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La Ley del Pecado y de la Muerte: El Destino trazado por las Tinieblas


Que la paz de nuestro Señor Jesús esté contigo y con tu hogar.

Doy gracias al Dios eterno, al Todopoderoso, por concedernos este tiempo para recibir su palabra, una palabra que nos corrige, nos instruye y nos guía. Vivimos en tiempos proféticos, los últimos días, no solo porque se cumplen las Escrituras, sino porque Dios está preparando a su pueblo, al remanente elegido, para ser testigos de su gloria y poder. No se trata únicamente de ser mejores cristianos, como muchos en las congregaciones buscan, sino de cumplir el propósito para el cual fuimos llamados por el Espíritu de Dios. El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, lo expresa claramente: “No que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto; pero prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14). Este es un tiempo glorioso que el Señor nos ha dado para cumplir con nuestro llamamiento.

Hoy concluiremos la serie de enseñanzas sobre el viejo hombre, abordando el tema de la ley del pecado y de la muerte. Para ello, iremos al texto bíblico en la carta de Pablo a los Romanos, capítulo 7, versículos 14 al 25: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si hago lo que no quiero, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Porque yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Romanos 7:14-25).

En este pasaje, Pablo menciona la “ley del pecado” en dos ocasiones, en los versículos 23 y 25, pero en Romanos 8:2 la nombra con su título completo: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2). Este es el tema central de nuestra enseñanza: la ley del pecado y de la muerte. ¿Qué es y por qué es crucial estudiarla?

Para contextualizar, hemos estado explorando el concepto del viejo hombre, del cual Pablo habla en Efesios 4:22: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos” (Efesios 4:22). Este tema es fundamental, ya que muchos creyentes desconocen la realidad espiritual que enfrentamos al venir a Cristo. La Escritura dice que todas las cosas viejas pasaron y todo es hecho nuevo, pero en el idioma original, 2 Corintios 5:17 indica: “He aquí, las cosas viejas están pasando, y todas están siendo hechas nuevas”. Esto significa que no es un proceso terminado, sino en desarrollo. Comenzó cuando aceptamos a Cristo, pero no concluye hasta que vencemos al viejo hombre, destruimos el cuerpo de pecado y comprendemos la ley del pecado y de la muerte, a la cual todos estamos sujetos.

El viejo hombre es la esencia de lo que hemos construido con el tiempo: nuestros hábitos, pensamientos y decisiones. El cuerpo de pecado incluye todos nuestros actos pasados, desde pensamientos y actitudes hasta lo que hemos introducido en nuestro cuerpo, como medicamentos o sustancias. La ley del pecado y de la muerte, por su parte, es una programación satánica que el reino de las tinieblas usa para trazar el camino que cada persona recorre en la tierra. Esto puede sonar fuerte, pero es una verdad espiritual. El hombre, por naturaleza, es un miembro activo del reino de las tinieblas debido al pecado original, como lo establece Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, obedecieron a Satanás, convirtiéndose en siervos del reino de las tinieblas.

Sin embargo, aquellos que hemos aceptado a Cristo hemos sido liberados, como dice Colosenses 1:13: “El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13). Este traslado es una obra sobrenatural del Espíritu Santo. No obstante, el viejo hombre, el cuerpo de pecado y la ley del pecado y de la muerte aún persisten en nosotros. La vida de fe es una guerra espiritual que comienza al vencer estos elementos. La ley del pecado y de la muerte se manifiesta de tres formas: como maldición generacional, como destino trazado y como influencia del mundo.

1. Maldición generacional
La primera manifestación de la ley del pecado y de la muerte es como una maldición generacional que afecta a todos, sin excepción. Esta maldición surge cuando el enemigo toma lo que Dios estableció como bendición y lo usa contra el hombre. En la guerra espiritual, esto se conoce como “derecho legal”, la autoridad que el reino de las tinieblas adquiere para operar en la vida de las personas. Un ejemplo claro está en Lucas 4:5-6, donde Satanás tienta a Jesús: “Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos del mundo. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy” (Lucas 4:5-6). ¿Quién le dio esa autoridad? No fue Dios, sino Adán y Eva, quienes, al desobedecer, transfirieron su dominio sobre la tierra a Satanás, como se ve en Génesis 2 y 3.

Romanos 6:16 lo confirma: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16). Al obedecer a Satanás, Adán y Eva se convirtieron en sus siervos, y todo lo que Dios les había dado pasó a ser usado por el enemigo. Deuteronomio 28:15 advierte sobre las consecuencias de desobedecer a Dios: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para cuidar de poner por obra todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te mando hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán” (Deuteronomio 28:15). Estas maldiciones no son un castigo divino, sino límites que Dios estableció para proteger al hombre. Al traspasarlos, el hombre se expone al ataque del enemigo.

Génesis 3:16-19 describe las consecuencias del pecado: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19). La maldición no proviene de Dios, sino de Satanás, quien usa lo que Dios dio para atacar al hombre. Éxodo 20:5 indica que estas maldiciones alcanzan hasta la tercera y cuarta generación: “No te inclinarás a ellas, ni las servirás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:5).

2. Destino trazado
La segunda forma en que se presenta la ley del pecado y de la muerte es como un destino trazado, una idea influenciada por la filosofía griega, no por la Biblia. Muchos creen que su vida está predeterminada y que no pueden cambiarla, como dice Romanos 7:18-19: “Porque yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:18-19). Pablo describe la lucha humana, no su realidad como creyente, sino la de todo hombre bajo esta ley, que siente que no puede escapar de su destino. Sin embargo, Juan 3:8 declara: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). Los hijos de Dios no están sujetos a un destino fijo; es Dios quien ordena sus pasos.

3. Influencia del mundo
La tercera manifestación es como una influencia del mundo, un sistema satánico que arrastra a las personas. 1 Juan 2:15-17 advierte: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17). Jesús, en Juan 17:15, oró: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15). El mundo es un sistema de maldad implantado por Satanás, quien recibió autoridad del hombre, como se vio en Lucas 4:6. Esta influencia actúa como una corriente que seduce y arrastra.

Muchos creyentes, sin darse cuenta, otorgan derechos legales al enemigo al participar en prácticas como juegos de azar, usando fechas significativas (nacimiento, matrimonio) para tales fines. Estas acciones consagran momentos importantes al reino de las tinieblas. Además, los hechos pasados, aunque cometidos antes de conocer a Cristo, siguen vigentes hasta que son deshechos ante Dios. 2 Corintios 6:17-18 exhorta: “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17-18). No debemos buscar un lugar en el mundo, pues este nos arrastra hacia la ley del pecado y de la muerte.

Conclusión
La ley del pecado y de la muerte no tiene poder sobre quienes están en Cristo, como declara Romanos 8:2. Sin embargo, debemos romper activamente sus manifestaciones: maldiciones generacionales, destinos trazados e influencias mundanas. Números 23:20 asegura: “He aquí, yo he recibido orden de bendecir; él ha bendecido, y no lo revocaré” (Números 23:20). Satanás no puede maldecir a quien camina bajo el señorío de Cristo. Gálatas 2:20 nos anima: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Crucifiquemos al viejo hombre, deshagamos el cuerpo de pecado y dejemos inoperante la ley del pecado y de la muerte. Esta es una tarea personal, pero con la guía del Espíritu Santo, avanzaremos de victoria en victoria. Que la paz del Señor esté contigo.

La dirección para conectarte a la transmisión es la siguiente: https://youtube.com/live/dPTOJi57w_Q

Bendiciones,

Pastor Pedro Montoya



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