Introducción

La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Damos gracias al Señor por la oportunidad de estar delante de su presencia para exponernos ante su palabra y ante el poder de su Santo Espíritu, con el único propósito de hacer y establecer la voluntad de Dios.

¿En qué consiste la vida de fe? Consiste precisamente en que el hombre y la mujer podamos hacer y establecer la voluntad del Señor. Esta enseñanza aparece desde el libro de Génesis, cuando Adán y Eva fueron puestos en el huerto del Edén con un único propósito: hacer y establecer la voluntad de Dios. El huerto del Edén ya no existe para nosotros; ni Adán ni Eva están allí, y ninguno de nosotros lo estará jamás. Pero el propósito no ha cambiado. El propósito del hombre y de la mujer sigue siendo hacer y establecer la voluntad de Dios, y esto es posible únicamente por su gracia y por su misericordia.

La Realidad del Reino de las Tinieblas

En la enseñanza de la semana anterior establecimos un punto doctrinal de suma importancia para poder hacer y establecer la voluntad de Dios: no podemos desconocer la realidad del reino de las tinieblas. Aunque a algunos esto les pudiera parecer incongruente, es necesario entender que no se puede hacer ni establecer la voluntad de Dios si no reconocemos que existe una realidad de las tinieblas que debemos conocer, con el propósito de hacerla a un lado, de no caminar por ella, ni siquiera de mirarla o contemplarla.

Eva, de acuerdo con el capítulo tres del libro de Génesis, no entendió que la serpiente venía contratada de parte de Satanás. Si ella lo hubiera comprendido, no habría permitido que la serpiente se acercara. El capítulo comienza diciendo:

“Era la serpiente astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho” (Génesis 3:1).

Eva no sabía que la serpiente había sido contratada por Satanás. Si ella hubiera conocido y entendido desde un principio esta realidad, no lo habría permitido, y Adán tampoco habría caído. Por eso, el tema que establecimos la semana pasada es de vital importancia para todo hombre y toda mujer de fe: conocerlo y entenderlo en principio. Si no identificamos al enemigo, el enemigo tendrá cercanía, y nosotros no podremos rechazarlo ni combatirlo.

Recordemos el momento en que Josué, días antes de la conquista de Jericó, se encuentra con un varón que tenía una espada desenvainada, y le pregunta: “¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?” Ese es precisamente el propósito de conocer la realidad del reino de las tinieblas: poder identificar quiénes vienen de parte del enemigo, para ponerlos bajo la planta de los pies de Cristo Jesús. Nadie que no admita la realidad del reino de las tinieblas podrá enfrentarlo, porque él mismo la está invalidando, y por lo tanto no podrá ser vencedor en el día de la confrontación.

En esta enseñanza queremos continuar con ese mismo tema, pero en esta ocasión estudiaremos las causas que le permiten al reino de las tinieblas tener cercanía con un hombre o una mujer de fe. No se supone que el reino de las tinieblas tenga cercanía con los creyentes; si la tiene, es porque existen razones, porque existen causas. Estudiaremos tres causas bien definidas en las Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. No son las únicas, pero sí son las fundamentales, y todo hombre y toda mujer de fe deben aprender a trabajar sobre ellas para desarrollar autoridad y establecer la voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Primera Causa: La Herencia Adámica

La primera causa la encontramos en la primera epístola del apóstol a los corintios:

“Cual el terreno, tales también los terrenos; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y como trajimos la imagen del terreno, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:48-49).

En versiones más modernas aparece la palabra “terrenal” en lugar de “terreno”: cual el terrenal, tales también los terrenales; y como trajimos la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Esta primera causa que le permite al reino de las tinieblas tener cercanía con el hombre y la mujer de fe es la imagen de Adán, es decir, la naturaleza adámica.

En su carta a los romanos, el apóstol establece por el Espíritu de Dios:

“Por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Esta declaración de que “todos pecaron” suele generar confusión: ¿a qué tipo de pecado se refiere? No se refiere únicamente a los pecados que cometemos constante, continua y cotidianamente por nuestra desviación o condición personal, sino a la naturaleza adámica que todos hemos recibido por medio de Adán y de Eva. La herencia adámica nos alcanzó a todos: no solamente a quienes vivieron antes, ni únicamente a quienes viven hoy, sino también a todos los que eventualmente nacerán.

