Introducción
Cuando Eva, y después Adán por medio de ella, obedecieron a la serpiente en el huerto del Edén, no solo cometieron un acto de desobediencia: adoptaron una imagen. Toda obediencia produce dos efectos. El primero es evidente: obedecer implica someterse a una autoridad. El segundo es menos evidente, pero igual de real: quien obedece termina pareciéndose a aquel a quien obedece, adoptando su imagen. Por eso, cuando Eva y Adán obedecieron a la serpiente, adoptaron la imagen de la serpiente.
Es importante entender que esta imagen no es únicamente física ni de apariencia externa. Se trata, ante todo, de una imagen espiritual: una forma de pensar, de sentir y de actuar que se contrapone a la imagen celestial que Dios había diseñado para el hombre y la mujer. Génesis 3 nos permite identificar, paso a paso, cuáles son los rasgos de esa «imagen del terreno» que Adán y Eva adoptaron aquel día, y que muchos, sin saberlo, seguimos llevando puesta.
El propósito de este capítulo no es simplemente estudiar lo que le ocurrió a Adán y a Eva hace miles de años. El propósito es que cada lector haga un ejercicio personal: identificar cuál es la imagen del terreno que él o ella trajo consigo, ya sea heredada de su tierra natal o de la genealogía familiar a la que pertenece, para poder quitársela. Porque mientras esa imagen del terreno no sea removida, la imagen celestial no podrá manifestarse. El apóstol Pablo lo expresa con claridad en su epístola a los Efesios: «Despojaos del viejo hombre… y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4:22-24). El orden que presenta el apóstol es determinante: primero hay que despojarse del viejo hombre, quitar la imagen del terreno, y solo entonces se puede uno revestir del nuevo hombre. No es posible invertir ese orden. Muchos, dentro de la vida de religión, han querido adoptar conductas, apariencias y formas de comportarse —que en realidad no son más que manerismos— creyendo que con eso se están vistiendo del nuevo hombre, sin haber pasado antes por el proceso de despojarse de la vieja naturaleza.
A continuación, siguiendo el relato de Génesis 3, identificaremos una a una las imágenes del terreno que Adán y Eva adoptaron, para que cada uno pueda examinar su propia vida a la luz de ellas.
La primera imagen: la astucia
Génesis 3:1 comienza describiendo a la serpiente como «astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho» (Génesis 3:1). Esta es la primera imagen que Eva, y luego Adán, adoptaron al obedecer a la serpiente: la astucia.
La astucia no es un fruto del Espíritu. Un hombre de Dios, una mujer de Dios, no puede trabajar movido por la astucia. ¿Qué es la astucia? En términos generales, es el deseo de sacarle ventaja a cualquier situación: ver la oportunidad de obtener algo, de ganar algo, de beneficiarse de algo. Cuando alguien identifica una oportunidad y busca sacarle provecho para sí mismo, está caminando por astucia, y con ello está caminando en la imagen del terreno, no en la imagen celestial. Esta es una advertencia seria para el creyente: no podemos vivir ni caminar con astucia, porque la astucia no proviene de Dios, sino que es la imagen del terreno.
La segunda imagen: el chisme y el rumor
La segunda imagen aparece en la misma pregunta que la serpiente le hace a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Génesis 3:1). Esa forma de acercarse trayendo una noticia, o en este caso una pregunta con intención de sembrar duda, corresponde al espíritu de chisme.
Hay que tener mucho cuidado cuando nos conducimos por un espíritu de chisme, porque se trata precisamente de eso: un espíritu. Frases como «¿ya te diste cuenta lo que le pasó a la vecina?» o «¿ya supiste lo que le ocurrió a tal persona?» son manifestaciones de esta imagen del terreno. El chisme siempre viene acompañado de algo novedoso, presentado con el propósito de atraer a la persona, de abrirla, para que a través de esa apertura pueda ingresar la fuerza espiritual que busca tomar control de ella y de su casa.
