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La Parábola del Hijo Pródigo: El Proceso de la Salvación


Introducción

La paz del Señor sea contigo y con tu casa. Doy gracias al Dios eterno por el tiempo que Él nos permite para exponernos ante Su Palabra y, por medio de ella, recibir la revelación que nos ayuda a caminar conforme a Su voluntad.

Estudiaremos el Evangelio de Lucas, capítulo 15, versículos 11 al 32, donde se encuentra la parábola del hijo pródigo. Es un relato conocido por la mayoría del pueblo creyente: un hombre tenía dos hijos, y el menor viene ante el padre y le pide la parte de la herencia que le corresponde.

Dos Razones para Estudiar esta Parábola

Primera Razón: El Proceso de la Salvación

Esta parábola nos presenta con detalle preciso el proceso de la salvación. La salvación no es un acto, la salvación es un proceso. Casi siempre lo hemos visto como un acto único, pero cuando estudiamos la Palabra del Señor, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, nos damos cuenta de que la salvación es un proceso. Esta parábola establece con claridad en qué consiste ese proceso.

Segunda Razón: Los Aspectos de la Salvación

Nos presenta los dos aspectos de la salvación. La mayoría tenemos la idea de que la salvación es únicamente escatológica, es decir, futura: cuando estos cielos y esta tierra desaparezcan y el Señor cree una tierra nueva y un cielo nuevo, y podamos estar delante de Su presencia eternamente.

Sin embargo, la Palabra del Señor nos presenta que la salvación tiene dos aspectos: no solamente el futuro, sino también un aspecto presente, un aspecto terrenal, y este aspecto muchas veces lo desconocemos.

No hemos entendido en qué consiste el tipo de vida que Dios quiere que desarrollemos aquí en la Tierra. Hemos leído textos como «Hágase, Señor, Tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo», pero lo hemos entendido como aspectos de la vida cotidiana que deben ajustarse a la voluntad del Señor, mientras tanto, cada uno desarrolla la vida como mejor le parece.

La Palabra del Señor no enseña eso. Nos enseña que estamos viviendo aquí en la tierra en el Reino de Dios, pues Jesús lo dijo claramente: «El Reino de Dios entre vosotros está». Pero este aspecto de la salvación es desconocido por la mayoría.

Vemos a Dios interviniendo esporádicamente en nuestras vidas, particularmente cuando necesitamos un socorro sobrenatural. La Palabra nos enseña que estamos viviendo delante de la presencia del Señor todo el tiempo.

Por estas dos razones —porque nos presenta con detalle el proceso de la salvación y porque nos habla del aspecto presente de la salvación— es necesario que estudiemos esta parábola.

Contexto de la Parábola

El Gozo en los Cielos

La parábola está integrada con un grupo de parábolas que hablan del gozo que hay cuando un pecador se arrepiente. En el versículo uno encontramos la primera parábola: el pastor que tiene 100 ovejas y se le extravía una, deja las 99 en el redil para buscar la perdida, y se regocija cuando la encuentra.

La segunda parábola presenta a una mujer que tiene 10 dracmas y pierde una. Ella barre y rebusca en todos los sitios hasta encontrarla, y comparte su gozo con sus vecinos.

En ambas parábolas se concluye que así es el gozo en los cielos cuando un pecador se arrepiente.

La enseñanza del hijo pródigo tiene que ver con el gozo en el Reino de los cielos cuando una persona viene delante de la presencia del Señor. Arrepentimiento es venir delante de la presencia del Señor, es reconocer la necesidad de caminar conforme a la voluntad de Dios. No es un elemento religioso; es simplemente el hombre reconciliándose con Dios y caminando conforme a la voluntad que Él ha establecido sobre la tierra.

Lo que Debemos Hacer para Recibir la Salvación

La segunda característica tiene que ver con lo que debemos hacer para recibir el beneficio de la salvación. Aunque suene chocante porque no es lo que se predica hoy, es importante entenderlo.

En las dos primeras parábolas, por cuanto los elementos perdidos son una oveja y una moneda que no pueden hacer nada para ser encontrados, el esfuerzo recae en el pastor y en la mujer que buscan. Hay un esfuerzo, hay una acción para encontrar lo perdido.

En el caso del hijo pródigo, por cuanto no es una oveja ni una moneda, el esfuerzo no recae en el padre; el esfuerzo recae en el hijo perdido. El hijo menor tiene conciencia, tiene libre albedrío, tiene capacidad de decisión. Por lo tanto, el esfuerzo recae en él mismo.

Esta es la parte que nos corresponde entender. Cuando hacemos la pregunta «¿qué debo hacer para entrar al Reino de los cielos?», como preguntó el joven rico, casi siempre respondemos: «No hay que hacer nada. Todo es por gracia y por medio de la fe. Solo acepta a Jesús y ya lo lograste todo.»

