El segundo acto de la salvación – La pena de muerte fue transferida a Jesús en la cruz
Que la paz y la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesús sean contigo y con tu casa. Al Dios eterno, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, dador de vida, sustentador y formador nuestro, a Él sea la honra y la gloria por los siglos de los siglos. Damos gracias a Dios porque, en Su gracia y misericordia, nos permite tiempos de revelación, corrección, instrucción y vida a través de Su palabra. Así, cada uno de los que Él ha llamado puede caminar conforme a Su propósito.
En esta enseñanza continuamos nuestra serie sobre «la palabra de la cruz», el Evangelio del Reino de los cielos. En el Nuevo Testamento, este Evangelio se presenta de diversas formas: como la gracia, el don de Dios, «la palabra de la cruz» —término que hemos adoptado para esta serie—, «la locura de la cruz» y el Evangelio de Cristo Jesús. Cada término busca aplicar este mensaje a la vida del hombre y la mujer. Tras dos semanas de estudio, hemos explorado los actos de la salvación. La semana pasada vimos el primero: Jesús fue manifestado en carne, con la misma naturaleza de Adán y Eva, para condenar el pecado en el cuerpo y permitirnos vivir en novedad de vida.
Hoy abordamos el segundo acto de la salvación, relacionado con la condición humana. La Biblia enseña que «la paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23), una condena que pesa sobre todo hombre y mujer desde la desobediencia de Adán y Eva. En Génesis 2:17, Dios advirtió: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás». Al desobedecer, esa declaración se convirtió en una sentencia de muerte vigente, no cancelada. Este segundo acto revela cómo Dios libra de esa condena a quienes vienen a Jesús: Él ocupó nuestro lugar en la cruz del Calvario. No eliminó la sentencia, sino que proveyó vida al sustituirnos.
Para entenderlo, consideremos los actos de la salvación. A menudo se dice que Jesús en la cruz nos limpia del pecado, nos reconcilia y da vida eterna. Sin embargo, las Escrituras muestran que esto ocurre mediante actos específicos de misericordia divina. Como en el libro de Ester, donde el decreto de muerte contra los judíos no pudo anularse, pero el rey dio una provisión para que se defendieran, así Dios no cancela la condena de muerte, sino que, por Su amor, ofrece vida a través de Cristo. Jesús tomó nuestro lugar, librándonos de la ejecución de esa sentencia.
Conocido como la doctrina de la sustitución, este segundo acto aborda las consecuencias del pecado. Examinemos tres de ellas:
El hombre y la mujer se convirtieron en siervos del pecado.
Romanos 6:16 dice: «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?». Cuando Adán y Eva obedecieron a la serpiente, se constituyeron en siervos del pecado. Romanos 5:19 añade: «Porque como por la desobediencia de un solo hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos». Todos, representados en Adán, quedamos esclavizados al pecado y destituidos de la gloria de Dios.
El pecado impuso un código de conducta.
Romanos 7:14-24 describe esta lucha: «Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago… Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?». El pecado impuso un estilo de vida que nos lleva a actuar contra nuestra voluntad. ¿Cuántas veces decimos: “¿Por qué caigo otra vez?”? Es un código que Satanás estableció, del cual solo Cristo nos libera.
El hombre fue condenado a una muerte paulatina.
Génesis 3:17-19 declara: «Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por causa de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida… Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado». Dios reveló, no impuso, esta consecuencia: vivir por nuestras fuerzas hasta agotarnos y morir. Esta es la lucha humana: depender de recursos propios que fallan.
Jesús, en la cruz, nos libró de estas consecuencias. Mateo 27:16-26 narra cómo soltaron a Barrabás y crucificaron a Jesús: «Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, lo entregó para ser crucificado». En Barrabás, todos estábamos representados. 2 Corintios 5:21 explica: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Jesús recibió una transferencia genética y espiritual de nuestra condición pecaminosa. 1 Pedro 2:24 añade: «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos al pecado, vivamos a la justicia». Isaías 53:4-6 profetizó: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores… Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». Él no pecó, pero asumió nuestra naturaleza y actos para liberarnos.
Sin embargo, esta provisión requiere nuestra respuesta. Ezequiel 33:12-13 advierte: «La justicia del justo no lo librará el día que se rebelare… Diciendo yo al justo: Ciertamente vivirás, si él confiado en su justicia hiciere iniquidad, ninguna de sus justicias vendrá en memoria, sino que morirá por su iniquidad que hizo». No es automática ni irreversible; debemos mantenernos firmes y fieles. Si desobedecemos, reactivamos la condena.
¿Por qué estudiar esto? Porque muchos, aunque libres, viven en derrota, cargando lo que Jesús ya llevó. Romanos 8:17 promete: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados». Como Israel, liberado de Egipto pero atado a su pasado, muchos no sueltan su antigua condición. Jesús cargó nuestra frustración, enfermedad y quiebra. ¿Por qué seguir cargándolas? La «palabra de la cruz» nos hace libres del pecado, del código impuesto y de la muerte paulatina, para vivir como coherederos con Cristo, en victoria y potencia divina. Hoy, acoge esta provisión con conciencia: todo fue transferido a Él. No vivas en derrota; di: “Soy más que vencedor por aquel que ocupó mi lugar”. Gracias, Padre, por librarnos y hacernos herederos en Cristo. Que Tu paz y gracia sean sobre nosotros. Amén.
Les exhorto a no perderse esta enseñanza y a compartirla con familiares y amigos para que todos podamos gozar de la bendición del Evangelio del Reino de los Cielos.
La dirección para conectarte a la transmisión es la siguiente: https://youtube.com/live/s1kddchy2Fc
Bendiciones,
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