En lo espiritual existen familias de demonios, es decir, espíritus que operan agrupados y que se van combinando entre sí. El chisme forma parte de una de esas familias, porque el chisme trae consigo el rumor. El creyente no puede caminar guiado por rumores —»fulano me dijo que vio a tal persona en tal lugar»—, porque el rumor camina de la mano del chisme, y ambos forman parte de la imagen del terreno que es necesario quitar.
Dentro de esta misma imagen se encuentra también la intención de trazarle una ruta a una persona: no atreverse a decir directamente lo que se quiere decir, sino ir por la tangente, conduciendo con rodeos a la otra persona hasta que ella misma concluya aquello a lo que se le está llevando. Los chistes de doble sentido y las palabras subliminales —que dicen una cosa mientras esconden otra— forman parte de esta misma familia espiritual, y el creyente debe examinar si, al reírse de ellos o participar de ellos, se está haciendo partícipe de la misma imagen del terreno.
Estas dos primeras imágenes —la astucia y el chisme— muchas veces son parte de la cultura de la nación a la que hemos pertenecido, o de la genealogía familiar en la que cada uno nació.
La tercera imagen: la rebeldía y la rebelión
Génesis 3:6 relata: «Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió» (Génesis 3:6). Cuando el texto dice que Eva «vio» que el árbol era bueno para comer, describe una tercera imagen del terreno: la rebeldía.
La rebeldía se define de manera sencilla: es mirar las cosas de una forma diferente a como Dios las mira. Cuando el hombre, o la mujer, ve las cosas de manera distinta a como Dios las ve, eso se llama rebeldía. Un hombre rebelde, una mujer rebelde, no puede crecer en fe, porque para crecer en fe es necesario caminar en obediencia al Señor. Es importante aclarar que la rebeldía no siempre es un acto intencional en el que la persona decide conscientemente ver las cosas diferente a como Dios las mira; muchas veces Dios ha dicho algo con claridad, pero la persona camina de acuerdo a su propia apreciación, sin darse cuenta de que eso ya constituye rebeldía. Por eso, muchos caminan en rebeldía sin saberlo.
Existe una diferencia importante entre rebeldía y rebelión, aunque ambas caminan de manera muy cercana. La rebelión ocurre cuando el rebelde incita a otros a ver las cosas como él las ve, contaminando a otras personas con la misma visión distorsionada con la que él está caminando. Esto fue precisamente lo que hizo Satanás. El profeta Ezequiel relata que Luzbel entró en rebelión (Ezequiel 28). Entre la rebeldía y la rebelión hay un paso muy pequeño, un límite muy estrecho.
La Escritura ofrece un ejemplo claro de este proceso en la vida de Absalón, quien vivió muchos años en rebeldía y, posteriormente, incurrió en rebelión abierta contra su padre, el rey David, llegando incluso a contaminar a otros con su misma actitud. Por esta razón hay que tener mucho cuidado con expresiones como «no estoy tan de acuerdo con lo que me están diciendo» o «no estoy de acuerdo con la instrucción, la enseñanza o la corrección que me dieron, pero es que yo también tengo criterio». Ese tipo de actitud sitúa a la persona en el umbral de la rebeldía, y de ahí el siguiente paso natural es la rebelión. Existe una visión a la cual cada creyente debe someterse y sujetarse, y no reconocerlo así es ya una señal de alerta.
Del espíritu de rebelión al espíritu de adivinación
Esta enseñanza se conecta directamente con lo que declara el profeta Samuel al rey Saúl: «Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación» (1 Samuel 15:23). Este texto ayuda a comprender que existen, en efecto, familias de demonios que operan de manera combinada: una persona que cae en rebeldía entra en rebelión, y de la rebelión pasa, casi de inmediato, a la adivinación.
¿Qué significa esto en la práctica? Que la persona tomada por un espíritu de adivinación comienza a decir «Dios me mostró», «Dios me dijo», y arrastra tras de sí a otras personas, e incluso a familias enteras, con base en sueños y visiones. La Escritura advierte de la existencia de sueños mentirosos y visiones mentirosas: es posible que una persona tenga en efecto un sueño o una visión, pero que esa revelación esté contaminada. Por esa razón, ni un sueño ni una visión pueden, por sí solos, guiar a una persona, y mucho menos a un grupo de personas. Todo debe ser pesado y discernido en el cuerpo de Cristo, entre las autoridades espirituales que Dios ha establecido y ungido para ese propósito, porque Dios no se contradice a sí mismo: Jesús el Cristo levantó una iglesia, un cuerpo, al cual el Espíritu Santo entregó dones y ministerios para su edificación.