Pero tenemos la experiencia de que hombres y mujeres aceptan a Jesús, forman parte de una congregación, y al cabo de cierto tiempo reinciden en su conducta anterior. Algunos vuelven, otros no.

La pregunta es: ¿Por qué hay tanta reincidencia dentro del cristianismo? La respuesta es sencilla: porque no estamos caminando conforme a lo que la Palabra del Señor establece.

¿Hay que hacer algo para entrar al Reino de los cielos? Sí, hay que hacer algo.

La oveja no podía encontrarse a sí misma, estaba siguiendo sus impulsos. El esfuerzo recayó en el pastor. La moneda no podía encontrarse a sí misma, así que el esfuerzo recayó en la mujer.

Pero el hijo menor no es una moneda ni una oveja. Tiene conciencia, libre albedrío y capacidad de decisión. El esfuerzo no recae en el padre, recae en él mismo.

Sí, efectivamente hay que hacer algo. No son acciones para comprar la salvación o para salvarnos por nuestros méritos. La Palabra del Señor no enseña eso, pero es importante entender que Dios requiere de nosotros que hagamos algo.

Cuando hablamos de salvación, debemos entenderla como una palabra integral que incluye no solamente la salvación del alma, sino también la liberación, la sanidad y la restauración en las distintas áreas donde hemos caído en fracaso, caos, crisis o pérdida.

Las Cuatro Etapas de la Parábola

La parábola tiene cuatro etapas bien definidas. Vamos a estudiarlas por separado para ver cuál es el proceso de la salvación y qué es lo que Dios demanda del hombre y de la mujer para ser tomados por dignos merecedores de la salvación.

Primera Etapa: La Perversidad (Versículos 11-13)

Versículo 11: «Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece. Y les repartió la hacienda.»

Versículos 12-13: «Y no muchos días después, juntándolo todo, el hijo menor partió lejos a una provincia apartada, y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente.»

Esta primera etapa es la etapa de la perversidad. El hijo menor está caminando en una conducta perversa. No vemos la imagen de un padre misericordioso que busca el beneficio de sus hijos. Vemos al hijo caminando en perversidad.

Observemos a qué nivel llega la perversidad del muchacho:

Tres Aspectos de la Perversidad

1. Se arrogaba beneficios que no le pertenecían

La perversidad consistía en reclamar beneficios que no le pertenecían. La hacienda era del padre y el padre todavía estaba vivo. Se nos presenta un cuadro de una familia judía, y dentro de las costumbres judías no se acostumbraba heredar a los hijos sino hasta cuando el padre había fallecido.

La arrogancia del muchacho, mientras el padre aún estaba vivo, demanda lo que no le pertenece.

2. Le deseó la muerte al padre

¿Qué significó que el hijo pidiera la herencia antes de tiempo? Significó desearle la muerte al padre. El hijo, de forma caprichosa, se acerca al padre diciéndole: «Tú para mí estás muerto, porque yo lo que busco ahora es mi herencia.» La perversidad en la que caminaba era tan grande que llegó al punto de definir que su padre para él estaba muerto.

3. Se constituyó en un joven sin patria

El versículo 13 dice: «Y no muchos días después, juntándolo todo, el hijo partió a una provincia apartada.»

El muchacho se constituyó en un joven sin patria. Salió de su territorio, de su comarca, de su nacionalidad, y se fue a un sitio donde nadie lo conocía.

Cuando vamos a Efesios capítulo 2, el apóstol Pablo dice que «en otro tiempo estabais sin patria, sin Dios y sin esperanza». Esa fue la opción que este muchacho escogió. Siendo parte de una familia acaudalada, siendo parte de una nación con el beneficio de Dios, decidió salirse de todo ello.

Es una conducta perversa porque iba en contra de todo lo que sus antepasados habían construido como heredad para él.

La Ley Espiritual de la Siembra y la Cosecha

Quiero señalar lo que la Palabra del Señor establece. En Gálatas capítulo 6, versículo 7, dice: «No os engañéis, Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.»

Esto es una ley espiritual: Todo lo que el hombre sembrare, eso cosechará. Si caminamos en perversidad, cosecharemos perversidad. Si sembramos rebeldía, cosecharemos rebeldía. Si sembramos rebelión, cosecharemos rebelión.

Esta ley espiritual aplica a todos los hombres y a todas las mujeres. No podemos decir «eso no aplica para mí».

Es importante entender que nuestras acciones traen resultados. Si nuestras acciones son de rebeldía, rebelión, perversidad o van en contra de lo que Dios ha establecido como bueno y aceptable, eso es precisamente lo que cosecharemos.

Muchas veces lo que estamos viviendo es lo que nosotros mismos sembramos en un momento determinado. Cuando vemos cosas adversas en nuestras vidas, casi siempre le achacamos que es una intervención satánica y no queremos asumir la responsabilidad de que fuimos nosotros quienes lo sembramos.

