, , ,

La Palabra de la Cruz: La Palabra se hizo Carne


El primer acto de la salvación – Jesús fue manifestado al mundo en la misma naturaleza adámica


Al Dios Eterno, al Todopoderoso y Creador del cielo y de la tierra, a Él sea la honra y la gloria por todos los siglos. Que la paz del Señor sea contigo y con tu casa. Damos gracias al Señor por este espacio que, en Su gracia y misericordia, nos permite reunirnos para exponernos ante Su palabra. Esta palabra es vida, aliento y fortaleza; sobre todo, es liberación, pues como está escrito: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). Cada vez que nos presentamos ante ella, nos exponemos a la verdad de Dios que ilumina nuestras vidas, disipando toda tiniebla que aún pueda permanecer en nosotros.

Damos gracias al Señor porque Su palabra nos transforma. ¿Qué es el Evangelio? Como establecimos en la enseñanza anterior, el Evangelio es la doctrina de la salvación. No debemos perder de vista esta definición esencial: no es una religión, aunque el mundo o la sociedad puedan etiquetarlo así. El Evangelio es la doctrina del Reino de los cielos, el mensaje de salvación que consiste en el perdón de pecados y la reconciliación con Dios Padre por medio de Jesús, el Cristo. En las epístolas del apóstol Pablo, aunque no siempre de forma explícita, se le describe con términos profundos: la gracia de Dios manifestada a todos los hombres, «la palabra de la cruz» —término que hemos adoptado para esta serie—, «la locura de la cruz» y «la potencia de Dios». Pablo declara: «No me avergüenzo del Evangelio, porque es potencia de Dios» (Romanos 1:16). Estos términos reflejan la esperanza gloriosa que tenemos en Cristo Jesús a través de Su obra en la cruz del Calvario.

Hoy iniciamos el estudio del proceso de la salvación. No es un evento aislado ni una operación puntual, como podríamos pensar, sino una obra del Espíritu que abarca actos divinos mediante los cuales el hombre y la mujer reciben salvación. Esto es clave para comprender la grandeza del amor de Dios. Leemos en «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Este versículo revela un proceso en el tiempo: Dios estableció actos para atraer a la humanidad a Su presencia. Aunque a veces lo veamos como un momento definitivo, es un conjunto de acciones divinas que hoy comenzamos a explorar.

El primer acto de la salvación consiste en que Jesús fue manifestado en carne, con la misma naturaleza adámica que nosotros. Repito: Jesús se encarnó en la misma condición de Adán y Eva, con idéntica constitución genética y limitaciones humanas. Esto es fundamental, porque a menudo no logramos asimilar Su obra al verlo como un Dios distante, diferente a nosotros. Cuántas veces hemos oído —o dicho—: “Él era Dios, yo no; por eso caigo en errores y pecados, no me juzguen”. Este primer acto desmonta esa excusa: Jesús, siendo Dios, vivió como hombre, con nuestra misma naturaleza, para mostrarnos que podemos seguir Sus pasos.

Este acto se basa en tres fundamentos doctrinales que estudiaremos esta noche, esenciales para entender la vida de fe en Cristo Jesús. La fe no es solo creer, sino asimilar en nuestra existencia lo que significa que Jesús se manifestó como nosotros. Si Su naturaleza hubiera sido distinta a la de Adán y Eva, el pecado no nos habría alcanzado. Precisamente porque compartimos esa condición pecaminosa, nacimos pecadores —no por pecar, sino por nuestra herencia adánica—. Veamos estos fundamentos:

Primer fundamento: Jesús es Dios, pero vivió como hombre.

Leemos en Filipenses 2:6-8: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Jesús, siendo Dios, se despojó de Sus atributos divinos y vivió guiado por el Espíritu Santo, no por Su poder divino. Esto lo confirma 1 Timoteo 3:16: «Sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido en gloria». Todo lo que niegue que Jesús es Dios es una doctrina apóstata que debemos rechazar. Él vivió como hombre para enseñarnos que, guiados por el Espíritu, podemos caminar como Él. Jesús mismo dijo: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (Juan 14:12). Esto es posible porque abrazamos Su obra por fe, viviendo bajo la guía del Espíritu, como afirma Romanos 8:14: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios».

No hay excusa para decir: “Soy mortal, no puedo”. Expresiones como “errar es de humanos” son filosofía, no la palabra de Dios, y no deben salir de los labios de un creyente. Jesús, con nuestras limitaciones, hizo milagros no por ser Dios, sino por la guía del Espíritu, trazándonos un camino claro.

Segundo fundamento: Jesús vivió sin pecado bajo nuestras condiciones.

Hechos 2:22 dice: «Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con maravillas y prodigios y señales que Dios hizo por medio de él en medio de vosotros». Aunque tuvo nuestra naturaleza, no pecó, demostrando que podemos vivir sin fabricar pecado. 1 Juan 3:9 afirma: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él». Si pecamos, no es por debilidad inevitable, sino por elección, por no poner límites a nuestras pasiones o emociones. Romanos 8:3 explica: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne». El pecado está condenado; quien abraza la fe en Cristo no debe seguir pecando, pues la simiente de Dios está en él. Hebreos 4:15 añade: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». Esto es la voluntad de Dios: vivir justamente, como Jesús, sin excusas.

Tercer fundamento: Jesús se sometió a la creación y a la muerte.

Lucas 1:26-31 narra: «Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María… Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús». Jesús se sometió a la gestación, nueve meses sin conciencia divina, desde el primer instante de vida en el vientre de María. Esto refuta conceptos contrarios a la palabra: Él fue Jesús desde la concepción, no un ser sin vida. Juan 1:1-14 lo confirma: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». La “palabra” (logos) es todo lo que Dios expresó, y se encarnó con nuestras limitaciones para enseñarnos que nada nos separa de Su amor (Romanos 8:38-39).

Luego, se sometió a la muerte. Hechos 2:23-24 dice: «A este, entregado por el determinado consejo y providencia de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella». La muerte no lo retuvo porque no tenía pecado (1 Pedro 2:22: «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca»). Juan 10:17-18 aclara: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar». Jesús no murió por la lanza o los clavos, sino porque voluntariamente entregó Su vida para reconciliarnos con Dios, restaurando la imagen perdida en Edén.

Este primer acto —Jesús manifestado en carne adámica— tiene tres fundamentos: Él es Dios que vivió como hombre, sin pecado, sometido a la creación y la muerte. Nos enseña a vivir por fe, guiados por el Espíritu, sin excusas, en victoria y potencia. No es un evangelio religioso de fórmulas fáciles, sino un llamado a decir: «Ya no vivo yo, Cristo vive en mí» (Gálatas 2:20). Que la paz del Señor sea contigo; ahora, la tarea es tuya.


Le exhorto a no perderse esta enseñanza y a acercarse a ella con un corazón humilde, pues de esto dependen las correcciones de fe que tengamos que hacer.

La dirección para conectarte a la transmisión es la siguiente: https://youtube.com/live/Ojf_xJ-eKF0

Bendiciones,


pastor Pedro Montoya


Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

About

Jesús, Señor y Cristo es la voz digital del Ministerio Apostólico y Profético Cristo Rey. A través de esta página, compartimos la verdad del Evangelio, enseñanzas sobre liberación espiritual y el llamado a vivir bajo el señorío de Cristo. Explora y fortalece tu fe con nosotros

Descubre más desde Jesús, Señor y Cristo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo