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Los Estorbos que Impiden Caminar en los Caminos del Señor


Introducción

La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Doy gracias al Dios eterno, al Todopoderoso, por este espacio de tiempo que Él nos permite en su gracia y en su misericordia. Estamos aquí porque al Señor le ha placido. Este tiempo le pertenece al Señor, no es nuestro. Estamos reunidos porque el Señor nos ha convocado, nos ha llamado, y le doy gracias por esta gracia y esta misericordia que nos concede.

Por medio de su Santo Espíritu, vamos a estudiar el tema de los estorbos que impiden que caminemos los caminos del Señor. Llevamos varias semanas estudiando Deuteronomio 10:12, un versículo que nos presenta un protocolo de acción, que establece qué es exactamente lo que Dios demanda de un hombre, de una mujer.

El versículo dice: «¿Qué pide Jehová tu Dios de ti, oh Israel? Que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, que le ames y que le sirvas con todo tu corazón y con todas tus fuerzas». Estamos estudiando específicamente la segunda instrucción: que andes en los caminos del Señor, en todos sus caminos.

¿Qué son los caminos de Dios?

En la enseñanza de la semana pasada establecimos algo fundamental: hablar de los caminos del Señor no significa formas predeterminadas, predefinidas o preestablecidas. La tendencia del hombre y de la mujer es repetir procesos. «Dígame qué es lo que tengo que hacer y yo lo haré». Muchas veces creemos que haciendo eso estamos agradando al Señor.

Pero los caminos del Señor no son procesos predeterminados —paso uno, paso dos, paso tres, paso cuatro— que nos garanticen estar en sus caminos. No es así. Es entender a Dios. Los caminos del Señor se fundamentan en entender a Dios, qué es lo que Dios quiere, qué es lo que Dios demanda para cada hombre, para cada mujer en su respectiva región, en su respectivo lugar, particularmente.

Todo se fundamenta en conocer y entender a Dios. Eso está escrito en el libro del profeta Jeremías: «Alábese en esto el que se hubiera de alabar: en entenderme, conocerme que yo soy Jehová tu Dios».

Por lo tanto, cuando hablamos acerca de los caminos del Señor, tenemos que tener muy claro que no son procesos predeterminados. No tiene que ver con forma de vestir, no tiene que ver con forma de hablar, no tiene que ver con forma de conducirse—aunque obviamente la forma de vestir, la forma de hablar, la forma de conducirse va a cambiar definitivamente. Pero no podemos ir a la inversa: de lo exterior a lo interior. Es de lo interior hacia lo exterior, porque la Palabra del Señor lo establece: «Ríos de agua viva fluirán, brotarán desde su interior». Los cambios van desde adentro hacia afuera.

Es importante que cada hombre y cada mujer que estamos buscando la comunión con el Señor entendamos que no son procesos determinados.

Entonces, ¿qué son los caminos del Señor?

Lo que nosotros hacemos, lo que cada uno de nosotros hacemos sobre el fundamento de conocer y entender a Dios. El hombre de Dios que anda en los caminos del Señor dice claramente y sabe perfectamente: «Esto no es de Dios. Esto es de Dios». Sabe discernir lo que es y lo que no es de Dios, aunque en muchas ocasiones la religión, la filosofía religiosa e inclusive la moral digan que eso es correcto o permitido.

Pero el hombre que sabe discernir puede decir: «No, eso—aunque todos los demás digan que es permitido—no viene de Dios». El apóstol Pablo, por el Espíritu de Dios, estableció: «Todo me es lícito, pero no todo conviene. Todo me es lícito, pero no todo edifica».

¿Es posible tener la seguridad de que caminamos los caminos del Señor?

He dividido este tema en dos partes. Primero, quiero responder una pregunta fundamental: ¿es posible tener en nosotros la seguridad o la garantía de que estamos caminando los caminos del Señor?

Sí. La Palabra del Señor nos dice que cada uno de nosotros podemos tener seguridad, que podemos tener la garantía de que estamos caminando los caminos del Señor. Repito y enfatizo: aunque la filosofía religiosa diga lo contrario, aunque la moral diga lo contrario, tenemos la seguridad.

Primera evidencia: paz con los enemigos

Voy a Proverbios 16:7: «Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aún a sus enemigos hará estar en paz con él».

Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová—es decir, está caminando los caminos del Señor—aún a sus enemigos hará estar en paz con él. ¿Qué significa esto?

Entendamos bien: esto no significa que los enemigos desaparecieron. Tengamos mucho cuidado con eso. No significa que el hombre que está caminando los caminos del Señor no tiene enemigos, no significa que la mujer que está caminando los caminos del Señor no tiene enemigos. El texto no está diciendo eso. Lo que está diciendo es que aún a sus enemigos hará estar en paz con él. No se podrán levantar, no podrán osar.

Tenemos varios ejemplos. Me gustaría señalar uno de ellos: Daniel. Daniel tuvo enemigos—claro que tuvo enemigos. Precisamente por sus enemigos fue al foso de los leones, precisamente porque estaba en un ambiente donde sus enemigos lo acechaban constantemente. Sus compañeros fueron al horno de fuego.

No es que los enemigos desaparecen, pero es que tienen límite. No pueden traspasar ciertos límites que el mismo Señor establece. Por lo tanto, allí podemos entender: «Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aún a sus enemigos hará estar en paz con él». Esto es bien importante. Es una seguridad, es una garantía, es lo evidente de cuando un hombre, de cuando una mujer está caminando los caminos del Señor.

Segunda evidencia: las bendiciones del pacto

Voy al Antiguo Testamento, en el libro de Deuteronomio, capítulo 28. Podríamos leer los primeros catorce versículos. Yo voy a leer solamente los primeros dos:

«Y será que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios para guardar, para poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te pondrá alto sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones y te alcanzarán cuando oyeres la voz de Jehová tu Dios».

¿Qué significa? No es sencillamente una causa y efecto: «Haz esto y te vendrá esto otro»—que lamentablemente así es como muchos hombres y muchas mujeres leemos las Escrituras. Las Escrituras no son un manual de causa y efecto. Estamos incurriendo en un gravísimo fallo doctrinal, porque la Palabra del Señor son instrucciones doctrinales para que podamos entender y conocer a Dios, que es precisamente sobre lo que se fundamenta el camino del Señor.

¿Qué es lo que nos está diciendo? Que cuando los caminos del hombre son agradables al Señor, todo te irá bien. El Señor te pondrá por cabeza y no por cola. El Señor bendecirá todo lo que tu mano tocare, todo lo que tu mano hiciere prosperará.

Y si volvemos nuevamente a Proverbios 16:7, no quiere decir que no habrá opositores, ni tampoco quiere decir que no habrá inconvenientes en el camino. Lamentablemente, muchos hombres y muchas mujeres—y por supuesto estoy hablando de hombres y mujeres de Dios—caminamos en imaginación. Nos formamos ideas en el sentido de que todo desapareció completamente: enemigos, situaciones adversas, todo desapareció. No, eso es imaginación.

Habrá inconvenientes. Para presentarles un caso bien claro que muchas veces muchos hombres y muchas mujeres de Dios no lo pueden ver: el caso de Daniel. Hace unos minutos señalé como ejemplo a Daniel. Daniel fue parte de la primera transportación de judíos a la tierra de Babilonia. Todos vemos cómo Daniel prospera, progresa y todo lo que emprende prácticamente le va muy bien. Pero muchos desconocen que Daniel fue convertido en un eunuco—esto está en las Sagradas Escrituras, en el libro del profeta Isaías.

¿Qué quiere decir? Que enfrentamos situaciones. Claro que sí. Enfrentamos oposiciones, enfrentamos adversidades, enfrentamos muchas cosas difíciles. Pero en medio de todas ellas, el Señor nos hace sobresalir, el Señor nos hace sobreponernos a todas esas situaciones.

«Si oyeres diligentemente la voz de Jehová tu Dios para poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, vendrán sobre ti todas estas bendiciones». Son garantía de un hombre, son garantía de una mujer, son las evidencias de un hombre, de una mujer que está caminando los caminos del Señor.

Por lo tanto, podemos nosotros saber que estamos caminando los caminos del Señor. Sí, hay garantías en la Palabra del Señor.

Tercera evidencia: protección divina

Quiero ir a otro texto más en el libro del profeta Isaías. Busque el capítulo 54, versículo 15 hasta el versículo 17:

«Si alguno conspirare contra ti, sin mí lo hace. El que contra ti conspirare delante de ti caerá».

Me traslado al versículo 17: «Toda arma forjada contra ti no prosperará, y tú condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la heredad de los siervos de Jehová y su justicia de por mí, dijo Jehová».

Todos estos textos que muchos de nosotros los vemos como promesas y que andamos en pos de ellas y que solamente o selectivamente las buscamos, no son para todos. Y esto de seguro que a muchos les disgustará, y lo voy a repetir: no son para todos. Son para los que caminan los caminos del Señor.

Muchas personas están dentro de congregaciones, forman parte de congregaciones, pero no están caminando los caminos del Señor. ¿Por qué? Porque ser parte de una congregación, ser parte de una iglesia, ser parte de un ministerio no es una garantía de que estamos caminando los caminos del Señor. Pero muchos nos hemos formado esa idea precisamente porque están atendiendo la filosofía religiosa de que «si haces esto, entonces estás en la voluntad de Dios. Si sigues esta forma, si sigues esta norma, si sigues esta tendencia, entonces estás en los caminos del Señor».