Segunda Etapa: Tocando Fondo (Versículos 14-16)

La segunda etapa nos muestra que el muchacho tocó fondo, llegó hasta lo último de la crisis.

Versículo 14: «Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una grande hambre en aquella provincia y le comenzó a faltar.»

Versículo 15: «Y fue y se llegó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase los cerdos.»

Versículo 16: «Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.»

Aquí tenemos el cumplimiento de la ley espiritual: todo lo que sembramos, eso cosechamos. Sembró rebelión y perversidad; ahora está cosechando rebelión y perversidad.

El Punto Más Bajo

Se había terminado toda su hacienda, toda su provisión. Entonces vino algo que no había considerado: un hambre que hizo más complicada su situación.

Estaba en una región fuera de su tierra. Cuando va a buscar ayuda entre los lugareños, lo envían a apacentar cerdos. Para un judío, apacentar cerdos es lo más abominable que hay.

Recuerde cuando Jesús cruzó el lago de Genesaret y se encontró con el endemoniado gadareno. Había un hato de cerdos, y los demonios pidieron pasar a ellos porque no estaban en una región judía, sino gentil.

Con esto, la parábola nos dice que el joven llegó hasta el fondo. Tanto así que, aunque estaba trabajando, el versículo 16 dice: «Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los puercos.» El salario no satisfacía sus necesidades más básicas. Llegó al colmo de desear comer la comida de los cerdos.

La Importancia de Caminar en la Voluntad de Dios

Esto nos enseña algo crucial: un hombre o una mujer que camina fuera de la voluntad de Dios nunca va a poder progresar.

No se trata de tener buenos empleos, buenas profesiones, títulos o certificaciones. Se trata de caminar conforme a la voluntad de Dios.

¿Cuántas personas hoy están sufriendo? Sufriendo por escasez, por enfermedades que no logran resolver, por depresiones que no pueden superar. Buscan y buscan, pero nunca encuentran.

¿Por qué? Aquí está la respuesta: mientras el hombre o la mujer caminen alejados de la voluntad de Dios, mientras no vengan a cuentas con el Señor, nunca podrán resolver sus problemas, nunca podrán salir de su crisis, nunca saldrán de su caos.

En el libro del profeta Isaías, capítulo 1, versículo 18, dice: «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta. Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. Si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.»

Estemos a cuenta, pongámonos a cuenta. Mientras no entendamos que estamos caminando fuera de lo que Dios ha estipulado para nosotros —porque no se trata de una conducta general, sino de una voluntad específica que Dios ha determinado para cada persona individual— nunca podremos resolver nuestra situación, nunca podremos salir de la crisis, del caos, de la condición en que estamos, por pequeña que parezca.

Esta es la parte que debemos entender: todo lo que sembramos, eso cosechamos.

Lo que Sembramos en el Pasado

¿Qué estamos cosechando hoy? Tenemos que ir al pasado particular, personal, individual, y descubrir qué sembramos en nuestra vida.

Aquí debo corregir algo que circula en los medios eclesiásticos: «Pero eso lo hice antes de venir a Cristo Jesús, eso lo hice en mi pasada manera de vivir», como queriendo decir que eso no cuenta, que lo que cuenta es desde cuando vine a Cristo en adelante.

Tengo que decirle: eso es un concepto completamente equivocado. La Palabra del Señor nos enseña que nuestras vidas son como una línea: pasado, presente, futuro. Y todo, sin excepción, está delante de la presencia del Señor.

Por eso muchas veces no podemos entender por qué estamos pasando lo que estamos pasando. Lo atribuimos a los efectos climáticos, a los problemas económicos, a los problemas políticos. Muchas personas dicen erróneamente: «Si voto por este candidato, mi panorama será completamente diferente.»

Tengo que decirle: la solución no está en elementos políticos, económicos o culturales. La solución está en que podamos entender qué sembramos en el pasado, que es lo que hoy estamos cosechando.

No vale decir «pero lo hice antes de venir a Cristo Jesús», porque nuestras vidas están delante de la presencia del Señor. Dios no nos va a juzgar desde el momento en que vinimos a Cristo en adelante. Dios nos va a juzgar por toda la vida: desde que comenzamos a vivir hasta que partimos de esta tierra.

Por eso es importante lo que sembramos, independientemente de cuándo lo hicimos. También lo estamos cosechando hoy. ¿Por qué? Porque no hemos entendido de qué Dios nos salva, de qué Dios nos quiere salvar.

El Verdadero Arrepentimiento

Solo hemos creído que si vengo a Cristo ya soy nueva criatura, soy salvo y voy a caminar en las calles de oro. Así lo presentamos, estableciendo confusión, porque no es eso exactamente lo que la Palabra del Señor establece.

La Palabra establece que el hombre tiene que arrepentirse, que la mujer tiene que arrepentirse. ¿Arrepentirnos de qué? «Pero si yo no fui drogadicto, prostituta o asesino.» Casi siempre tendemos a creer que necesita a Dios solamente quien asesinó o quien anduvo en una vida perversa.

Necesitamos a Dios todos. Aunque no hayamos hecho lo que un criminal hizo, todos necesitamos. ¿Por qué? Porque dice claramente la Palabra que en Adán y en Eva todos estábamos representados ese día. Lo que hizo Adán, lo que hizo Eva, lo hicimos cada uno de nosotros porque estábamos presentes en la vida de ellos.

El proceso de la salvación consiste en que el hombre pueda entender que está cosechando lo que sembró en un momento determinado. Y para aquellos que dicen «pero es que no he hecho nada», tengo que decirles:

Las intenciones también cuentan. Los pensamientos también cuentan. Los sentimientos también cuentan. Los comentarios también cuentan, no solamente las acciones.

Las acciones son el resultado de decisiones que se tomaron premeditadamente. Es importante entender que Dios nos juzga íntegramente: no solo por lo que hicimos, también por lo que pensamos, por lo que sentimos, por lo que deseamos, por las intenciones que desarrollamos.

Estamos delante de Dios todo el tiempo.

Tercera Etapa: El Proceso de Salvación (Versículos 17-21)

La tercera etapa es la etapa de la salvación. Está bien definida en tres secciones: tres acciones que el joven tuvo que hacer, y son precisamente las acciones que Dios demanda para poder heredar el Reino de los cielos.

Primera Acción: La Conciencia (Versículo 17)

Versículo 17: «Y volviendo en sí, dijo: ¿Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre?»

La acción de la conciencia.

¿Cuántos hombres y mujeres caminamos en la vida sin conciencia de lo que estamos haciendo? ¿Cuántos caminamos automáticamente? ¿Cuántos caminamos por rutina?

¿No le ha pasado que en ocasiones va para un sitio diferente del que usualmente acostumbra, pero por la rutina, de momento pierde la ruta y va para otro sitio? Como está acostumbrado a ir al mismo sitio todos los días, agarra el mismo camino. Nos ha pasado. ¿Por qué? Porque muchas veces caminamos sin conciencia de lo que estamos haciendo.

La conciencia es un acto. Cada uno de nosotros, hombres y mujeres de Dios, tenemos que tener conciencia de nuestra posición, de nuestra situación. Tenemos que tener conciencia de todo lo que hacemos.

En Primera de Timoteo, capítulo 1, versículo 19, dice: «Manteniendo la fe y buena conciencia, la cual, echando de sí algunos, hicieron naufragio de la fe.»

No tener conciencia nos puede llevar a perder la fe.

El proceso de la salvación comienza con tener conciencia.

El Grave Error de las Oraciones Repetidas

Hay muchas personas que no logran resolver sus problemas porque no tienen conciencia, porque están siguiendo instrucciones. «Haz esto», y lo hacen. «Haz esto otro», y lo hacen. «Tómate esto», y se lo toman. No tienen conciencia; están siguiendo lo que otros les dicen.

Tengo que decirle algo fuerte: nosotros, los ministros, hemos cometido un gravísimo error cuando hemos querido llevar a otros a Cristo Jesús: «Repite esta oración.» Muchas personas repiten la oración.

Gravísimo error, porque no son palabras de ellos; son palabras puestas en sus labios. Muchos no saben ni siquiera lo que están diciendo. Gravísimo error lo que los ministros hemos hecho en las iglesias.

No se trata de «dígame lo que tengo que hacer y lo haré». Si bien es cierto que la fe comienza cuando seguimos una instrucción, es importante entender la necesidad de tener conciencia de lo que estamos haciendo. Una persona, si no tiene conciencia de la instrucción que se le está dando, no obtendrá ningún beneficio.

El Ejemplo del Ciego de Nacimiento

En Juan capítulo 9 se presenta el caso de cuando Jesús sanó al ciego de nacimiento. Pensemos: si el ciego, cuando estaba sintiendo que le ponían lodo, hubiera dicho: «¿Qué me están poniendo? ¿Para qué es esto? ¿Por qué?» Y le dicen: «Vaya ahora al estanque», y él dijera: «¿Para qué lavarme?»

Si no se tiene conciencia de lo que está sucediendo, la instrucción no va a resultar, no va a traer ningún fruto ni beneficio.

La Reincidencia en el Cristianismo

Eso es lo que está sucediendo en muchos hombres y mujeres que han venido a Cristo Jesús. Pasaron al frente en una congregación, repitieron una oración que no salió de su corazón, palabras que fueron puestas en ellos. Cinco minutos después no se acuerdan ni de lo que dijeron.

