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Que Sirvas a Jehovah tu Dios: La Instrucción Más Delicada


Deuteronomio 10:12

Introducción: La Necesidad de la Corrección

La vida del hombre y la mujer de fe no consiste únicamente en la capacidad de adquirir nuevos conocimientos o en acumular mayor entendimiento de las cosas espirituales. En su esencia más profunda, la vida de fe consiste en la capacidad que cada uno de nosotros tiene de ser corregido: corregido por la Palabra, corregido por el Espíritu Santo y corregido por quienes Dios ha establecido para ejercer corrección sobre Su pueblo. Sin esta disposición a la corrección, el avance espiritual es prácticamente nulo.

La Palabra del Señor nos declara que Él viene por una iglesia sin mancha y sin arruga, y esa realidad solo es posible mediante la corrección. No existe otra forma de eliminar manchas ni de quitar arrugas en el carácter del creyente. De allí la importancia de los tiempos de instrucción, capacitación y formación que el Señor nos concede.

En el presente capítulo continuamos el estudio de Deuteronomio 10:12, donde el Espíritu de Dios, por boca de Moisés, establece cuatro instrucciones fundamentales para que el pueblo aprenda a caminar conforme a la voluntad del Señor. La cuarta de estas instrucciones —y la más delicada de todas— es la que estudiaremos en este capítulo:

«…que le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma.» (Deuteronomio 10:12)

Esta instrucción es la más delicada de las cuatro porque no se trata simplemente de hacer algo, sino de saber con precisión qué es lo que el Señor quiere que hagamos. La actividad no es en sí misma garantía de complacencia divina. Lo que Dios demanda es intención, dirección y consciencia.

El Error Fundamental: Confundir Actividad con Servicio

Uno de los errores más extendidos en la vida cristiana contemporánea es creer que entre más hagamos para Dios, más cerca estamos de Su complacencia o más aceptos somos delante de Él. Esta confusión entre actividad y servicio genuino ha llevado a muchos hombres y mujeres de fe a procesos de estancamiento espiritual profundo.

Las Escrituras presentan con claridad este peligro a través de dos ejemplos contundentes.

El Joven Rico

Un joven se acerca a Jesús con una pregunta sincera: «¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?». La respuesta de Jesús enumera los mandamientos, y el joven responde: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud». Sin embargo, de inmediato añade: «¿Qué más me falta?». Esa pregunta revela que él mismo percibe que algo esencial está ausente, a pesar de toda su actividad religiosa.

La segunda respuesta de Jesús es precisa y confrontacional: «Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme». Esta instrucción no estaba escrita en ningún mandamiento específico. Era la revelación puntual de lo que Dios demandaba de ese hombre en ese momento. Y el joven no pudo avanzar al siguiente nivel porque no sabía —o no quería saber— con exactitud qué era lo que el Señor le pedía.

Los que Hicieron Milagros en Su Nombre

En Mateo 7:21-23 se presenta un caso aún más impactante. Unos hombres se presentarán ante el Señor en el día final alegando: en tu nombre hicimos milagros, en tu nombre hablamos en nuevas lenguas, en tu nombre expulsamos demonios. Sin embargo, la respuesta del Señor será categórica:

«Apartaos de mí, obradores de maldad, nunca os conocí.» (Mateo 7:23)

¿Cómo es posible que el Señor tenga que decirle a alguien «nunca os conocí», habiendo manifestado señales que parecían confirmar su fe? La respuesta está en que en sus acciones, en su forma de conducirse, de hablar, de pensar y de administrar, habían permitido o introducido elementos que competían con el Señor. No se trataba de hacer, sino de saber con precisión qué es lo que Él quería que hicieran.

La vida de fe que agrada a Dios no es aquella que se ocupa en estar en actividad; es aquella que sabe con precisión qué es lo que el Señor quiere.

Las Tres Palabras para «Servicio» en las Escrituras

Para comprender la cuarta instrucción de Deuteronomio 10:12, es fundamental reconocer que en el idioma original —el griego del Nuevo Testamento y el hebreo del Antiguo Testamento— existe una riqueza léxica que el español no captura con una sola palabra. Mientras en español solo contamos con el verbo «servir», en griego hay tres palabras distintas que hablan de servicio, cada una con un matiz diferente.

Primera palabra: Duleō

Esta palabra alude al servicio propio de un siervo, en el sentido de servidumbre. De ella se origina precisamente la palabra «siervo». Algunos ejemplos de su uso en el Nuevo Testamento incluyen:

• Romanos 1:1 — «Pablo, siervo de Jesucristo…»

• Romanos 7:6 — «…sirvamos en novedad de espíritu…»

• Gálatas 5:13 — «…por amor servíos los unos a los otros.»

