estas imágenes espirituales están arraigadas más profundamente que las que afectan solamente a la personalidad, y por eso son mucho más fuertes.

De todo esto, hermanos, debemos buscar liberación total y completa. No basta con decir «yo reprendo» o «la sangre de Cristo me limpia», porque en eso hemos estado muchos, y de esa forma no resolvimos realmente nada; al contrario, muchas veces todo se complicó más. El Señor nos está llamando a una liberación completa, y nos está mostrando cuáles son las imágenes que hemos traído del terrenal, para que comencemos a trabajar con ellas de manera decidida. Lo primero que tenemos que hacer es identificarlas. No podemos ir delante del Señor y decir simplemente: «Todo lo malo que haya en mí, lo denuncio y lo reprendo.» Así no se resuelve nada. Tenemos que identificar, una por una, por nombre, cada imagen caída, porque nada que no identifiquemos adecuadamente podremos confrontarlo ni resolverlo. Es un trabajo arduo, pero es un trabajo que tenemos que hacer.

En la próxima enseñanza estudiaremos las imágenes que quedaron pendientes de los versículos 4 al 8 de este mismo capítulo, las cuales no tienen que ver ni con el carácter ni con el espíritu, sino con imágenes angélicas: aquellas que proceden de seres espirituales angélicos.



Preguntas de repaso

1. ¿Por qué es tan importante distinguir entre la imagen de Adán y Eva antes de la caída y la imagen de Adán y Eva después de la caída? ¿Qué consecuencia trae para nuestra vida no hacer esa distinción?

2. De las imágenes espirituales estudiadas en este capítulo —el miedo, la vergüenza, el escondimiento, las voces engañosas, la difamación y la maldición que arrastra—, ¿cuál reconoce con mayor claridad en su propia vida, y qué pasos concretos puede dar para confrontarla delante del Señor?

3. ¿Por qué el capítulo insiste en que el trabajo de despojarse del viejo hombre es «personal e intransferible»? ¿De qué manera esta verdad cambia la forma en que usted busca su propia liberación espiritual?


pastor Pedro Montoya


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