¿Entiende ahora por qué hay tanta reincidencia dentro del pueblo cristiano? ¿Por qué tantos vuelven a sus conductas pasadas? Porque no tienen conciencia de lo que están haciendo. Están siguiendo sencillamente pasos, como si la vida de fe fuera una fórmula o una receta.

Desarrollar Conciencia

El proceso de la salvación comienza con una acción: tener conciencia.

Conciencia de que yo estoy en esta crisis, en esta debacle, en esta enfermedad porque yo lo sembré. No es que el enemigo me está atacando. No estoy diciendo que no sea así, pero no podemos buscar un culpable cuando en realidad nosotros colaboramos, o construimos, lo que hoy estamos sufriendo o padeciendo.

Tener conciencia, desarrollar conciencia de qué es realmente mi situación. El apóstol Pablo dice que «el Dios de este siglo cegó los entendimientos para que no les alumbre la luz de Cristo.»

Hay muchas personas que, viéndose en la crisis en que están, no pueden ver que eso es producto de sus propias acciones del pasado. Muchos buscamos responsables, buscamos culpables: mi papá, mi mamá, mis hermanos, la sociedad, el político, la crisis económica. Buscamos culpables, pero no queremos desarrollar conciencia de cuál es realmente nuestra situación.

Hay personas viviendo en un ambiente de abominación, de suciedad y destrucción, y no pueden verlo porque no han desarrollado conciencia de cuál es su estado, su condición.

¿Qué es lo que Dios demanda? ¿Qué debo hacer para entrar al Reino de los cielos? Número uno: desarrollar conciencia.

«¿Por qué estoy en esta condición? ¿Por qué el enemigo ha tomado posición en mi cuerpo cuando mi cuerpo, dice la Palabra, es morada del Espíritu Santo? ¿Por qué el demonio está operando en mi casa, en mi ambiente?»

Tenemos que desarrollar conciencia de cuál es verdaderamente nuestro estado, nuestra realidad, nuestra situación. Mientras no podamos desarrollar conciencia, realmente no podremos entrar en el proceso de la salvación.

El proceso de la salvación comienza precisamente aquí, versículo 17: adquirir conciencia.

«Y volviendo en sí, dijo: ¿Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre?»

Todo comienza cuando despertamos a la realidad, cuando abrimos nuestros ojos para ver el estado en el que hemos caído. No es culpable el vecino, la vecina, los familiares, los padres, los hermanos. El único culpable somos cada uno de nosotros.

Segunda Acción: La Intención (Versículos 18-19)

Versículos 18-19: «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Hazme como a uno de tus jornaleros.»

Segunda acción: intención.

Intención tiene que ver con decisiones, propósitos, actitudes, disposición de ánimo, conducta, carácter, personalidad, desarrollo de un pensamiento proactivo, disposición de moverse.

No es quedar solamente en el proyecto, sino moverse y establecer los pasos a seguir para alcanzar el propósito.

Observe bien: «He pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo.» Eso fue lo que el joven dispuso en su intención, en su propósito, en su decisión. «Cuando yo llegue, esto es lo que le voy a decir: ‘Hazme como a uno de tus jornaleros.’ Yo lo voy a decir.»

Tiene que haber una intención.

El Problema de Quedarse en Proyectos

El problema que muchos hemos tenido es que no solamente no tenemos conciencia (y muchos han estado siguiendo instrucciones: «Haz esto, haz lo otro, tómate esto»), sino que todo se queda en proyecto, todo se queda en un ideal, en planes: «Si yo tuviera esto, si yo pudiera hacer esto, si yo…» Y todo se queda en el «si yo». No hay una disposición de ánimo de alcanzar algo.

El proceso de la salvación comienza cuando desarrollamos conciencia, pero es igualmente importante que tengamos una intencionalidad para llevar a cabo aquello que nos libre de la situación en que estamos.

Orar, Ayunar y Hacer Vigilias No Son Suficientes

Uno de los problemas que he visto en hombres y mujeres creyentes es: «Voy a orar, voy a ayunar, voy a hacer vigilias.»

Tengo que decirle: no estoy en contra de orar, ayunar ni hacer vigilias. Hay que hacerlas, claro que sí. Pero cuando se presentan como una alternativa de cambio, no funciona, porque Dios está esperando de nosotros: muévete. Adquiriste conciencia, ahora dispón qué vas a hacer, cómo vas a resolver tu situación, con qué intención, con qué intensidad, con qué carácter, con qué personalidad, con qué disposición vas a enfrentar esta crisis.

¿Qué le dijo Dios a Moisés? «Este no es tiempo de orar. ¿Qué tienes en la mano? Este es tiempo de desarrollar intencionalidad para hacer algo que Dios vea en ti que hay un esfuerzo.»