No, la Palabra del Señor no establece eso. La Palabra del Señor establece que los caminos del Señor se fundamentan sobre el conocimiento, sobre el entendimiento de quién es Dios y qué es lo que Dios demanda y para qué el Señor nos escogió a cada uno de nosotros.

Por lo tanto, todos estos textos que hemos leído son en la realidad evidencias de un hombre, evidencias de una mujer que está caminando los caminos del Señor. Aún textos en el Nuevo Testamento que lo citamos con mucha frecuencia: «Todo lo puedo en Cristo Jesús que me fortalece». Aún textos como estos no son una promesa para todos los que invocamos el nombre del Señor. Son la evidencia de uno que está caminando los caminos del Señor, son la evidencia de una que está caminando los caminos del Señor.

La importancia de revisar nuestras vidas

Hago esta introducción porque es necesario que nosotros entendamos la importancia del tema. Muchos hombres de Dios, muchas mujeres de Dios no hemos visto la importancia, la necesidad de revisar nuestras vidas y lo que nosotros hacemos. Muchos hombres, muchas mujeres hacemos cosas, decidimos cosas, iniciamos actividades y lamentablemente no nos interesamos si es o no es lo que Dios nos ha pedido que nosotros hagamos. Y esto es bien lamentable.

¿Por qué? No solamente por los resultados que fuéramos a obtener—porque se habrá dado cuenta que la realidad en la vida cristiana de muchos hombres y de muchas mujeres es de caída en caída, de fracaso en fracaso, de decepción en decepción, de resentimiento en resentimiento. No solamente es por eso. Es porque Dios está buscando un pueblo para honra y gloria de su nombre, un pueblo que establezca límites a las tinieblas sobre la faz de la tierra, un pueblo que establezca su reino, un pueblo que establezca su voluntad sobre la faz de la tierra.

Usted lee, por ejemplo, Job y se da cuenta en los primeros capítulos del agrado que Dios tiene de Job, se da cuenta de la complacencia que Dios tiene de Job, se da cuenta de la satisfacción que Dios tiene de Job. Y esto es precisamente lo que Dios quiere—no de un hombre, no de una mujer. Esto es lo que Dios quiere de un pueblo.

Pero repito: en la realidad, lamentablemente, muchos estamos caminando por filosofía religiosa y no por lo que la Palabra del Señor establece.

¿Cuántos hemos leído Deuteronomio 10:12? Puedo decir que muchos, puedo decir que una gran mayoría. Pero sin embargo, ¿cuántos de igual manera nos hemos detenido para ver lo que ese texto nos está diciendo? «Que temas a Jehová tu Dios»—número uno. Número dos: «que andes en todos sus caminos».

Si usted va al Salmo 103, encuentra en las palabras de David, inspiradas por el Espíritu Santo, que David expresa en torno al profeta Moisés: «Él dio a conocer a Moisés todos sus caminos, le mostró todos sus caminos».

Y esto es precisamente lo que Dios quiere hacer con cada hombre, esto es lo que Dios quiere hacer con cada mujer en este tiempo. No solamente fue para el tiempo pasado, no solamente fue para un pueblo—el pueblo judío. Esto es para todos aquellos que invocamos el nombre del Señor.

Pero de nuevo volvemos: es precisamente porque muchos de nosotros desconocemos acerca de los caminos del Señor. A muchos de nosotros no nos ha interesado en realidad qué son los caminos del Señor. Lo único de lo que nos cuidamos es: «Bueno, no estoy en pecado. Bueno, ya no estoy haciendo las cosas antiguas que hacía. Bueno, ya estoy asistiendo a una congregación. Bueno, ya estoy leyendo la Biblia. Bueno, ya estoy orando. Bueno, ya estoy ayunando». Y cosas afines.

Pero eso no es una garantía, no es una seguridad. Se constituyen en muchos casos en elementos rituales que no realmente nos conducen a caminar los caminos del Señor.

En esta primera sección he querido mostrarles por la Palabra que sí, un hombre puede tener la seguridad de que está caminando los caminos del Señor. Que sí, una mujer puede tener la seguridad de que está caminando los caminos del Señor, porque la Palabra del Señor nos da el fundamento para entender cómo podemos evaluar que estemos o no en los caminos del Señor.

Los estorbos que impiden caminar los caminos del Señor

En esta segunda parte voy a trabajar acerca de los estorbos que impiden que caminemos los caminos del Señor. Para ello me voy a remitir al Nuevo Testamento. Vamos al Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículos 45 y 46:

«También el reino de los cielos es semejante al hombre tratante que busca buenas perlas, que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía y la compró».

Voy a leer una vez más estos versículos, porque es bien importante que lo entendamos:

«También el reino de los cielos es semejante al hombre tratante que busca buenas perlas, que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía y la compró».

Primer estorbo: rechazar los beneficios espirituales por atender los intereses materiales

Primera definición sobre los estorbos que impiden que caminemos los caminos del Señor: rechazar los beneficios espirituales por atender los intereses materiales.

Jesús presentó esta parábola, y con esta parábola está presentando una comparación. ¿Qué fue lo que hizo este comerciante, este hombre tratante? Se encontró con un caso, se encontró con una situación única. Anteriormente había visto muchas perlas—no era el primer caso. Muchas perlas. Pero esta perla era particular. Esta perla manifestaba una característica particular, y el texto dice que fue, vendió todo lo que tenía y el dinero lo utilizó para comprar la perla que él había visto.

¿Sabe cuál es el mayor estorbo que los hombres de Dios, que las mujeres de Dios tenemos con respecto a no poder caminar los caminos del Señor? Que rechazamos los beneficios espirituales por atender los intereses materiales. Sí, así mismo, como lo estamos escuchando.

Más de alguno podría decir: «¿Pero cómo es posible que lleguemos a rechazar los beneficios espirituales por atender intereses materiales?».

Sí, en la realidad eso es lo que sucede, precisamente porque nosotros no hemos evaluado a qué el Señor nos ha llamado, precisamente porque no hemos definido para qué el Señor nos ha llamado. Precisamente por eso es que nosotros actuamos así.

Hace unos minutos yo le decía: a la gran mayoría de los hombres de fe y a la gran mayoría de las mujeres de fe, lo único que nos ha interesado es: «Ya no hago las cosas que hacía antes. Ya no me comporto como me comportaba antes. Estoy leyendo las Escrituras, estoy orando, estoy ayunando, formo parte de una congregación. Estoy bien, estoy bien».

Y sabe que eso se queda muy bajo en cuanto a lo que Dios está determinando. «Hay caminos que al hombre le parecen rectos, pero su fin es de muerte».

¿Cuántos en realidad nos ha interesado lo que Dios quiere que nosotros hagamos? ¿A cuántos de nosotros en la realidad nos ha interesado qué es lo que Dios piensa de lo que estamos haciendo? ¿A cuántos de nosotros en la realidad nos ha ocupado el tiempo de preguntar: «Señor, ¿es esto lo que realmente tú quieres que yo haga?»?

Y le puedo decir con certidumbre de fe que cuando nosotros nos presentemos delante del Señor de esa forma, la respuesta nos va a extrañar. ¿Por qué? Porque lo que para nosotros ha sido «todo está bien, todo está bien, todo está bien», no es de la misma forma como Dios lo mira. Dios mira completamente diferente. Dios mira completamente diferente las cosas.

El primer estorbo, el mayor estorbo que nos impide caminar los caminos del Señor es que nosotros ponderamos más lo material que lo espiritual. Así mismo. Ponderamos más lo material que lo espiritual.

El ejemplo de Israel en el desierto

Quiero ir a otros textos para que lo podamos ver. Vamos al libro de Éxodo, capítulo 32, versículo 26:

«Y se puso Moisés a la puerta del campamento y dijo: ‘¿Quién es de Jehová? Júntese conmigo’. Y se juntaron con él todos los hijos de Leví».

¿Cuándo se dio este hecho? Cuando Moisés desciende de los primeros cuarenta días de estar delante de la presencia del Señor en el monte Horeb. Se encuentra con una situación lamentable, con una situación deplorable. El pueblo, guiados por Aarón, habían construido un becerro—conocemos el relato. Habían construido un becerro de oro y dijeron: «Estos son los dioses que te sacaron de Egipto».

Ante esa situación de desenfreno, ante esa situación de perversidad en la cual—óigalo bien—estaba involucrado inclusive Aarón, Moisés hace esta pregunta: «¿Quién es por Jehová? Júntese conmigo». Y se juntaron todos los hijos de Leví—es decir, una tribu completa.

¿Pero qué fue lo que sucedió? Lo que sucedió fue que Moisés les dio orden de tomar espada y de matar—oiga bien—de matar a todos aquellos que habían hecho un culto a Satanás. Porque eso no era otra cosa más que un culto a Satanás, aunque no se mencione.

Hay muchas personas que dicen: «Pero es que en el Antiguo Testamento no se hablan de demonios». Quiero decirle que aunque no se mencionen, todo lo que va en contra de la voluntad de Dios, todo lo que va en contra de lo que Dios ha establecido, es culto a Satanás, culto a los demonios.

Por lo tanto, Moisés le da instrucción a los hijos de Leví que tomen espada y que maten a todos aquellos que habían participado de este culto a Satanás. De todo el pueblo—doce tribus—de todo el pueblo, doce tribus, una sola estaba caminando los caminos del Señor. Porque eso es lo que estamos viendo: ¿cómo puedo caminar los caminos del Señor? ¿Cómo yo estoy seguro de que estoy caminando los caminos del Señor?

De doce tribus, una sola, una sola estaba caminando los caminos del Señor.

¿Cuál es el mayor impedimento? El mayor impedimento que estorba el que caminemos los caminos del Señor es que atendemos más lo material que lo espiritual. Es que buscamos respuestas a lo material en lo material y no en lo espiritual. Es que buscamos recursos en lo material y no en lo espiritual.

El profeta Jeremías, por el Espíritu de Dios, estableció: «Dos males hizo mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas que no retienen el agua».

Y este no es el problema de un pueblo, este no es el problema de una nación, este no es el problema de un pueblo descrito en el Antiguo Testamento—Israel o los judíos como los queramos identificar. Este no es el problema de un pueblo. Este es el problema del hombre, este es el problema de la mujer: que valoramos más lo material y buscamos respuestas en lo material y buscamos recursos en lo material y hacemos a un lado lo espiritual.

¿Por qué? Porque la tendencia del hombre, porque la tendencia de la mujer es atender sus intereses materiales antes que lo espiritual. Es tendencia del hombre, es tendencia del ser humano.

La importancia de nuestras decisiones diarias

Quiero ir a otro texto en el libro de Deuteronomio, capítulo 30, versículo 19:

«A los cielos y la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu simiente».

Sabe que todo esto—atender intereses materiales antes que lo espiritual, lo cual significa rechazar lo espiritual por atender intereses materiales—tiene que ver con decisiones. Tiene que ver con las decisiones que tomamos todos los días. No hace treinta años, no hace cuarenta años. Es la decisión que cada uno de nosotros tomamos todos los días, porque todos los días nosotros estamos o rechazando el camino de Dios o aceptando el camino de Dios.

Esto es actividad de todos los días. Es un trabajo, es una tarea de todos los días.

Y el Espíritu de Dios, por boca de Moisés, dice: «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros».

¿Sabe por qué razón? Jesús dijo que en los postreros días, una de las señales de la pronta venida de Jesús serían los terremotos. ¿Sabe por qué? Aquí tiene la respuesta: porque Moisés puso a los cielos y a la tierra como testigos.

Cuando hay un terremoto, sencillamente Dios está hablando por la naturaleza diciendo: «Tú no has tomado decisiones por mí. Tus decisiones son en pro de tus intereses particulares. Me has dejado, me has abandonado». Por esa razón es que en estos últimos días la naturaleza está teniendo una participación activa.

No se debe al calentamiento global, no se debe a situaciones atmosféricas—que lamentablemente así es como las definimos. No se debe a eso. Es que el cielo y la tierra están dando testimonios: «Hombre, contra vosotros clamo. Mujer, contra vosotros clamo. ¿Dónde están tus decisiones por el Señor? Estás atendiendo tus intereses personales, y mira cómo terminan tus intereses personales: destruidos».

Porque a cuántos no se les destruye sus intereses precisamente por un terremoto, a cuántos no se les destruye sus intereses precisamente por una lluvia. En estos últimos días, todas las naciones de la Tierra—no hay una nación en la Tierra que no haya sido afectada por lluvias torrenciales que arrasan con poblaciones enteras. Pero no lo hemos entendido porque lo estamos definiendo de nuevo en términos materiales.

Es Dios quien está hablando: «Yo pongo hoy al cielo y la tierra por testigos en contra de vosotros, que os he presentado la vida y que os he presentado la muerte, que os he presentado la bendición y que también os he presentado la maldición».

¿Y sabe qué es lo que hace el hombre? ¿Y sabe qué es lo que hace la mujer?

Voy al libro de los Salmos para tener esa respuesta. Salmo 109, versículo 17:

«Y amó la maldición y le vino, y no quiso la bendición, y ella se alejó de él».

¿Sabe lo que hace el hombre? ¿Sabe lo que hace la mujer? Que todos los días—y esto es actividad de todos los días, esto es tarea de todos los días—¿sabe qué hace el hombre, sabe qué hace la mujer, sabe qué es lo que hace el hombre de fe, sabe lo que hace la mujer de fe? Amó la maldición, aborreció la bendición, y la bendición se alejó de él.

Esto no es hecho del pasado. Es la realidad del presente. Y más de alguno podría decir: «Se equivoca, está estirando el texto». La realidad nos está diciendo que esto es lo que nosotros hacemos.

No basta con decir: «Yo ya no hago las cosas que hacía en el pasado». No basta con decir: «Tengo las rodillas con callos por el tiempo de oración que paso». No basta con decir eso. Es necesario entender quién es Dios y qué es lo que Él demanda de cada uno de nosotros. Y en la realidad, la gran mayoría no sabemos lo que Dios demanda.

¿Por qué? Porque cuando llega el momento de decidir, optamos por el beneficio material y rechazamos el beneficio espiritual.