En Romanos también leemos:

“La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

Aunque ninguno de nosotros estuvo físicamente en el huerto del Edén, todos estuvimos representados en Adán y en Eva. Por lo tanto, el acto de desobediencia de ellos es el mismo acto de desobediencia que cada uno de nosotros ha recibido por herencia. Esta es la primera causa que le da derecho al reino de las tinieblas para acercarse a un hombre o a una mujer de fe: la herencia adámica.

El apóstol define esta herencia adámica de tres maneras distintas a lo largo de sus escritos. En 1 Corintios 15:48-49 la llama “la imagen del terrenal”, es decir, la imagen de Adán y de Eva. En su carta a los efesios la define con otro término:

“Si en verdad lo habéis oído, y habéis sido por Él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús, en cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos” (Efesios 4:21-22).

Aquí el apóstol llama a esta herencia “el viejo hombre”, y añade que está viciado conforme a los deseos engañosos del error, refiriéndose precisamente al acto de desobediencia en el que incurrieron tanto Adán como Eva. Más adelante, en el mismo pasaje, se nos exhorta:

“Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).

Hay una tercera definición, que encontramos en la epístola a los romanos:

“Porque lo que hago, no lo entiendo; ni hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. […] De manera que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Romanos 7:15,21).

Tenemos, entonces, tres definiciones que el apóstol utiliza para referirse a esta herencia adámica: “la imagen del terrenal”, “el viejo hombre” y “el mal está en mí”. Con esto podemos comprender algo de suma importancia: la única forma en que el hombre y la mujer de fe pueden librarse del acercamiento del reino de las tinieblas es haciendo morir las obras de la carne, crucificando al viejo hombre y desechando la imagen del terrenal. Esto es precisamente lo que el apóstol Pablo enseña en prácticamente todos sus escritos acerca de cómo librarnos de las obras de la carne. Mientras el hombre y la mujer de fe no se libren de ellas, será prácticamente imposible evitar que el reino de las tinieblas se acerque a su vida.

Cabe preguntar: si la herencia adámica es lo que le da derecho al reino de las tinieblas para acercarse, ¿cuál es exactamente ese derecho? La respuesta la encontramos en la epístola a los romanos:

“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?” (Romanos 6:16).

El día en que Adán y Eva obedecieron a la voz de la serpiente, que no es otra cosa que la voz de Satanás, se constituyeron en siervos del reino de las tinieblas. Aquel día, Adán y Eva, y toda su generación —entre la cual estamos usted y yo— se convirtieron en sirvientes del reino de las tinieblas. Ahí está el derecho: la herencia adámica que todos hemos recibido, por ser descendientes de Adán y de Eva, ha transmitido a cada hombre y a cada mujer que ha nacido un título de servidumbre que viene integrado genética y espiritualmente en la persona.

No se trata, como muchos pretenden, de decir simplemente “yo no creo en esas cosas”, con la intención de quedar exentos de la influencia del reino de las tinieblas. El hecho de que no creamos, o de que no queramos admitirlo, no significa que el reino de las tinieblas haya desaparecido. Debemos trabajar precisamente dentro de los mismos límites en que fue establecido desde su origen: el hombre y la mujer, Adán y Eva, se constituyeron en servidumbre de Satanás.

El apóstol continúa desarrollando este tema en Efesios, ofreciendo instrucciones concretas que muchas veces pasamos por alto o leemos con demasiada rapidez, sin notar que allí está la autoridad que la palabra nos entrega para desligarnos del reino de las tinieblas:

“Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca […] No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Efesios 4:25-31).

La herencia adámica es lo que le da derecho, lo que le da permiso y autorización al reino de las tinieblas para acercarse y establecerse en los límites y en los entornos de un hombre y de una mujer de fe. No basta con decir “yo no creo en esas cosas” ni con repetir “lo reprendo en la sangre de Cristo”, porque muchas veces, al actuar de esa forma, sin entender lo que estamos haciendo, le estamos arrogando todavía más derecho al reino de las tinieblas para que siga operando.

Se trabaja en la medida en que cada uno de nosotros, hombres y mujeres de fe, entendemos que lo que le está dando derecho al enemigo es la herencia adámica que todos poseemos, y esos detalles que muchas veces pasamos por alto —la mentira que se ha establecido en nuestros entornos y que hemos tolerado hasta socialmente, el resentimiento que guardamos durante días, semanas o años, la palabra torpe, la amargura, la ira— son precisamente los que abren la puerta para que el enemigo se establezca en la vida del hombre y de la mujer de fe.