Segunda palabra: Diaconeō

Esta palabra se refiere al servicio práctico, especialmente el servicio a las mesas o el ministerio diaconal. La encontramos, por ejemplo, en:

• Mateo 20:28 — «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir…»

• Lucas 10:40 — Donde Marta «servía afanosamente».

• Hechos 6:2 — En la elección de los diáconos para «servir a las mesas».

Tercera palabra: Lutreuō — La Palabra Clave

Esta es la palabra que se utiliza en Deuteronomio 10:12. En el hebreo original, el equivalente es la palabra abad, y su correspondiente en el griego del Nuevo Testamento es lutreuō. Esta es la palabra que el Señor usa cuando ordena: «que le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma».

Existe una diferencia sustancial entre estas tres palabras, y por eso es vital identificar a cuál se está haciendo referencia. A continuación, mediante cuatro casos bíblicos —dos del Antiguo Testamento y dos del Nuevo Testamento—, construiremos una definición completa de qué significa este servicio que Dios demanda.

Cuatro Dimensiones del Servicio Verdadero

Primera Dimensión: Repudiar Toda Idolatría

El primer caso lo encontramos en Josué 24:15-16:

«Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca que dejemos a Jehová por servir a otros dioses.» (Josué 24:15-16)

En estos dos versículos, la palabra «servir» aparece cuatro veces. Y el mensaje es inequívoco: en el servicio a Dios no puede haber ídolos. No puede haber nada que se compare con Él, nada que compita con Su honra, Su gloria o Su alabanza.

Este fue, precisamente, el gran fallo recurrente del pueblo de Israel a lo largo de su historia: nunca abandonaron del todo los ídolos. En varios momentos de esa historia, los introdujeron incluso al templo de Jerusalén, postrándose ante ellos al mismo tiempo que ante el Señor.

Ahora bien, es imprescindible ampliar nuestra comprensión de qué es un ídolo. Un ídolo no es únicamente una figura física ante la cual el hombre se postra. Un ídolo es todo aquello que compite en autoridad, en poder, en manifestación y en confianza con el Señor. El libro de Santiago lo declara con claridad: de la misma fuente no puede salir agua dulce y agua amarga. O se sirve al Señor, o se sirve a otro.

Esto es mucho más delicado de lo que parece a primera vista. Hay personas que no pueden confiar plenamente en el poder de Dios para ser sanadas, y buscan otra fuente de poder o solución al mismo tiempo que invocan el nombre de Jesús. Hay quienes, aunque saben que algo no agrada al Señor, lo hacen porque sienten que tienen necesidad y que Él lo entenderá. En todos estos casos, hay algo compitiendo con la autoridad de Dios, y eso —aunque no sea una imagen tallada— es idolatría.

Hoy en día, esta realidad se manifiesta incluso en el uso que muchos hacen de las redes sociales. Cuando un ministro determina la validez de su llamado por la cantidad de «me gusta» que recibe, cuando cesa en su trabajo porque nadie le responde en línea, o cuando moldea su mensaje buscando aceptación digital, está permitiendo que una plataforma ocupe el lugar que solo le corresponde a Dios. Eso es idolatría.

La primera definición de servicio, entonces, es esta: servir a Dios significa repudiar absolutamente todo aquello que compite con Su autoridad. Todo aquello que compite con el Señor debe ser removido.

Segunda Dimensión: Mantenerse Constante en lo que Dios Ha Dicho

El segundo caso lo encontramos en Malaquías 3:13-16, donde el pueblo de Israel, desanimado por las circunstancias, había llegado a decir:

«Por demás es servir a Dios, ¿y qué aprovecha que guardemos su ley y que andemos tristes delante de Jehová de los ejércitos?» (Malaquías 3:14)

El argumento es el siguiente: los que hacen impiedad prosperan, mientras que quienes sirven al Señor con fidelidad no ven los frutos esperados. La conclusión a la que llegaron es que el servicio a Dios no tiene sentido.

Este pasaje revela la segunda dimensión del verdadero servicio: mantenerse constante y firme en lo que Dios ha dicho, sin importar la resistencia, la oposición, la persecución, el hambre, la escasez ni las circunstancias adversas. El servicio genuino no depende de resultados.

Muchos predicadores con ministerios legítimos han dejado de servir al Señor precisamente porque los resultados no llegaron como esperaban. Han interpretado la ausencia de frutos visibles como una señal de que Dios cambió de planes, y han abandonado lo que Él les encomendó. Pero la Palabra es clara:

«Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.» (Números 23:19)

Dios no cambia de parecer. Si Él te dijo que hicieras algo, esa instrucción permanece vigente hasta que el Señor mismo te llame a Su presencia o te revele un cambio. El ejemplo más poderoso de esto es Abraham. Dios le había prometido que por Isaac vendría la herencia. Y cuando Dios le pidió que sacrificara a Isaac, Abraham no interpretó eso como un cambio de opinión divino. Según el libro de Hebreos, Abraham creyó que Dios era poderoso para resucitar a Isaac de entre los muertos si era necesario, porque Dios no cambia de parecer.