Esta es una de las razones por las cuales hoy existe tanta confusión y caos dentro del cuerpo de Cristo: el pueblo de Dios no está leyendo ni estudiando la Palabra, sino que se limita a oírla, y por eso cualquiera que se levanta con un mensaje o una idea logra arrastrar seguidores, mientras otros permanecen ignorantes de la verdad, sin saber ya a quién creerle. A modo de ejemplo de este tipo de extravío puede mencionarse la imposición de códigos de vestimenta o de colores para actividades de consagración, presentados como si vinieran de parte de Dios cuando en realidad no tienen ese fundamento. Cosa distinta es establecer un código de identificación práctico —por ejemplo, vestir una camiseta de determinado color para reconocerse en una gira o actividad donde exista riesgo de extraviarse—, pero eso no puede confundirse con imponer un código de vestimenta para un culto dedicado a Jehová.
La cuarta imagen: los ojos que se abrieron
Génesis 3:7 relata que, después de comer del fruto, «fueron abiertos los ojos de entre ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Génesis 3:7). Esta apertura de los ojos constituye otra imagen del terreno que muchos han traído consigo y por la cual han caminado.
Cuando «fueron abiertos los ojos de entre ambos», las cosas adquirieron un panorama distinto: Adán y Eva comenzaron a ver la realidad desde una perspectiva completamente diferente a la que tenían antes. Es importante notar que esta contaminación no entra únicamente por los ojos: en el relato de Génesis 3 puede verse que entró primero por los oídos —lo que Eva escuchó de la serpiente—, después por los ojos —ella vio que el árbol era bueno para comer y agradable a la vista— y finalmente por la boca, cuando comió del fruto. Estas son las tres puertas por donde puede ingresar la contaminación de la imagen del terreno: el oído, la vista y la boca.
Génesis 3:6 añade que el árbol era «codiciable para alcanzar la sabiduría» (Génesis 3:6), lo cual introduce el tema de la codicia: el deseo de alcanzar un poder mayor del que legítimamente se tiene, ya sea un poder económico, un poder sobre una persona, sobre una familia, en el trabajo, o incluso un don espiritual. Hay personas que codician un don espiritual y desean que el Espíritu Santo se los conceda movidas por codicia, cuando el propósito de todo don —incluyendo el don de sanidad— es la edificación de la iglesia y del cuerpo de Cristo, y no el engrandecimiento personal ni el dominio sobre otros. De la misma manera, hay quienes desean una posición o un manto espiritual que Dios no les ha otorgado, y construyen toda una estrategia para tratar de alcanzarlo; cuando esto ocurre, la persona está trabajando bajo la imagen de Satanás.
Esta apertura de los ojos tiene todavía otra manifestación: la tendencia a estar viendo y señalando constantemente injusticias en el entorno —en lo que otras personas hacen, en las acciones del gobierno, de la policía, o de cualquier otra autoridad—. Cuando el énfasis constante de una persona está puesto en destacar lo injusto de las circunstancias que la rodean, eso también forma parte de esta imagen del terreno descrita en Génesis 3:7.
La quinta imagen: la desnudez y la mentalidad de carencia
El mismo versículo continúa: «y conocieron que estaban desnudos» (Génesis 3:7). Esta parte del texto tiene que ver con las deficiencias, con la mentalidad de carencia: «esto no se puede», «en otro país podría hacerse, pero aquí realmente no se puede», «las cosas aquí son muy caras, en realidad eso no se puede». Cuando esta tendencia está presente en la manera de pensar de una persona, se trata también de una manifestación de la imagen del terreno.
La sexta imagen: las soluciones temporales
Génesis 3:7 concluye: «entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales» (Génesis 3:7). Esta acción representa la búsqueda de soluciones temporales, no soluciones permanentes.
El hombre de Dios, la mujer de Dios, no están llamados a construir soluciones temporales, porque hacerlo equivaldría a ponerle un remiendo de tela nueva a un vestido viejo: al final, el remiendo se rasga y termina por dañar el vestido. Cuando alguien busca «resolver» una situación entre comillas, es decir, de manera provisional mientras tanto, debe tener claro que está caminando bajo la imagen del terreno. El Señor conduce a Su pueblo a buscar soluciones reales, no soluciones imaginativas ni impulsivas. Por eso, más adelante en el relato, es el Señor mismo quien les quita esos delantales de hojas de higuera, porque una solución temporal no resuelve el problema de fondo; por el contrario, cuando se opta por una solución temporal, la situación tiende a complicarse todavía más.
La séptima imagen: esconderse detrás de una imagen
Génesis 3:8 relata: «Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto» (Génesis 3:8). Esconderse es otra imagen del terreno, propia de la naturaleza caída: esconderse para que no se sepa lo que uno hizo, para que no se sepa lo que está sucediendo, por temor a qué imagen se van a formar de uno, qué se dirá de la familia o de la casa.
Esta tendencia a esconderse no se limita al pecado en sí mismo; muchas veces se extiende a la práctica de construirse una imagen y esconderse detrás de ella. Hay personas que crean para sí una imagen determinada, y esa es la imagen que presentan hacia afuera, mientras permanecen ocultas detrás de ella. Buscan palabras particulares, a veces repetitivas, para sostener esa fachada, de manera que quienes las observan concluyan que hay presencia de Dios en ellas. Esto no significa que toda expresión de alabanza o toda manifestación espiritual sea sospechosa —para eso el creyente cuenta con el discernimiento que Dios le ha entregado—, pero sí es necesario reconocer que existen personas que aprenden a repetir ciertas expresiones, e incluso el don de lenguas, imitándolo de otros, con el único fin de proyectar una imagen de espiritualidad, sin que exista una realidad genuina detrás.
Con frecuencia, quienes más caen en esta imagen son líderes cuya vida personal permanece completamente oculta de las ovejas, porque no desean que estas conozcan su realidad natural: crearon una imagen que no siempre pueden sostener, y esa imagen se debilita o cambia una vez que se encuentran entre familiares o amigos, fuera del escenario ministerial. Cuando alguien observa que un pastor, una pastora, un líder o una oveja se comporta de manera distinta en una reunión familiar de como se comporta cuando la congregación está reunida, es señal de que existe una imagen creada. Lo correcto es que la persona se conduzca de la misma manera en su casa, con su familia, en el trabajo, en la iglesia, entre los hermanos, en la comunidad y en cualquier lugar donde se encuentre —incluyendo, por ejemplo, un encuentro inesperado en el supermercado—, porque la presencia de Dios no depende de símbolos externos como un púlpito, un protocolo o un aceite, sino que Dios está en todo lugar, y si el creyente se mueve conforme a esa realidad, la presencia de Dios se establece dondequiera que él va, y su conducta permanece siendo la misma en el supermercado, en el hospital o en la casa. Cuando existen cambios de personalidad y de actitud de acuerdo al ambiente en que la persona se encuentra, ahí hay un trabajo pendiente que atender.
La octava imagen: fuera del lugar donde Dios nos ubicó
Génesis 3:9 relata la pregunta que Dios dirige al hombre: «¿Dónde estás tú?» (Génesis 3:9). Esta pregunta revela otra imagen del terreno, y ayuda a comprender en qué consiste verdaderamente la vida de fe y la obra a la cual el Señor ha llamado a cada creyente: la imagen del terreno se sale del lugar donde Dios lo ha ubicado. Adán no se encontraba en el lugar donde Dios lo había puesto.