No se trata tampoco de repetir por costumbre frases que se han vuelto populares religiosamente, como “la sangre de Cristo”, si detrás de ellas sigue caminando el viejo hombre. El Señor tiene su provisión, pero ha establecido un protocolo que debemos seguir; Él no va a amparar a quien invoca la sangre de Cristo mientras sigue alimentando la mentira, el orgullo, la vanidad y el engaño. Nadie puede librarse del reino de las tinieblas tan solo por decir frases que se han vuelto populares religiosamente, si por detrás de ellas sigue caminando el viejo hombre.

Esta, entonces, es la primera razón por la cual el reino de las tinieblas puede acercarse a un hombre o a una mujer justos: porque no han quitado la herencia adámica, y siguen viviendo, aunque confiesen a Cristo Jesús, en las prácticas, los modismos y las expresiones populares que no están fundamentadas en la palabra de Dios, en la cultura y en los ritmos que la sociedad ha establecido. Esto no puede ser, porque el evangelio ya fue diseñado por el reino de los cielos; nosotros no lo construimos ni podemos alterarlo ni atemperarlo a nuestro criterio. Hacerlo es engañarnos a nosotros mismos y entregarnos aún más al reino de las tinieblas.

Segunda Causa: La Ignorancia Deliberada de la Palabra de Dios

La segunda causa la encontramos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el libro del profeta Isaías leemos:

“Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed” (Isaías 5:13).

Y en el libro del profeta Oseas:

“Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Oseas 4:6).

Esta segunda causa por la cual el reino de las tinieblas tiene cercanía con la vida de un hombre y de una mujer de fe es la ignorancia deliberada de la obra de Dios. Hablamos de “deliberada” porque no se trata de que no podamos conocer, sino de que no queremos conocer. Podríamos también definirla como ingenuidad de la palabra de Dios, o incluso falta de revelación: un desconocimiento total y completo.

En nuestras culturas y sociedades, todos, sin excepción, tienen referencias de Dios y de Jesús, pero no todos le conocen. Prácticamente el cien por ciento tiene conocimiento de Dios y de Jesús en términos de referencia: todos hemos escuchado hablar de ellos, muchos incluso recuerdan haber asistido a una iglesia en su infancia o haber cantado algún coro. Pero tener referencia no es lo mismo que conocer a Dios ni conocer a Jesús. Conocer a Jesús significa tener intimidad con Él, conocer su voluntad y querer caminar en ella. El salmista lo expresa así:

“La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto” (Salmo 25:14).

Muchas personas hoy caminan en un desconocimiento deliberado de la palabra de Dios, de su obra y de su voluntad. Caminamos en desconocimiento no porque nos falten fuentes, sino porque no queremos conocerlas; caminamos en ignorancia, no porque carezcamos de recursos, sino porque preferimos permanecer en una ingenuidad deliberada. Incluso personas que forman parte de una congregación, que escuchan mensajes y sermones, no conocen a Dios, porque no leen su palabra. Este es uno de los fallos que se multiplican hoy entre quienes confiesan a Jesús: se multiplica el desconocimiento y la ignorancia de la palabra.

Jesús mismo advirtió, hablando de su segunda venida:

“Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8).

Es importante entender qué significa realmente la fe. Fe no es simplemente creer en Dios, que es la definición que la mayoría le damos. La epístola de Santiago lo aclara: “También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). Esto no significa que, por creer en Dios, ellos vayan a recibir perdón; la fe no consiste en creer en Dios, sino en creerle a Dios. Hay una diferencia sustancial. Pero ¿cómo vamos a creerle a Dios si no conocemos su palabra? ¿Cómo vamos a crecer en la fe si no la conocemos? Es imposible. La sola permanencia dentro de una iglesia no genera fe, porque la palabra de Dios es clara:

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

Y cuando se habla de “oír la palabra de Dios”, no se refiere a oír un mensaje o una predicación, sino a atender la palabra misma. En el libro de los Hechos encontramos un texto que nos ayuda a entender el valor de escudriñar las Sagradas Escrituras, algo que le otorga dignidad espiritual a la persona:

“Y fueron estos más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

Los de Tesalónica también recibieron la palabra con gran solicitud, pero los de Berea se distinguieron porque, además de recibirla, la escudriñaron por iniciativa propia. Esta, entonces, es la segunda razón por la cual el reino de las tinieblas tiene derecho a acercarse a hombres y mujeres de fe: porque deliberadamente decidieron caminar en ignorancia, en ingenuidad, diciendo: “Con esto me quedo, no quiero conocer más”.

