Tema 2: La Demanda de Dios
En esta segunda sesión de nuestro estudio, profundizaremos en el significado de la perfección según las Escrituras. En la clase anterior, establecimos una definición inicial: los términos hebreo tam (o tamim en plural) y griego teleios encierran esta idea. Estas palabras nos abren una ventana de revelación sobre su significado y su relevancia como parte de la doctrina del Evangelio.
Al explorar su origen, vimos que la perfección trasciende la idea de un acabado superficial: se refiere a lo que está completo, plenamente realizado y concluido en su totalidad. Esto no se limita a objetos físicos, sino que abarca procesos y compromisos personales, como los votos. Un voto incumplido es una marca de imperfección que no solo afecta al compromiso en sí, sino también a quien lo hizo, quien pasa a ser considerado imperfecto. Así, la perfección implica una integridad que va más allá de la acción externa y se arraiga en la coherencia entre lo prometido y lo cumplido, reflejando el carácter de quien se compromete. Un voto roto evidencia esta fragilidad, destacando que la perfección no es solo un ideal externo, sino un reflejo de la consistencia interna de la persona.
La importancia de entender esta visión es decisiva para quienes desean caminar en la perfección bíblica. De lo contrario, el conocimiento alcanzado se convertirá en un signo de la propia imperfección y testificará en contra de la persona, evidenciando su falta de aplicación práctica.
En las Sagradas Escrituras, la perfección se presenta como una instrucción didáctica: la persona aprende al ponerla en práctica. El mandamiento no busca imponer ni exigir, sino guiar a quien lo cumple hacia la plenitud señalada en cada acción. Por eso, la perfección es una doctrina: permite que la persona crezca y se acerque a Dios al aprender, mediante la obediencia, el valor de completar plenamente lo que se le ha indicado.
Todo lo que alguien inicia y deja inconcluso —ya sea una tarea, un propósito o una ofrenda— tiene consecuencias que van más allá del objeto o la acción. El peso de lo inacabado recae sobre la persona misma. Por ejemplo, en la antigüedad, si alguien ofrecía a Dios un animal defectuoso, no solo la ofrenda era rechazada: el oferente también quedaba comprometido, pues el defecto se reflejaba en él.
Este principio, arraigado en la Ley de Moisés, revela una verdad fundamental: nada manchado o imperfecto podía presentarse ante Dios, y cualquier falla en lo ofrecido afectaba directamente a quien lo presentaba. Esta idea se mantiene en el Nuevo Testamento, donde Pablo, al escribir a Timoteo y Tito, exige que el creyente sea «sin tacha» e «irreprochable», en línea con esa antigua norma de perfección.
Un ejemplo claro está en Deuteronomio 23:21: «Cuando prometieres voto a Jehová tu Dios, no tardarás en pagarlo; porque ciertamente lo demandará Jehová tu Dios de ti, y habría en ti pecado«. Un compromiso con Dios que no se cumple señala imperfección en quien lo hizo. Así, la perfección es un llamado a completar lo iniciado, a cerrar los círculos abiertos y a vivir sin dejar nada a medias.
La enseñanza es clara: lo que se inicia no puede quedar sin concluir. No hay espacio para pausas, pues las Escrituras exigen continuidad. Si algo queda a medio camino, su peso recae sobre quien lo emprendió, y lo que era una simple interrupción se convierte en una falta grave.
Jesús presentó dos ejemplos que ilustran la doctrina de la perfección en la visión de vida que Él enseñó, conforme a las Sagradas Escrituras (Lucas 14:28-32). En el primero, un hombre decide construir una torre sin calcular antes si tiene los recursos financieros para terminarla, arriesgándose a dejarla inconclusa. En el segundo, un rey planea ir a la guerra contra otro sin evaluar la fuerza de su ejército, exponiéndose a una derrota segura. Ambos casos reflejan un principio claro: la perfección, según esta doctrina, exige completar lo que se inicia, considerando cuidadosamente los medios disponibles para evitar el fracaso. Esta enseñanza, arraigada en las Escrituras, subraya que la vida cristiana debe vivirse con integridad y propósito, sin dejar nada a medias.