Formar parte de una iglesia o de un ministerio no es, por sí solo, garantía de que la persona está en el lugar donde Dios la quiere tener. Puede no haber pecado evidente, nada escandaloso, y sin embargo la persona no estar en el lugar que Dios ha determinado para ella. En ocasiones, Dios quiere que el creyente esté en una posición específica, y este se encuentra apenas unos centímetros detrás o unos centímetros delante de esa posición exacta que debía ocupar. Alguien podría argumentar que está predicando el evangelio y que, por lo tanto, está cumpliendo el llamado; sin embargo, predicar el evangelio no es lo mismo que estar en el lugar específico —incluyendo el país o la ciudad— donde el Señor determinó que esa persona debía estar. De igual manera, es posible no estar en el nivel de fe, en el nivel de revelación, ni haciendo aquello que Dios quisiera que se estuviera haciendo en un momento determinado.
Recibir enseñanza y capacitación de manera constante —como ocurre, por ejemplo, con quienes reciben instrucción varias veces por semana— no es en sí mismo prueba de estar en el lugar correcto. Si, a pesar de recibir esa enseñanza, no existe en el creyente ni siquiera el deseo de orar por la comunidad en la que vive, si solamente busca llenarse a sí mismo sin sentir la necesidad de interceder por quienes lo rodean, es señal de que algo está ocurriendo. Dios ha ungido a Su pueblo para desarrollar servicios y ministerios precisamente en el lugar donde cada uno se encuentra, y la pregunta «¿Dónde estás tú?» sigue resonando como un llamado a examinar si, en efecto, cada creyente ocupa el lugar que Dios le ha asignado.
Conclusión
El relato de Génesis 3 no es simplemente la historia de la caída de Adán y Eva; es un espejo en el que cada creyente puede examinar su propia vida. La astucia, el chisme y el rumor, la rebeldía que conduce a la rebelión y esta a la adivinación, la codicia y la costumbre de señalar injusticias, la mentalidad de carencia, la búsqueda de soluciones temporales, el hábito de esconderse detrás de una imagen construida, y el hecho de encontrarse fuera del lugar donde Dios ha ubicado a cada uno, son todas manifestaciones de una misma raíz: la imagen del terreno, heredada muchas veces de la nación o de la genealogía familiar a la que pertenecemos.
Ninguna disciplina espiritual —ni el ayuno, ni la vigilia, ni horas enteras de rodillas en oración— puede producir crecimiento verdadero mientras esa imagen del terreno no sea identificada y removida. El orden establecido por el apóstol Pablo sigue siendo el camino: primero despojarse del viejo hombre, y después revestirse del nuevo, creado según Dios en la justicia y la santidad de la verdad (Efesios 4:22-24). El creyente no pertenece ya a una familia terrenal, a una nación o a una genealogía según la carne, sino que es ciudadano del reino de los cielos, y como tal está llamado a salir de la imagen que esa tierra y esa genealogía le transmitieron, para ser hallado, plenamente, en el lugar donde Dios lo ha puesto.
Preguntas de repaso
1. ¿Qué significa que Adán y Eva «adoptaron la imagen» de la serpiente al obedecerla, y por qué es necesario despojarse primero del viejo hombre antes de poder vestirse del nuevo, según Efesios 4:22-24?
2. De las ocho imágenes del terreno identificadas en este capítulo (astucia, chisme y rumor, rebeldía y rebelión, ojos abiertos por codicia e injusticia, mentalidad de carencia, soluciones temporales, esconderse detrás de una imagen, y estar fuera del lugar asignado por Dios), ¿cuál reconoces con mayor claridad en tu propia vida o en la genealogía de tu familia, y qué pasos concretos puedes tomar para quitarla?
3. ¿Cuál es la diferencia entre rebeldía y rebelión, y por qué el capítulo advierte que el paso de una a la otra —y de ahí a la adivinación— es tan pequeño y peligroso?
4. ¿Por qué crear y sostener una imagen espiritual ante los demás, mientras se vive una realidad distinta en privado, constituye una forma de esconderse de la presencia de Dios, y qué debería caracterizar la coherencia de un creyente en cada ámbito de su vida?5. ¿Qué significa para ti la pregunta que Dios le hace a Adán, «¿Dónde estás tú?», y cómo puedes examinar si te encuentras en el lugar, el nivel de fe y el llamado específico que Dios ha determinado para ti?