Cuando llegamos a los relatos de las tentaciones de Satanás a Jesús, notamos que el enemigo utiliza el mismo argumento del huerto del Edén, en Génesis 3. Precisamente por eso el apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, llama a Jesús “el segundo Adán”: lo que el primero vendió y entregó por desobediencia, Jesús, en obediencia, lo retoma para su Padre y para todos los que caminen en obediencia con el Señor. El enemigo se acerca con el mismo argumento: “Si eres hijo de Dios…” Y en las tres tentaciones descritas, Satanás fue reprendido de la misma manera: con la palabra, con el “escrito está”. La única forma que el hombre y la mujer justos tienen para deslindarse, es decir, para separarse e impedir que el reino de las tinieblas se acerque, es conocer la palabra. Es la única forma.

En el libro del profeta Isaías leemos también:

“El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento” (Isaías 1:3).

Y en el libro del profeta Jeremías:

“Aun la cigüeña en el cielo conoce sus tiempos, y la tórtola, la grulla y la golondrina guardan el tiempo de su venida; pero mi pueblo no conoce el juicio de Jehová” (Jeremías 8:7).

Aunque estos textos hablan de un pueblo en particular, describen la forma de actuar de todos los pueblos, de todos los hombres, en todas las épocas. Esa mujer y ese hombre, pese a confesar a Jesús, decidieron caminar en ignorancia y en ingenuidad deliberada, y se conformaron solamente con referencias. Uno de los mayores colmos de nuestros tiempos, profetizado en los primeros capítulos del libro de Isaías, es que muchos ministerios que se arrogan títulos, incluso de apóstoles, tienen únicamente referencias de Jesús, pero no conocen su palabra. El Señor, por medio del profeta, denuncia que muchos llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, y que los que dirigen al pueblo son como “muchachos”, es decir, personas sin conocimiento, experiencia ni madurez, que sin embargo se han constituido en guías.

Jesús, explicando la parábola del sembrador —que representa en qué consiste el reino de Dios sobre la tierra— enseñó:

“Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino” (Mateo 13:19).

El enemigo arrebata lo que fue sembrado en el corazón, y esta es precisamente la obra del reino de las tinieblas en nuestro tiempo. Podría parecer una contradicción que el reino de las tinieblas se acerque a un hombre o a una mujer de fe, pero no lo es, porque, en primer lugar, existe la herencia adámica, y en segundo lugar, existe la decisión de caminar en ingenuidad y en ignorancia de la palabra. Las biblias están desapareciendo de los hogares de quienes se confiesan hijos de Dios, y no basta con decir “la tengo en el celular, tengo veintitrés versiones”, porque lo que hace falta no es el acceso al texto, sino la práctica de escudriñar las Escrituras.

Tercera Causa: El Pasado Genético Espiritual antes de Venir a Cristo Jesús

La tercera causa la encontramos en la epístola del apóstol Pablo a los gálatas:

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:7-8).

Esta tercera razón tiene un valor fundamental que necesitamos conocer, y tiene que ver con el pasado genético espiritual de la persona antes de haber venido a Cristo Jesús. Una de las frases más populares dentro del pueblo cristiano es: “Eso lo hice antes de venir a Cristo Jesús”, “eso lo hice antes de aceptar a Cristo Jesús”, dando a entender que aquello no cuenta, que no vale, y que solamente cuenta lo hecho desde el momento de la conversión. Pero la palabra es clara: todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. No dice “cuando hayas venido a Cristo Jesús”; dice que todo lo que hemos hecho y todas las prácticas que hemos desarrollado tendrán un efecto en la vida del hombre y de la mujer mientras existan sobre la faz de la tierra.

Es necesario que corrijamos la forma de entender esto: aunque lo hayamos hecho antes, precisamente eso nos puede afectar el día de hoy, porque lo sembramos. Otra expresión popular es: “Pero ya el Señor me perdonó eso, ya lo echó al fondo del mar”. Y es cierto: Dios perdona, y de nuestro pasado Él no se acordará más, tal como está establecido en la palabra. No estamos negando esa verdad. Lo que no hemos entendido es que, de todo eso, nosotros tenemos que liberarnos. Mientras no hayamos sido libertados de ello, todo eso tendrá alcance sobre el día de hoy.

Si revisamos las Escrituras, notaremos que los milagros, las maravillas y las sanidades que Jesús realizó, las hizo precisamente en hombres y mujeres de fe, en hombres piadosos y mujeres piadosas que estaban enfermos o atados. Recordemos a la mujer que tenía dieciocho años caminando encorvada, a quien Jesús llamó “esta hija de Abraham” y sanó en día sábado, para escándalo de los religiosos de aquel entonces. Si los hijos de Abraham son los hijos de la fe, ¿cómo es posible que una hija de la fe haya sido atada por Satanás durante dieciocho años? Podemos revisar muchos otros casos de hombres y mujeres piadosos que estaban atados, aun cuando el Señor ya había perdonado sus pecados, porque, mientras no hubiera liberación, todo eso les alcanzaba.

Pensemos también en Zaqueo, de quien Jesús dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lucas 19:9), lo que implica que antes se encontraba atado. O en Lázaro, levantado de entre los muertos, pero todavía amarrado, a quien Jesús ordenó: “Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44). Esa es la condición de muchos hombres y muchas mujeres de fe hoy en día: atados por enfermedades, por delirios mentales, por ataques de pánico, por fobias, por temores. Recordemos también a Adán, quien, tras desobedecer, se escondió con temor al oír la voz de Dios, cuando oír su voz debería ser motivo de deleite y gozo. Donde hay temor, no está Dios.

Muchos hombres y mujeres de fe no se comportan hoy como se comportaban antes, pero lo que sembraron en sus vicios y en sus prácticas los sigue alcanzando mientras no hayan sido liberados. El apóstol Pablo enumera las obras de la carne:

“Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas, acerca de las cuales os amonesto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Se puede estar dentro de una congregación, confesando el nombre de Jesús, pero si no se ha sido libertado, el reino de las tinieblas conserva su gobierno sobre esa persona. ¿Cuántos hombres y mujeres han entregado el gobierno de su matrimonio, de sus finanzas, de su vida entera, de todas sus acciones? Detengámonos un momento en el adulterio y la fornicación, pues tienen que ver con las relaciones sexuales. Espiritualmente, la relación sexual es lo que constituye el matrimonio; físicamente, las leyes lo definen como un contrato entre un hombre y una mujer, pero espiritualmente el matrimonio se fundamenta en la unión sexual. El apóstol Pablo lo explica así en su primera epístola a los corintios:

“¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne” (1 Corintios 6:16).

Esta es la misma expresión que Dios utilizó al establecer el matrimonio, y por medio del apóstol nos enseña que, cuando un hombre se une sexualmente a una mujer, se establece un vínculo tan fuerte espiritualmente como el del matrimonio. Muchos hombres y mujeres han tenido más de una relación sexual, y espiritualmente pueden estar todavía unidos y vinculados a esas personas. Aunque hoy confiesen el nombre de Jesús, todas esas uniones los mantienen atados, y quien gobierna esas ataduras es el reino de las tinieblas.

Esta es la tercera causa: el pasado genético espiritual que la persona desarrolló antes de venir a Cristo Jesús. Muchos no lo han trabajado, sencillamente lo olvidaron, diciendo “eso lo hice antes de venir a Cristo Jesús”, y eso es precisamente lo que mantiene atados a muchos hombres y mujeres hoy en día. Cuantos tuvieron acceso a la brujería, a la hechicería, a centros espiritistas, a centros de santería, a la quiromancia o a la cartomancia, deben saber que todo eso los tiene atados hasta hoy, porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Solamente cuando pasamos por liberación pueden romperse todos esos aspectos de la herencia genético-espiritual que desarrollamos antes de venir a Cristo Jesús.

