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La Palabra de la cruz: El amor de Dios me abrió paso a su Presencia nuevamente.


El tercer acto de la salvación – La declaración de inocencia


Al único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra, formador y sustentador nuestro, a Él sea la honra y la gloria por los siglos de los siglos. Damos gracias a Dios eterno por un tiempo más en su presencia, un tiempo para exponernos ante la revelación de su gracia y su misericordia. En esta enseñanza, vamos a estudiar el tercer acto de la salvación de Dios, un tema que surge al escudriñar las Sagradas Escrituras y comprender que la salvación no es un evento único, sino un proceso manifestado a través de la vida de Cristo Jesús. Este proceso incluye el perdón de pecados y la vida eterna, otorgados al hombre mediante actos específicos que vamos a explorar.

Los actos de la salvación

Hemos identificado que la salvación se desarrolla en varios actos. El primero nos presenta a Jesús hecho carne: vivió entre nosotros, participó de nuestra misma naturaleza adámica, pero sin pecado. Filipenses 2 nos dice que «se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo«, asumiendo las limitaciones humanas, no valiéndose de sus atributos divinos. Lo hizo para enseñarnos a vivir dependiendo del Espíritu Santo, mostrándonos el camino a quienes hemos acogido su fe.

El segundo acto ocurre en la cruz del Calvario, donde Cristo Jesús ocupó nuestro lugar. Sobre el hombre pesaba una condena de muerte, resultado de la desobediencia original, como se lee en Génesis: «El día que de él comieres, de seguro morirás«. Esa desobediencia, representada en Adán y Eva, trajo el pecado, y el pecado trajo la muerte, una condena que recayó sobre todos nosotros, hombres y mujeres. En la cruz, esa condena fue clavada en Cristo, liberándonos de su peso.

El tercer acto: La declaración de inocencia

Hoy nos enfocamos en el tercer acto de la salvación: la remisión de pecados y la declaración de inocencia. Más allá de la condena de muerte, sobre el hombre y la mujer también pesa la culpa por el pecado. En Génesis, tras comer del fruto prohibido, Adán y Eva se escondieron al escuchar la voz de Dios. «Tuve miedo y me escondí«, dijo Adán. Esa culpabilidad, nacida de la desobediencia, no fue simplemente clavada en la cruz como la condena; requiere algo más.

En la cruz, a las tres de la tarde, Jesús exclamó: «Consumado es«. Con esas palabras, abrió la posibilidad de que el hombre regrese al lugar de donde salió, al estado de comunión con Dios. Sin embargo, este acto no es automático: la culpabilidad no se remite solo por reconocer la obra de Cristo; es el hombre quien debe acercarse y abrazar la liberación. Cuando lo hace, recibe una declaración de inocencia. Efesios 1:7 lo expresa claramente: «En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia«. Aquí, «redención» significa precisamente esa declaración de inocencia: ya no hay pecado ni culpa que nos obligue a escondernos. Somos declarados completamente libres.

La importancia de aceptar la declaración de inocencia

Este tercer acto es fundamental porque, aunque la condena de muerte ya no pesa sobre nosotros, no podemos reconciliarnos con Dios si seguimos cargando la culpa. Hay hombres y mujeres que, habiendo venido a Cristo, aún conservan culpabilidad por sus acciones, palabras o pensamientos pasados. No logran librarse de esa carga, y esto les impide vivir en la plenitud del perdón, la liberación y la gracia de Dios. Tito 2:14 refuerza esta idea: «Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y limpiar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras«. Pablo, en 1 Timoteo, relata cómo, siendo blasfemo y perseguidor, fue admitido a misericordia y puesto al servicio de Dios. Sin recibir el perdón por la culpa, no podemos vivir plenamente en la gracia divina.

Un ejemplo poderoso es la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8). Acusada por la multitud, Jesús desafió a sus acusadores: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra«. Todos se retiraron, y Jesús le dijo: «Ni yo te condeno; vete y no peques más«. Esta es la declaración de inocencia: no solo perdón de pecados, sino liberación de la culpa que nos persigue. La culpa trunca vidas, propósitos y futuros; ha llevado incluso a algunos a quitarse la vida. Por eso, este acto nos invita a vivir libres de toda condenación interna.

Liberación de las maldiciones y las conductas pasadas

La declaración de inocencia no solo nos limpia de la culpa, sino también de las conductas y estilos de vida impuestos por el pecado. 1 Pedro 1:18-19 dice: «Habéis sido rescatados de vuestra vana manera de vivir, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo«. Ya no somos lo que éramos; somos lo que Dios ha declarado en la cruz. La parábola del hijo pródigo ilustra esto: tras derrochar su herencia y caer en desgracia, regresa a su padre, quien lo recibe con vestido nuevo, calzado y anillo, declarando: «Este mi hijo muerto era, y ha revivido». No es un cambio superficial de conducta; es una transformación radical por la obra del Espíritu Santo.

Además, Gálatas 3:13 afirma: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición«. Esto no se limita a la ley mosaica, sino a toda maldición generacional o familiar –enfermedades hereditarias, tendencias destructivas como el suicidio o el deterioro sexual– impuesta por el enemigo. La declaración de inocencia rompe esas cadenas, liberándonos física y espiritualmente.

Limpieza física y espiritual

Hebreos 9:12 añade: «Por su propia sangre, entró una vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención«. Esta redención nos limpia no solo espiritualmente, sino también de impurezas físicas que nos limitan: complejos, fobias o condiciones como la tartamudez de Moisés (Éxodo 3). Cuando Moisés aceptó la voz de Dios por encima de su limitación, esa condición desapareció, y se convirtió en libertador de un pueblo. Si él hubiera seguido enfocándose en su tartamudez, habría vivido sus últimos años en angustia. La declaración de inocencia levanta hoy toda impureza, permitiéndonos servir a Dios en plenitud.

Conclusión: Vive en la plenitud de la liberación

Apocalipsis 1:5 resume este mensaje: «Nos amó y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre«. Aquí, «pecados» incluye la culpa y todo lo que nos ha impedido realizarnos. Pablo, en Romanos 8, declara que nada lo separará del amor de Dios, una certeza que solo surge al aceptar esta liberación total. Jesús te dice hoy: «Ni yo te condeno; vete y no peques más«. Esta es la declaración de inocencia emitida en la cruz para que vivas en plenitud, libre de condenas pasadas. Padre, te doy gracias por un pueblo perfeccionado en tu sangre, un pueblo que no vive a medias, sino en la plenitud de tu gracia. Gracias por el poder de tu Espíritu Santo que nos hace reconocer y aceptar esta declaración de inocencia. No soy más lo que fui; soy libre, soy inocente, porque tú lo declaraste. En el nombre de Jesús, amén. La paz del Señor sea contigo. Prepárate ahora para el próximo tema: el cuarto acto de la salvación, la justificación.

La dirección para conectarte a la transmisión es la siguiente: https://youtube.com/live/8Y4bTlIriks

Bendiciones,


Pastor Pedro Montoya

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