El ejemplo de Marta y María

Le voy a presentar dos ejemplos. Vamos al Evangelio de Lucas, capítulo 10, versículos 40, 41 y 42:

«Empero, Marta se distraía en muchos quehaceres y, sobreviviendo, dice: ‘Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude’. Pero respondiendo, Jesús le dijo: ‘Marta, Marta, cuidadosa estás y con las muchas cosas estás turbada. Empero, una cosa es necesaria, y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada’».

Cuando usted revisa el texto, cuando revisa el relato, se da cuenta que esta escena se dio en la primera vez que Jesús estaba visitando la casa de Lázaro. Lázaro, María y Marta son tres hermanos. Se dio en el primer día, en el primer momento, en la primera vez que Jesús entra. Antes de esto, Jesús no conocía a María y a Marta. Antes de esto, Jesús no conocía a Lázaro. Primera vez que está entrando a la casa de Lázaro, María y Marta.

Y vea usted con qué confianza María se dirige a Jesús: «¿No tienes cuidado de que mi hermana me deja servir sola?»—un cuestionamiento a quién: a Jesús. «¿Qué doctrina tú predicas? ¿Qué categoría de maestro tú eres? ¿Que no ves que aquí hay algo que no está funcionando? ¿Qué clase de maestro realmente eres?».

Y no solamente se quedó allí, sino que adicional le dijo: «Dile, pues, que me ayude». No solamente cuestionó la autoridad de Jesús, no solamente cuestionó—a pesar de que era la primera vez que lo conocía—quién era Jesús, sino que adicionalmente le está dando instrucciones a Jesús de lo que tiene que decir.

Es Marta. Cámbiele el nombre, pongámosle cada uno de nuestro nombre. Porque en la realidad, así es como nosotros nos conducimos con el Señor. Sí, Señor, sí, Señor, tú eres Dios, pero muchos resultamos diciéndole a Dios lo que tiene que decir y lo que tiene que hacer. Todos nos hemos conducido de igual manera en más de una ocasión, como se condujo Marta: «Dile, pues. Di. Haz. ¿Hasta cuándo? ¿Y por qué todavía no?». De igual manera nos conducimos.

¿Por qué razón? Porque estamos más interesados en lo material que en realidad en lo espiritual. Nuestros intereses son materiales. No hemos, lamentablemente, soltado lo material. Seguimos actuando como actúa el vecino que es impío. Seguimos actuando como la vecina que no es creyente. Seguimos actuando como todos los demás que no invocan al Señor.

¿Por qué? Porque no estamos caminando los caminos del Señor, precisamente porque estamos evaluando más lo material que lo espiritual.

Y sabe, Marta en lo que estaba involucrada era precisamente en preparar la cena para atender precisamente a Jesús. Pero hay cosas que Dios no nos mandó que nosotros hiciéramos. Hay cosas que nosotros estamos haciendo que nunca el Señor nos pidió que hiciéramos, porque todavía no hemos aprendido a confiar en el Señor.

Versículo 42, que todos lo conocemos y muchos lo citamos prácticamente casi de memoria: «Una cosa es necesaria, y María escogió la buena parte». Marta estaba perturbada por las muchas cosas, «y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada».

El mayor impedimento que nos estorba para caminar los caminos del Señor son las decisiones que usted y yo tomamos todos los días, todos los días.

¿Cuántos de nosotros hemos evaluado más un trabajo que se nos ofrece de momento? Me estoy refiriendo a una acción que no es continua—porque sé perfectamente que hay personas que tienen turnos rotativos que tienen que atender—pero me estoy refiriendo cuando se nos ofrece un trabajo de un día o un trabajo de una noche.

¿Cuántos de nosotros cuando se nos ofrece ese trabajo decimos: «Pero tenemos culto, o tenemos reunión, o tenemos enseñanza»? Y cuántos, hemos—al final de haber visto los pro y los contra—decimos: «Lo voy a hacer». Aceptamos esa labor, esa compensación: «Esto, pues, de alguna manera más adelante lo repongo». Así actuamos.

¿Qué estamos haciendo? Estamos rechazando los caminos del Señor.

Yo sé que pueden haber muchas excusas. Claro que sí. «Pero es que el Señor dice que tenemos que llevar el sustento a nuestra casa». «Pero es que el Señor lo sabe». Muchas excusas.

Pero en la realidad, lo que estamos haciendo es que nosotros—como dice el Salmo 109 que leímos hace unos minutos atrás—se nos presenta la bendición y la maldición, rechazamos la bendición y acercamos para nosotros la maldición.

¿Sabe por qué razón muchos hombres y muchas mujeres de fe no crecen espiritualmente? Precisamente por esto mismo, porque cuando se vieron en la decisión, en la toma de esa decisión, optaron por lo material e hicieron a un lado lo espiritual.