Hay hombres y mujeres con ministerio que han comprometido su llamado buscando oportunidades fuera del lugar al que Dios los asignó, porque allí no «florecían» según su propia percepción. Han salido del lugar donde Dios los plantó en busca de espacios donde la gente responda, reaccione o interactúe. Eso no es servicio; eso es inestabilidad.

«Pero el que perseverare hasta el fin, éste será salvo.» (Mateo 24:13)

«Bienaventurados aquellos siervos a los cuales, cuando el Señor viniere, hallare velando…» (Lucas 12:37)

La segunda definición de servicio es esta: servir a Dios significa mantenerse constante y firme en lo que Él ha encomendado, independientemente de las circunstancias, los resultados visibles o la aprobación de los demás. Mantente. Mantente. Mantente.

Tercera Dimensión: Postrarse Únicamente ante el Señor

El tercer caso lo encontramos en Mateo 4:8-10, durante la tentación de Jesús en el desierto. El diablo le ofrece todos los reinos del mundo y su gloria, con una condición:

«Todo esto te daré si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.» (Mateo 4:9-10)

Hay una ley espiritual de paridad de contenido que nos ayuda a entender este texto: cuando una pregunta presenta dos elementos, la respuesta también debe contener dos elementos que correspondan a los de la pregunta. En el versículo 9, el diablo usa dos términos: «postrado» y «adorar». En la respuesta de Jesús en el versículo 10, también hay dos elementos: «adorar» y «servir». Un elemento se mantiene —adorar— y el otro cambia: «servir» sustituye a «postrado». Esto revela que, en el lenguaje bíblico, servir es equivalente a postrarse.

¿Qué significa postrarse? En Josué 7:6 leemos que Josué rompió sus vestidos y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová. Postrarse no es simplemente arrodillarse o doblar las rodillas para orar: es llevar la frente hasta tocar el suelo. Esta acción tiene un valor tanto físico como espiritual.

Lo físico y lo espiritual deben caminar juntos. Si una persona afirma estar postrada ante el Señor en su corazón, pero físicamente no está dispuesta a hacerlo, algo anda mal. Lo que creemos debe estar en correspondencia con lo que hacemos. El sueño de José es un ejemplo poderoso de cómo el acto físico de postrarse tiene cumplimiento espiritual en la realidad: los manojos de sus hermanos se postraron ante su manojo, y cuando esa escena se cumplió en Egipto, la Escritura dice que José «se acordó del sueño».

En sentido espiritual, postrarse ante el Señor significa no rendirse ni ceder ante las circunstancias, las necesidades, las presiones o las propuestas que compiten con la confianza en Dios. Abraham, cuando el rey de Sodoma le ofreció los bienes del botín de guerra, respondió: «He levantado mi mano… que nada de lo tuyo tomaré, para que no digas: Yo enriquecí a Abraham». Abraham no se postró ante la necesidad ni ante una oferta conveniente. Su única fuente de provisión era el Señor.

Hay personas que, por necesidad, han aceptado propuestas que Dios no había determinado para sus vidas. Hay quienes, por amor a la aceptación, han hecho alianzas con personas con quienes jamás debieron haberlas hecho. En todos esos casos, hubo una postración ante algo diferente al Señor.

La tercera definición de servicio es esta: servir a Dios significa postrarse —física y espiritualmente— únicamente ante Él, sin rendirse ante circunstancias, necesidades, beneficios o presiones externas.

Cuarta Dimensión: Una Actividad Cotidiana Consciente

El cuarto caso lo encontramos en Romanos 12:1:

«Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.» (Romanos 12:1)

La palabra traducida como «culto» en este versículo es precisamente la palabra lutreuō —la misma que se utiliza en Deuteronomio 10:12 para hablar de «servicio». Una traducción más fiel al texto original diría: «que es vuestro servicio racional» o «consciente». En el griego, la palabra traducida como «racional» es logikós, que se relaciona directamente con la lógica, la consciencia y la intencionalidad.

El servicio que Dios demanda no se limita a lo que hacemos dentro de las paredes de una congregación. El servicio abarca todo lo que hacemos durante las veinticuatro horas del día. Todo. Sin excepción. Colosenses 3:23 lo confirma:

«Y todo lo que hagáis, hacedlo de ánimo como al Señor y no a los hombres.» (Colosenses 3:23)

El gran problema es que muchos no somos conscientes de nuestras acciones cotidianas. Hemos creído que el «servicio» tiene que ver exclusivamente con actividades eclesiásticas, y hemos incurrido en prácticas completamente incompatibles con el carácter de Dios: soborno, abuso de autoridad, difamación, acciones contrarias a la voluntad del Señor. Todo eso también es «servicio», en el sentido de que Dios observa todo lo que hacemos, en todo momento.