Cuando nosotros decimos «no hay que hacer nada», estamos dañando el propósito de Dios. Dios busca que hagamos, que mostremos que hay una intencionalidad, que hay una disposición. De lo contrario, no va a suceder absolutamente nada.

«¿Por qué te postras sobre tu rostro?» Dios le dijo de igual manera a Josué cuando, por causa de Acán, fueron derrotados en la segunda batalla después de Jericó. Josué estaba postrado y Dios le dijo: «¿Por qué te postras sobre tu rostro? Ustedes están en esta condición porque pecaron. El pueblo pecó porque tomaron lo que no debían haber tomado.»

No todo se resuelve diciendo: «Voy a orar.» Dios está esperando que haya una disposición, una intencionalidad para hacer algo.

Tercera Acción: La Acción Deliberada (Versículos 20-21)

Versículo 20: «Y levantándose, vino a su padre. Y como aún estuviese lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió y se echó sobre su cuello y le besó.»

¿Quién corrió? ¿Quién corrió hacia quién? El hijo hacia el padre, no el padre hacia el hijo. «Fue movido a misericordia y corrió y se echó sobre su cuello y le besó.» Prácticamente el padre le estaba diciendo: «Eres mi hijo, siempre fuiste mi hijo, seguirás siendo mi hijo.»

Aquí viene la tercera acción. Cualquiera hubiera podido decir: «Bueno, aquello que dispuse decir ya no lo digo, porque él me aceptó. Con ese abrazo y ese beso me está diciendo que me perdonó. Comencemos de nuevo, no ha pasado nada.»

No. El joven… vaya al versículo 21:

Versículo 21: «Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.»

La Acción Deliberada

Tercera acción: Dios busca una acción deliberada. ¿A qué me refiero? Me refiero a que si lo dijiste, complétalo. No lo dejes en el medio, no lo dejes sin hacer. Eso es deliberado. Es algo que se dispuso hacer en un momento. Si lo dispusiste, complétalo, dilo.

Eso fue efectivamente lo que pasó con el joven. La acción del padre era de aprobación, de aceptación, de perdón: «Aquí no ha pasado nada.» Eso se pudo haber malinterpretado por parte del hijo para decir: «Pues ya está arreglado todo, ya está resuelto todo.»

Pero el hijo, lo que tuvo como intención, ahora lo completó. Es una acción deliberada. Una acción deliberada es aquella que se completa tal y como se decidió hacer.

Esta es la parte que muchas veces nos falta. Malinterpretamos las cosas. «Bueno, la reacción del padre… yo no tengo que decir más nada, ya todo está arreglado.» Y aquí se queda el proceso truncado.

La salvación es una acción consciente, intencional y deliberada. El proceso se tiene que completar, el ciclo se tiene que completar.

¿Hay algo que debemos hacer? Sí, hay algo que tenemos que hacer.

No es el caso de la oveja perdida, porque no podía hacer nada para que el pastor la encontrara. No es el caso de la moneda perdida, porque no puede hacer nada para que la propietaria la encuentre.

Es el caso del hombre, de la mujer que ha caído en crisis, en caos, en negligencia, en desaprobación.

¿Qué tenemos que hacer? Una acción consciente, una acción intencionada, una acción deliberada que complete el ciclo.

El Caso del Joven Rico

¿Qué pasó con el joven rico? El joven rico preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar el Reino de los cielos?» Él está consciente de que algo le hace falta. «Todo esto lo hice desde mi juventud.» Tiene la intención, porque ya Jesús había salido y el joven corrió para alcanzarlo y hacerle la pregunta.

Pero le faltó la tercera parte: lo deliberado. El joven dijo: «Tengo muchas riquezas.»

Las acciones que Dios demanda nos tienen que costar. Y esto fue lo que el joven rico no quiso hacer.

Dios no está pidiendo nada sencillo. Dios te está demandando algo que te cueste, algo que te duela. Sí, así como lo oyes.

«¿Quieres que Dios te sane? Pero no estás dispuesto a privarte de algo para someterte al Señor.» Algo deliberado, algo que duela, algo que cueste, algo que manifieste: «Realmente, para mí, Señor, la salvación, la liberación, la restauración, la sanidad, para mí lo es todo.»

«¿Qué tengo yo que hacer? Yo lo hago. Tienes que entregarlo todo. Está bien, lo entrego todo. Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, tendrás tesoro en los cielos. Ven y sígueme.»

Acciones que Pesan

Las acciones que Dios demanda son acciones que pesan, que tienen peso, acciones que nos esfuerzan a hacerlas. No son fáciles.

El Ejemplo de la Viuda Pobre

En el Evangelio de Lucas hay un caso de una mujer viuda y pobre que tenía dos blancas —para nosotros, centavos—. Eso era lo único que tenía.