La doctrina de la perfección no es un ideal filosófico ni un concepto místico. Es la expresión de la voluntad de un Dios Eterno que se revela en un mundo imperfecto, mostrando que la perfección no depende de las circunstancias externas, sino de conocer y reflejar a un Dios que imprime su carácter en todo lo que hace. Ejemplos sencillos, como un vaso que no está lleno o una vasija sin tapa, ilustran la imperfección, no por falla propia de los objetos, sino porque reflejan la imperfección de quien los usa o los crea. Lo incompleto revela la imperfección interna de quien ejecuta las acciones. Esto se observa en Números 19:15: «Todo vaso abierto, sobre el cual no hubiere tapadera bien ajustada, será inmundo«. Dios establece un estándar de perfección que trasciende lo físico: nuestras posesiones y compromisos reflejan nuestro interior. Si están incompletos, revelan nuestra propia imperfección. Comprender esto es clave, pues lo inacabado obstaculiza nuestro crecimiento espiritual.
Las Escrituras advierten que la falta de perfección detiene el crecimiento espiritual y lleva a una vida vacía y desordenada. La consecuencia es grave: la obra de quien no persevera hasta el final queda destruida. En Hebreos 5, el apóstol reprende: «Debiendo ser ya maestros por el tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar los rudimentos de la palabra«. No es solo estancarse; es retroceder al inicio.
Esta enseñanza exige un compromiso total. No se trata de un esfuerzo opcional para agradar a Dios, sino de un mandato divino: caminar en perfección. En Génesis 17, Dios ordena a Abraham: «Anda delante de mí y sé perfecto«. Es una condición esencial, no una sugerencia. Quien no persevera en este camino pierde lo que Dios tiene preparado para él.
¿Qué significa ser perfecto? Es alcanzar lo completo, lo que ha sido llevado a su fin. Un vaso medio lleno simboliza la imperfección, y esa falta recae sobre quien lo ofrece. El que hace promesas y no las cumple refleja esa misma insuficiencia. Su crecimiento espiritual queda estancado.
La perfección también puede definirse desde otro ángulo: es la persona que cumple con la instrucción recibida, que realiza fielmente la tarea encomendada. En 1 Samuel 15:22 leemos: «¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros«.
Obedecer significa prestar atención y completar la tarea encomendada. En 1 Samuel 13:13-14, vemos las consecuencias cuando esta obediencia falla: «Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios… Mas ahora tu reino no será durable«.
Esta fue la marca distintiva de Abraham. Cuando Dios le dijo: «Sacrifica a tu hijo«, Abraham no dudó; su obediencia inmediata mostró su perfección. Esta enseñanza es la base de la vida espiritual. Dios no confía sus planes a quienes dejan sus obras sin terminar. Por eso, nos muestra todo lo que empezamos pero no terminamos: votos, proyectos, instrucciones. Si estos quedan incompletos, la perfección se compromete.
Los ejemplos que hemos visto nos llaman a desarrollar la perfección en nuestra vida. Esto nos obliga a examinar nuestras acciones y circunstancias. La perfección no es un logro individual solamente. Puede ser que nosotros avancemos hacia ella, pero quienes nos rodean no lo hagan. Y esto tiene un impacto: la imperfección de los cercanos puede afectar la nuestra.
En Levítico 20:7 leemos: «Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios«. La perfección pertenece a quien se santifica. Santificar significa apartar. No se refiere a las cosas externas, sino a separar lo que ha sido consagrado al Señor. En el versículo 26 del mismo capítulo dice: «Y os he apartado de los pueblos para que seáis míos«. La iniciativa viene de Dios, que nos llama.
Sin embargo, tenemos la responsabilidad de caminar en armonía con ese propósito divino. Si nos desviamos, nos oponemos a Su voluntad. Jesús dijo: «El que no está conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama«. Tenemos una elección: avanzar en la santificación que perfecciona o quedar en la dispersión.
Apartar implica una acción deliberada: separar para el servicio de Dios las herramientas y recursos que usamos diariamente. ¿Cómo podría alguien ser santo mientras vive en un entorno impuro? Lo impuro que nos rodea nos afecta directamente. No es el objeto en sí el que lleva la impureza, sino la persona quien se ve afectada.
Para quienes se preparan para un ministerio, es necesario aprender a discernir y apartar lo necesario para esa labor sagrada. Por ejemplo, si una computadora está al servicio de un propósito divino, su uso no puede ser cualquiera. Consagrarla al Señor significa reservarla exclusivamente para Su obra; no debería usarse para leer noticias o asuntos no relacionados.
Perfeccionar es separar, apartar y consagrar al servicio del Señor. Esta enseñanza es importante porque la contaminación de un objeto no recae necesariamente en el objeto mismo, sino en la persona que la permitió o provocó. Así, no es el objeto material el que carga con la impureza, sino el alma de quien lo posee, reflejando su responsabilidad ante Dios.