Por eso es necesario que el hombre y la mujer se arrepientan delante de la presencia de Dios, porque mientras no haya arrepentimiento, mientras no veamos con claridad lo que hicimos y entendamos que todo eso fue abominable delante del Señor, no podremos caminar en santidad ni en el temor de Dios. En el evangelio de Lucas leemos:

“Que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lucas 1:74-75).

Note el orden de este pasaje, porque es de suma importancia: la santidad llega como resultado de la liberación. Por eso hay muchos hombres y muchas mujeres que no pueden caminar en santidad; podrán sujetarse a normas y a mandamientos, pero cuando esas normas y mandamientos ya no están presentes, y cuando nadie los observa, volverá a salir el viejo hombre que eran antes, porque no han pasado por liberación.

La Necesidad de la Liberación

Hemos estudiado tres razones fundamentales por las cuales el reino de las tinieblas puede tener acercamiento en la vida y en la jurisdicción de un hombre o una mujer de fe. La primera es la herencia adámica que todos portamos, la cual no se resuelve simplemente diciendo “yo no creo”. Esta herencia tiene un aspecto en la personalidad, un aspecto en el carácter y un aspecto físico, pero también un aspecto espiritual, porque el pecado es espiritual y tiene una manifestación espiritual. El apóstol Pablo escribió a los corintios:

“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1).

Pero esta herencia también tiene un aspecto angélico-espiritual, porque hubo otros seres presentes el día en que Adán y Eva desobedecieron delante de la presencia del Señor: seres que no guardaron su dignidad delante de Dios, sino que se prestaron para provocar la desobediencia del hombre. Esa herencia adámica tiene que ser quitada, y todos nosotros debemos conocer cómo se manifiesta.

La segunda razón es que hemos decidido caminar en ignorancia, en ingenuidad, de manera deliberada; no porque nos falten fuentes, ni porque Dios no quiera darnos revelación, sino porque decidimos desechar su revelación. Lamentablemente, muchos hoy caminan solamente por referencia, y lo único que tienen son referencias de Dios y de Jesús, no un conocimiento verdadero de su palabra.

La tercera razón es el pasado genético espiritual de cada persona antes de haber venido a Cristo Jesús. Y todo esto solamente se resuelve cuando nos sometemos a liberación; de lo contrario, no hay otra forma. Es importante aclarar que no se trata de una autoliberación, como muchos la manejan, en la que uno se confiesa sus propios pecados, se perdona a sí mismo y se pastorea a sí mismo. La Biblia no habla de eso; la Biblia habla de que debemos someternos a liberación.

Ahora que tenemos este conocimiento, tenemos también juicio sobre nosotros, porque el conocimiento nos abre el entendimiento, y si no actuamos conforme a él, el juicio cae sobre nuestras vidas. Existe una realidad del reino de las tinieblas, y esa realidad no desaparecerá simplemente porque digamos “yo no creo en esas cosas”. Dentro de esa realidad, el reino de las tinieblas tiene un derecho sobre hombres y mujeres de fe, y hemos estudiado, de acuerdo con las tres causas expuestas, cómo librarnos de él.

Conclusión

La pregunta que queda, entonces, es una pregunta personal, individual e intransferible: ¿qué voy a hacer ahora? La decisión que cada uno tome determinará su crecimiento o su estancamiento delante del único Dios verdadero, el Creador del cielo y de la tierra. A Él, y solamente a Él, sea la honra y la gloria. Amén.



Preguntas de Repaso

1. ¿Por qué es necesario reconocer la realidad del reino de las tinieblas para poder hacer y establecer la voluntad de Dios, según la enseñanza de este capítulo?

2. Explica con tus propias palabras en qué consiste la herencia adámica y por qué esta le da “derecho” al reino de las tinieblas para acercarse al hombre y a la mujer de fe.

3. ¿Cuál es la diferencia entre “creer en Dios” y “creerle a Dios”? ¿Cómo se relaciona esta diferencia con la segunda causa estudiada, la ignorancia deliberada de la palabra?

4. ¿Por qué no basta con decir “eso lo hice antes de venir a Cristo Jesús” para quedar libres de las consecuencias del pasado genético espiritual? ¿Qué papel juega la liberación en este proceso?

5. Según el capítulo, ¿por qué la santidad es el resultado de la liberación, y no al revés? ¿Qué implicaciones tiene esto para tu propia vida de fe?


pastor Pedro Montoya


Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Avatar de pastor Pedro Montoya

Published by

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo