2 Timoteo 2:22


Introducción

Continuamos el estudio de la segunda epístola del apóstol Pablo a Timoteo, un texto que hemos venido examinando con el propósito de conocer y entender en qué consisten las instrucciones que el apóstol le entrega a su hijo en la fe. Antes de avanzar, conviene recordar la diferencia esencial entre las dos epístolas que Pablo dirigió a Timoteo. Ambas cartas están dirigidas a la misma persona, pero tienen propósitos distintos: la primera epístola tiene como finalidad entregar instrucciones operativas, es decir, orientaciones prácticas para el gobierno y el orden de la iglesia. La segunda epístola, en cambio, tiene un propósito formativo: que Timoteo supiera, a partir de ese momento, conducir su vida y su ministerio conforme a lo que el Señor había determinado para él.

El trasfondo de esta segunda carta es determinante para comprenderla correctamente. Pablo la escribió estando prisionero en Roma, consciente de que se aproximaban sus últimos días. De ahí surge el valor particular de esta epístola: el apóstol quiere dejar sus últimas instrucciones para asegurarse de que Timoteo no abandone el ministerio, sino que continúe desarrollando la obra evangelística que le fue entregada por la imposición de las manos de Pablo y del presbiterio. Por esta razón, toda la segunda epístola está compuesta, en esencia, por este tipo de instrucciones formativas.

Hasta este punto del estudio hemos identificado cinco instrucciones. La primera se encuentra en el capítulo 1, versículo 6: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti” (2 Timoteo 1:6). La segunda aparece en el capítulo 2, versículo 1: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1). La tercera, en el capítulo 2, versículo 3: “Tú, pues, sufre penalidades como fiel soldado de Jesús el Cristo” (2 Timoteo 2:3). La cuarta, en el capítulo 2, versículo 15: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Y llegamos ahora a la quinta instrucción, la que ocupa este capítulo, registrada en el capítulo 2, versículo 22: “Huye también de los deseos juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Timoteo 2:22).

Estas cinco instrucciones no son las únicas que el apóstol entrega a Timoteo en esta epístola, pero cada una de ellas tiene el mismo peso y la misma contundencia, porque Pablo no solo está estableciendo instrucción para el ministerio, sino instrucción que tiene que ver con la persona misma de Timoteo: con quién es él delante de Dios.

Una instrucción comúnmente mal entendida

Cuando la mayoría de los lectores se acerca a este versículo —“huye también de los deseos juveniles”— tiende a interpretarlo de manera parcial, reduciéndolo casi exclusivamente al despertamiento sexual propio de un joven que entra en su edad juvenil. Sin embargo, esta lectura, aunque no es errónea del todo, deja fuera una dimensión mucho más amplia de lo que el apóstol está comunicando.

Para comprender correctamente esta instrucción es indispensable recordar que, para el momento en que Timoteo recibe esta segunda epístola, él ya no era el jovencito que fue incorporado al equipo ministerial de Pablo al inicio del segundo viaje apostólico. El propio recorrido misionero del apóstol permite calcular, de manera aproximada, el tiempo transcurrido: solamente en Corinto, durante el segundo viaje, Pablo permaneció dos años; posteriormente, en el tercer viaje apostólico, permaneció tres años solamente en Éfeso. A esto se suma que, al concluir su tercer viaje, Pablo regresó a Jerusalén, fue hecho prisionero y pasó dos años detenido en Cesarea, según relata el libro de Hechos de los Apóstoles. Después de esos dos años apeló a César, fue conducido a Roma, y allí, de acuerdo con el mismo relato, pasó otros dos años.

Al sumar estos datos que se desprenden del propio texto bíblico, se llega a la conclusión de que, para cuando Timoteo recibe esta segunda epístola, tenía en promedio treinta y cinco años de edad. Este dato cambia sustancialmente la manera en que debemos leer la instrucción “huye también de los deseos juveniles”, porque ya no se dirige a un adolescente en pleno despertar sexual, sino a un hombre maduro, formado en el ministerio, con años de experiencia junto al apóstol.

¿Qué son en realidad las pasiones juveniles?

Si la palabra ya no aplica exclusivamente al sentido que tradicionalmente se le ha dado, entonces es necesario preguntar: ¿qué está declarando el apóstol a Timoteo? Las pasiones juveniles no se limitan al aspecto de un despertamiento sexual descontrolado —ese elemento está incluido, sin duda, y por ello algunas versiones traducen el término precisamente como “pasiones juveniles”—, pero hay algo más, y ese algo más tiene que ver con la intencionalidad del hombre y de la mujer de vivir en autosuficiencia, lejos de Dios.

El apóstol, que conocía perfectamente el Antiguo Testamento, fundamenta esta enseñanza en lo que está escrito en sus páginas, y la misma actitud se destaca también en el Nuevo Testamento: las pasiones juveniles son, en su sentido más profundo, la actitud y la intencionalidad de la persona que ha conocido a Dios, que ha invocado su nombre, pero que decide alejarse de Él, dejando de creer que lo necesita para las cosas que emprenderá.

Ejemplos bíblicos de esta actitud

El libro de Deuteronomio ofrece un testimonio claro de esta realidad. En el capítulo 32, versículo 15, leemos: “Y engrosó Jesurún, y tiró coces (engordaste, te cubriste de grasa); entonces dejó al Dios que lo hizo, y menospreció la Roca de su salvación” (Deuteronomio 32:15). Este texto describe con precisión lo que significan las pasiones juveniles: sobre todo, la actitud y la intención de un hombre que ha confesado al Señor como su Dios, pero que en un momento determinado decide caminar en autosuficiencia, desligarse por completo de Él —no necesariamente para volver al mundo, sino para vivir conforme a sus propios deseos, sus propios planes, sus propias ideas, aquello que siempre ha soñado o querido hacer. Es, en definitiva, la oportunidad de vivir por sí mismo.

En el mismo capítulo, el versículo 6 refuerza esta misma confrontación: “¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante? ¿No es Él tu padre que te posee? Él te hizo y te ha establecido” (Deuteronomio 32:6). Es una palabra de confrontación dirigida a un pueblo que había pasado cuarenta años en el desierto siendo testigo directo de las manifestaciones de Dios. El solo hecho de haber recibido el maná todos los días, seis días a la semana, durante cuarenta años, era más que suficiente para que aquel pueblo entendiera con claridad a qué Dios servía. Sin embargo, al final de esos cuarenta años, Moisés todavía tuvo que llamarlos “pueblo loco e ignorante”, recordándoles que Aquel que los había hecho y sostenido durante todo ese tiempo, sin que les faltara nada, era el mismo a quien ahora, en su autosuficiencia, decidían no seguir dependiendo.

El libro de Ezequiel presenta otro ejemplo de esta misma actitud, en un contexto distinto y con un pueblo diferente. En el capítulo 28, versículo 17, se lee: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra, delante de los reyes te pondré para que miren en ti” (Ezequiel 28:17). Aunque no se trata del mismo pueblo que en Deuteronomio, la misma actitud de independencia y autosuficiencia se repite a través de los siglos: la convicción de que ya no se necesita invocar a Dios, de que basta con la propia suficiencia.

El Salmo 24 resume con precisión este principio. Allí se plantea la pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en el lugar de su santidad?” (Salmo 24:3). La respuesta que da el salmista, por el Espíritu de Dios, es la siguiente: “El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a la vanidad, ni jurado con engaño” (Salmo 24:4). Estos textos permiten resumir el sentido completo de la instrucción paulina: las pasiones juveniles tienen que ver con el desbordamiento de un hombre o una mujer que ha confesado a Jesús, pero que en un momento determinado quiere salir a hacer todo por su propia cuenta, quiere experimentar aquello que en algún momento pensó, ideó o sintió.

Todo aquello que nos aparta de la voluntad de Dios

Con este trasfondo bíblico puede entenderse ahora con mayor claridad la instrucción del apóstol Pablo a Timoteo. Las pasiones juveniles, para una persona que —como Timoteo— ya no es un jovencito que despierta a una vida sexual sin poder controlar sus impulsos, no se agotan en esa dimensión, aunque la incluyen. Hay algo más que debe entenderse como parte de las pasiones juveniles: todo aquello que envuelve, que atrae, que induce, que empuja, que seduce, todo aquello que nos saca de lo que Dios ha establecido y nos invita a vivir por nuestros propios esfuerzos, por nuestros propios deseos, por nuestros propios planes, por lo que nosotros realmente queremos hacer.

