Hasta que todos lleguemos al conocimiento del Hijo de Dios
La paz del Señor sea contigo y con tu casa.
Al único Dios Verdadero, al Creador del cielo y de la tierra, a Él sea la honra y la gloria. Nos acercamos hoy con reverencia y humildad ante la presencia del Dios Eterno, del Dios Todopoderoso, para recibir del trono de Su Gracia, Misericordia y Vida. En este día, nos sumergimos en el estudio doctrinal del tema de la perfección, fundamentado en la Palabra de Dios, específicamente en el versículo 13 del capítulo 4 de la epístola del apóstol Pablo a los Efesios: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Este versículo no es una mera sugerencia, sino una declaración divina de propósito con cuatro metas claras que el Espíritu de Dios nos demanda alcanzar: la unidad de la fe, el conocimiento del Hijo de Dios, la perfección como varón o varona, y la plenitud de Cristo. Hoy, nos enfocaremos en la segunda meta, la más importante de todas: “hasta que todos lleguemos al conocimiento del Hijo de Dios”.
La importancia del conocimiento del Hijo de Dios
El conocimiento del Hijo de Dios es el fundamento mismo de la vida de fe. No es una opción, no es una alternativa, ni una sugerencia. Es un mandato divino, una exigencia del Espíritu Santo para todo hombre y mujer que profesa la fe en Cristo. El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu, nos enseña que este conocimiento es esencial, pues sin él no podemos caminar en la voluntad de Dios ni cumplir el propósito para el cual fuimos creados. Jesús mismo lo afirmó en “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Esto significa que no hay otra vía, no hay otro acceso al Padre, no hay otra forma de encontrar la Vida Eterna más que a través del Hijo. El apóstol Pablo refuerza esta verdad en “Y hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Por lo tanto, el conocimiento del Hijo de Dios es la base sobre la cual se construye nuestra fe, nuestra identidad y nuestro propósito como hijos de Dios.
La necesidad de una imagen y semejanza
Para comprender la importancia de este conocimiento, debemos remontarnos al libro de Génesis, capítulo 2, donde se nos dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, cuando Adán y Eva desobedecieron, perdieron esa imagen divina y adoptaron la imagen del maligno. El hombre, por diseño divino, no puede existir sin una imagen y semejanza a la cual seguir. Como dice “¿No sabéis que a quien os sometéis como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?” (Romanos 6:16). Al desobedecer a Dios, el hombre perdió la Imagen Divina, pero no quedó sin imagen; adoptó la del maligno. Por eso, el conocimiento del Hijo de Dios es crucial, pues Él es la imagen perfecta de Dios, la única que puede restaurarnos a la condición original para la cual fuimos creados.
Muchos hombres y mujeres enfrentan conflictos de fe precisamente porque carecen de esta Imagen Divina como referencia. En lugar de seguir la imagen de Cristo, adoptan imágenes del mundo: materialismo, política, economía, o incluso ídolos religiosos. Pero ninguna de estas imágenes puede conducirnos a la vida de fe que Dios demanda. Solo el conocimiento del Hijo de Dios nos da la dirección, el propósito y la fortaleza para enfrentar cualquier crisis, cualquier desafío, cualquier tentación.
Puntos doctrinales sobre el conocimiento del Hijo de Dios
A continuación, exploraremos cinco puntos doctrinales esenciales que fundamentan el conocimiento del Hijo de Dios, los cuales son imprescindibles para construir una fe sólida y vencer las crisis que el enemigo pueda traer.
1. Jesús es Dios y se encarnó en un cuerpo humano
El primer punto doctrinal es que Jesús es Dios, y en Su Amor y Misericordia, se encarnó en un cuerpo humano para caminar entre nosotros. Muchos tienen dificultad para aceptar que Jesús no es inferior a Dios, sino que es Dios mismo. El Evangelio de Juan lo declara claramente: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:1, 14). Pablo, inspirado por el Espíritu, escribe: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido en gloria” (1 Timoteo 3:16). Y en Filipenses, se nos dice: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7).