Esta enseñanza también se aplica al tiempo, ya que consagrarlo es esencial. En nuestras reuniones de enseñanza, comenzamos y terminamos cada sesión con oración. ¿Por qué lo hacemos? Porque, al hacerlo, apartamos ese tiempo, lo hacemos sagrado y lo dedicamos completamente a la obra del Señor. No podríamos esperar que otros aprendan estas verdades si nosotros no hubiéramos reservado diligentemente esos momentos para cumplir el propósito divino.
Esta práctica no es solo para quien enseña; es una lección para todos. Hay un tiempo designado para la enseñanza, un espacio consagrado a esa tarea. Este rigor no es arbitrario: es un paso hacia la perfección. Este camino forja el crecimiento espiritual, lleva a la madurez, despierta una nueva sensibilidad.
En Levítico 11:44-45 leemos: «Pues que yo soy Jehová vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo… Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para seros por Dios: seréis pues santos, porque yo soy santo«.
No podemos tolerar lo impuro en nuestros entornos. Todo lo que nos rodea nos afecta. La caída de Eva y Adán no fue repentina, sino el resultado de un proceso lento de contaminación cuyos efectos no siempre se ven al principio.
Por eso, debemos establecer normas que regulen nuestra conducta y purifiquen nuestros ambientes. No podemos permitir que elementos contaminados entren en nuestro entorno, pues deterioran la perfección a la que estamos llamados. Sin embargo, este deterioro no significa perder la salvación. Lo que Dios nos pide es un compromiso claro con la perfección.
Cuando Dios le dijo a Abraham en Génesis 17:1: «Anda delante de mí y sé perfecto«, no se dirigió únicamente a él. Ese mandato trasciende el tiempo y nos alcanza también a nosotros, sus hijos espirituales por la fe. Como herederos de la promesa, estamos igualmente llamados a escuchar y obedecer esta exhortación divina: «Anda delante de mí y sé perfecto«. Este llamado encierra tanto nuestra vocación como nuestro desafío, pues nos invita a vivir una vida de obediencia e integridad, completos y sin tacha, en total consagración a Dios.
A lo largo de los siglos, diversas creencias religiosas han dejado su huella en el lenguaje de los cristianos. Una idea común es que la perfección es inalcanzable en esta vida, reservada solo para el cielo. Sin embargo, esto contradice lo que la palabra de Dios declara. Dios nos llama a ser perfectos aquí, en la tierra, no en un futuro distante.
En esta enseñanza, hemos visto varios ejemplos que ilustran la naturaleza de la perfección: es lo completo, lo concluido, lo que ha alcanzado su cumplimiento total. La persona que termina sus tareas, que no se detiene a medio camino ni las abandona, encarna esta perfección. Recordemos el caso de las vasijas: cada una necesita su tapa, pues sin ella se considera imperfecta, y esa falta recae sobre quien la posee. Así, lo que dejamos incompleto define si somos perfectos o imperfectos.
En esta última definición, la perfección se manifiesta en quien se aparta del mundo, se santifica a sí mismo y extiende esa santificación a todas sus pertenencias, consagrándolas plenamente. Sin embargo, este acto de consagración exige discernimiento, ya que no todo lo que poseemos está destinado a ser dedicado al servicio del Señor. A menudo, un regalo o un objeto alquilado puede tentarnos a proclamar: «Lo apartaré y lo santificaré». No obstante, no todo es apropiado ni aceptable para este propósito santo, requiriendo que evaluemos con sabiduría qué puede ser ofrecido a Dios.
Por ejemplo, una mesa con patas que asemejan garras, aunque sea estéticamente atractiva, no puede ser consagrada al Señor. La figura grotesca de las patas contradice lo divino, ya que su diseño evoca algo que se opone a la santidad. En una ocasión, recibí una reprensión divina tras introducir un objeto similar en el templo, atraído por su belleza. Sin embargo, el Señor me mostró que no era digno de santificación. A lo largo de este camino, hemos aprendido a desprendernos de objetos —incluso recién adquiridos— que resultaron inapropiados para el propósito sagrado. La Escritura, en la Ley de Moisés, es clara al respecto: «No presentarás ofrenda de ramera ni de perro» (Deuteronomio 23:18). Hay cosas que, por su naturaleza, no pueden ser apartadas para el Señor, y aceptarlas contaminaría lo sagrado. Este cuidado en el discernimiento forma parte esencial de la perfección a la que estamos llamados.