Esta es la razón por la cual, en ocasiones, este pasaje parece no decirnos mucho a quienes ya no somos jóvenes: pensamos que la palabra “huye de los deseos juveniles” tiene validez para un adolescente, pero no para nosotros. Sin embargo, ahora podemos entender que las pasiones juveniles involucran mucho más que deseos sexuales desordenados: implican todo aquello que nos convoca a salirnos de la voluntad de Dios. En ese sentido, esta quinta instrucción, sin ser necesariamente la más importante de todas, sí es la más contundente y la que exige mayor atención, porque de nada serviría avivar el fuego del don de Dios, esforzarnos en la gracia que es en Cristo Jesús, sufrir penalidades como fieles soldados de Jesús el Cristo, o procurar con diligencia presentarnos a Dios aprobados, si no huimos de todo aquello que nos arrastra hacia la autosuficiencia.

Esta instrucción enseña que debemos rendir todo al Señor. No podemos afirmar que una parte de nuestra vida está rendida a Él mientras nos reservamos otra —negocios, empleos, profesiones, proyectos— para encargarnos de ella según nuestros propios términos, conforme a lo que siempre hemos soñado o querido hacer. Un hombre de Dios no puede vivir así; una mujer de Dios tampoco. Todo tiene que estar rendido al Señor.

Tres instrucciones para huir de las pasiones juveniles

Como ocurre con otras instrucciones a lo largo de la epístola, el apóstol no se limita a dar el mandato, sino que también enseña el camino concreto para alcanzarlo. Huir de las pasiones juveniles no se logra reprimiéndolas ni ignorándolas simplemente; el apóstol entrega tres instrucciones precisas para lograrlo.

Primera instrucción: evitar las profanas y vanas palabrerías

La primera forma de huir de las pasiones juveniles se encuentra en el versículo 16 del capítulo 2: “Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” (2 Timoteo 2:16). El apóstol explica aquí por qué razón un hombre o una mujer entra en este tipo de conflicto: porque cae en impiedad. Y la impiedad se desarrolla, precisamente, al evitar —o más bien al no evitar— las profanas y vanas palabrerías.

Las profanas y vanas palabrerías son todo aquel diálogo, toda aquella conversación, toda aquella información —leída o escuchada— que no conduce a nada. El apóstol instruye a evitarlas, porque entrar en este tipo de información, de diálogo o de conversación conduce directamente a la impiedad. Es importante notar que el pecado no llega necesariamente por una exposición directa ante lo malo o lo perverso; el Espíritu de Dios, por medio de Pablo, señala que el pecado también entra por la información que permitimos que ingrese a nuestra vida. Lo “profano”, en este sentido, es todo aquello que no tiene relación alguna con la palabra de Dios, una comunicación que no conduce a entender ni a conocer la palabra de Dios.

Este patrón puede reconocerse desde el principio mismo de las Escrituras. En Génesis capítulo 3, la serpiente se acerca a la mujer y le dice: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1). Obsérvese cómo la pregunta se formula de manera genérica, incluyéndolo todo, y de ese modo se abre el diálogo: una información ingresó, se entabló la conversación, y el resultado de aquel intercambio es bien conocido. Estas son, precisamente, profanas y vanas palabrerías: un hombre o una mujer de Dios no puede entrar en este tipo de comunicación, de argumentos, de conversación ni de recepción de información, porque el resultado es la impiedad.

Este principio permite comprender por qué, en ocasiones, hombres y mujeres de Dios caen en contaminaciones: no por una exposición directa al mal, sino por aquello que permitieron que ingresara a su entendimiento, a su conocimiento, a su conciencia —por cosas que vieron, por cosas que leyeron, por conversaciones que ellos mismos iniciaron—. Huir de las pasiones juveniles no consiste, entonces, simplemente en ignorarlas o reprimirlas, pues de esa manera lo único que se logra es acumularlas, para que en algún momento posterior exploten con mucha más fuerza y violencia.

El propio Pablo había insistido en este mismo consejo desde su primera epístola a Timoteo, en dos ocasiones distintas. En el capítulo 4, versículo 7, escribió: “Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad” (1 Timoteo 4:7). Y en el capítulo 6, versículo 20, insistió: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia” (1 Timoteo 6:20). En este último texto Pablo es aún más específico, al incluir elementos de carácter científico. Cuántas veces hombres y mujeres de Dios son atrapados al recibir cierto tipo de información: por ejemplo, la afirmación de que “la Biblia tenía razón, y la arqueología lo confirma”. Muchos han caído en ese atrapamiento, que es precisamente una profana y vana palabrería, pues la palabra de Dios no necesita que la arqueología confirme lo que ella misma ha establecido. Sin embargo, por desconocimiento de la palabra, muchos han caído en este tipo de conversaciones, que resultan sumamente atractivas. Hoy, con la proliferación de las redes sociales, este tipo de contenido está mucho más presente en el ambiente, por lo cual se requiere especial cuidado.