Jesús, siendo Dios, se despojó de Sus atributos divinos y vivió como hombre, sujeto a las mismas limitaciones que nosotros, pero guiado por el Espíritu Santo. Esto nos enseña que para caminar en la voluntad de Dios, debemos ser guiados por el Espíritu Santo, no por nuestras fuerzas, habilidades o conocimientos humanos. Cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto, diciendo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:3), estaba atacando precisamente esta verdad. El enemigo siempre intentará sembrar duda sobre la identidad de Jesús como Dios y sobre nuestra capacidad de vivir como Él vivió. Pero el conocimiento de que Jesús es Dios nos da la firmeza para resistir y vencer.
2. Jesús resucitó de entre los muertos
El segundo punto doctrinal es que Jesús resucitó de entre los muertos, y por Su resurrección, nosotros hemos sido justificados del pecado. El ángel anunció a las mujeres: “No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor” (Mateo 28:5-6). Pablo escribe: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4). Y añade: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14).
La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe. Por ella, hemos sido liberados del poder del pecado. Como dice “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:6-7). No somos “pecadores perdonados”, como algunos erróneamente enseñan. Somos nuevas criaturas, transformadas por la obra de Cristo. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Esta transformación no es nominal ni religiosa; es una realidad espiritual que nos libra del dominio del pecado.
3. Seremos resucitados a la venida de Cristo
El tercer punto doctrinal es que, así como Cristo resucitó, nosotros también seremos resucitados a Su venida. “Mas cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida” (1 Corintios 15:23). Cuando un hombre o mujer de fe parte de esta tierra, no queda en un estado de incertidumbre. Los ángeles de Dios vienen a buscarlos para llevarlos a la presencia del Señor, como dice “Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lucas 16:22). Jesús mismo prometió: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3).
Esta es la esperanza gloriosa de la fe: no estamos sujetos a la muerte, sino que, al partir, somos llevados a la presencia del Señor. No hay temor ni confusión para los que conocen al Hijo de Dios, porque sabemos que nuestra vida está segura en Él.
4. No estamos sujetos a la muerte
El cuarto punto doctrinal es que, gracias a la obra de Cristo, no estamos más sujetos a la muerte ni al poder del diablo. “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). Cuando un creyente parte de esta tierra, no es la muerte quien lo reclama, sino los ángeles de Dios que lo llevan a la presencia del Señor. Esta verdad nos libra del temor y nos da la certeza de que nuestra vida está en las manos de Dios.
5. Cristo Jesús retorna a la tierra
El quinto y último punto doctrinal es que Cristo Jesús regresará a la tierra para traer salvación a los que le esperan. “Así también Cristo fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que le esperan” (Hebreos 9:28). Su venida será visible y gloriosa: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mateo 24:30). No es una venida secreta ni oculta, sino un evento que todo ojo verá. En ese momento, los muertos en Cristo resucitarán, y los que estén vivos serán transformados: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta” (1 Corintios 15:51-52).
Conclusión: Vivir en el conocimiento del Hijo de Dios
El conocimiento del Hijo de Dios no es un concepto teórico ni una mera referencia religiosa. Es la base de nuestra fe, la roca sobre la cual construimos nuestras vidas. Sin este conocimiento, enfrentaremos crisis de fe, dudas y confusiones, porque el enemigo siempre intentará hacernos dudar de quién es Jesús y de quiénes somos nosotros en Él. Pero cuando conocemos al Hijo de Dios, entendemos que Él es Dios, que resucitó, que nos justificó, que nos libra de la muerte y que regresará por nosotros. Este conocimiento nos da la fortaleza para decir, como Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? … Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:35, 37).
Por lo tanto, hermanos y hermanas, dejemos atrás las referencias religiosas y abracemos el conocimiento revelado de la Palabra de Dios. Caminemos guiados por el Espíritu Santo, como Jesús lo hizo, sabiendo que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece (Filipenses 4:13). Que este conocimiento sea el fundamento de nuestra vida de fe, para que lleguemos a la perfección que Dios nos demanda y seamos hallados dignos de escuchar: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34). La paz del Señor sea con todos nosotros. Amén.
La dirección para conectarte a la transmisión es la siguiente: https://youtube.com/live/NbnUpGjO6-g
Bendiciones,