Viuda y pobre significa que no hay nadie que vele por ella. Significa que no tenía absolutamente nada para comer. Lo único que tenía eran dos blancas, dos centavos.

Fue, las entregó, y Jesús dijo: «Esta dio más que todos aquellos que dieron grandes cantidades de dinero.»

¿Por qué? Porque lo entregó todo, porque la mujer dijo: «Para mí, el Señor lo es todo. Y si me tengo que quedar sin comer, me voy a quedar sin comer.»

No Hacer Mezclas

Muchas veces queremos hacer mezcla de tejidos. Queremos hacer mezclas: «Yo quiero que el Señor me sane, pero me voy a tomar este medicamento.» Lo que estamos haciendo es mezclar. No hay nada que nos esté costando.

Cuando actuamos de esta manera, estamos mostrando que no hay ningún esfuerzo. Y por lo tanto, no somos contados como dignos para lo que Dios está entregando.

Es fuerte, pero es precisamente lo que Dios busca. Estos son los hombres y las mujeres que arrebatan el Reino de los cielos. ¿Ha leído en la Palabra que «el Reino de los cielos, los valientes lo arrebatan»?

Hay muchos hombres y mujeres que no son valientes dentro del Reino, que queremos partes fáciles, partes sencillas, partes que no nos afecten. Hermano, si la salvación es algo valioso y nos comportamos de esta manera, lo que estamos es menospreciando la salvación de Dios.

Cuarta Etapa: Los Aspectos de la Salvación (Versículos 22-24)

Versículos 22-24: «Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el principal vestido y vestidle, y poned un anillo en su mano y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso y matadlo, y comamos y hagamos fiesta, porque este mi hijo muerto era y ha revivido; se había perdido y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.»

Los Dos Aspectos de la Salvación

La cuarta etapa nos presenta los aspectos de la salvación. Los aspectos de la salvación no son solamente futuros. Muchos solo estamos esperando los cielos nuevos, la tierra nueva, caminar en las calles de oro, nuestras mansiones de oro. Eso es lo único que esperamos. Y mientras vivimos sobre la faz de la Tierra, vivimos, en muchos casos, como pordioseros, como personas que no hemos conocido al Señor.

La salvación tiene dos aspectos: una etapa futura donde sí, efectivamente, vamos a caminar en calles de oro, vamos a caminar en el Reino de nuestro Padre. Usted puede ir al libro de Apocalipsis y allí se describe claramente.

Pero la salvación tiene una manifestación presente. Mientras estamos en la Tierra, estamos en el Reino de los cielos, estamos viviendo en el Reino de los cielos. Y nuestra forma de vivir en la Tierra tiene que ser de la misma forma como lo será cuando estemos en el Reino de los cielos.

Tres Símbolos de la Restauración

1. El Vestido: Dignidad

Versículo 22: «Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el principal vestido y vestidle.»

¿Qué significa el vestido? Fue la primera acción del padre. ¿Qué significa el vestido?

En Génesis capítulo 3, versículo 21, dice: «Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.»

Exactamente lo mismo que dice Lucas capítulo 15. El vestido significa dignidad. Dios nos hace dignos.

Muchos vemos que tenemos que ir llevando la cruz, y la cruz la hemos considerado como dolor, como sufrimiento, como penuria —que, dicho sea de paso, es un mensaje católico—: estar en penitencia todo el tiempo.

No. Llevar la cruz no significa eso. Llevar la cruz es morir a mí. «Ya no vivo yo, Cristo vive en mí.» Eso es llevar la cruz.

¿Qué significa vestirle? Que lo hizo digno. Lo vistió de dignidad. ¿Sabe lo que significa la misericordia de Dios? Un vestido. Dios nos hizo dignos.

En Deuteronomio capítulo 28, los primeros 14 versículos presentan las bendiciones que Dios le da al pueblo. Le dice: «Serás puesto por cabeza y no por cola. Todo lo que tu mano tocare será bendito y prosperado.»

Dios hace digno al hombre. Muchos vivimos como pordioseros, como rogando siempre para tener algo. La salvación tiene un aspecto presente. Dios nos hizo dignos, y como dignos, como hijos, como herederos, ahora te está dignificando para que vivas como hijo, no como dijo la mujer sirofenicia: «Aún los perrillos comen de las migajas que caen de sus amos.»

2. El Anillo: Autoridad

«Poned un anillo en su mano.»

¿Qué significa el anillo? El anillo significa autoridad. Lo reviste de autoridad. Le dio dignidad, y ahora lo está revistiendo de autoridad.

¿Qué significa la autoridad? En Génesis capítulo 1, versículos 27 y 28, dice: «Y creó Dios al hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.»

Este fue el primer mandamiento que Dios le dio al hombre: sojuzgadla y señoread.

En Salmos capítulo 19 dice: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de Sus manos. Un día emite palabra a otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría.»