La cuarta definición de servicio es esta: servir a Dios es toda actividad cotidiana realizada con plena consciencia de que lo estamos haciendo para Él, no para los hombres.

Con Todo tu Corazón y con Toda tu Alma

La cuarta instrucción de Deuteronomio 10:12 no concluye con la simple demanda de servir. Añade dos calificadores esenciales: «con todo tu corazón» y «con toda tu alma». Estos no son meros adornos literarios; forman parte integral de la instrucción y definen cómo debe realizarse ese servicio.

Servir con Todo el Corazón: Con Toda la Intensidad de las Intenciones

En el pensamiento occidental —profundamente influenciado por la filosofía griega— el corazón es el asiento de los sentimientos, las emociones y las pasiones. Sin embargo, en el texto bíblico, el corazón representa el asiento de la vida y de las intenciones. Jesús lo declara en Mateo 15:19:

«Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.» (Mateo 15:19)

El corazón no es el lugar de donde salen los sentimientos, sino las intenciones. Y Proverbios 4:23 añade:

«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.» (Proverbios 4:23)

De allí mana la intensidad con que vivimos. Por lo tanto, «servirás al Señor con todo tu corazón» significa: servirás al Señor con toda la intensidad de tus intenciones. No con el noventa y nueve por ciento, porque ese uno por ciento restante es suficiente para echar a perder todo lo demás. El Señor exige el ciento por ciento de nuestras intenciones. Que nada de lo que hagamos esté motivado por propósitos distintos al de honrarle a Él.

Servir con Toda el Alma: Durante Toda la Existencia

En Génesis 2:7 leemos que Dios formó al hombre del polvo de la tierra, alentó en su nariz soplo de vida, y «fue el hombre en alma viviente». El alma no es un componente del ser humano separado del cuerpo; el alma es la existencia misma. Un hombre viviente es un alma. Mientras el hombre existe, es un alma.

Por lo tanto, «servirás al Señor con toda tu alma» significa: servirás al Señor durante toda tu existencia, sin excepción de un solo día, un solo minuto o un solo segundo. Que no haya un instante de la vida en el que nuestras intenciones estén dirigidas hacia algo o alguien distinto al Señor.

El Salmo 1:1-2 describe al hombre bienaventurado como aquel que en la ley del Señor medita de día y de noche; aquel cuyas intenciones están permanentemente dirigidas hacia Dios. Esa es la imagen del servicio que el Señor demanda: que en todo momento, ante cualquier situación, la pregunta del corazón sea: «¿Qué pensará el Señor de esto que estoy haciendo? ¿Qué pensará el Señor de lo que estoy diciendo? ¿Le agrada esto a Él?»

Conclusión: Una Definición Completa del Servicio

Hemos recorrido cuatro dimensiones del servicio verdadero que el Señor demanda en Deuteronomio 10:12. Unidas, forman una definición completa e integral:

1. Repudiar toda idolatría: Todo aquello que compita con la autoridad, el poder o la manifestación del Señor debe ser removido de nuestra vida.

2. Mantenerse constante: Si Dios ha dicho algo, el creyente debe permanecer firme en ello, independientemente de las circunstancias, la oposición o la ausencia de resultados visibles.

3. Postrarse únicamente ante el Señor: Física y espiritualmente, el creyente no se rinde ante las circunstancias, las necesidades, los beneficios ni las presiones. Su única fuente de autoridad y provisión es Dios.

4. Una actividad cotidiana consciente: Todo lo que hacemos, en las veinticuatro horas del día, es servicio al Señor. No solo las actividades congregacionales, sino absolutamente todo.

Y todo esto debe hacerse con toda la intensidad de las intenciones —«con todo tu corazón»— y durante toda la existencia —«con toda tu alma»—.

Dios es el Creador de todas las cosas y, como tal, el hombre y la mujer de fe se sujetan a Él, se someten a Él y se entregan a Él sin resistencia, sin cuestionamiento y sin exigir una explicación a cambio. Esta instrucción está plenamente vigente para nuestros días. Si cada uno de nosotros aprende a caminar por ella, estableceremos sobre esta tierra el reino de Dios y Su justicia, abriremos espacios de gloria donde Él se manifestará, y seremos hallados por Él tal como lo desea: velando, constantes, postrados ante Su nombre. La instrucción ha sido dada. La decisión es nuestra.



pastor Pedro Montoya


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