Segunda instrucción: desechar las cuestiones necias y sin sabiduría

La segunda instrucción se encuentra en el capítulo 2, versículo 23: “Pero desecha las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas” (2 Timoteo 2:23). Aunque pareciera una repetición de la instrucción anterior, se trata de dos elementos completamente distintos: mientras que las profanas y vanas palabrerías provocan impiedad, las cuestiones necias y sin sabiduría provocan contienda.

Las cuestiones necias y sin sabiduría son todos aquellos elementos que nos seducen a demostrar cuánto sabemos, a probar ante los demás que poseemos un conocimiento superior. Con frecuencia, cuando se desarrollan debates, conversatorios o argumentaciones —“dime tú qué piensas acerca de este tema y te diré lo que yo pienso”—, lo que prevalece en medio de esos intercambios es el deseo de demostrar a los demás que se sabe más que todo el conjunto. Eso son, precisamente, las cuestiones necias y sin sabiduría. Dios no ha llamado a su pueblo a entrar en debates ni en conversatorios con el único fin de exhibir el conocimiento propio ante los demás; eso no es caminar en revelación.

Caminar en revelación consiste en saber establecer la verdad de Dios en la propia vida, pero esa verdad no puede imponerse sobre los demás, porque no todos están en la capacidad de caminar en revelación. Por ello, cuando surge la tendencia a imponer sobre los demás, se está entrando precisamente en cuestiones necias y sin sabiduría.

El apóstol Pablo desarrolla este mismo principio en su segunda epístola a los Corintios, capítulo 10, versículos 3 al 6: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne, porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, destruyendo argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prestos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta” (2 Corintios 10:3-6). Las cuestiones necias son, entonces, todo aquello donde pretende imperar el egoísmo personal, la intención de imponerse sobre los demás. Solo llevamos cautiva la cautividad cuando nosotros mismos nos hemos sometido primero a la obediencia de Cristo Jesús; no podemos someter el reino de las tinieblas mientras nosotros mismos no nos hayamos sometido a esa obediencia.

Huir de las pasiones juveniles significa, entonces, desechar toda cuestión necia y sin sabiduría: esa tendencia a querer imperar, a querer imponerse, a querer validar un conocimiento únicamente ante los demás, o a querer impresionar a otros con lo que se sabe. Un hombre de Dios no puede caer en esto; una mujer de Dios tampoco.

Tercera instrucción: corregir con mansedumbre a los que se oponen

La tercera instrucción para huir de las pasiones juveniles se encuentra en los versículos 24 al 26, los tres últimos versículos del capítulo: “Que el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:24-26).

Este tercer consejo consiste en corregir a los que se oponen. Nótese el orden que el Espíritu de Dios establece por medio del apóstol: primero, alejarse de toda plática profana y vana palabrería; segundo, desechar toda cuestión necia y sin sabiduría; y solo entonces, habiendo dejado a un lado ambas cosas, se está en la capacidad de enseñar o corregir a los que se oponen. No para imponerles ni para influenciarlos, sino sencillamente para confrontarlos con la palabra, de modo que cada quien entienda cuál es su posición delante de Dios.

El problema de muchos radica en que no saben cómo son vistos delante de Dios. A la mayoría le interesa, sobre todo, cómo se ve a sí mismo; con frecuencia no interesa cómo lo ven los demás, y si uno mismo se ve bien, cree que todo está bien. Pero no se ha considerado cómo Dios ve a cada persona. La vida de fe, la vida de la gracia de Dios en Cristo Jesús, consiste precisamente en entender cómo Dios nos ve, y con frecuencia nos sorprenderíamos al descubrir que Dios no nos ve como nosotros nos vemos, ni ve las situaciones como nosotros las vemos. Para muchos, todo está bien, no hay nada que reparar ni que corregir; pero cuando se permite que el Espíritu de Dios haga ver la vida como Él la ve, se descubre que hay muchas cosas todavía por reparar, por corregir y por desechar.