Está hablando del firmamento, de todo lo que Dios ha creado. Y de eso que Dios ha creado, Dios lo entregó al hombre en el huerto del Edén.

¿Qué significa que el padre le entregó el anillo? Le está devolviendo la autoridad que Adán y Eva recibieron en el huerto del Edén. Eso es lo que le está entregando.

Esto muchos no lo hemos visto. ¿Por qué? Porque casi siempre estamos pensando en el futuro y descuidamos el presente que estamos viviendo. Esta es la parte que debemos entender.

Le está devolviendo la autoridad que Adán y Eva perdieron en el huerto del Edén.

3. Los Zapatos: Borrar el Pasado

«Y zapatos en sus pies.»

Observe el proceso: ponerle vestido nuevo, anillo, y ahora zapatos en sus pies. Porque los zapatos tienen que ver con su pasado. Es para borrarle el pasado de haber estado apacentando cerdos y haber deseado las algarrobas que le daban a los cerdos. Para borrarle su pasado completamente.

Y esto es salvación.

La Salvación Comienza en el Presente

La salvación no solamente tiene que ver con nuestro futuro. La salvación comienza en nuestro presente.

Si no podemos vivir en esta vida como hijos de Dios, ¿de qué nos sirve realmente decir que vamos a caminar en calles de oro? ¿De qué nos sirve? Lo que estamos presentando es una negación de lo otro. Uno niega lo otro.

¿Entiende lo que significa vivir por fe? Vivir por fe significa entender: «Yo soy heredero de todo esto. Dios me entregó autoridad sobre todo esto, sojuzgarlo. Te devuelvo la autoridad para sojuzgarlo. Y ahora te borro tu pasado: estuviste conviviendo con cerdos, te borro tu pasado; estuviste deseando las algarrobas de los cerdos, te borro tu pasado.»

Esto es salvación.

¿Qué Debo Hacer?

«¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna? ¿Qué debo hacer para heredar el Reino de los cielos?»

¿Hay que hacer algo? Sí, hay que hacer algo. Y tiene que hacer algo que no es sencillo ni fácil. No es «lo hice y ya.» Es algo que nos cuesta. Es algo que va en contra de nosotros mismos, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad, de cómo los demás nos han visto y de cómo nos hemos conducido.

Tiene que dolernos, tiene que pesarnos.

«No estoy acostumbrado a vivir sin dinero. Lo voy a entregar todo.»

«No estoy acostumbrado a vivir sin amigos. Lo que para mí era ganancia lo he reputado en pérdida.»

«No estoy acostumbrado a vivir sin medicamentos. Señor, Tú eres mi sanidad.»

Hermano, tengo que hablar de esto. ¿Por qué? Porque muchas veces establecemos mensajes ambiguos que no conducen a nada, que no establecen testimonio a nadie. Por eso es importante.

La Gracia Final

Hay un último aspecto que necesito que conozcamos: el padre todavía está vivo. Y si el padre le devolvió al hijo la autoridad de volver a ser hijo, quiere decir que el hijo volverá a heredar cuando el padre fallezca.

Eso es gracia.

¿Se da cuenta hasta dónde llegan los alcances de la salvación? Una salvación tan grande que no podemos desperdiciar ni menospreciar.

Por eso tenemos que entender: hoy no se está viviendo un evangelio de fe. En muchos casos se está viviendo un evangelio comercial, un evangelio barato, un evangelio que no estimula a nadie, que no esfuerza a nadie, un evangelio que dice: «Dios lo que mira es tu corazón, Dios lo que mira es tu intención.» Un evangelio que no conduce a nadie a querer lo que tú tienes.

Conclusión y Llamado

Por eso, esta noche, al llegar a este punto, debemos tener conciencia, porque muchos todavía no hemos salido de apacentar cerdos. Muchos no hemos salido todavía de allí porque no hemos adquirido conciencia de cuál es nuestro estado, nuestra condición, cómo nos encontramos.

Así Dios te quiere tener. ¿A quién le da testimonio una vida así? A nadie.


Oración Final

Padre, gracias Te doy porque Tu Palabra me esfuerza, Tu Palabra me dignifica, Tu Palabra, oh Dios, me fortalece. Pero no me deja como era: me cambia, me transforma, me vivifica. Y Te doy gracias, Señor.

Padre, hay muchos hombres y mujeres que Tú has llamado, que Tú has escogido, que a partir de este momento se van a conducir como el hijo pródigo, el hijo menor, y van a hacer actos de fe que serán dignos de la salvación tan grande que Tú has dado.

Y Te doy gracias, oh Dios, por el poder de Tu Santo Espíritu.

En el nombre de Jesús, amén.

Te bendigo. La paz del Señor sea contigo. Amén.





pastor Pedro Montoya


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