El ejemplo de Eliseo

¿Sabe por qué se destaca tanto Eliseo en el relato de cuando Elías lo busca? ¿Sabe por qué? No es por la doble unción que él pidió, no es por los actos sobrenaturales que él hizo. ¿Sabe dónde estuvo todo? En que cuando Elías va a buscarlo, él sacrificó los bueyes y quemó las yuntas.

¿Sabe lo que significa esa acción? Esa acción lo que significa es: «Yo no vuelvo para atrás». Haber dejado los bueyes, haber dejado las yuntas, significaba dejar abierta la posibilidad: «Si aquí no me funciona, yo puedo regresar».

Muchos de nosotros dejamos oportunidades abiertas: «Por si esto no funciona, pues entonces tengo esto».

El hombre de fe, la mujer de fe, no tiene alternativas. Óigalo bien. El hombre de fe, la mujer de fe, no tenemos alternativas. Dios es nuestra única alternativa. No tenemos plan B. Lo único que tenemos es un solo plan: el que Dios nos presenta. No tenemos opciones.

Pero el mundo nos ha dicho que tienes que tener un plan B. Pero el mundo nos ha dicho: «No desprecies eso, por si más adelante lo llegas a necesitar». El mundo nos dice muchas cosas que no están conforme a la voluntad de Dios.

¿Por qué razón no podemos caminar los caminos de Dios? Número uno, el mayor de todos: porque a la hora de decidir, se nos presentan las oportunidades, vemos más la conveniencia material que el beneficio espiritual. Y desde allí—no importa todo lo que suceda más adelante—ya la decisión nos sacó de los caminos del Señor. Nos sacó de los caminos del Señor porque decidimos mal.

Podríamos haber ganado algunos dólares adicionales, pero eso no compensa con la bendición que significaba el tiempo de estar con Jesús. El tiempo de la revelación que Dios nos estaba entregando no compensa nunca, jamás.

Por lo tanto, primer estorbo, muy importante: tiene que ver con las decisiones del hombre, tiene que ver con las decisiones de la mujer. Rechazamos los beneficios espirituales por atender los intereses materiales.

Cada vez que se nos presente a nosotros decisiones, no lo hagamos por intereses materiales. Busquemos antes el beneficio espiritual. Si esto me saca a mí de recibir esto otro de parte de Dios, esto es un distractor.

Por eso Mateo, capítulo 13, la parábola: «El reino de los cielos es semejante a un hombre tratante que, encontrando una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquella perla preciosa».

La vida de fe, los caminos del Señor dependen de: yo valoro lo que es de Dios. Y aunque pierda materialmente, eso no va a ser un distractor para enfocarme en lo que Dios me está presentando.

Segundo estorbo: desconocer el peso espiritual que portan todas las cosas

Voy al segundo elemento. Quiero ir a la primera epístola de Juan, capítulo 2, versículos 15 al 17:

«No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque todo lo que hay en el mundo—la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida—no es del Padre, mas es del mundo. Y el mundo se pasa y su concupiscencia, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre».

Segundo estorbo: desconocer el peso espiritual que portan todas las cosas que nos rodean.

Y lo voy a explicar. Todas las cosas, todas las cosas sin excepción, todas las cosas materiales—me estoy refiriendo a todo lo que está a nuestro alrededor, todo lo que nosotros podemos tener y a lo que podemos tener acceso—todas las cosas, sin excepción, todas las cosas portan un peso espiritual. Sí, todo porta un peso espiritual.

Y lamentablemente, muchos hombres de fe, muchas mujeres de fe, caminamos en la vida ignorando precisamente esto. De hecho, cuando en ocasiones escuchamos de estos temas, muchos los identificamos como fanatismo. Sí, para muchos eso es un fanatismo, eso es un extremismo, eso es como llevar la Palabra o llevar el evangelio o llevar la doctrina a niveles que realmente no amerita. Esa es la explicación que muchos dan.

¿Por qué? «Bueno, porque si Jesús lo hizo todo en la cruz, ya nosotros estamos exentos de todo eso». Lamentablemente no han entendido lo que significa la cruz.

La cruz no es un cheque abierto. La cruz no es la oportunidad de hacer lo que a mí se me ocurra. La cruz, la obra de la cruz, no significa la libertad de aceptar, de heredar, de tomar todo lo que a mí se me ocurra.

Hoy en día, lamentablemente—y lo digo con mucho pesar—las iglesias se están llenando de cantos, de alabanzas, juntamente con danzas que no están ni fundamentadas en la Palabra ni honrando a Dios con lo que se dice y con lo que se hace. Porque precisamente por esa definición que muchos tienen—»ya Jesús lo hizo todo en la cruz»—el hombre no tiene reparo, el hombre no tiene límites, no ve límites. «Todo se hace, todo».