Por esta razón el apóstol especifica que la corrección debe hacerse con mansedumbre, y esto solo es posible después de haber quitado las vanas y profanas palabrerías y de haber desechado las cuestiones necias y sin sabiduría. De lo contrario, se correría el riesgo de creer que se está evangelizando o enseñando, cuando en realidad se estaría estableciendo un criterio propio, una idea propia, incluso un deseo propio, y no necesariamente lo que Dios quiere que se establezca.

La advertencia a la iglesia de Éfeso

Esta quinta instrucción cobra un peso adicional cuando se recuerda que Timoteo fue dejado precisamente en Éfeso, según se registra en la primera epístola. Esto significa que Timoteo se constituyó en el mensajero, el pastor, de aquella iglesia que el apóstol Pablo mismo había fundado. Por ello, cuando se llega al libro de Apocalipsis, cobra pleno sentido el mensaje que Jesús dirige al mensajero de la iglesia de Éfeso: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia” (Apocalipsis 2:2), y que había sabido identificar y desenmascarar a quienes se decían apóstoles sin serlo. Pero llega el momento en que el Señor le dice: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4).

El primer amor no es, en este sentido, un simple afecto emocional por la obra, sino la devoción con la cual Timoteo fue formado. Y esta segunda epístola muestra cuánta entrega puso el apóstol Pablo en su formación: con mucho cuidado, con mucho esfuerzo, con mucha dedicación. Haber dejado el primer amor significa, entonces, haberse olvidado en un momento determinado de las instrucciones recibidas, de todo lo que se enseñó, de todo lo que con esfuerzo, entrega y sacrificio se entregó. Y la razón de ese olvido es no haber tenido cuidado de huir de las pasiones juveniles: haberse entregado a la autosuficiencia, haber llegado a creer que ya nadie podía enseñar, que ya no había necesidad de que alguien instruyera, que ya se era superior a los demás.

De esta autosuficiencia es de lo que el Señor llama la atención hoy por medio de esta quinta instrucción. Pensar que esta instrucción fue para Timoteo y no para cada uno de nosotros sería una de las decisiones más graves que se pudieran tomar, porque llegará el momento en que, de manera directa, se nos diría también a cada uno: has dejado tu primer amor. Por eso, ante esta palabra, la exhortación del Espíritu a la iglesia de Éfeso sigue siendo vigente: “Recuerda de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Apocalipsis 2:5).

Conclusión

La quinta instrucción del apóstol Pablo a Timoteo, registrada en 2 Timoteo 2:22, es contundente porque no es posible avanzar en las demás instrucciones —avivar el don, esforzarse en la gracia, sufrir como fiel soldado, procurar presentarse aprobado— si no se atiende primero esta tendencia latente hacia la autosuficiencia. Las pasiones juveniles no se limitan a un despertamiento sexual desordenado; abarcan toda actitud e intencionalidad que busca prescindir de Dios, vivir de forma separada y autodependiente, sin necesidad de consultarle ni de pedirle nada, bajo la convicción de que se cuenta con los recursos propios para alcanzar cualquier meta.

El apóstol entrega tres consejos contundentes para huir de esas pasiones: evitar las profanas y vanas palabrerías, que conducen a la impiedad (2 Timoteo 2:16); desechar las cuestiones necias y sin sabiduría, que engendran contienda (2 Timoteo 2:23); y corregir con mansedumbre a los que se oponen, para que puedan arrepentirse, conocer la verdad y escapar del lazo del diablo (2 Timoteo 2:24-26). Solo así se puede rendir verdaderamente toda la vida al Señor, sin reservar para uno mismo ninguna parcela que se pretenda gobernar por cuenta propia.



Preguntas de repaso

1. ¿Cuáles son las tres instrucciones concretas que el apóstol Pablo da a Timoteo para huir de las pasiones juveniles, y qué resultado provoca el no atenderlas (2 Timoteo 2:16, 23-26)?

2. ¿De qué manera se relaciona la advertencia de Apocalipsis 2:4 (“has dejado tu primer amor”) con la quinta instrucción de Pablo a Timoteo?

3. ¿Hay áreas de tu vida —proyectos, planes, decisiones— que mantienes bajo tu propio control en lugar de rendirlas por completo al Señor? ¿Qué pasos concretos puedes tomar para entregarlas a Él?


pastor Pedro Montoya


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