Yo tengo que decirle que actuando de esta manera nunca vamos a caminar los caminos del Señor. Nunca. Y de hecho, muchas personas no están caminando en los caminos del Señor. Ya no hacen las cosas que hacían antes, ya no están comportándose como se comportaban antes, pero sabe que los escenarios tan solo cambiaron. Y ahora están irrumpiendo en el desconocimiento de la Palabra.

«Erráis», dijo Jesús, «ignorando las Escrituras», aunque tienen acceso a ellas.

Todas las cosas tienen un peso espiritual, y muchas contaminaciones que vienen al hombre, muchas contaminaciones que vienen a la mujer, entran precisamente por el peso espiritual que las cosas a las cuales ellos se acercan.

Todas las cosas tienen un peso espiritual. Quiero leer una vez más el versículo 15:

«No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo—la concupiscencia, los deseos de la carne, los deseos, concupiscencia de los ojos, la soberbia de la vida—no es del Padre, es del mundo. Y el mundo se pasa y son concupiscencia sus deseos. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre».

Todas las cosas tienen un peso espiritual. Ignorar esto ha llevado a muchos hombres, a muchas mujeres, a vivir una vida enclaustrada en ambientes de apostasía. Esto es lo más grave. Ha llevado a vivir la vida enclaustrado, enclaustrada, en ambientes de apostasía.

El peso espiritual de los lugares

Para ponerle un ejemplo: usted ha leído el Salmo 1. Confío que sí: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni en silla de escarnecedores se ha sentado».

Voy por unos segundos en esta segunda parte. «No ha andado en consejo de malos, ni en silla de escarnecedores se ha sentado». Sabe que muchas veces eso no se refiere solamente a algo literario—a una forma de ser. Es que el salmista, por el Espíritu de Dios, está diciendo que aún un lugar donde se ha sentado un escarnecedor, uno que no camina conforme a la voluntad de Dios—eso que él porta se posa y se queda en esa silla.

Y alguien podría decir: «Eso es un extremismo». Si eso fuera un extremismo, ¿por qué razón en el Antiguo Testamento, en la ley de Moisés, Dios en las instrucciones que le dio a Moisés les dijo: «No te sentarás en silla donde se hubiera sentado menstruosa o en silla donde se hubiere sentado un derramador de semen»?

Si eso fuera extremismo, ¿por qué el Señor dio este tipo de instrucciones allá en el Antiguo Testamento? Que estaba diciendo: «Para que no os contaminéis».

Muchos hombres y muchas mujeres resultan contaminados por el peso espiritual de los objetos de los que hacen uso.

Mire lo que dice un poquito más adelante, en la epístola de Judas, solamente tiene un capítulo. Vaya al versículo 23:

«Haced salvos a los otros por temor, arrebatándolos del fuego, aborreciendo aún la ropa que es contaminada de la carne».

Todas las cosas tienen un peso espiritual. Todas las cosas, sin excepción, todas las cosas.

¿Por qué hay hombres que resultan alejándose de los caminos del Señor? ¿Por qué hay mujeres que resultan alejándose de los caminos del Señor? Porque han abrazado, han acumulado, han coleccionado—y estoy utilizando esta expresión—han coleccionado cosas que les han llevado cargas espirituales que los han sacado fuera de los caminos del Señor.

Manejar dinero, manejar dinero efectivo, tiene carga espiritual. ¿Cuántas personas no han tocado un billete? ¿Cuántas personas no han manejado ese billete? Carga espiritual de todos aquellos se posa. ¿Y cuántas personas no han sido contaminadas por ello?

¿Entiende ahora por qué razón hay hombres y hay mujeres que no pueden caminar, no han podido caminar los caminos del Señor? No pueden precisamente porque desconocen que todas las cosas tienen una carga, un peso espiritual. Y al abrazarlas, al tenerlas, al conservarlas, al coleccionarlas, están introduciendo a sus vidas, a sus casas, a sus ambientes, contaminaciones. Y por lo tanto, en sus ambientes no van a poder, no van a poder, precisamente por el peso espiritual.

Conclusión

El tema que estamos estudiando es los impedimentos o los estorbos que impiden que caminemos los caminos del Señor. Y es importante que cada uno de nosotros entendamos: no son procesos predeterminados, no son formas preestablecidas. Es el hombre haciendo lo que al Señor le place, la mujer haciendo lo que al Señor le place.

Pero hay estorbos. Y si nosotros no cuidamos estos estorbos, vamos a resultar caminando por donde no debemos caminar.

Que el Espíritu de Dios añada bendición y pueda abrir tus ojos para que puedas ver qué tipo de impedimentos son los que te están estorbando e impidiendo que camines los caminos del Señor.

Te bendigo. La paz del Señor sea contigo. Amén.



pastor Pedro Montoya


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